Hannah Arendt y la banalidad del mal

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Ni la vida ni las ideas de Hannah Arendt fueron cómodas para ella ni para su entorno familiar, social o político. Arendt es de esas personas que desde el principio presenta sus ideas con libertad y absoluto convencimiento de ellas, apoyadas por una fuerte vehemencia y conocimiento. No es solamente una intelectual incómoda para muchos, sino también una luchadora comprometida con sus ideas, que defiende y pone en práctica aún con el riesgo personal que ello suponía en la Europa del primer tercio del sigo XX.

Su trabajo fue un constante análisis de las situaciones sociales y políticas que la rodeaban, tanto como mujer, como judía y, sobre todo, como persona ante los ataques que el individuo sufre por los totalitarismos de su época, especialmente el que ella padeció: el fascismo. Pensadora fuertemente influenciada por Jaspers y Heidegger, de los que se separa y acerca a lo largo de su vida -como muestra de su independencia de criterio-, desarrolla una obra marcada por la teoría política del pluralismo generador del potencial de libertad e igualdad política entre las personas, y preocupada por la inclusión del Otro en el discurso político.

Formada en el ambiente de riqueza intelectual de la Alemania prenazi de los años 20 y 30, estudia en las universidades de Marburg, Heidelberg y Freiburg con Heidegger, Husserl, Jaspers y Hartmann, de los que conoce de primera mano las ideas sobre el existencialismo y la fenomenología, y se introduce en la teoría de la llamada “cuestión judía” de la mano de Kurt Blumenfeld, director y portavoz del movimiento sionista alemán, que la llevan a tomar conciencia de su situación de advenediza o “paria” entre sus iguales intelectuales, en una Alemania que empezaba a llenarse de “camisas pardas”, y si bien ella nunca se consideró una judía sionista al uso, sí se vio obligada a tomar posturas con las que más tarde no querría ser identificada, pero, y como declaró al periodista de Spiegel Günter Gaus, “Si te atacan como judío, debes defenderte como judío”[1], rechazando la postura acomodaticia de muchos intelectuales, incluso judíos, que se habían “amoldado” al régimen nazi en los primeros años.

Con la idea de la banalidad del mal ejemplificaba Arendt la actitud de los que ante una situación política o social de represión abdican de su responsabilidad individual para sobrevivir en un dolce far niente de aceptaciones calladas ante las injusticias. Ella lo había señalado ya al principio del nazismo, cuando reprochaba a sus amigos y mentores Jaspers y Heidegger su laxa postura ante este fenómeno y el olvido de su responsabilidad intelectual. Les achacaba su incapacidad para “pensar” en abierta oposición a su capacidad para “hacer ciencia”. Pues si no podía negar la capacidad intelectual sí podía negarles la de “pensar libremente”, como les era exigible por su condición y sacar las conclusiones evidentes que se derivaban de los postulados totalitarios del nazismo, en abierta contradicción con las ideas que defendían en sus cátedras.

Bertolucci nos muestra ese comportamienot en El conformista, donde un respetado profesor de filosofía se afilia al partido fascista para desaparecer en la multitud sin perder su puesto en el mundo social y profesional. Es la acomodación del nihilista que acepta cualquier opción ética por pura supervivencia, en una ausencia total de criterios que no sean los más inmediatos a su beneficio personal.

Y si los intelectuales abandonan su crítica y se adaptan a esa cosmovisión que sólo un sistema totalitario puede crear, ¿qué se puede esperar del resto de la población? Pues lo mismo que les es exigible a cualquier intelectual: “pensar”; que es una condición que se basa en valores éticos no en conocimientos. Pero sucede que la ética, no la creencia, se construye por un proceso reflexivo tan distinto al que es propio de la transmisión cultural, que la existencia de una ética personal independiente de los valores sociales al uso se convierte en una tarea de dificilísima realización. Quien vive el día a día en su trabajo y familia, apenas si reflexiona sobre por qué cree en lo que cree, ni cuestiona si lo que se acepta como verdades evidentes cumplen con unos mínimos criterios éticos sobre el respeto a los derechos humanos.

Y en ese aspecto es como Arendt en su libro Eichmann en Jerusalén se sirve de la figura de éste para representar a ese hombre medio al que nunca se le ocurre cuestionar moralmente lo que hace, porque es lo que le ha ordenado quien tiene el “poder legal” para hacerlo. Es la aplicación de la “ley de obediencia debida” que con tanto éxito explotaron los asesinos de las dictaduras sudaméricanas cuarenta años después. Es “la banalidad del mal” que emplearía para ejemplificar esa renuncia a “pensar” que se da en los Eichmann de todo el mundo hasta convertirlos en genocidas. La que lleva al ciudadano común a delatar, linchar a su vecino porque es del grupo señalado como enemigo del Estado, del Pueblo, de la Raza.

