Leyenda negra y pensamiento nacional-católico

Cuando, a principios del pasado siglo XX, Julián Juderías escribió su célebre libro sobre la leyenda negra de España, respondía a un fenómeno real que surgió en la Europa del siglo XVI y cuyos ecos aún pueden apreciarse en algunas películas de producción anglosajona.

Ciertamente Holanda, una de las primeras naciones modernas, nació como oposición contra el Imperio que España trataba de mantener. El Tratado de Westfalia, en 1648, supuso la ruptura política de la universalidad cristiana teorizada por Erasmo de Rotterdam y otros humanistas. Contra España, por ser el imperio hegemónico de la época, surgieron las particularidades nacionales en las que se fue articulando Europa a partir de la modernidad. Acabando así con un proyecto universalista muy ambicioso en el plano teórico, que hundía sus raíces en la tradición cristiana y tenía un carácter esencialmente humanístico, pero que ni la monarquía hispánica ni los papas supieron defender, ni los europeos quisieron compartir.

La Inglaterra de Enrique VIII, ya en 1534, creó su propia Iglesia al calor de las reformas protestantes que se desarrollaban en el continente europeo. Y hubo persecuciones contra los católicos, ¡Tomás Moro!, como las hubo en España contra los protestantes partidarios de las reformas.

Pero lo que quizás marcó más profundamente la modernidad española fue nuestra particular salida de la Edad Media. La extraordinaria conflictividad, diversidad y riqueza cultural del Medievo peninsular provocó una situación problemática al inicio de la modernidad, cuando los reinos europeos se fortalecían y cohesionaban en torno a una misma religión para todos sus súbditos. En otros reinos como Francia, ya se había expulsado a la población judía en el siglo XIV, pero aquí las expulsiones de judíos y mudéjares, a finales del siglo XV, fueron una atrocidad de enorme envergadura, precisamente por la cantidad de judíos y mudéjares que eran españoles. El pasado islámico hizo de España un lugar de encuentro para las tres religiones del libro, cuestión que se consideraba incompatible con una Europa cristiana a la que obsesivamente se pretendía retornar. No se tuvo la audacia de la Francia de Enrique IV que, un siglo después, ya promovía desde las instituciones del Estado la convivencia de poblaciones de distinto credo religioso, con el famoso Edicto de Nantes en 1598, con el que se pretendía poner fin a los enfrentamientos entre católicos y hugonotes.

En España, las expulsiones generaron dudas y recelos. Los judeoconversos, que tantas figuras brillantes aportaron a la historia de España en los ámbitos intelectual y artístico, siempre estuvieron en el punto de mira de la Inquisición. La sospecha era constante, no se les permitía viajar a las Indias americanas y, en la práctica, eran considerados población de segunda categoría. Esta distinción entre judeoconverso y cristiano viejo machacó la convivencia en España, facilitando que aflorara un integrismo que, en el contexto de las reformas protestantes, atacó a las universidades y a los pensadores españoles. Producciones intelectuales, como la Biblia políglota de la Complutense o la Biblia del oso de San Isidoro del Campo, se convirtieron en auténticas tragedias en lugar de ser motivo de orgullo para nuestro país. Con Felipe II, España se encerró en sí misma cortando el intercambio intelectual con el exterior. La obsesión por distinguir entre falsos y verdaderos españoles caía sobre los judeoconversos frente a los considerados cristianos viejos, sobre los reformadores y los erasmistas frente a los católicos, sobre los criollos americanos frente a los peninsulares, considerados los auténticos castellanos… Esta es una parte fundamental de nuestra historia que, sin embargo, no cuentan quienes, como María Elvira Roca Barea, actualmente subrayan la dañina influencia ejercida por la propaganda anglosajona, autora de la leyenda negra de España, tal y como denunció hace un siglo Julián Juderías. Por eso, en el contexto de este debate que se desarrolla en nuestro tiempo, resultan tan necesarias las reflexiones expresadas por el profesor José Luis Villacañas, en su respuesta al conocido libro de Roca Barea.

Intransigencia y persecuciones religiosas hubo en todas partes, pero no puede obviarse una serie de circunstancias excepcionales que generaron un integrismo que, en España, alargó la sombra de la sospecha durante demasiado tiempo. Ya en el siglo XX, la dictadura franquista se construyó también sobre esa sospecha, distinguiendo entre españoles y antiespañoles. Quebrando así el desarrollo de España como comunidad política para la convivencia, concepto que se recuperaría a raíz del famoso manifiesto universitario de 1956 y el nacimiento del proyecto de reconciliación nacional impulsado por los comunistas.

No debemos tomar solo lo que nos conviene de nuestro pasado histórico, para reforzarnos ante los temores propios de la debilidad política en el tiempo presente. Ello devalúa cualquier análisis que pretenda ser serio. ¡Cómo no admirar la gallardía de fray Bartolomé de las Casas frente a los abusos de los encomenderos! Considerar al fraile dominico el germen de la leyenda negra antiespañola, en lugar del germen de las Leyes Nuevas y los derechos humanos, es de una miopía tan mayúscula que, si se impusiera, nos impediría poder sentirnos orgullosos de los mejores logros de nuestra historia. ¡Cómo rechazar el humanismo y la Ilustración por el sesgo antiespañol de algunos de sus pensadores! ¿Acaso la universalidad que defendía Carlos no era una idea fundamentalmente erasmista?

Debemos acercarnos al pasado desde la perspectiva histórica. Para entender nuestro presente, porque el pasado está en nosotros. Pero pensar históricamente no significa eludir aquello que no conviene, sino aproximarnos con rigor y con conciencia de nuestras limitaciones.

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