Vagina Con Patas: La importancia del sexo en el sujeto

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Puede que el lector de este artículo esté cansado de leer o de escuchar, en los últimos tiempos, la pregunta: «¿Qué es ser mujer?»

Y es que no es nada extraño encontrarse ante esta cuestión porque, aunque llevamos siglos y siglos siendo y viviendo entre hombres y mujeres, sólo ahora parece que cuesta determinar quién es qué y por qué o, más bien, cuesta atreverse a expresarlo. No quiero decir con esto que no sea necesario repensar la figura social e histórica de hombres y mujeres, pero sí señalar lo ilógico de convertirlos en relativismos ultra subjetivos.

Ante esta pregunta el feminismo responde contundentemente: una mujer es una persona del sexo femenino.

Lo que pudiera parecer algo «de cajón» es tomado, por buena parte del pseudo progresismo más demagógico, como una afrenta directa a los derechos humanos de personas trans y como un reduccionismo biologista y sexista. Más concretamente, es común escuchar la frase «Reducís a las mujeres a vaginas con patas» como respuesta comodín.

Sin embargo, ¿Es así realmente? ¿Es esta afirmación biologista, reduccionista y dañina con las personas trans? Esta cuestión es la que pretendo desarrollar en este artículo.

Respecto la cuestión biológica, el feminismo siempre ha venido destacando el carácter cultural que reviste la figura de hombres y mujeres en el patriarcado. Un aspecto que explica perfectamente Simone De Beauvoir en el Segundo Sexo, cuando expone su tesis «No se nace mujer: llega una a serlo. Ningún destino biológico, físico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; la civilización en conjunto es quien elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica como femenino«.

Los conceptos hombre/mujer y las posiciones políticas de género asociadas a estos (masculinidad/feminidad) son el producto de una historia, una cultura, unas circunstancias materiales que han ido, progresivamente, configurando todos los elementos psicológicos, económicos y culturales en los que vivimos y nos desarrollamos como sujetos. O sea, que no hay nada biológico, o natural que traiga como consecuencia la desigualdad sexual. Esta es un producto del ser humano.

Pero todo esto no significa que la cultura se encuentre al margen de lo que sí que es natural, de lo que sí que es biológico, del medio que nos rodea etc. Es cierto que todo pasa por el ojo humano y que nuestra forma de relacionarnos con el medio pasa también por nuestro entendimiento del mismo y el significado que le damos, sin embargo, esto no puede entenderse en un sentido tan radical que niegue la existencia de las cosas más allá del entendimiento humano. Nuestra cultura se crea a partir de los significados que creamos en conjunto como sociedad, pero el medio sigue existiendo. Esta cuestión, aplicada al problema que nos concierne en este artículo, significa que el ser mujer y hombre, aunque es algo inevitablemente cultural, tampoco puede desligarse de las circunstancias materiales con las que convivimos. Estas circunstancias son: el sexo y la diferencia sexual.

Decir que hombres y mujeres somos personas de un sexo u otro, no es reducirnos a la biología, por el contrario, es destacar el carácter político que tiene el sexo en toda su extensión.

El patriarcado se asienta en un hecho político que es consecuencia de la naturaleza humana: la diferencia sexual. Los seres humanos somos seres sexuados, tenemos una reproducción sexual y binaria. Esto nos configura como individuos con una biología diferenciada. Todo esto no trae como consecuencia el patriarcado, ni el género, pero el ser humano, al interpretar, por sí mismo y en conjunto, estas circunstancias ha terminado desarrollándolos sobre esa base.

¿Por qué es importante el sexo? Porque crea realidades vitales distintas, tanto a nivel individual, como a nivel colectivo.

