El juego de tronos ucraniano

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La serie Juego de Tronos permitió, más allá de la espectacularidad de la puesta en escena para disfrute de los amantes de la fantasía, que los amantes de la ciencia política establecieran analogías que sirviesen para explicar algunos conceptos clave en la teoría y que se iban vislumbrando en la práctica, dentro del universo creado por George R. R. Martin. Con la serie de trasfondo, se hacía sencillo debatir sobre soberanía, correlación de fuerzas, negociaciones o el maquiavelismo. De hecho, hasta llegó a publicarse un libro dirigido por Pablo Iglesias Turrión que trataba sobre el tema, titulado Ganar o morir: Lecciones políticas en Juego de Tronos.

Quienes hayan seguido la serie, habrán podido comprobar que los distintos escenarios se obstinaban en demostrarnos una y otra vez que el concepto del bien y del mal en las relaciones entre imperios quedaba en segundo plano. Las luchas entre imperios -O en el caso de la ficción, entre las casas- no responde a dicha dicotomía, sino a sus diferentes intereses, llevando fácilmente a buenas personas a tomar decisiones que pueden interpretarse como sinónimo de maldad y a decepcionar al espectador.

En la política real, esto no es muy distinto. En un mundo donde los recursos son finitos y el reparto de éstos es tremendamente desigual, los conflictos sociales y de clase están siempre latentes. Los conflictos internacionales, como continuadores de los anteriores, se agudizan. Estos días lo podemos comprobar con la intervención militar de Rusia en Ucrania, un conflicto que amenaza con extenderse a más países y del que algunos hablan en términos de tercera guerra mundial o incluso de la posibilidad de una guerra nuclear.

La primera víctima de la guerra es la verdad, asegura una frase célebre atribuida al senador estadounidense Hiram Johnson. Lejos de ser la excepción que confirma la regla, desde los días previos a la contienda hemos asistido a un grotesco espectáculo mediático meticulosamente preparado para generar un clima de opinión favorable a la postura de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN en el conflicto. Durante todo este tiempo, en todos los medios de comunicación se ha podido ver una cascada de tertulianos y expertos que en su aplastante mayoría se han limitado a condenar enérgicamente la intervención rusa, omitiendo vergonzosamente el origen del conflicto bélico, que como mínimo debemos situar en el año 2014 con el golpe de Estado propiciado por el Euromaidan y del cual formaron parte activa grupos de ultraderecha y neonazis que a día de hoy siguen muy activos en Ucrania. Golpe de Estado que tuvo como consecuencia las insurrecciones en el Donbass y la proclamación de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, que desde entonces se han visto asediadas por el ejército ucraniano con un saldo que se estima ronda los 14.000 muertos. Unos antecedentes, unas cifras y un contexto que poco han importado a la hora de, nuevamente, caracterizar un conflicto como de buenos y malos. El pueblo ucraniano, principal víctima de la guerra, se ha visto utilizado como arma arrojadiza por parte de quienes están provocando una confrontación militar que a todas luces debe ser evitada. Tanto el gobierno de Rusia como el de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN representan los intereses de sus respectivas oligarquías, y no dudarán en hacer pagar al pueblo sus desmanes y sus ambiciones geopolíticas. Solamente la solidaridad de clase entre los pueblos, y no armar de forma irresponsable a los protagonistas del conflicto, puede evitarlo.

Especialmente grave es la censura sin precedentes de dos medios de comunicación rusos, Russia Today y Sputnik, a los cuales se les ha cortado la señal para emitir en la Unión Europea. Gravedad que viene dada por dos razones: Por la extrema dificultad que conlleva el intentar encontrar información que contraste con el parte de guerra diario que nos facilitan nuestras propias cadenas y por el precedente que supone el hecho de que se pueda cortar con total impunidad la emisión al medio de comunicación que se desee. La total pasividad con la que se ha recibido la medida aterra, y recuerda a la facilidad con la que los peores totalitarismos pueden cercenar la libertad generando climas de opinión propicios a ello. Que Russia Today y Sputnik pueden emitir opiniones sesgadas a favor del gobierno de Putin es un hecho evidente y razonable. Del mismo modo que es evidente que el conjunto de medios de comunicación españoles, desde los más progresistas hasta los más conservadores, ofrecen una información sesgada y un claro parte de guerra del bando otanista. Ni en unos ni en otros encontraremos una verdad absoluta, sólo propaganda. Pero el poder tener acceso a distintas fuentes, el poder contrastar informaciones y poder leer entre líneas permite acercarse un poco más a la verdad. La censura no es propia de países que presumen de ser escrupulosamente democráticos, y no es justificable cuando bajo la libertad de prensa no hay peligro de ninguna amenaza a la soberanía de nuestro país, como sí lo ha habido en otros países que han optado por esta solución y paradójicamente los que hoy la aplican lo han criticado sin contemplaciones. Quizá el motivo de coartar la libertad de prensa se explica en el temor a que la gente conozca que las bombas de Putin en Ucrania son tan mortíferas como las del gobierno de Zelenski en el Donbás, o que más que un interés humanitario, la OTAN tiene un interés geoestratégico en cercar militarmente a Rusia y que por ello le interesa especialmente que Ucrania entre en la OTAN. Quizá también, se teme que la ciudadanía se pregunte por qué el resto de conflictos militares, agresiones a la población civil y violaciones de los derechos humanos que se están cometiendo día tras día (como, por ejemplo, en Palestina) son de segunda y no parecen merecer tanta atención. Y quizá, también, mucha gente descubra que la paz y el progreso no vendrán de la mano de Putin ni de los líderes de la OTAN, sino de la construcción de un orden mundial basado en la amistad entre los pueblos y la colaboración, para lo cual se hace necesario el repliegue militar y la disolución de la OTAN.

Más allá de posicionarnos en bandos buenos y malos, el Juego de Tronos del conflicto ucraniano nos pone frente a un escenario en el que la movilización popular puede ser determinante para frenar una escalada bélica que, a día de hoy, no sabemos hasta dónde podrán alcanzar sus repercusiones, pero todo apunta a que será la clase trabajadora y las capas populares quienes pagarán la factura más alta.

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