Listerine en el cerebro

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Estos días nos hemos reído, escandalizado, enfadado y hecho todo tipo de chistes con la última ocurrencia de un hombre (oh sorpresa), para más inri ginecólogo, sobre la higiene íntima de las mujeres.

Dado el tema, me parecía perfecto para iniciar una sección llamada “Lo que me sale del coño”. Spoiler, no, no es Listerine.

Nos puede escandalizar más o menos que alguien con un título de medicina diga una barbaridad semejante, pero deberíamos ir más allá. Todo esto tiene mucho más que ver con que este ginecólogo sea un hombre que con cualquier otro factor.

Desde que empezamos a vivir inmersos (y sobre todo inmersas) en el patriarcado, y hablamos de un mínimo de diez mil años, los cuerpos de las mujeres han sido el campo de batalla sobre el que los hombres construían su relato. Un relato que nos ha negado el control de nuestros cuerpos y ha sellado el imaginario masculino hasta el día de hoy, y que se resume de una forma muy sencilla: las mujeres somos la encarnación de todos los males. No hay más que echar un vistazo a cualquier religión o sociedad para comprobarlo. Y salvo la madre de uno (no siempre) y las auténticas santas (o sus equivalentes), tanto nuestras mentes como nuestros cuerpos encierran toda la ponzoña del mundo que trata de pervertir a lo mejor del ser humano, es decir, los hombres.

Si nos centramos en nuestros cuerpos, de los que todavía seguimos sin ser dueñas, sigue instalada la idea de que los cuerpos de las mujeres son sucios, asquerosos incluso. Sigue habiendo muchas sociedades en las que las mujeres son brutalmente apartadas cuando menstrúan, y no olvidemos que aquí hasta hace nada se nos decía que no podíamos hacer mayonesa o bañarnos, por ejemplo. Cómo conjugan los hombres heterosexuales su deseo por nuestros cuerpos a la vez que los consideran sucios supongo que explica muchas patologías psiquiátricas y mucho odio a las mujeres.

No, compañeras, nuestros cuerpos no son sucios per se. Nuestras vaginas se limpian y regulan solas si estamos sanas y no las agredimos con barbaridades como las que sugiere este tipo. Nuestras vaginas huelen, claro que sí, como todos nuestros cuerpos, como huelen los penes también, cada una con su olor y sus características. Y durante unos años de nuestra vida sangran, y tienen sus flujos, y eyaculan. Ninguna de estas cosas es nada que haya que esconder ni de lo que avergonzarse. No consintáis jamás que ningún hombre os haga sentir sucias por tener un cuerpo de mujer sano.

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