El juego en el que fui la pelota

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Siendo madrileño y de izquierdas es lógico que en mis artículos me ocupe a menudo del hecho de vivir en una distopía neoliberal que por momentos me recuerda al Detroit de Robocop: servicios inexistentes, las empresas privadas decidiendo cómo se trata una situación de extrema gravedad como es una pandemia, publicidad omnipresente y muy burda tipo el monigote del supersanitario que ha presidido últimamente la plaza de Callao, etc.

No obstante quiero comentar una cosa que me ocurrió hace poco en un delirante juego en el que fui la pelota entre las administraciones central y autonómica. Y que conviene publicar, ya que estos días tienen una extraña batalla a ver quién ha descuidado más los servicios que gestionan una y otra y quien tiene más responsabilidad en que Madrid sea el centro de la pandemia de coronavirus en Europa por segunda vez.

Al responsable de transportes a nivel autonómico seguramente ya lo conocen: Ángel Garrido, el mismo cobarde que llegó a ser presidente de la Comunidad por un breve periodo de tiempo al estallar los escándalos que acabaron con Cristina Cifuentes, y que cuando creyó que el barco se hundía abandonó corriendo el Partido Popular para «fichar» por Ciudadanos -recuerden que en la neolengua de la derecha ahora a los tránsfugas se les llama fichajes-. En los días previos a lo que voy a contarles había tenido cierta presencia en las redes sociales, ya que había protagonizado un acto muy rimbombante junto al vicepresidente Ignacio Aguado para inaugurar… ¡un dispensador de hidrogel! Esto a día 22 de septiembre, con previas críticas de Aguado al «coladero del aeropuerto de Barajas». Conviene aclarar aquí que, suponiendo que se abran todos los receptáculos de gel que ambos anunciaron para el metro, el citado aeródromo tendrá exactamente una proporción de dispensadores por viajero veintisiete veces superior a la del metro que ellos gestionan. No demasiado bien, visto lo que pasó solo dos días más tarde, el 24: el servicio en varias líneas del subterráneo se veía interrumpido por una inundación debida a las lluvias.

A la derecha, el Metro de Madrid inundado el día 24 de septiembre. A la izquierda, el paripé de Garrido y Aguado en el que solo les faltó llevar a la Orquesta Oficial de la Comunidad.

Pero aparte de estos dos puntos críticos que todos parecen tener en cuenta, en Madrid aún existe otra red de transportes, Cercanías de la Comunidad de Madrid. Esta red está integrada en el Consorcio Regional de transportes, pero es la única del dicho órgano que gestiona el Ministerio de Transporte, Movilidad, y Agenda Urbana de Ábalos. Eso sí, en caso de obras o averías, la Comunidad debe asumir la conexión y coordinación con el resto de transportes y proveer alternativas. Y aquella tarde yo me convertí en la pelota del juego de unos y otros. Ni que decir tiene que yo no tenía intención de participar en aquel partido, yo pensaba acudir a Móstoles a una reunión importante para mi futuro profesional . Había quedado a las cuatro con un supervisor al que llamaré aquí Samuel Góngora para proteger su identidad. Pero Ábalos, Ayuso y Garrido tenían otros planes para mí.

Cuando este villano se presentó a coger el tren que debía llevarle de su villa a Móstoles, todo parecía ir normalmente. Pero después de subir el tren tardaba en arrancar. Pasados unos cuatro minutos, acuden varios operarios de la estación y nos dicen a los viajeros que debemos bajarnos de ese tren, ese convoy va a ser desviado a Fuenlabrada. Municipio del sur muy respetable, pero en el que yo no tenía nada que hacer aquella tarde. Al bajar veo un extraño pastiche en las pantallas anunciadoras de la estación: en efecto, muestran como destino de la línea Fuenlabrada, pero en el renglón inferior exponen un itinerario de paradas correspondiente a Móstoles. Algunos pasajeros preguntan al personal de la estación y a los trabajadores de seguridad de la misma qué ocurre. Uno de ellos logra arrancar una explicación: una avería en las instalaciones ha obligado a desviar ese tren, pero esperan que quede arreglado pronto.

