#Afganas

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Silvia Carrasco, profesora de antropología social de la UAB.

No voy a hablar de geopolítica, ni es mi campo, ni es lo que me ocupa. Para informarse bien lean a Nazanín Armanian y a Mónica Bernabé. Es decir, lean a mujeres politólogas y periodistas serias que no se apuntan a modas ni forman parte del palabrerío experto que ha crecido de la noche a la mañana, sino que llevan la vida profundizando y en primera persona. Háganlo si quieren tener una idea de lo que ocurre y cómo afecta al 100% de la población afgana y alrededores, no a la mitad y fuera del contexto histórico y sociopolítico. Yo les voy a hablar desde el cabreo mayúsculo que llevo como antropóloga y como feminista. Y ya que nuestra impotencia ante el aumento de la barbarie es insoportable, al menos intentemos comprenderla mejor. Aquí van algunos apuntes.

De entrada, hemos tenido que aguantar la comparación de la evacuación del personal diplomático estadounidense en Saigón ante el avance el Vietcong en 1975 con la situación de huida ante la mentira absoluta de un avance talibán aparentemente imprevisto. Comunistas contra el imperialismo -no estamos ahora juzgando nada, pero aun si lo estuviéramos- asimilados a integristas digitalizados al servicio del imperio mismo: ya les han reconocido su gobierno. De otros sectores, tenemos que aguantar el relato de que han entrado en Kabul sin pegar un tiro, en son de paz, vaya. Pero vayamos al cabreo concreto, porque aquí se trata de comprender el terror del pueblo afgano, es decir, de las mujeres y las niñas. También sufren los niños y los hombres, pero no por serlo. Así que ellas, el doble. Razón de más para centrarnos en ellas, porque explican el todo.  

Los restos del naufragio de lo que un día fue la izquierda que se llamaba transformadora nos ofrecen silencios clamorosos y contradicciones que compiten en estulticia. Lo vemos con la ofensiva antidemocrática de la temporada contra las mujeres (entiéndase hembras humanas), especialmente desde un Ministerio de Igualdad que nos reduce a sentimientos por partida doble. Ya saben, ser mujer es sentirse mujer. Ahora, también, feminizar la política consiste en llorar y mostrar vulnerabilidad, lo hemos visto en las reacciones de apoyo ante el bochornoso episodio del pregón en las fiestas de Gracia en Barcelona. Este gobierno que votamos las personas progresistas parece haber redescubierto la existencia de las mujeres en la línea de los talibanes: somos esencia. En el caso talibán y de cualquier religión, esencia del mal. En el caso podemita y comunero, esencia del amor, que ya se sabe que puede con todo (nota: escribo en el siglo XXI, lo apunto por si una historiadora del futuro cree que el texto es de un milenio anterior). Pero por una vez, el mal y el amor se unen para que quienes sostienen que hay mujeres con pene se centren en las mujeres con vulva y con burka -en eso los integristas no se equivocan nunca- y proclamen, no dudo que con sinceridad, su preocupación por ellas. 

Sobre la pretensión, que parte de esa ex izquierda considera ilegítima, de querer ‘salvar’ a las mujeres afganas del fascismo talibán y a todas las que están sometidas a un apartheid patriarcal en el mundo (es decir, donde son legales sus principios y prácticas, el patriarcado de coerción, como diría Alicia Puleo), triunfa hace tiempo este libro y un artículo del mismo título como base de argumentos truculentos (sin negar las aportaciones que hace): Do Muslim Women Need Saving? (Harvard University Press, 2013) de Lila Abu-Lugold. A esta colega norteamericana de origen libanés que vive y enseña libremente en los EEUU le recomendaría la espléndida colección de retratos del horror y la resistencia, Mujeres valientes (2020, Ediciones Península) de la periodista Txell Freixas, corresponsal en el Líbano, para complementar sus fuentes. Porque lo que quiere ser una loable crítica al etnocentrismo, la superficialidad o los intereses desde los que se apela a la situación de las mujeres musulmanas en Oriente Medio como pretexto para justificar intervenciones políticas y militares, acaba reducido a uno de los trucos posmodernos por excelencia: la negación de la posibilidad de entender al resto de la humanidad. Y aborta, por esta via, el proyecto universal de emancipación feminista y el proyecto intelectual de la antropología. En medio de la catástrofe que ahora se agudiza no parece muy serio que el debate consista en renunciar al concepto de ‘salvar’. Por ejemplo, no nos hubiera importado que salvaran a las mujeres que huían de las tropas franquistas que se ensañaban con ellas. Salvar como política exterior que exige el cumplimiento internacional de los DDHH no estaría mal. ¡Que los malos lo manipulen no lo invalida! Nos pasamos la vida convirtiendo en anatema las palabras que nos roba el adversario y así solo perdemos nuestra capacidad de hacerle frente.

