Quedarse corto

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Esta semana fui al cine con mi pareja. Juntos hemos visto dramones y comedias, de las que recordamos alguna que me ha hecho llorar con sollozos cual plañidera y reír a carcajada limpia, al punto de llamarme la atención por fastidiar a otros espectadores. ¿Qué os puedo decir? Me gusta, cuando una historia es capaz de transitar con esa fuerza dentro de mí y exploto, me entrego al momento, llamadme “intenso”. Y viendo el bombo que se le dio a la película del momento, acudí al cine preparado para el llanto… solo que no fue así… hoy os hablo de la película Adú, sin spoilers, por supuesto.

La película del corriente 2020, dirigida por Salvador Calvo (los últimos de Filipinas), con guion del cubano Alejandro Hernández (Caníbal, El autor) y producida por un entramado de firmas entre las que destacan Telecinco Cinema (que se ha encargado de bombardearnos desde su cadena para que vayamos a verla), Netflix e Ikiru Films, que ya está cuarta en el ranking de taquilla de este año y que muy probablemente de la sorpresa con algunos premios Goya en la próxima edición.

La película no tiene una trama muy compleja, son básicamente tres historias a modo de tríptico sobre la inmigración africana, que miran el problema con tres tipos de enfoque. La historia del guardia civil en la valla de Melilla con sus vericuetos, el activista representativo del buenismo europeo y la historia troncal, la de los niños que se ven obligados a migrar hacia Europa.

Los actores están muy bien, Álvaro Cervantes como Mateo, el guardia civil, está muy correcto, en el buen sentido, con un papel que sería muy propenso a la sobredramatización, una Ana Wagener que, pese a tener un papel muy pequeño está genial y qué decir del enorme Luís Tosar que encarna a Gonzalo, el activista, es simplemente un grande y lo que toca lo enriquece. Pero he de mentar sin duda a dos actores que están muy bien, los migrantes, los negros. Por una parte, está el dueño de la película (que en principio iba a tener otro título, pero terminó con el nombre del personaje protagonista), el jovencísimo Moustapha Oumarou, de Parakou, nacido en República de Benín (un pequeño país africano entre Togo y Nigeria), con siete años, encandila desde que aparece en pantalla, un niño de siete años con un desparpajo y una ternura sin parangón. Pero, sobre todo, me encantó el trabajo de Adam Nourou, que interpreta a otro joven migrante, porque el pequeño Mous (Moustapha), es entrañable y su trabajo es orgánico, pero en el trabajo de Adam, hay conocimiento y mucha presencia, habrá que estar atento a próximas apariciones de este actor.

Pero vamos “al turrón”, sinceramente la película se nos quedó bastante corta, no llega a ahondar en ninguna de las tres historias lo suficiente para aportar nada desconocido, que suele ser lo interesante en estos dramas. Evitando cargas dramáticas facilonas, desdeñando falsos melodramas, invenciones interesadas o lo que quiera que pueda generarse con un tema tan escabroso que, por supuesto me parece algo obsceno, no llega a calar tanto como hubiera podido. Primero, plantear tres historias es totalmente lícito, pero no darle prioridad real a ninguna, es frustrante para el espectador, que ve como se desarrollan sin un nexo concreto, aunque es algo que salta a la vista, pero si no te llega ese nexo, es como algo muy teórico, muy consabido, pero inexistente.

Lo mejor, que puedes empatizar con los protagonistas de forma casi instantánea y eso se agradece.

Lo peor, sin duda, la falta de profundidad a la hora de plantear conflictos, todo parece sin importancia, insulso.

En fin, cuando fuimos a verla, yo temía que me pasara como en Lo imposible (Juan Antonio Bayona 2012), en la cual su director, supo coger los sentimientos del espectador y ponerlos al límite. Lloré como una Magdalena y esto me gustó y molestó a la vez, porque Bayona supo crear una historia muy emocional, pero creo que se excedió al apretar y exprimirlos al máximo, aunque me sigue pareciendo una gran película, está, por decirlo así, hecha para eso. Y claro me parece genial que en esta película no se llegue a tal extremo, pero quedarse corto en estos casos, con temas tan importantes como la inmigración, la inmigración ilegal y todo el mundo que tiene alrededor, es hasta peor que pasarse. Porque si de algo tiene la capacidad el cine, es de crear empatía y si solo vas a salir habiendo creado cierta empatía con el pequeño Adú, dejando casi nimio todo el periplo que ha pasado, sin llamar de forma enérgica a la relación de todo lo que le rodea y sin descubrir nuevos objetos de denuncia, pues eso… te quedas corto. Pero que muy corto.

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