En primer lugar, las personas tomamos conciencia de nosotras mismas y del medio que nos rodea a través de nuestro cuerpo. Nos reconocemos como «yo» a través de nuestro cuerpo, física y psicológicamente. Cada persona es un cuerpo, que se diferencia de otro cuerpo, que es otra persona, reconociéndose mútuamente como diferentes. Las experiencias vitales cambian según el cuerpo de la persona y uno de los elementos que lo informan desde su nacimiento es su sexo. Sus genitales, sus capacidades (aunque sean potenciales) reproductivas, sus ligamentos, sus huesos, su capacidad pulmonar, su tamaño, su vello corporal… confluyen para crear una realidad concreta que es distinta a la del otro sexo. Pero, además de este reconocimiento individual, funciona como elemento de reconocimiento y relación social. Estas diferencias sexuales nos constituyen como sujetos políticos diferenciados, nos constituyen como «la otredad», a la que se refería Beauvoir, respecto al otro sexo. Es decir, como un grupo político distinto, con necesidades, realidades y capacidades distintas.

A partir de esta diferencia sexual, consecuencia de un proceso evolutivo biológico, el ser humano ha ido creando el género a través de la interpretación política que ha hecho de ella. Nos ha ido determinado progresivamente en un papel u otro, hasta confundirlo con una especie de esencia mística o natural. Es sobre esta idea de otredad sobre la que se ha construido el patriarcado, sobre la que se ha asentado la división sexual del trabajo, sobre la que se ha desarrollado la economía, nuestra cultura, nuestra sociedad. Esto no es biologismo, el biologismo no consiste en reconocer que existe la biología, consiste en entender que la biología te lleva naturalmente a ser femenina o masculino. Esto no es más que POLÍTICA.

El reto del feminismo consiste en derribar esta construcción del género para crear otra que politice la diferencia sexual de una forma liberadora para las mujeres. Construir una sociedad en la que la diferencia biológica no suponga una jerarquía política. Es fundamental, para ello, determinar cuál es el sujeto de nuestro movimiento, qué es la política sexual, por qué se nos oprime, a quienes nos oprimen y quiénes nos están oprimiendo.

Ser hombre y mujer no es ninguna esencia femenina o masculina que se sienta o que se extraiga de tener una apariencia o actitudes femeninas. Es el producto de la historia de la política de los sexos. Ser mujer son todas y cada una de las vivencias que es susceptible de experimentar una persona de sexo femenino en esta sociedad.

Tampoco es dañino afirmar esto respecto a las personas trans, ya que precisamente es este pensamiento de género que asocia ser hombre y mujer a unas construcciones sociales opresivas, los que crean el sistema que les discrimina. La solución a la transfobia es acabar con la estructura de género, no negar el carácter político del sexo.

En conclusión, no necesitamos ningún cariotipo de nuestras células para saber si somos XX, XY, o cualquier otra variación sexual de los genes. El patriarcado no se ha creado sobre nada de eso, se ha creado sobre la diferencia sexual, sobre la política entre los sexos. Una realidad básica humana que se extiende a todos los ámbitos de la sociedad.

Ser hombre y mujer es una condición política sexuada y no un sentimiento individual asociado a estereotipos sexistas dañinos. La clave para la libertad de las mujeres pasa por reconocernos como sujetos políticos sexuados, con una realidad propia, y romper con el sistema de género que se nos ha impuesto.

Así que, no, no somos vaginas con patas, somos orgullosas mujeres. Orgullosas de su historia y orgullosas de sus cuerpos y no vamos a permitir que nada ni nadie nos siga negando para reducirnos a la cárcel de género que se ha reservado para nosotras.

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Elena de la Vara
Elena de la Vara. Graduada en derecho y letrada de la administración de Justicia. Activista feminista desde hace varios años es la vicepresidenta de la Red Feminista de Albacete, ha colaborado en múltiples páginas de temática feminista, escrito diversos articulos para medios como: el plural, público o tribuna feminista; ha intervenido como ponente en diversos foros feministas como la Escuela Feminista Rosario de Acuña y es activa en redes sociales como twitter o Facebook en relación a temáticas sociales.

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