Más aun, me pregunto si, siguiendo el razonamiento de la autora de La cárcel del feminismo y el pensamiento islámico decolonial (el anglicismo es suyo) (AKAL, 2016), Sirin Adlbi Sibai, española que vive y trabaja libremente en el país que compartimos, los talibanes deben estar liberando mujeres a destajo de los cuatro derechos que habían empezado a recuperar. Ya saben, cosas exageradamente feministas como ir a la escuela o que conste el nombre de la madre en la partida de nacimiento. Si no lo entendemos, ¿es tal vez por nuestra mirada colonial y etnocéntrica? ¿O porque no hemos superado la paradoja butleriana sobre la subjetivización y otros complejos procesos que poco alcanzamos a comprender? Luego ensalzamos a las brigadas internacionales contra el fascismo con el otro hemisferio del cerebro… porque resulta que solo se ve mal el fascismo contra las mujeres si ofende a los hombres. A quienes sean nuestros hombres. La internacional misógina, como dice Najat El Hachmi, no tiene problemas de entendimiento mutuo, geopolítica aparte. O no.

Y ahí va otro apunte para el sector despistado: las mujeres no prefieren nunca sufrir bajo un régimen cultural de terror a vivir con dignidad, por precaria que sea. No se conoce una sola cultura en la que las mujeres, subordinadas en todas de una u otra forma, acepten sin más su posición sin estrategias para navegar por ella minimizando los daños o también intentando convencerse de su culpa, porque es obvio que son conscientes de lo que viven. Ya está bien de decir que «el pueblo» apoya a estos misóginos integristas violentos. Ellas, las mujeres y las niñas, son el pueblo afgano, y ese pueblo dudo mucho que lo haga. De hecho, ante las tergiversaciones de prácticas culturales sobre la supuesta existencia de géneros múltiples en algunas culturas, que pretende utilizar como pruebas de lo innato el generismo queer, Afganistán nos brinda un ejemplo paradigmático de lo que ocurre en realidad y por qué: la práctica de las niñas convertidas en niños -nombradas, tratadas, vestidas y educadas como tales- con el objetivo de que alguna de la familia se salve o siga con el negocio si no hay varones, o simplemente poder llevar algo de comida a casa. Tomarse en serio qué ocurre con las mujeres y las niñas en el análisis cultural es imprescindible para entender las respuestas intraculturales adaptativas al absurdo que crea el patriarcado. Sea hetero, homo o transpatriarcado.

Para terminar, advierto que no hay novedad y sí confusión en lo que parece que dice Brigitte Vassallo sobre lo bien que les va el burka y que no nos enteramos, por etnocéntricas y coloniales, otra vez, las supuestas feministas excluyentes, aunque los ejemplos de exclusión aportados no los protagonicemos nosotras. ¡Pues claro que si corres el riesgo de que te echen ácido por la cara si te ven haciendo según qué cosas vas más segura con el burka puesto! También aquí nos resguardamos. Y ya en los ochenta, Carmel Camilleri describía cómo las chicas francesas de familias musulmanas se ponían el velo y se hacían las devotas para poder moverse libremente una vez obtenida la confianza de sus padres. Pero la clave del asunto no es con qué te cubran, sino por qué lo hacen. Es la pervivencia de la noción criminal de ‘mujer decente’, que sigue haciendo estragos a todos los niveles a pesar de la igualdad formal donde exista, y que no puede quedar impune desde las autoridades en ningún lugar del mundo. Investigar para comprender la lógica del contexto y sus prácticas culturales no equivale jamás a validarlas, como explicamos en primero, ni a excluir bajo ningún concepto a quien se vea afectada por ellas.

Porque esto va del derecho a una vida digna, tan digna al menos como sea la de los hombres, del estatus de las mujeres y las niñas como humanidad y de hasta qué punto nuestros gobiernos nos engañan. Exigimos saber qué harán con sus responsabilidades y compromisos los estados y los organismos internacionales con los Derechos Humanos de las mujeres y las niñas y si se parte o no de su consideración como seres humanos sujetos de tales derechos. Y si las van a encerrar en un campo de internamiento y se pasarán por el forro el Convenio de Dublín, porque todas las mujeres y niñas afganas, perseguidas y amenazadas por serlo, se podrían acoger a él para ser reconocidas como refugiadas. O si también es papel mojado. El resto es propaganda.

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