Cuento congresual

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Aquella mañana de julio apretaba el calor ya desde bien temprano en Madrid. El cielo estaba completamente azul y ninguna nube asomaba, de modo que la capital prometía ser un auténtico horno en unas pocas horas. A unos kilómetros de distancia del centro, en una tranquila urbanización, el sol golpeaba con fuerza las fachadas de las viviendas unifamiliares.

Santiago dormía profunda y despreocupadamente, cuando de repente una voz familiar le despertó bruscamente.

—¡Santiago, Santiago! —exclamó la voz— ¡Despiértate, que llegas tarde! ¡Tienes que ir al Congreso!

Santiago, adormilado, comenzó a abrir los ojos y lo primero que distinguió, de forma borrosa, fue la pintura blanca en el techo alto de su dormitorio. Tras un pequeño instante de confusión, recordó el día que era, abrió los ojos como platos y giró la cabeza repentinamente hacia la mesita de noche donde estaba su viejo reloj-despertador. Aquel trasto había vuelto a fallar y era tardísimo.

—¡Mierda, joder! —farfulló, y levantó de golpe las sábanas, mostrando sus calzoncillos a juego con la camiseta imperio—. Avisa rápido a Osvaldo, que prepare el coche. Tengo que estar en media hora allí y no me da tiempo a nada.

Su esposa cogió el teléfono móvil que había en la mesita de su lado de la cama, lo desbloqueó y tras marcar la llamada se llevó el teléfono a la oreja. En el minuto que tardó en organizar la recogida de Santiago, éste ya se había vestido. De entre la cantidad de trajes y vestimentas de calidad que guardaba en su armario para los eventos institucionales, le costó encontrar la indumentaria adecuada. Finalmente, escogió un pantalón tejano, una camisa sencilla y se vistió a velocidad de crucero. Para rematar, del cajón de la mesita sacó un pin con un triángulo rojo y se lo colocó en la camisa, cerca del cuello.

—Cómo odio estos eventos de Partido —le dijo a su mujer, antes de darle un beso en la mejilla—. No se puede ir elegante o encima te critican tus propios camaradas. Hasta te encuentras a alguno de las juventudes que parece que acaba de salir de un concierto punki.

—Va, no seas así —Le recriminó cariñosamente ella—, que además te vas a jugar la Secretaría General y ellos son los que deciden.

—¡No me hagas hablar! —rio, y cogió el maletín que había en lo alto del escritorio, bajo la ventana—. Y deséame suerte.

Unos minutos más tarde, Osvaldo le recogió en la entrada de casa. Santiago subió a la parte trasera de un coche oficial de color negro, con los cristales tintados. Junto a él, había un escolta designado, vestido con traje negro, corbata y gafas de sol. Desde que fue designado Secretario de Estado para la Agenda 2031, tenía designados chófer y escolta, y eso le hacía sentir alguien distinguido. Era conocedor que en el Partido Revolucionario de España había camaradas que criticaban fuertemente sus nuevos hábitos, pero sencillamente se la traía al pairo. Incluso, le parecía indignante que su propia militancia no se sintiera orgullosa de que el Secretario General diese imagen de pulcritud y de Estado.

—Date prisa, Osvaldo, tenemos que llegar ya al Congreso. Me estoy jugando el cargo de Secretario General del Partido y lo último que me faltaba sería llegar tarde.

Osvaldo observó en silencio a Santiago desde el espejo y prefirió no comentar nada al respecto. Bajó la vista al GPS del coche y dijo:

—Señor, tendremos que ir por vía urbana y tardaremos un poco más.

—¡Pero qué cojones me estás diciendo! —vociferó Santiago—. Joder, me tiene que pasar de todo hoy. Ve por donde tengamos que ir, pero date vidilla.

Osvaldo arrancó el coche y en sus adentros deseó estar llegando ya para librarse de su pasajero. Mientras tanto, Santiago desactivó en el teléfono móvil el modo avión y atendió el aluvión de mensajes que se le acumulaban. Desde grupos de whatsapp y varios mensajes privados le preguntaban alarmados algunos de sus camaradas dónde se encontraba. Fue respondiendo a las personas más importantes e ignoró al resto. Se sentía muy estresado.

