La trinchera infinita: memoria y olvido

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La trinchera infinita (2019) es una película dirigida por Jon Garaño, Aitor Arregi y José Mari Goenaga. Está protagonizada por Antonio de la Torre (Higinio) y Belén Cuesta (Rosa).

Higinio y Rosa son un matrimonio que vive la Guerra Civil y la dictadura en un pequeño pueblo andaluz. Higinio, concejal republicano, es delatado al comienzo de la Guerra e intenta huir para ponerse a salvo. Una bala que lo alcanza lo obliga a regresar ocultándose en su propia casa. Pese a que los fascistas sospechan que no ha logrado escapar sin que se sepa a dónde –como su pareja asegura cuando la interrogan– no consiguen encontrarlo, ni siquiera torturando a Rosa para que confiese la verdad. Rosa está convencida de que una nueva huida podría ser fatal y le convence para que se mantenga escondido en casa. La mayor parte del tiempo vive en un falso armario tras el que improvisa una habitación secreta.

Su historia es la de cientos de topos republicanos que permanecieron ocultos en sus casas durante toda la dictadura sin pisar la calle en casi cuarenta años. Vidas rotas por el fascismo; vidas que no lo son. Décadas de reclusión amarga y desesperante como única alternativa a la muerte. Vidas que merecen ser rescatadas en un ejercicio de “verdad, justicia y reparación.” Personas justas cuya existencia no estaba permitida por defender la República o, simplemente, no colaborar con el fascismo. Por ello se condenaron a que su única “elección” fuese entre aceptar enterrarse en vida o la muerte misma.

Personalmente, siento que tenemos una deuda histórica con la República y la resistencia antifranquista que no estamos resarciendo de modo justo. Me parece que la laxitud que existe con la consideración que merece un régimen fascista y genocida como el franquista es bochornosa aún hoy y que todo esfuerzo que se haga para poner en valor la dignidad de las víctimas de la dictadura es imprescindible. Nunca será suficiente. En este sentido, la película es muy necesaria como también lo fue Los girasoles ciegos y tantas otras que nos devuelven dignidad y memoria. Sin embargo, hay algo que me impide admirar la película con convencimiento y es la relación profundamente desequilibrada que existe entre sus protagonistas: Rosa e Higinio.

Desde luego, es innegable, Higinio soporta una situación límite. El miedo y la angustia, la soledad y el encierro, la injusticia y la rabia lo acompañan cada segundo, cada minuto, día, semana, mes, año y década durante más de treinta insoportables años recluido en un rincón inhabitable sin ninguna oportunidad de desarrollar el más mínimo proyecto vital que no sea el de evitar la muerte viviendo muerto en vida. Su destino es terrible, no hay duda.

Pero no es mejor la situación de Rosa, de hecho, a mi juicio, es significativamente peor. Es la compañera fielmente entregada a la seguridad y al bienestar de Higinio. Es una mujer fuerte y valiente que vive una guerra y una dictadura: más de treinta años del mismo miedo, la misma angustia, la misma soledad, la misma injusticia y la rabia que él sufre. Pero lo hace, además, velando por Higinio y sin que nadie vele por ella. Su determinación es admirable y hace lo que muchos/as haríamos por una pareja o por otros seres queridos si con ello pudiésemos proteger sus vidas. Ella comprende a Higinio, contiene su desesperación lógica, lo cuida, lo escucha, lo consuela, le muestra afecto, le da aliento, intenta hacerle llevadera su muerte en vida. Sabe que, en caso necesario, y así sucede, soportará la tortura que sea oportuna por protegerlo y no delatarlo. Sabe, y quiere, velar por su suerte sin pestañear. Y lo hace siempre, año a año, sin dudarlo y con eficacia. Miente, disimula, decide, resuelve. Todo sola, siempre sola. Pero todo sin una duda o flaqueza que se le interponga.

Pero, ¿y ella qué recibe de Higinio? Reproches, indiferencia y una frialdad que hiela. No al principio. De hecho, al comienzo se observa una relación más o menos aceptable en la que él piensa en el bien de Rosa y el deseo parece mutuo y compartido. Pero, en cuanto apenas avanza la vida de Higinio como topo, la vida de Rosa pasa a un segundo plano que Higinio no contempla ni siquiera de reojo si no es para demandarle atención incondicional a su situación y su sufrimiento (terrible y desesperante realmente, insisto en que no lo pongo en duda) obviando el bienestar, las necesidades y los sentimientos de Rosa.

Rosa cuida sin que la cuiden. Podríamos pensar que es porque Higinio no está en situación de protegerla. Y es cierto. Nada tengo que objetar, al contrario, a que sea ella quien provea y proteja a su pareja y saque adelante a su familia. Pero, ¿no podría Higinio mostrar atención a la situación emocional de Rosa? ¿No podría darle aliento y ofrecerle algún momento de complicidad en el que ella también pudiese desahogarse, permitirse flaquear o ser franca con su agotamiento y su propio sufrimiento? ¿No podría ser comprensivo y atento aun cuando asumiéramos que es comprensible que en otras ocasiones la desesperación y el cabreo le venciesen? ¿No podría esforzarse un poco y sobreponerse exactamente igual que ella hace constantemente y proveerle de la ternura, el reconocimiento y la comprensión que ella necesita tanto o más que él? ¿No puede brindarle por una vez una simple sonrisa, un abrazo o una caricia en el hombro que haga sentir a Rosa mínimamente valorada? Sólo hay una única ocasión en la que empatiza con ella: cuando Rosa llega a casa con el pelo rapado tras un interrogatorio en el que no lo delata. El resto del tiempo no sólo no es comprensivo, ni atento ni tierno ni paciente: nunca agradece el esfuerzo de Rosa. Nunca explicita que admira su valentía y todo lo que hace por él, quizá porque ni siquiera haya reparado en lo que ella tiene de extraordinaria. Nunca se ocupa de averiguar y escuchar cómo sobrelleva ella cada año que sobre ellos, los dos, caen como losas. Al contrario, le reprocha la “libertad” de la que goza y él no. “Libertad” que Rosa emplea exclusivamente en la supervivencia y el bien de Higinio.

