Lo Trans en la tribuna del Congreso

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Hace tiempo que la tribuna del Congreso da pena, pero lo que el martes se escuchó en ella no me generó solo desesperanza sino indignación y rabia. Escuchar en la tribuna discursos de los partidos que se dicen de izquierdas defendiendo que las leyes han de basarse en la expresión de querencias subjetivas, individuales y además vender todo esto como un progreso es algo que nunca creí que tuviera que combatir.

Lo primero que me indignó fue escuchar que el debate sobre la ley trans llegaba rodeado de ruido. Ahora resulta que los diputados y las diputadas llaman ruido a la lucha feminista. Claro que las feministas nos hemos organizado y eso no es hacer ruido (¿otra vez con lo de que somos histéricas o estamos locas?). Llevamos años argumentando y explicando que la llamada ley trans es un sinsentido, un ataque a la lucha feminista y me atrevo a decir que un ataque a la convivencia democrática, puesto que cuando se abandona la racionalidad, la democracia siempre está en peligro. No solo tuvimos que soportar que desde la tribuna se dijera que la rebeldía feminista es ruido (lo dijeron los diputados y las diputadas que se dicen de izquierdas, será porque se sienten de izquierdas, aunque es evidente que no lo son), sino que también se “argumentó” alrededor de la pena y la lástima y se obvió que esta ley puede provocar un daño tremendo a la infancia de este país. No escuché a nadie que dijera que esta ley atenta directamente contra las políticas públicas de acción positiva hacia las mujeres que tanto nos ha costado conseguir a las feministas.

¿Qué son las políticas públicas de acción positiva hacia las mujeres? Son todas las medidas que el Estado pone en marcha para hacer posible que la igualdad entre varones y mujeres no sea algo teórico sino real. Como de hecho es verdad que las mujeres tenemos más problemas que los varones para conseguir un empleo (los datos del paro femenino siempre son mayores), el Estado prevé una serie de medidas para favorecer la empleabilidad de las mujeres (podría ser, por ejemplo, reducción de las cuotas de la Seguridad Social a las empresas que contraten mujeres mayores de 50 años). Como de hecho las mujeres accedemos a menores puestos de responsabilidad política, el Estado prevé que las listas electorales han de contar con personas de ambos sexos, al menos en una proporción de 40/60%. Estas son las criticadas cuotas obligatorias por ley y si no existiera esta medida la cuota sería del 100% de varones, varones que llegan ahí no por mayor valía, como suele argumentarse, sino porque por ser varones lo tienen más fácil (hay cientos de estudios que demuestran esto). Como de hecho somos las mujeres las que somos asesinadas o violadas por el hecho de ser mujeres, hay una ley específica para combatir la violencia machista (mal llamada violencia de género y aprovecho para pedir al Gobierno que al menos modifique el nombre de la ley y pase a llamarse como debe llamarse: violencia machista). En definitiva, como de hecho vivimos en una sociedad machista (espero que esta afirmación no sorprenda a nadie a estas alturas) el Estado, como Estado Social de Derecho que es, debe propiciar medidas para que la igualdad entre varones y mujeres sea una igualdad real y efectiva y no una mera declaración recogida en los textos legislativos.

¿Qué es un Estado Social de Derecho? El añadido de “social” a la expresión “Estado de Derecho” significa que ahora no sólo se trata de que la ciudadanía sea “libre e igual ante la ley”, sino que además se están aplicando las medidas necesarias para que toda la población acceda a los bienes básicos imprescindibles para tomar parte en la vida política y cultural. Es evidente que este modelo de Estado es el que caracteriza a una sociedad democrática, una sociedad que no olvida ni la libertad ni la igualdad, puesto que la igualdad sin libertad nos lleva al totalitarismo y la libertad sin igualdad nos lleva a que haya privilegios en manos de una minoría y no derechos para toda la población.