El XXI Congreso del PRE iba a ser una cita crucial. Tras un tenso proceso Congresual, tanto él como el candidato alternativo, Umberto Escudero, llegaban al cónclave en medio de la incertidumbre. Escudero había logrado el apoyo de la gran mayoría de organizaciones territoriales del Partido a su candidatura y a su documento político, mientras que la delegación territorial más numerosa, la andaluza, iba a decantar la balanza y nadie sabía a ciencia cierta cuántos andaluces eran favorables a cada uno, aunque se presumía que Santiago contaba con el voto de la inmensa mayoría de ellos. Además, contaba también con los apoyos destacados de los vascos del PEK y los catalanes del PCUS-Rip, su partido hermano. No obstante, Santiago consideraba a los delegados gente de poco fiar y escasa capacidad para hacer la lectura política adecuada del momento. Así que no estaba del todo tranquilo.

Minutos más tarde, habían dejado atrás la tranquila urbanización y se adentraron en el incipiente ajetreo de la ciudad. Aún suerte que era temprano, pero circular por casco urbano le resultaba detestable a Santiago. Además, comenzaba a sentir un calor irritante. Se incorporó hacia adelante.

—Oye, ¿Por qué no pones el aire acondicionado? —dijo mirando a Osvaldo a través del espejo, haciendo gala de una clara mueca de agobio.

—Lo he intentado cuando veníamos a recogerle, señor —respondió—, pero tiene que haberse estropeado.

Santiago se dejó caer nuevamente sobre el respaldo de su asiento y emitió un chasquido de disconformidad. Se guardó el teléfono en el bolsillo para evitar incrementar su estado de ansiedad y se llevó la mano derecha a la barbilla mientras giraba el rostro al cristal de su izquierda. El paisaje cambió sustancialmente y ahora predominaban los edificios altos de hormigón y los comercios a pie de calle que comenzaban a abrir sus puertas. El Secretario de Estado se alegraba de no vivir su rutina entre esos edificios que se alzaban hasta casi tapar la luz del sol.

Poco a poco, la circulación se fue tornando algo más densa. Algunas familias comenzaban a coger sus coches para escapar a la sierra y a los pueblos de las afueras y preferían hacerlo temprano, para desgracia de Santiago. Deseó fuertemente que toda esa gente desapareciera. El coche giró la esquina de una calle hacia la izquierda, donde se vio obligado a detenerse en un atasco sobrevenido.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Santiago, sorprendido.

Ante ellos, había dos coches más, parados debido a que una muchedumbre, compuesta por alrededor de medio centenar de personas, cortaba la calle. Se trataba de algún tipo de concentración o, peor aún, alguna situación complicada del barrio en el que se encontraba.

—Creo que están parando un desahucio —dijo Osvaldo—. Veo ahí una pancarta que dice “STOP desalojo de Eugenia”.

—¿Quién coño es Eugenia? —bramó Santiago—. Además, si nuestro gobierno ha prohibido los desahucios. Esta gente la lía por liar. Algo habrá hecho esa mujer.

—Lo dudo, señor —contestó Osvaldo, manteniendo las formas, pero visiblemente molesto por el tono que utilizaba Santiago—. Creo que es una anciana que está allí en primera fila, en silla de ruedas. Debe tener por lo menos 85 años.

—Sea lo que sea, ni se lo podemos solucionar ni nos podemos quedar aquí. Hay que echar marcha atrás.

 —Ahora ya imposible —intervino su escolta, que hasta el momento se había mantenido en silencio—. Tenemos cola de coches detrás.

Santiago golpeó su asiento con el puño derecho. En la calle, comenzó a escucharse a la muchedumbre corear Eugenia se queda a modo de consigna. El político sintió entonces curiosidad por ver a la persona que querían desahuciar, y bajó el cristal de su ventana izquierda. Cuando lo hizo lo suficiente, se desabrochó el cinturón y sacó casi medio cuerpo. Desde allí, pudo contemplar a toda la comitiva que trataba de impedir el desahucio de Eugenia.

—¡Ostras, un coche oficial! —escuchó gritar de entre la muchedumbre— ¡Y mirad quien se asoma! ¡Es Santiago Manrique!

 Santiago fijó la mirada en la persona que gritaba y vislumbró un muchacho de unos treinta años con una pegatina en el pecho que identificó como del Partido Revolucionario de los Trabajadores Explotados de España. Éste le señalaba enérgicamente. La muchedumbre quedó en silencio y todos miraron hacia él. En ese momento, Santiago notó cómo alguien le cogía de su mano derecha y le tiraba nuevamente hacia dentro del coche.

—Le han identificado —era su escolta—, debemos tomar todas las precauciones posibles.

Santiago no sabía cómo reaccionar a la situación, y su escolta subió nuevamente el cristal tintado de la ventanilla. Afuera, la muchedumbre empezó a hablar de forma desordenada.

