Diez días en el Madrid de la «libertad»

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Por causas de fuerza mayor he estado una semana más de lo normal sin retomar mis colaboraciones en este medio. Cuando la retomo es el día del patrón de mi ciudad, capital del país, y de la comunidad que ha movido la actualidad nacional en los últimos tiempos.

En mi última colaboración explicaba que viendo la cantidad de recursos mediáticos, financieros y organizativos que el aparato de la derecha había puesto en estas elecciones creía percibir que tenían miedo de perder su plaza fuerte. Fui una lumbrera, sí. Todo esto lo digo solo para que sepan que no rehuí el enfrentarme a los hechos, que estuve ocupado. Y comencemos a analizar lo ocurrido.

Pues ganó la libertad. Sí, esta palabra era por sí sola el programa que nos envió a los madrileños la ganadora de las elecciones. Una hoja en blanco con este término. A lo largo de la campaña repitió varias definiciones absurdas de lo que significaba para ella la «libertad». Analicemos lo que ha pasado desde entonces.

Primero, estamos felices porque Pablo Iglesias se ha ido de la política. Llevamos ahora mismo diez días bailando sobre el cadáver político de uno de los personajes con más presencia mediática en los últimos tiempos. Pero una vez se ha ido resulta que la incidencia acumulada de la pandemia es de las más altas de España, y que los botellones y celebraciones de algunos con el fin del estado de alarma no han ayudado a mejorar la situación. Les recuerdo, por cierto, que en las lamentables escenas de borracheras en la Puerta del Sol, fueron filmados varios de sus integrantes coreando vivas a Ayuso.

Hoy, como les decía, es San Isidro, y puedo comprar unas rosquillas con una pulsera en la que pone libertad (por si lo han olvidado, esta es una de las definiciones de libertad de Ayuso). Bueno, lo de la pulsera lo he dejado, pero he celebrado el día de mi ciudad, y, pese a ser San Isidro uno de los santos a los que atribuye más milagros la iglesia católica, ninguno de los ancianos que murieron con los protocolos de la vergüenza parece haber resucitado.

Afortunadamente, en Madrid tenemos un peso y un contrapoder (otra cita de Ayuso) a la «dictadura socialcomunista» que nos dicen que es el gobierno central. Una dictadura socialcomunista un tanto extraña, por cierto, cuando, por ejemplo, esta semana el ministro «bolivariano» Ábalos acaba de anunciar la liberalización del sector ferroviario. Pero una vez tenemos en la región a este grupo de oposición, resulta que lo que no tenemos es un gobierno de la comunidad que nos devuelva un metro en condiciones. El día en el que escribo este artículo, por poner un ejemplo, es la víspera de los 1000 días de cierre de la estación de Gran Vía. Cuando esto ocurra serán 764 días de retraso sobre el tiempo inicial previsto para las obras. Además los cortes y retrasos en la línea 6 siguen siendo cotidianos, y las obras inconclusas y los destrozos en las estaciones abundan por doquier.

Bueno, pues por lo menos puedo pasear por el Retiro sin encontrarme a mi ex (otra definición ayusiana de lo que es la libertad), pero resulta que por desgracia siempre he sido más torpe con las mujeres de lo que me gustaría, de modo que no acumulo muchas ex, y una vez que veo que ese problema no me afecta y que esa promesa no me aporta nada, resulta que este año tuve que renunciar a un análisis de sangre por la dificultad que entraña conseguir una cita en la atención primaria, más aún en tiempos de pandemia.

Por otro lado, gracias a la libertad aquí todos tenemos empleo y vivimos como rajás. Pero resulta que según los datos Madrid es uno de los lugares donde el paro ha subido más de la media durante el tiempo de pandemia. Además, muchos de estos empleos son sumamente precarios y no parece que esto vaya a cambiar a corto plazo. Afortunadamente los fondos europeos, esos que en su labor de oposición al gobierno central ha puesto tantas veces en entredicho nuestro gobierno regional, permitirán paliar la situación. Ayuso ya ha anunciado la privatización de su gestión, faltaría más. Eso sí, al acabar doblados de trabajar por un sueldo ridículo gran parte de los madrileños de los que he hablado podrán tomar una caña (otra definición ayusiana de la libertad).

Además, Florentino Pérez y otros paladines de la libertad siguen sin explicarnos por qué en ese «hospital» que construyeron se ha gastado el triple de lo presupuestado y no para de sufrir averías, incidencias y carencias de equipos. Pero bueno, somos libres.

Somos libres hasta el punto de que algún miembro del partido de Ayuso ha comparado su victoria con la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX, pero que por la propaganda sistémica se recuerda como un hito de la humanidad: la caída del Muro de Berlín. Pero una vez que hemos derribado la barrera de los malvados comunistas, resulta que seguimos siendo la comunidad con menos gasto público en sanidad y educación por habitante.

En fin, francamente me alegro si lo que han votado trae algún momento de esparcimiento y goce a mis conciudadanos madrileños, pero los problemas que había que gestionar siguen ahí y en algún momento habrá que afrontarlos. Y para empezar a afrontarlos habrá que reconocer que la izquierda, a día de hoy, no tiene predicamento ninguno en nuestra comunidad. Ha ganado un discurso absurdo y vacío que solo repetía continuamente el concepto de la libertad económica. Pero ojo, Podemos y Más Madrid han mejorado sus resultados, mientras que Gabilondo, que, no lo olvidemos, ganó los anteriores comicios aunque no formara gobierno, se ha estrellado de modo estrepitoso. ¿Seguro que es la radicalidad lo que ha lastrado a las izquierdas?

P.D.: Puede resultarles extraño a los que no conozcan el peculiar ecosistema político madrileño, pero los últimos días me han mandado whatsapps quejándose de la borrachera y el botellón seguidores de Ayuso.

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