Un monumento a Robespierre

En la primavera de 1989, un grupo de intelectuales franceses constituyeron en París una asociación para reivindicar una calle, una estatua, un monumento dedicado al revolucionario Maximilien Robespierre. En vísperas de la celebración del segundo centenario del estallido de la Revolución Francesa, pretendían profundizar en la comprensión del proceso revolucionario mediante el que se abrió paso la Edad Contemporánea.

Ávido lector de Rousseau, siempre consciente de la herencia intelectual del humanismo cristiano en los fundamentos de la cultura occidental, Robespierre fue mucho más allá de la revolución burguesa. Junto a Danton, Desmoulins, Marat, Saint-Just y otros, impulsó una serie de transformaciones que, por primera vez en la historia, permitirían forjar un Estado democrático en el seno de una sociedad democrática. Así se entiende su lucha a favor del sufragio universal, hasta su establecimiento con la fundación de la Primera República Francesa (septiembre de 1792) y la Constitución del año 1 (primavera de 1793). Si todos los franceses debían ser ciudadanos de la República, entonces todos ellos debían ser libres y, para ello, debían desarrollarse los conceptos de igualdad y fraternidad. Los doce miembros del Comité de Salud Pública, entre los que Robespierre era uno más, si bien el más conocido y carismático, impulsaron toda una serie de medidas sociales y económicas, inspiradas precisamente en estos conceptos. La Ley del Máximo, que limitaba los precios de los productos básicos, el establecimiento de un salario mínimo para los trabajadores, el reparto de tierras (Decretos de Ventoso), la asignación de una renta anual a las personas sin hogar… Son algunos ejemplos de las políticas que hicieron de Robespierre y los llamados montañeses auténticos precursores de las conquistas sociales que se desarrollarían a lo largo de la historia contemporánea.

Jacobinos y cordeleros entendían que la democracia no era posible si no se resolvían las enormes desigualdades sociales. Por ello, más allá de la creación del Estado burgués como instrumento represor al servicio de la nueva clase dominante, la Revolución Francesa, en su fase republicana, configuró los fundamentos esenciales de lo que hoy entendemos por Estado democrático y social. Razón por la que Robespierre y los montañeses merecen un monumento, y no solo en París. También en todas aquellas ciudades que se entiendan políticamente en torno a aquellos conceptos de libertad, igualdad y fraternidad.

Algo así podría tener sentido en la parisina calle Saint-Honoré, donde se encontraba el convento que dio nombre al club jacobino y también el Foyer Duplay, la pensión donde se alojaba el Incorruptible. También podría tenerlo en los Jardines de las Tullerías, sede del Gobierno revolucionario, o en alguna de las calles levantadas sobre lo que fue el antiguo cementerio de Errancis, donde fueron depositados los restos mortales del revolucionario, tras ser ejecutado el 10 de termidor (28 de julio) de 1794.

Lo cierto es que este abogado de Arras, que se dio a conocer en su ciudad durante los años previos a la revolución, por su defensa de las causas justas a favor de los plebeyos, la razón y la ciencia, pronto fue conocido también en París, durante los primeros años revolucionarios. Precisamente por sus discursos en la Asamblea Constituyente. El primero de ellos realmente importante fue su alegato contra la pena de muerte, durante las sesiones para la elaboración de la constitución promulgada en 1791. ¿Cómo fue posible que, pocos años después, el Incorruptible se hiciera responsable, junto a los miembros del Comité de Salud Pública, de la represión desatada durante el periodo del Terror? Por la misma razón por la que adoptó ese apodo. La idea rousseauniana de que la nueva sociedad debía articularse mediante la virtud le obsesionó hasta el extremo de que, en momentos en que peligraban las conquistas revolucionarias, solo veía corrupción a su alrededor. Convencido de que la revolución alumbraría al hombre nuevo, se despojó de todas sus dudas, considerándolas debilidad o traición. Se suspendieron las libertades y los derechos de la constitución republicana, siendo sustituidas por una violencia que se llevó por delante a los revolucionarios y hasta al propio Robespierre.

Se entiende que las élites burguesas del siglo XIX quisieran olvidar a Robespierre y los líderes de la Convención. Sin embargo, hoy continúan las dificultades para reconocer al personaje histórico, que en buena medida supuso la encarnación de la modernidad. Vivimos en una sociedad amable que, en muchos aspectos, se posiciona frente a Robespierre. Como rechazo a los momentos históricos en los que hemos creído alcanzar la verdad, y a los monstruos creados como consecuencia de ello, en la actualidad renunciamos a la misma para caer en un relativismo en el que las ideas se entienden en la lógica de las identidades. Nuestras polémicas intelectuales son interminables porque, lejos de estar sostenidas en el análisis de la realidad, tienen un componente puramente emocional. Llamamos a esto postmodernidad, porque se trata de una deriva intelectual que ha brotado precisamente de la renuncia a la modernidad. Por estas razones, Robespierre y quienes formaban la Montaña en la Convención Nacional siguen siendo personajes incómodos hoy día. Somos incapaces de reconocernos en ellos, con sus luces y sus sombras, y preferimos reconocernos tan solo en nosotros mismos.

Unos meses después de que se diera a conocer aquella asociación parisina de intelectuales por Robespierre, cayó el Muro de Berlín y, con él, también el socialismo realmente existente en la Europa del este. La definitiva renuncia al debate ideológico consolidó el actual marco intelectual postmoderno y fortaleció la lógica propia de la economía neoliberal. Robespierre y los viejos revolucionarios quedaron enterrados bajo los cascotes del Muro, y su legado histórico de justicia social quedó del todo empañado por la violencia política propia de los tiempos revolucionarios. Parece realmente difícil en el tiempo actual promover debates intelectuales en torno a figuras complejas, como la de Robespierre, que requieren multitud de matices.

Romain Rolland comenzaba su libro sobre el revolucionario de Arras describiendo el ruido de la carreta que llevaba a la guillotina a Georges Danton y Camille Desmoulins, a su paso por la calle Saint-Honoré. Encerrado en su habitación del Foyer Duplay, el Incorruptible no era capaz de asomarse por la ventana, torturado por el ruido de aquella carreta que llevaba a la muerte a sus amigos y camaradas. Una condena a muerte firmada por él junto al resto de los miembros del Comité de Salud Pública. Convencido de que, en aquellas circunstancias, la condena era necesaria para proteger la revolución, realmente con ella se certificaba también el final de la misma. Mientras Desmoulins seguía pidiendo auxilio a gritos a su amigo Robespierre, este pudo oír también la voz ronca de Danton, que le gritó: “¡Yo abriré hoy la fosa en la que tú no tardarás en caer!”

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