El genocida del siglo XX no es un psicópata, ni un anormal. Es un padre de familia integrado, respetuoso con su jefe, competente en su trabajo. Alguien con el que coincides en aficiones y preocupaciones diarias, con el que te cruzas al ir al trabajo o en la reunión de padres del colegio. Y eso es lo que preocupa y asusta tanto, que la idea de que “Eichmann no era […] Macbeth […]. A excepción de una diligencia poco común por hacer todo aquello que pudiese ayudarle a prosperar, no tenía absolutamente ningún motivo.”,[2] remueve esa idea de que el totalitarismo nazi y sus campos de exterminio eran sólo la consecuencia de una serie de criminales psicópatas. Nada que ver con los “buenos ciudadanos” que nunca matarían si no es por la patria. Y eso es lo que hicieron los asépticos SS: Matar por la patria, sin odio ni ensañamiento, con perfecta profesionalidad y siguiendo el plan que se acordó en la conferencia de Wannsee, y en la que Eichmann participó en su calidad de responsable de la Oficina Principal de Seguridad del Reich.

Como escribiría Salvador Giner: “La mayoria de los humanos no son héroes y en el alma de muchos habita una inclinación a la obediencia maligna (…) Lo que Arendt demuestra es cómo la mediocridad moral, la cobardia de los débiles y la fácil obediencia rutinaria es la que transforma a la gente corriente en mansos brazos de la brutalidad y de la barbarie totalitaria”[3]. Es la maldad del hombrecillo insignificante que cumple órdenes estúpidamente, sin preguntarse ni por un momento su sentido ni el valor moral de las mismas. Es el hombre incapaz de hacer frente a su obligación moral de pensar y actuar en consecuencia; como lo haría el Dr. Stockmann[4].

Lo que hay en los “Eichmann” es incapacidad para pensar, para sentir con el “otro”. Esto es, pensarse, tener la imaginación como para reflexionar y ponerse fuera de la propia idea, en lo que Kant llamaba “capacidad de juzgar”[5]: que es saber formar juicios de validez general cuando no hay reglas por las que orientarse y éstas están tan deformadas por el pensamiento totalitario que parecen no existir. “Es el problema de la ausencia de moral”[6]. El mal o la “banalidad” de ese hombre -Eichmann- es una cuestión de falta de juicio, de criterio, de sentir con otros, de empatía. Es la estupidez social individualizada en cada uno de los actos del sujeto que se adapta al rebaño, incapaz de generar una idea propia, una convicción que no sea la de “hacer lo que se me diga”.

Escribe Víctoria Camps en Hablemos de Dios a Amelia Valcárcel que el mal descrito por Arendt sería tan radical que desafiaría al pensamiento de tal manera que sobre él “ningún pensamiento es posible, pues va más allá de la misma capacidad de pensar y juzgar del ser humano.”[7] Escaparía a las previsiones establecidas en las leyes marcadas por Dios semejante actuación inhumana, pues Eichmann “no se dio cuenta de lo que estaba haciendo”. Y aquí no puedo estar de acuerdo con la interpretación que Camps hace de la idea de Arendt. Eichmann sí era consciente de lo que hacía. No era un loco al uso, ni un psicópata insensible al dolor ajeno. Era un honesto funcionario de un régimen totalitario que había establecido un criterio jurídico por el que una parte de la humanidad no era reconocida como tal, y por tanto su existencia estaba abierta a cualquier contingencia que marcase la autoridad. El comportamiento de Eichmann es pura irreflexión. Y en eso radica su maldad: en la estupidez socio-personal que le impide preguntarse ¿qué debo hacer? ¿Es lícito moralmente lo que se me pide?

La carta de Camps a Valcárcel y la respuesta de ésta andan, ambas, por el campo de si la existencia de Dios explica, justifica, excusa, permite o produce la existencia del mal. No lo sé. Y no creo que nos ayude a entender el mal que Dios, en cualquiera de sus múltiples variantes, ha ayudado a justificar, ni aporte mucho a entender el fenómeno. Como dice Valcárcel “El problema lo tienen los monoteístas aristotélicos, que han decidido que Dios es bueno además de único”[8]. Allá ellos. Eso no da ninguna pista para entender el mal y sí para entender las miles de alternativas para hacerlo en nombre del “bien”; pues como decía Pascal «Los hombres nunca cometen maldad tan alegre y completamente como cuando lo hacen por una convicción religiosa». Que no es el caso de Eichmann, al menos aparentemente; o lo es, si cambiamos convicción religiosa por convicción política. Eichmann, los Eichmann de ayer y hoy actúan igual estén donde estén, sea las SS o un tribunal de la Inquisición.

Por ello, el antídoto a la maldad es la duda. Dudar por principio de toda afirmación sobre lo que es bueno o es malo, de lo que es incorrecto o correcto, de lo que se debe o no se debe hacer para construir una escala de valores en que la premisa primera sea la de sentirse con el otro, a vivirse como una extensión de los sentimientos y anhelos de tus semejantes. Y esa escala de valores se hace por un proceso evolutivo de razonamiento y acuerdo sobre los beneficios que todos se reconocen entre sí; en el proceso de la construcción del Estado de derecho y de los Derechos Humanos.


[1] Arendt, Hannah (2010) Lo que quiero es comprender. Sobre mi vida y mi obra. Editorial Trotta.
[2] Arendt, Hannah (2005). Eichmann en Jerusalén. De Bolsillo.
[3] Giner, Salvador (2008). Historia del pensamiento social, Ariel.
[4] Ibsen, Henrik J. (1882). Un enemigo del pueblo.
[5] Kant, Emmanuel (1790). Crítica del juicio.
[6] Camps, Victoria y Valcárcel, Amelia (2007). Hablemos de Dios. Taurus.
[7] Op. cit. p. 127.
[8] Op. cit. p. 139.

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