—No va a pasar nada —dijo Santiago—. Soy el Secretario General del PRE, el Partido que históricamente ha defendido más y mejor los derechos de la clase trabajadora en este país y que se está batiendo el cobre por sacar medidas en defensa de los más desfavorecidos en un gobierno de coalición y enfrentando día sí día también a la ultraderecha. Esta gente me verá como uno de los suyos.

 En ese momento, Santiago escuchó un golpe a su izquierda. Se giró hacia la ventanilla y vio una pequeña brecha en el cristal. Desde la muchedumbre debieron haber lanzado un proyectil que impactó en su lado. Sintió un escalofrío y comenzó a temer por su integridad.

—Creo que esa gente no opina igual que usted —convino aclarar su escolta.

 —Mierda, están viniendo para aquí en tropel —anunció nervioso Osvaldo.

El tumulto de protestantes llegó al coche y el conductor accionó el seguro para cerrar las puertas. En seguida, los integrantes del tumulto se agolparon sobre el lado izquierdo del automóvil e intentaron abrir sin éxito las puertas. Se oían gritos de “¡Vendido!” y “¡Antiobrero!” mientras aporreaban los cristales. Santiago se dirigió a Osvaldo mirándole a través del espejo:

—La hemos jodido ¡Cómo se te ocurre meternos en este agujero, imbécil! —vociferó.

—Ya le he dicho que no podíamos hacer otra cosa.

Santiago volvió la mirada a los manifestantes. Uno de ellos estampó sus morros contra el cristal en un vano intento de ver algo a través del vidrio tintado. A un palmo de su cara, podía ver su nariz y boca aplastadas dejando un reguero de babas y sintió un atisbo de asco. La estampa le recordó la de un vulgar cerdo.

—Haced algo, lo que sea, pero salgamos de aquí o nos van a lapidar —suplicó muerto de miedo.

—Vamos por aquí —dijo su escolta, y con la cabeza señaló la puerta de su lado—. Están todos en su lado y no pueden ver lo que hace, así que vamos a salir sigilosamente. Salga usted primero y le dará tiempo a correr. De mientras, yo le voy cubriendo las espaldas.

Santiago obedeció en silencio y pasó como pudo por encima de su escolta, que se apartó de la puerta para dejarle paso. Tras dar un último vistazo y comprobar que la turba continuaba batallando contra la ventanilla contraria, accionó cuidadosamente la apertura de la puerta. La abrió lo justo como para sacar cautelosamente su pierna derecha en primer lugar y posteriormente el resto del cuerpo, agachado en todo momento para que no le viesen desde el otro lado del coche. Estaba ya dispuesto a lanzarse a la carrera hacia la salida de la calle, cuando de pronto escuchó una voz ronca desde lo alto del edificio que había frente a él:

—¡Eh! ¡Que el sinvergüenza se escapa por aquí del coche!

A Santiago se le heló la sangre. Levantó la vista, y en ese momento fue consciente que en la fachada del edificio había un andamio, y a la altura del segundo piso había una cuadrilla de albañiles observando la situación. Uno de ellos había sido el que dio la voz de alarma. No pudo evitar girar la vista a ver qué sucedía al otro lado. Los manifestantes, alertados por el obrero, alzaron la cabeza y comprobaron que Santiago estaba allí. En seguida, entre insultos, iniciaron la carrera para darle caza. Santiago, con una forma física que oscilaba entre lo malo y lo terrible, intentó correr, pero a los pocos metros notó un tirón de la camisa que le frenó.

—¡Tú no te vas a ninguna parte, traidor!

Giró la cabeza y pudo ver cómo uno de los manifestantes más jóvenes y fuertes le tenía retenido. Aterrorizado, comprobó cómo su escolta intentaba defenderse de alrededor de una docena de manifestantes que le retenían. Estaba completamente indefenso.

—¡Dejadme en paz, lúmpenes! —gritó— ¡Estáis haciéndole el juego a la derecha!

 Cada vez le rodeaba más gente y entre todos empezaron a sacudirle y empujarle como si se tratase de una pelota. Empezaba a marearse y tener náuseas. De repente, acabó en manos de una mujer con el rostro cubierto de pecas que le dijo:

—Por culpa de tú y los que son como tú, Eugenia va a ser desahuciada —Y soltó un escupitajo en el rostro al Secretario General.

—¡No tenéis ni idea de nada! El gobierno de coalición ha acometido medidas para solucionar la crisis de la vivienda y….

En ese momento, notó cómo una sombra se cernía sobre él. Santiago interrumpió su alegato para girarse el tiempo suficiente como para ver cómo un patinete se alzaba sobre él, sujetado por los brazos fornidos de un muchacho.

—¡Soluciona mi despido improcedente, impresentable!

