Una revolución posible

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Cuantas veces habremos arreglado el mundo y homos montado una idealizada revolución delante de una cerveza (probablemente no la primera, ni la segunda…) en la terraza de un bar. Cuántas otras veces hemos escuchado una noticia y antes de que acabara, hemos especulado y montado castillos en el aire, con la esperanza de que se materialice el giro de acontecimientos que deriva en la irremediable revuelta popular que nunca llega. Otras veces te das cuenta de que algo a lo que no has prestado la suficiente atención, estuvo a punto de conseguirlo… pero no. Y luego está lo que parece que te ha sobrepasado un poco, porque realmente no lo ves viable, pero parece que hace más daño de lo que tú imaginas. En este último caso, es esa “revolución digital”, que abandera Anonymous, se antoja demasiado falto de filosofía o de un contenido realmente interesante, pero sin duda es algo que puede llegar, tal y como lo cuenta la serie de hoy, Mr Robot.

Este thriller, creado por Sam Esmail (sí, Es-mail, el chiste es muy malo), producida y escrita por el mismo, estrenada en mayo de 2015 en varias plataformas, finalmente televisada en USA Network y producida además de por Esmail, por (tatachán tatachaaan) Anonymous Content. Consta de cuatro temporadas, la última de ellas, que serías su conclusión, emitida en noviembre de 2019. Un final que, es bastante satisfactorio, lo cual es raro en series con más de dos temporadas. La primera temporada fue aclamada por crítica y público, a partir de la segunda y tercera bajaron un poco el listón, pero se mantuvieron bastante bien y la cuarta volvió a la altura de la primera, si no la superó.

La serie trata de Elliot Alderson (Rami Malek), que trabaja en una empresa de seguridad informática en Nueva York, que lucha contra su neurosis y sus drogadicciones y actúa de hacker en sus propias cruzadas, hasta que es contactado por un grupo subversivo liderado por Mr. Robot (Christian Slater), llamado FSociety, lo cual implicará todo tipo de tramas en busca de un golpe definitivo contra el capitalismo global, poca broma. La serie está muy bien asesorada técnicamente, y empresas de seguridad cibernética como Avast o Panda Security, la han elogiado por lo bien que se representan los ciberataques y los aspectos técnicos y a nivel tecnológico que muestra la serie. De hecho, los actores tuvieron un equipo técnico que los formaban en informática para que todo fuera lo más fehaciente posible, dentro de lo que una ficción puede permitirse, saliendo de los clichés que suelen aparecer en la pantalla, del cual llegan a burlarse en algunos momentos (como el visionado de la película Hackers de 1995). Si bien es cierto que hay una serie de cameos y pequeños personajes maravillosos, para mi gusto le añade una subtrama a partir de la segunda temporada que baja un poco el ritmo trepidante de la serie, pero saben reconducirla a través de la tercera temporada.

¿Qué decir del protagonista? Se trata del oscarizado Rami Malek (Bohemian Rhapsody), un actor que ya apuntaba maneras desde su primera aparición en 2004 en Las chicas Gilmore y que desde entonces ha ido creciendo como actor en cine y televisión e incluso poniendo su voz en videojuegos (¡no para el tío!) y será el antagonista en la próxima entrega de 007. Está brillante y engancha como nadie. Pero hay otros dos que hacen un trabajo magnífico en la serie y sin los que tampoco sería igual. Por un lado está Christian Slater, fenomenal, en un caramelo de personaje, todo hay que decirlo, por lo que es y lo que implica, pero igualmente, está espléndido. La otra es Carly Chaikin, una actriz que desconocía y que hasta esta serie había estado haciendo papeles pequeños en algunas series, tiene un registro y un arco de personaje muy interesante hasta el final.

Lo mejor, la forma en la que está contada, el ritmo y la precisión con que cuenta, habiendo capítulos que son de lo mejor que he visto en una serie.

Lo peor, si bien está genial su ambientación y precisión técnica, a veces uno se pierde un poco, pero es anecdótico y no suele durar mucho.

La serie deja impregnada en el ambiente la verdadera posibilidad de que pueda cambiar el sistema, o al menos hacerlo menos injusto, lo cual es maravilloso. Sin embargo, se viene a la cabeza lo futilidad del cambio. Porque realmente, al no haber ninguna base filosófica ni ideológica detrás de estos cambios, únicamente son paños calientes, que no hacen que una subversión realmente posible tenga contenido. Me recuerda un poco a la película El club de la lucha (de David Fincher, 1999), en la cual también se habla de estos paradigmas de cambio, pero hacia ninguna parte, lo cual es interesante, incluso bello, pero a la vez triste, porque ahí es cuando ves que, si se llegara a producir, el viejo sistema volvería de nuevo, rápidamente y con más peligro. Porque una verdadera revolución es construir algo mejor sobre algo obsoleto, no el mero hecho de destruir lo que no nos convence. Aunque el primer paso pueda ser así, lo que habría que pensar muy bien sería el segundo. ¿Hacia dónde queremos ir? ¿Estamos dispuestos a arriesgarlo todo? ¿Cómo lo hacemos? Aún la respuesta a estas preguntas parece resistirse para muchos. Pero será cuando confluyan, cuando no habrá quien pare el tren.

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