Pero Higinio lamenta no poder controlar todos los movimientos de Rosa. Le reprocha que se relacione con otras personas, que quiera ir a conocer el mar aunque eso sólo le suponga un día lejos de él. Le pide cuentas de los teléfonos que encuentra apuntados en una nota, le registra el bolso. Tampoco admite que Rosa tome decisiones propias o exprese directamente su voluntad. Se evidencia cuando Rosa manifiesta que quiere tener un hijo. Higinio no quiere, algo que parece más que comprensible dada la situación (nada recrimino a la discrepancia). Lo inaceptable es que Higinio parece incómodo no tanto por lo que podría suponer tener un hijo en su situación sino porque sea Rosa la que haya tomado la iniciativa de expresar abiertamente su deseo. No facilita una conversación franca y tranquila en la que expresar y sopesar lo que piensan. La evita porque no acepta la iniciativa de Rosa. De hecho, y aunque es Higinio el que se muestra reticente a tener hijos, poco después de esa “conversación”, lo que hay es una escena en la que Higinio sale del escondite, avanza al dormitorio donde duerme Rosa y la penetra sin ni siquiera despertarla. Cuando ésta es consciente le pide claramente en cuatro o cinco ocasiones que la escuche, que no quiere, que se detenga… y él no lo hace. Él se va de la habitación, cuando finaliza, sin haberla mirado ni un segundo a la cara. De forma más corta: la viola.

Tampoco en esta ocasión Rosa le recrimina nada. Al contrario, continúa su día a día como si nada hubiera sucedido. Continúa trabajando como costurera en su propia casa donde recibe encargos para arreglar ropa. Poco después, un militar le pide algunos arreglos para su chaqueta. Intenta “ligar” con ella. Ella se niega y, también, la viola. En esta ocasión, sin embargo, Higinio sale en su ayuda sin dudarlo en cuanto se da cuenta y estrangula al militar teniendo muy claro que actuaba contra la voluntad de su pareja y humillándola.

Avanzando la película, Rosa se encuentra feliz por haberse quedado embarazada. Él se muestra completamente inexpresivo y sólo lanza reproches ante una acción de la que él es responsable. Entonces ella se va una temporada, pues cuando nazca el niño debe fingir que es su sobrino y que lo trae del pueblo de su familia para encargarse de su cuidado, ya que sus hipotéticos padres no pueden. Cuando vuelve con el niño, la inexpresividad por parte de Higinio es absoluta una vez más y la vida del matrimonio continúa con una jerarquía marcada de modo radical. Todas las iniciativas, deseos e intereses de Rosa son puestos entre paréntesis e ignorados por Higinio.

Vista la película, me hago algunas preguntas: ¿Cuál es el mensaje? ¿Quién es la víctima y quién el verdugo? ¿Se puede ser víctima y verdugo a la vez? ¿Hasta qué punto es justificable que una víctima de un despotismo absoluto y totalmente injusto actúe del mismo modo en la ínfima, o no tan ínfima, parcela en la que aún puede ejercer su poder sobre otra persona?

Indudablemente, Higinio es un oprimido por un régimen fascista. Por supuesto, Rosa es otra oprimida, pero doble: oprimida por un régimen fascista y oprimida por un régimen patriarcal. Rosa es la oprimida del oprimido, lo que creo que convierte a Higinio, además de víctima, en opresor. Pero, ¿cuál es la intención de la película? ¿Está en la voluntad del director que percibiésemos a Higinio no sólo como víctima sino también como verdugo o en ningún momento se desea para el protagonista otra cosa que la empatía del público sin reservas? Me parece la pregunta clave y que de su respuesta depende la lucidez de la película. Yo no la sé responder.

Mi conclusión, no necesariamente acertada, es que la película nos interpela en nuestro compromiso con los represaliados republicanos, con las víctimas de la dictadura, con la denuncia de la situación de injusticia absoluta provocada por el fascismo. Del mismo modo, lo desearan sus directores o no, la película permite ver, si se quiere ver, que una vez más que las mujeres son siempre el último eslabón del último eslabón, las represaliadas de los represaliados, las víctimas dobles de toda injusticia. Allá donde se persiga una causa justa, las condiciones de las mujeres que luchan por esa causa serán de mayor represión y dureza. Esto no quiere decir, por supuesto, que se pueda encontrar en todos los hombres un opresor. Sería tan injusto y absurdo como suponer que todos los hombres oprimidos y tratados con injusticia sean incuestionable e indudablemente igualitarios en cuanto a lo que las relaciones entre los sexos se refiere. Ser víctima de una opresión no puede justificar que se actúe con intransigencia con quien se encuentra en un peldaño más bajo aún. Luchar por la memoria, reconocimiento y dignidad de personas como Higinio es, a mi juicio, perfectamente compatible con señalar su injustificable sexismo y exigir para las mujeres como Rosa reparación doble y reconocimiento extraordinario. Aunque sea ahora, a través de la historia y del tiempo. Así no habrá memoria para unos y olvido para otras.

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