El patinete golpeó con fuerza su frente y Santiago se desvaneció.

Cuando Santiago abrió los ojos, se sintió totalmente desconcertado. Estaba acostado en una cama austera pero cómoda, cubierta con sábanas blancas y que parecían recién estrenadas. Se inclinó y observó a su alrededor. Para su asombro, no sabría explicar si se encontraba en una estancia cerrada o en un lugar exterior. El sitio en el que se hallaba se perdía en el infinito sin vislumbrarse ningún detalle en el horizonte, pero al mismo tiempo estaba en completo silencio. La luz que invadía el lugar era completamente imposible de determinar de donde procedía, porque tampoco se veía un sol. Ni un cielo. Ni un techo. Por un momento, Santiago pensó que podía estar en el cielo.

Miró a su alrededor, y lo único que había en aquel lugar, aparte de su cama, era lo que parecía ser dos puertas suspendidas en medio de la nada a unos pocos metros de donde él se hallaba. En ese momento, recordó que había recibido un fuerte golpe en la cabeza. Se llevó la mano a la frente, pero sorprendentemente no notó ni dolor ni herida alguna. Al menos, por esa parte, bien, pensó.

Santiago salió de la cama y vio que junto a ésta reposaban sus zapatos, que se los calzó tranquilamente. También llevaba la misma ropa con la que había salido a la calle y no entendía por qué estaba durmiendo vestido con ella, pero tampoco le dio mucha importancia. Observó detenidamente las puertas. ¿Se supone que tengo que salir por una de las dos? ¿Una es el lavabo? ¿Qué coño será este sitio?, pensó.

Cuando le estaba dando vueltas a esas cuestiones, escuchó un sonido. La manilla de la puerta izquierda giró con un chirrido, y ésta se abrió. Tras ésta, sólo parecía haber oscuridad, la cual no sabía de donde salía porque la puerta parecía estar suspendida allí en una paradoja de la física. Pero lo que vino a continuación le sorprendió más todavía: Por aquella puerta entró Umberto Escudero, el que iba a ser su rival para optar a la secretaría general del PRE.

 —¡Umberto, camarada! ¿Qué está pasando? ¿Dónde estoy?

En seguida notó algo extraño y que no sabría definir, en la mirada de Umberto.

—Hola, Santiago. Espero que hayas descansado.

Umberto habló con su inconfundible acento maño, pero Santiago notaba algo distinto en su voz. Era como si no tratase de él, sino de una copia. O como si alguien usase su cuerpo.

—Eh, hola. Oye mira, yo estaba de camino al Congreso del Partido, pero tuve un incidente y, bueno, intenté sobrellevar una situación complicada con alguna gente que le costaba entender lo que estábamos haciendo por ellos y que además estaban siendo influenciados por unos ultraizquierdistas que… —intentó explicarse gesticulando exageradamente con las manos.

—No te preocupes —Umberto hablaba con gran aplomo—. Eso ahora ya da igual. Pero tenemos que hablar, tengo cosas importantes que decirte y que mostrarte. Y tienes decisiones importantes que tomar.

Por un momento, Santiago se sintió inquieto.

—¿Qué quiere decir eso? No me digas que mientras estaba aquí inconsciente, se ha celebrado el Congreso sin mi presencia y ahora eres Secretario General tú, ¿no? Porque que sepas que si eso ha sucedido voy a impugnar y reclamar la repetición del cónclave.

Umberto sonrió y pestañeó lentamente.

—No, eso no ha sucedido. Al menos de la forma que crees —se cercioró de que Santiago le seguía con atención—. Digamos que estás en una situación… especial. El Congreso no se ha celebrado todavía, pero va a celebrarse según lo previsto. Se van a tomar en él decisiones importantes que van a marcar tu futuro, el de la organización y el devenir de la clase trabajadora en España. Así que algo por ahí arriba ha decidido suspender el tiempo lo necesario para que seas consciente de lo que vas a hacer.

—¿Me estás vacilando? Ahora sí que no entiendo nada. Sácame de aquí y vamos para el Congreso si aún estamos a tiempo.

—Acompáñame —sugirió—. Te voy a mostrar algo que te va a llamar la atención.

Umberto se dirigió a la puerta de la izquierda, aquella por la que había llegado. Santiago, que estaba sentado al borde de la cama, se levantó y fue tras él en silencio y mientras se estiraba con gran delicadeza la camisa. Emitió un ronquido para aclararse la voz antes de que se diera la ocasión de cruzarse con más gente, y siguió a Umberto. Éste abrió la puerta y ambos pasaron, siendo engullidos por la oscuridad del otro lado.

(Continuará)

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