Llegamos ahora al meollo de la cuestión. ¿Qué son los derechos? Los derechos nunca son deseos, menos aún son subjetividades particulares o individuales y, sobre todo, no son quimeras imposibles, porque los derechos nunca forman parte del legado biológico sino de la construcción cultural y política en la que se funda la civilización. Pretender que la biología se pliegue a las leyes políticas es tan absurdo como pretender legislar sobre el tiempo atmosférico. Defender que se puede cambiar el sexo de las personas es igual de ridículo e imposible.

¿Qué es el sexo? Estos tiempos son tan absurdos que esta pregunta no es baladí. Desde luego el sexo de las personas nada tiene que ver con su forma de pensar, de comportarse, de vestirse o incluso de sentirse. El sexo es un hecho biológico que se observa y se registra en las partidas de nacimiento. No se asigna, como se dice últimamente y se escuchó también ayer en la tribuna del Congreso. En los paritorios, el personal médico no está jugando a los dados, no tira monedas al aire o no juega al piedra, papel o tijera para saber qué sexo “asignar” a los bebés. El personal médico atiende partos, ayuda a las madres (sí, parimos las mujeres y al hacerlo nos convertimos en madres) a que el parto sea exitoso y comprueba que los bebés nazcan sanos o los atienden si nacen con algún problema. Desde luego, nadie en el paritorio tiene dudas sobre el sexo del bebé, nadie. Se limitan a registrarlo en los documentos que luego formarán parte de la partida de nacimiento.

¿Es importante seguir registrando el sexo y a los recién nacidos? Claro que lo es, porque es la única forma de conseguir la ciudadanía y de contar para el Estado. Supongo que sabrán lo importante y lo condicionante que es ser de una nacionalidad u otra, puesto que, los Derechos Humanos, esos que tanto se proclaman y que tenemos todos los seres humanos por el hecho de serlo, se pueden ejercer con muchas más garantías si nacemos en España que si nacemos en Somalia, por ejemplo. ¿Es importante registrar si el bebé es de sexo femenino o de sexo masculino? Por supuesto, porque las enfermedades afectan de forma diferente a las mujeres y a los varones y porque para saber cómo es la sociedad actual debemos desagregar los datos por sexos, porque todos los indicadores muestran que la igualdad entre los sexos forma parte de las leyes pero no de la realidad.

¿Se puede cambiar de sexo? NO y lo digo de forma tajante y rotunda. Me atrevo a decirlo ahora porque dentro de unos meses esto podría considerarse un delito y quiero dejarlo escrito antes de que me puedan llevar a la cárcel por decir la verdad. Se puede cambiar la apariencia externa de los genitales (condenando a las personas que se someten a estas cirugías plásticas a no volver a sentir un orgasmo, que no es moco de pavo la renuncia), se puede cambiar el nombre con el que nos hacemos llamar, se puede cambiar la forma de vestir; pero todo eso no es nuestro sexo, por tanto, que desde la tribuna del Congreso se defiendan mentiras es algo que no debería consentirse, pero estamos tan acostumbrados que lo damos por bueno.

¿Hay personas intersexuales? Sí y su vida es tremendamente difícil. Por supuestísimo que hay que hacer algo para facilitarles la vida a estas personas. También hay que decir que la intersexualidad se da en un bajísimo porcentaje, afortunadamente, aunque eso no es óbice para no querer resolver, desde la política, los problemas que una minoría tiene, porque la política sí trata de resolver los problemas de la gente. Que la intersexualidad tiene una base biológica también es una verdad como un templo y, por ello, negar la biología (que es lo que pretende la ley que venden como la panacea) tampoco resolvería la vida de las personales intersexuales. La intersexualidad, por tanto, nada tiene ver con lo trans, sobre lo que ahora quisiera reflexionar.

¿De qué personas hablamos cuando hablamos de personas trans? No sé si sabrá la gente que no está metida en el problema que no es lo mismo una persona transgénero que una persona transexual. Últimamente solo se habla de personas trans, albergando así en este paraguas a situaciones vitales muy diferentes y aunque lo “políticamente correcto” insiste en no diferenciar, para entender la problemática que hay debajo de esta ley se hace imprescindible diferenciar y explicar de qué hablamos cuando hablamos de personas trans.