El desaguisado en los carteles de la estación del que les hablo.

Este villano de Madrid empieza a temer que quizás no llegue a tiempo. Reza, cruza los dedos y sacrificaría un pollo si pudiera para que el próximo tren llegue rápido. Ignora ya, porque no mira el reloj para no sufrir con algo sobre lo que no tiene control, cuanto tiempo dura la espera, pero más de cinco minutos seguro que ha tardado el siguiente convoy… y se produce un déjà vu: operarios que avisan que ese tren va a Fuenlabrada, el sinsentido de las pantallas de anuncio, y los altavoces de la estación ya empiezan a repetir que la línea C-5 sufre demoras por una avería.

Este villano saca su móvil y dos ideas cruzan por su cabeza: primero llamar a Samuel Góngora para informarle de que se retrasará. Segundo ver si en la página de internet de Cercanías Madrid aparece algún aviso o explicación sobre el incidente que acaba de padecer. Comprendiendo que el trabajo es prioritario, comunica que tardará en llegar. Sus interlocutores le dicen que lo comprenden, que ya saben que esa línea de cercanías se estropea con frecuencia -quédense con esta información, porque pronto traerá cola-, pero que la reunión es inaplazable. Este villano de Madrid y sufrido narrador de ustedes debe llegar como buenamente pueda a Móstoles, y por suerte parece que no le amonestarán. Tras diez minutos más logra enterarse de que la avería no tiene visos de arreglarse pronto, por lo que debe hacer un apaño con la línea de metro número 12, Metrosur.

En el metro que debe llevarle al enlace con la línea 12, este villano de Madrid y sufrido narrador de ustedes tiembla al oír por los altavoces que también aquí acaban de arreglar una avería en línea, en concreto en la 4, que por suerte no afecta a su itinerario. Dejando a un lado la angustia por no saber la hora a la que llegará, y el calamitoso estado de varias estaciones por las que pasa, el viaje transcurre sin incidentes, y así su sufrido narrador tiene tiempo de comprobar con el móvil que Cercanías de Madrid anuncia en su twitter la incidencia que le ha obligado a desviarse. Y en las respuestas de los usuarios al tweet de la red de Cercanías observa que los cortes en dicha línea son muy habituales. Cosa que no sabía este villano de Madrid, porque antes de aquella tarde no era usuario de la línea, pero recuerden, va con la idea de conseguir un trabajo, de modo que si logra su objetivo, deberá cogerlo de forma habitual. Y el primer contacto con este servicio no es para nada alentador.

El tweet de Cercanías Madrid donde anuncian la avería. Si buscan este tweet y ven sus respuestas verán que, primero, parece algo habitual, y segundo, el tweet donde anuncian la resolución del problema es de ¡seis horas más tarde!

Entretanto, el metro ha llegado a la estación de cambio de zona tarifaria. Esto supone un gasto suplementario con el que no contaba. No sé si es culpa de Ayuso, de Garrido, o de Ábalos, pero alguno de ellos debería reembolsarme este dispendio. Encima si los atracara, piensa este villano, el que quedaría mal sería él.

Pasa el tiempo de otro transbordo, esperar otro tren… Este villano de Madrid y sufrido narrador de ustedes llega a su destino a las cinco menos diez, cincuenta minutos más tarde de la hora, cuando la reunión a la que acudía está a punto de terminar. Samuel Góngora le comunica que valora el interés que ha demostrado, y que verá cómo puede comunicarse con él durante la siguiente semana, pero que la ocasión de aquella reunión ya se ha perdido. Y aquí acaba el primer tiempo del partido donde me convertí en el balón que se pasaban dos administraciones. Curiosamente, los goles los encajé todos yo. Y quedaba el segundo acto, volver a casa en aquellas condiciones. Prefiero el fútbol a este deporte sea el que sea: es molesto, aburrido, irritante, caro y peligroso en tiempos de pandemia. Pero dado que este juego va a seguir existiendo y teniendo efectos sobre la vida de los usuarios de Cercanías de Madrid, elevo mi deseo de que las directivas de ambos clubes cambien.

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