La solidaridad es política

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El mundo entero afronta una situación de pandemia que no remite. No sabemos, ni siquiera ahora que surgen adivinos por doquier, cuándo lo hará. Ni cuánto más se extenderá, ni cuántos países tendremos que endurecer el confinamiento ni durante cuánto tiempo. Ni qué se verá al salir del túnel, aunque se puede intuir un poco.

Se advierte una crisis económica mundial provocada por la caída drástica de la producción, el despido masivo y un endeudamiento significativo. Si se aplican recetas neoliberales, la situación de desesperación, paro y miseria será seguramente peor y más duradera que en la última crisis del capitalismo. Si se aplican recetas socialdemócratas saldremos malheridos pero puede que más o menos vivos. Si, por una vez, intentamos analizar e ir más allá, a lo mejor veríamos la barbarie y la crueldad consustancial al neoliberalismo. Si se piensa sobre ella en serio, podría ser confrontada con políticas radicalmente de izquierda que nos libren del abismo. Entonces, posiblemente, podríamos vislumbrar un mundo más justo y una sociedad nueva que ha aprendido tropezando mil veces en la misma piedra y que por ello, quizá, pueda escarmentar. Aunque sea sólo por haber visto, esta vez sí, el precipicio de cerca. Incluso solo tras haber caído por él. Ese riesgo existe.

Todo depende de qué reflexión hagamos mientras dure esta crisis global y qué conclusiones saquemos al respecto. Todo depende si abstraemos lo particular y de esta circunstancia podemos elaborar una conceptualización política y crítica que nos dé las herramientas para afrontar este reto global, que no es otro que cambiar un sistema que nos lleva al borde del precipicio mencionado. Se afrontará bien si se desempolva el marxismo y se actualiza, no a la manera de Mouffe ni de Laclau, tan querida por cierta izquierda populista, sino yendo al análisis de los textos, sin retorcerlos para proveerlos de un totalitarismo que, indudablemente, le es perfectamente ajeno, y buscando en ellos la comprensión de nuestro mundo. Deberíamos extraer qué sería aplicable y qué mejorable, no tanto desde una idea superficialmente pragmática sino teniendo como horizonte su objetivo esencial: el progreso y la dignidad humana. Igual veríamos que hay más de lo aplicable que de lo mejorable, y que más que utópico es simplemente racional, efectivo y necesario. Simplemente justo.

Durante estas semanas y las que vendrán nos emocionamos con muestras de solidaridad y unión. Los aplausos al personal sanitario, a los/as trabajadores del supermercado, a los reponedores/as y repartidores, a las trabajadoras de ayuda a domicilio, transportistas y a un largo etcétera del proletariado en general que con su trabajo contiene los embates de la tragedia. Hemos aprendido, por resumirlo, que sólo el pueblo salva al pueblo. No lo hacen los ricos que donan una infinitésima parte de lo que previamente han robado y siguen robando al Estado. Especialmente, con un panorama de crisis inminente que les tiene ya frotándose las manos.

De todos/as depende que la apelación a la solidaridad, a la comunidad (internacionalista y sin fronteras), al bien común, a lo público y al Estado como garante de derechos trascienda lo urgente, anecdótico y lo circunstancial o se quede en la espuma. Como advertía Marina Garcés, no sólo hay que enorgullecerse de las muestras de solidaridad en los balcones; también debe vigilarse la “folklorización” del sufrimiento. Bien está celebrar la unión, el humor y la comunicación entre vecinos que se saben víctimas del mismo sentimiento de desesperación y angustia y  encuentran una vía de escape haciendo menos grave la ansiedad. Bien, muy bien, está congratularnos por la capacidad humana de sacar una risa al desastre. Mucho mejor valorarlo en su medida: perfecto como gesto simbólico, empático e inteligente. Encomiable sacar una buena carcajada y estupendo que nos la arranquen; pero insuficiente para salir bien parados de esta crisis sanitaria, social y económica. Bien, muy bien, que circulen millones de “memes”. Pero a ver si circula el mismo número de archivos convocando a la huelga cuando toque, que tocará, y el mismo número de personas dispuestas a secundarla.