Dentro de las personas trans hay personas transexuales, personas transgénero, personas no binarias y hasta personas de género fluido. La persona transgénero es la persona que nace con un sexo, pero no se siente cómoda con los roles tradicionales que se han asignado a ese sexo (género) y equipara sexo a género. Desde este punto de vista, soy una persona transgénero puesto que nací mujer pero nunca me he sentido cómoda con la sumisión, la dulzura, el sometimiento y la falta de iniciativa que la tradición ha asignado como roles y formas de ser a las mujeres. De hecho, soy feminista por esa razón, porque siempre he luchado para que la diferencia sexual no se tradujera en desigualdad política y para que el sexo de las personas no tuviera que traducirse en una forma de ser, pensar y sentir determinada. No obstante, las personas trans que luchan por el colectivo trans nunca me han considerado trans y, la verdad, yo tampoco, sobre todo porque últimamente lo trans es algo tan difícil de explicar que hasta la propia ley trans deja sin explicarlo, siendo la primera ley que nace con la pretensión de proteger a un sujeto al que, sin embargo, no define. Esta situación es verdaderamente inusual, puesto que las normas, lo primero que hacen es explicar a quiénes van dirigidas para saber qué sujetos podrán beneficiarse de las mejoras que quiere introducir en la realidad esa legislación.

Además, las personas transgénero son personas que dicen ser mujeres o varones aunque su sexo sea el contrario y hasta su apariencia física sea la que tradicionalmente ha correspondido al sexo contrario: nos encontramos así con personas que dicen ser mujeres con órganos sexuales masculinos e incluso barba (de ahí que se hable de la existencia de penes “femeninos”) y con personas que dicen ser varones con órganos sexuales femeninos (ciertamente, estas personas suelen salir menos en los medios, salvo para hablar de que ahora también hay “padres que paren”).

El abanico trans es tan amplio que es imposible dar un definición que satisfaga todas las casuísticas que pudieran encontrarse porque ser trans se basa en sentirse y declararse como tal. ¿Puede una ley, que pretende ser siempre general, responder a situaciones subjetivas, pareceres o sentires particulares y hasta cambiantes? Difícil, si no imposible, conjugar generalidad con particularidad.

La ley trans también habla de personas no binarias o personas de género fluido que son personas que a veces dicen ser mujeres, a veces dicen ser varones y a veces dicen ser ni mujeres ni varones (de ahí que la ministra diga todas, todos y todEs). Comprenderán que esto no pueda legislarse y que incluso no sea deseable que se haga, porque si se busca que el Estado rija los sentires y pareceres de las personas, entonces estaremos pidiendo al Estado que invada las vidas privadas de la ciudadanía, lo que a todas luces han hecho siempre los estados totalitarios y nunca los estados democráticos.

Creo que las feministas ya hemos conseguido hacer que se entienda qué son las personas transgénero y las personas no binarias o de género fluido. También sé que a cualquiera que me ha permitido que se lo explicase ha entendido rápido que todo esto era un sinsentido. Sin embargo, existen las personas transexuales. Nadie niega que existan, puesto que las conocemos y las hemos conocido toda la vida. Las personas transexuales son personas que no están a gusto con el sexo con el que nacieron y que hacen todo lo posible para tener apariencia externa de ser del sexo contrario. Sus vidas, desde luego, han sido y son difíciles porque se someten a cirugías y fármacos muy nocivos que, de hecho, les ocasionan efectos secundarios importantes. ¿Por qué estas personas no están conformes con su cuerpo? Ciertamente no lo sé. Pero si todo ese calvario médico por el que pasan les ayuda a sobrellevar mejor su vida, siempre que sean personas adultas y entendiendo que el sexo no podrán cambiarlo nunca salvo en la apariencia, allá cada cual lo que haga con su vida. Sin embargo, cuando los menores muestran desprecio por su cuerpo, nadie que respete a la infancia de verdad, podrá defender que es bueno aconsejar a esos menores que se mediquen (haciéndoles dependientes ya de por vida de esa medicación), que se mutilen partes de su cuerpo o que se operen los órganos sexuales privándoles del placer sexual antes de haberlo probado si quiera. Que esos menores consigan reconciliarse con su cuerpo, cuidarlo y respetarlo debería ser el objetivo de cualquier sociedad sana.

