La no ciudad

Un paseo por Las Vegas nos permite constatar qué es una ciudad mediante la simple oposición a lo que nos rodea. Masas de personas atravesando grandes avenidas sin rumbo fijo, en busca de improvisados espectáculos de entretenimiento. Alojados en los hoteles que conforman el paisaje urbano del centro de la ciudad, mendigan unas horas de pasatiempo en las que permanecer completamente desentendidos de la realidad. En Las Vegas no hay edificios históricos, no hay pasado ni futuro, no se ven escuelas ni hospitales… Todo es efímero en esta enorme bombilla que se levanta en la noche del desierto de Mojave. Un enorme espectáculo de atracciones programado para no pensar ni sentir, que sigue conectando con el ciudadano medio estadounidense, porque le permite continuar siendo una autómata en su tiempo de ocio y un segundo de ilusión, cada vez que pone la mano en la palanca de la máquina tragaperras. Por todo ello, estamos de acuerdo con el profesor Bruce Bégout cuando se refiere a Las Vegas hablando de Zerópolis (Anagrama, 2007), es decir la no ciudad.

Los Estados Unidos han representado como ningún otro país la sociedad de masas nacida hace más de un siglo, al calor de la Segunda Revolución Industrial. Aquella Belle Époque, como la llamaron los franceses, fue la del nacimiento de los espectáculos de masas como el cine, que pronto adquirió un carácter comercial para ir convirtiéndose en el gran pasatiempo que es hoy. Las masas debían estar ocupadas y alejadas de toda trascendencia, consumiendo su tiempo de ocio como en la cadena de montaje de una fábrica de Henry Ford. No había lugar para la reflexión ni un solo segundo que perder. Así permanecía oculta gran parte de las desigualdades sociales generadas por aquel capitalismo. Desigualdades que, sin embargo, fueron denunciadas por la militancia de los movimientos políticos de masas, que surgieron en aquella sociedad de principios de siglo XX.

Aquella sociedad de masas fue evolucionando en Occidente de modo que, en la segunda mitad del pasado siglo XX, el sistema industrial fordista logró alcanzar una prolongada fase de desarrollo, caracterizada por una producción en masa sostenida sobre el consumo de masas. En tanto que consumidor, el ser humano en Occidente contaba con un bienestar material que le permitía despojarse de toda preocupación espiritual. Las masas abandonaban la militancia política, aunque la propia política seguía dependiendo directamente de ellas a través del sufragio. Razón por la que, a partir de la segunda mitad del pasado siglo, la política fue perdiendo el logos (carga trascendente) y el ethos (conducta ética), para centrarse en el pathos (lo emocional), con lo que atraer a unas masas desideologizadas.

La sociedad de masas que gira alrededor de la ilusión generada por el pasatiempo, lo efímero, lo material, ha adoptado unas estructuras y unas formas más o menos definitivas en los últimos cincuenta años. Y ello a pesar de que, precisamente durante estas últimas décadas, no han dejado de aumentar las desigualdades sociales y las dificultades económicas en los países occidentales. Houellebecq y otros intelectuales europeos se han detenido a estudiar, en distintas publicaciones, cómo la ausencia de toda trascendencia se manifiesta de manera cada vez más clara en la arquitectura y el paisaje urbano de una sociedad occidental cada vez globalizada. Edificios de cristal y otros materiales cada vez más usados, capaces de adaptar de forma inmediata los espacios interiores y exteriores a las necesidades de cada momento. Enormes avenidas con unos edificios trasparentes que no se identifican con nada, ni tienen un objetivo más allá de la pura funcionalidad. Todo ello habitúa al ser humano occidental globalizado a tener como único punto de referencia la utilidad, la capacidad para cumplir una función. Todo aquello que no es útil, no vale. Quien no sea útil, tampoco vale. Es decir, la muerte del humanismo.

En Approches du désarroi, un artículo recopilado en Interventions 2020, una compilación de reciente publicación, Michel Houellebecq alude a algunas de estas cuestiones, refiriéndose al contraste que se expresa en los rostros de los turistas en las ciudades europeas. Cuando llegan de los barrios periféricos y funcionales para desembocar en los centros históricos de estas ciudades, comienzan las miradas de estupefacción al contemplar los edificios históricos y el ordenamiento urbano propio de otras épocas. En el centro de las ciudades europeas, todavía se puede ver el paso del tiempo, haciéndose añicos el presente perpetuo en el que estamos instalados. Es natural que el ser humano occidental globalizado quede horrorizado ante esta experiencia, pues con ella su mundo se desvanece. Esto solo puede soportarse a través de los itinerarios turísticos diseñados y establecidos mediante los muchos cartelitos y letreros, que llenan y afean las paredes de nuestros centros históricos. De este modo, estos barrios antiguos se convierten en una suerte de parque de atracciones para adultos, transformando la experiencia trascendente en entretenimiento. La experiencia será satisfactoria siempre y cuando se siga el itinerario adaptado, incluida la parada y el selfi. Romper los márgenes de este guion supondría caer en un abismo desconocido.

La democratización de la sociedad contiene una carga banal inevitable. Sin embargo, lejos del pensamiento trágico de Houellebecq, o de los planteamientos de Ortega y Gasset (España invertebrada), hace ya un siglo, este proceso de banalización cultural no es una condena a la que estemos determinados. Depende de la medida en que las élites publicitarias logren eclipsar los focos de intelectualidad, que aún siguen vivos en Occidente, aunque encerrados en sí mismos y abrumados por el circo de una opinión pública formada en las redes sociales. En este sentido, es precisamente la banalización de la vida pública lo que está matando a la democracia.

En los años sesenta del pasado siglo XX, Pier Paolo Pasolini ya denunciaba todo esto. En las entrevistas e intervenciones compiladas por la editorial Trotta, en el libro Todos estamos en peligro (publicado en 2018), Pasolini expresa su angustia ante el proceso de uniformidad cultural y lingüística, controlada por los medios de comunicación (la televisión en la Italia de los sesenta). Esta uniformidad controlada por los mass media ha pasado por encima de los dialectos y las costumbres populares, minando la tradición europea. Una tradición de la que precisamente brota la protesta y el espíritu transformador, haciendo realidad el progreso a lo largo de cada proceso histórico.

Hay un hilo conductor que ordena la historia de Occidente y comienza antes de nuestra era, probablemente en Judea. Es el hilo que generó los mecanismos de fraternidad y ayuda mutua en torno a muchas sinagogas, en el Mediterráneo del siglo I. El mismo hilo de las revueltas campesinas europeas durante los siglos XIV, XV, XVI… El hilo de Moro y Münzer. Y también el de Rousseau y Robespierre, hasta llegar a los socialismos que, a partir del XIX, repensaron el mundo en términos científicos y solidarios. Este hilo conductor nos permite convivir y construir ciudades. Pervive por debajo de lo funcional, lo banal o el mero entretenimiento.

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