Cuando salgamos de esta, en efecto, corremos la peligrosa tentación de quedarnos en la espuma si no hay huelgas generales y lucha obrera que impidan que se aproveche de nuevo una crisis para cercenar los derechos laborales de ningún lugar del mundo. Se intentará hacerlo. Entonces, la clase trabajadora tendrá que contenerlo unida con rotundidad o perderá su probablemente última posibilidad de supervivencia y progreso. Nos quedaremos en la espuma si no entendemos que el Estado debe ser algo más que Estado de bienestar, que debe ser el rector de la economía y procurar siempre (y no excepcional y puntualmente) la redistribución equitativa de la riqueza. La iniciativa privada se ha revelado como perfectamente inútil ante la crítica situación que atravesamos. Habrá que subrayarlo varias veces dentro de algún tiempo, que la memoria es frágil. Nos quedaremos en la espuma si no blindamos una sanidad, educación, servicios sociales, energía e industria (sí, toda) enteramente públicas y organizadas entorno a la idea de bien común y vida digna asegurada por y para toda la ciudadanía.

Todo dependerá de si nos quedamos en “qué ocurrencias tiene la gente”, “cómo reconforta el buen humor de algunos”, “qué buenas personas las que piensan en el resto y les sacan una sonrisa”, que está muy bien y yo lo he celebrado con intensidad; o si, además de recordar lo anecdótico, pasamos a la categoría y concluimos que “sólo el pueblo salva al pueblo” y que, por tanto, “socialismo o barbarie.” También son eslóganes. Pero con 200 años que los acreditan y millones de hojas de reflexión traducidas en conquistas sociales concretas. A eso hay que volver: A las cabezas que piensan y luchan y aplicarlo ahora; ahora que viviremos un momento crítico que el neoliberalismo y su “sálvese quien pueda” sólo agravará.

Pero, ¿cómo dar el salto de lo anecdótico a lo teórico; de lo caótico a la elaboración crítica clara; de lo individual a lo político? Pensando y, después, actuando. Pensando que no hay supervivencia sin un Estado en cooperación solidaria con todos los rincones del mundo que sea garante de derechos, libertades y del reparto de la riqueza. Sabiendo que no hay derechos laborales sin movimiento obrero; que no hay rumbo político hacia el progreso de la humanidad sin cabezas que tomen distancia y piensen en esto como algo más que una situación rara y triste. Lo es. Pero buscarle los porqués convendría. Racionalizar las circunstancias será su solución. Por eso, convendría pensar si el neoliberalismo no es el caldo de cultivo perfecto para que el desastre se radicalice; si no nos enfrentaríamos mejor a la desgracia y a la incertidumbre desde el internacionalismo progresista; si no es esencial la investigación científica; sino convendría relacionar esta crisis con un planeta al borde del colapso ecológico e ir tomando nota, porque no sobra tiempo para hacerlo.

Está bien el humor negro siempre que sea sobre uno mismo y la situación compartida sufrida y no de “arriba abajo”: a mí me sirve de asidero. Tomarse en serio siempre es muy cansado. Está bien ridiculizar nuestra inadaptación a esta situación extraña que trasluce en comportamientos y parodias de lo más peculiares. Está bien aplaudir y vitorear a la sanidad y las caceroladas contra ese señor que ningún demócrata puso ahí y que dice que es jefe del Estado. Está bien arrimar el hombro e ir a por el pan del vecino sin cobrarle. Cohesiona. Alienta. Es ahora lo que está en nuestras manos. Pero llegará el momento de ir más allá.

Por eso, a ver si después nos vemos en las calles luchando, con la Internacional antes que con simpáticas acampadas sin rumbo claro. A ver si todo el que aplaude y canturrea “Resistiré” no vota a quien desmantela la sanidad. A ver si dejamos de indignarnos en los bares y nos reencontramos en la afiliación sindical trazando acciones políticas desde la razón y la  honda conciencia obrera y no desde el “habrase visto”. A ver si denunciamos despidos injustificados. A ver si exigimos la derogación completa de la reforma laboral. A ver si no dejamos a la derecha manipular a su favor el sufrimiento -difícil será porque en ello son maestros- y ni siquiera los errores que siendo ciertos, no es difícil saber que con ellos pilotando esta situación los habrían cuadriplicado haciendo una estimación generosa. A ver si nos acordamos de que reivindicar la República no es un mero formalismo sino lo propio de una sociedad con un elemental sentido de la dignidad. A ver si interpelamos a los empresarios que donan migajas para hacerse publicidad y a los medios de comunicación que se lo permiten. A ver si hacemos huelgas. A ver si defendemos por acción y convicción el bien común. A ver qué logramos aprender.

A ver si por una vez la cosa no se queda en la pandereta. Sería muy conveniente. Y justo.

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