¿Qué queremos las feministas? Abolir el género, ni multiplicarlo ni esencializarlo convirtiéndolo en una identidad personal. Queremos eliminar el género porque llevamos siglos defendiendo que el hecho de nacer con un sexo no puede determinar la vida, salvo para las cuestiones biológicas propias de cada sexo. Menstruar o eyacular no nos hace mejores, peores o medio pensionistas; aunque la especia humana, como muchísimas especies animales, cumple con el dimorfismo sexual (los machos y las hembras tienen cuerpos diferentes: el diferente color del plumaje en algunas aves, tener mamas o no en los mamíferos, etc.). Los seres humanos, además de ser animales, somos seres culturales. Mejor dicho, nuestra naturaleza es tan peculiar que exige que desarrollemos la cultura para poder sobrevivir. De ahí que las leyes naturales no rijan la convivencia humana y hayamos creado las leyes políticas, las leyes morales y las leyes sociales. Todas estas leyes, que forman lo que llamamos civilización, serán justas si respetan el dimorfismo sexual (porque no se puede cambiar) y si esa diferencia natural no se traduce en ninguna jerarquía o desigualdad social, moral y/o política. ¿Tan complejo es de entender esto?

¿Tan complejo es entender que querer basar las leyes en algo subjetivo va contra el propio espíritu con el que nacieron las leyes? Las leyes nacieron para regular la conducta de los seres humanos y poder resolver los conflictos de forma racional. La razón (entendiendo razón en un sentido amplio y no como mera razón físico-matemática) está presente en toda la especie humana y posibilita un marco común para discutir, resolver conflictos y llegar a acuerdos. Si la ley renuncia a la fundamentación racional, renuncia a la posibilidad de entendimiento entre los diferentes y los seres humanos somos todos diferentes. La condición social y política se basa en conseguir hacer ver que bajo esas diferencias subyace una igualdad que nos permite reconocernos como humanos y como miembros de la misma especie. Querer renunciar a la posibilidad de enjuiciar hechos bajo los mismos parámetros racionales es tanto como querer renunciar a la civilización, así de claro y rotundo.

Todo lo expuesto es lo que deberían haber discutido los grupos políticos este martes y no la demagogia barata a la que redujeron la sesión parlamentaria. El señor Baldoví llegó a defender que como un niño quería disfrazarse de hada, eso explicaba que en verdad era una niña. ¿De verdad que la izquierda de este país defiende que el comportarse de tal o cual manera hace que las personas sean de un sexo o de otro? Alguien decía ayer en twitter que ser mujer no es tener vagina o no tenerla. ¿Qué es ser mujer? ¿Oler a rosas, levitar en lugar de andar, sonreír sin parar o estar siempre bella y ser obediente?

Desde luego que ser persona no se reduce a un hecho biológico, pero ser de un sexo u otro claro que está relacionado con los órganos sexuales que se poseen, porque ser de un sexo u otro no te hace más persona ni menos, simplemente es un hecho que la especie humana se diferencia entre machos y hembras (varones y mujeres si hablamos de seres humanos que somos biología y biografía). Basta ya de magufadas, basta ya de querer legislar en base a sentimientos y basta ya de aparentar ser muy empáticos cuando en verdad estamos al servicio de las grandes farmacéuticas y del negocio de la cirugía estética.

Por favor, escuchen a las feministas, escuchen nuestras razones y siéntense a debatir aportando argumentos racionales. No compitamos en una guerra por ver quién sufre más, porque desgraciadamente el sufrimiento forma parte de la vida humana y si por cada sufrimiento vamos a redactar una ley, ¿por qué no empezamos por la posibilidad de autodeterminarse la nacionalidad que evitaría muchísimo sufrimiento a millones de personas en el mundo?

Las feministas hemos hecho ruido, pero ni se imaginan el ruido que estamos dispuestas a hacer si esta locura sigue adelante.

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