Hacia la segunda legalización

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Se cumplen, este 9 de abril, 43 años desde que el PCE fue legalizado. Y aunque la memoria es un bien preciado en estos tiempos en donde cada fórmula fallida anteriormente es vendida como un éxito asegurado, dejaré que el retrato lo hagan quienes vivieron aquellos días y dedicaré este espacio a explicar por qué ese denostado ejercicio que es la militancia activa es hoy tan necesario, aunque la situación y aquellos que nos sitúan en uno y otro ring político nos inviten a bajarnos de él y a dedicarnos a la prédica vacua en redes sociales o a darnos cabezazos contra la pared de nuestras respectivas casas, a solas con nuestra inflamada impotencia. Empezaré pues esta pequeña andadura, sostenida en el optimismo de la razón,
recordando la fábula del tonel vacío que menciona Lenin en el “¿Qué hacer?”, narrándola de la siguiente manera:

“Marchamos en grupo compacto, asidos con fuerza de las manos, por un camino abrupto e intrincado. Estamos rodeados de enemigos por todas partes, y tenemos que marchar casi siempre bajo su fuego. Nos hemos unido en virtud de una decisión adoptada con toda libertad, precisamente para luchar contra los enemigos y no caer, dando un traspiés, en la contigua charca, cuyos moradores nos reprochan desde el primer momento el habernos separado en un grupo independiente y elegido el camino de la lucha y no el de la conciliación. Y de pronto, algunos de los nuestros empiezan a gritar: “¡Vamos a esa charca!”. Y cuando se les pone en vergüenza, replican: ¡ah, sí, señores, ustedes son libres no sólo de invitarnos, sino de ir adonde mejor les plazca, incluso a la charca; hasta creemos que su sitio de verdad se encuentra precisamente en ella, ¡y estamos dispuestos a ayudarles en lo que podamos para que se trasladen ustedes allí! ¡Pero, en ese caso, suelten nuestras manos, no se agarren a nosotros, ni envilezcan la gran palabra libertad, porque también nosotros somos “libres” para ir adonde queramos, libres para luchar no sólo contra la charca, sino incluso contra los que se desvían hacia ella!”

Esta cita, que utilizó Lenin frente a la libertad de crítica que sostenían quienes defendían una revisión en el papel de la socialdemocracia eliminando su componente revolucionario en pro de las reformas dentro del marco democrático es extrapolable a nuestros días, aunque en un contexto distinto. ¿Cuántos de los que están en sus casas sin actividad militante se han sentido empujados a la desmovilización por la actuación de las líneas supuestamente amigas?

Quienes sabemos de la necesaria superación del sistema capitalista, de la también necesaria construcción del socialismo y luchamos por el fin último del comunismo, caminamos en terreno pantanoso, rodeado de toda clase de enemigos, transitando un sendero con no pocos obstáculos y más bien ninguna alegría, pero en ningún caso podemos sentirnos libres de abandonar el camino, sabiendo que no hay otra vía para construir nuestro proyecto y, en definitiva, aquello que dota de un sentido nuestra propia existencia como individuos. Por mucho que quieran conducirnos hacia el pantano, ellos son libres de caminar hacia él -e incluso debemos ayudar a quien tiene su sitio en el pantano a hacerlo -como lo somos igualmente de luchar contra el pantano. Pero nadie es libre de envilecer la lucha que debemos organizar y
emprender.

Es esta la principal problemática que enfrenta el movimiento comunista, ¿cuál es el marco organizativo en que debe armarse la táctica y la estrategia del movimiento comunista en España? ¿Debemos desertar ante el disentimiento, ante derivas más o menos acertadas, mejor o peor intencionadas?

Esta práctica terrible nos lleva a la disolución en decenas de grupos, este pensamiento individualista de la actuación política, la sensación de soledad en determinados planteamientos, son planteamientos individualistas. Nuestra ideología no puede llevarse a cabo recorriendo cada quien un camino distinto, sino que debemos presentar batalla, cueste ésta lo que cueste, en el marco interno del Partido. Un marco interno que, en definitiva, es una lucha contra esa individualidad de planteamientos dispersos que constituyen una gran convicción: el Partido ha sido envilecido, sus planteamientos tergiversados. ¿Y quién va a dar la batalla?

Que existan luchas internas, que se presente batalla contra nuestros adversarios hasta la extenuación, entra dentro de lo que cabe esperar de nuestra participación política, fuera de nuestro Partido, pero también dentro. Y asumir esa batalla, por mucho que se multipliquen los enemigos y escaseen las manos amigas a las que agarrarse para recorrer el camino, entra dentro de los deberes que los tiempos adversos nos vienen imponiendo. No podemos esperar a que el Partido sea un traje a medida confeccionado por otros, debemos tejer la herramienta entre todos los que tenemos convicción y capacidad.

Abandonar es condenar a una segunda clandestinidad, es ilegitimar un proyecto que sabemos inevitable, imprescindible. Atacar al conjunto es minar a los elementos activos. La lucha en nuestros días, en estos años, si bien menos agradecida, es tan grande como una revolución: supone poner en marcha la maquinaria que ha de cambiarlo todo, incluidos a nosotros mismos. Y derrocar postulados que ahora parecen enquistados en nuestro seno es una tarea que se está posponiendo, pero que no se puede eludir.

Todos en estos últimos años hemos sido asolados por la situación de una gran cantidad de camaradas que se han desactivado o han sido desactivados, que se han cansado, muchos no encontramos la forma de motivar que nuevos militantes se organicen. Es responsable no entrar en vicisitudes internas que en nada enriquecen el debate en un espacio público, tanto como lo es llamar a presentar las batallas que requiere una causa mayor que cualquier deriva coyuntural, sea ésta cual sea, en el seno del Partido que hace cuarenta y tres años se legalizó y que hoy vive, entre vítores y cantos de sirena, una clandestinidad más. Pero ese Partido, que es patrimonio de todos y así lo sienten quienes están y quienes están por llegar, sabemos que es el marco posible para aglutinar, para formar, para organizar. Y no sólo el marco posible, sino también el necesario. No esperemos, por mucho peso que llevemos a nuestras espaldas, que esta nueva eclosión que debe llegar y que para el movimiento correcto de nuestra clase así debe ser, la traigan otros. Ya saben, en este patrimonio internacional que es el comunismo, aquello que dijo un cubano medio español “en una fortaleza sitiada, toda disidencia es traición.”

Fortifiquemos.

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