Crónicas desde la cuarentena

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Hoy, echando cuentas, diría que es mi vigésimo día desde que en la empresa, nos mandaron a casa. A decir verdad, para estas cosas lo de las cuentas lo llevo un poco mal siempre.

Desde hace un par de días estoy con un poco de dolor de espalda y de piernas de tantas horas detrás de una pantalla sin moverme mucho, solo por casa, sentado en la misma silla, una de escritorio que tengo con el respaldo duro como el solo y desgastada desde hace años y que hasta el momento, únicamente había usado para hacer alguna gestión rápida.

Y lo cierto es que a mí últimamente más que salir en mi tiempo de ocio, me había gustado en gran medida estar tranquilo en casa, así que es extraño, porque nunca pensé que iba a echar tanto de menos la silla del trabajo como salir a la calle a estirar las piernas. Nunca había pensado en que alguna vez me iba a acordar tanto de desayunar en la cafetería o de encontrarme por los pasillos con mis compañeras y compañeros mientras iba para arriba y para abajo.

Tengo que decir que también en ese aspecto que tengo bastante suerte, porque desde el primer momento, nos enviaron a casa para evitar males mayores sin titubear mucho. Y es que, lamentablemente, muchos en la misma situación que yo, han tenido que aguantar en su puesto de trabajo, poniendo en peligro su salud y su integridad hasta el mismo momento en el que el gobierno declaró solo las actividades esenciales.

Algunos empresarios como era de esperar, siguen siendo todo empatía y escrúpulos. Yo no sé como algunos duermen bien por las noches.

En fin, nunca pensé que ésta casa que tampoco es muy grande, se me haría aún más pequeña.

Aunque a decir verdad, después de todo no me quejo. Al fin y al cabo estamos todos igual. Bueno eso suena más a lo típico de mal de muchos, pero realmente no es así, realmente todas y todos (por lo menos la gran mayoría) estamos haciendo el esfuerzo para que está situación pase cuando antes y de la mejor forma. Por eso es que digo que no me quejo, no os lo merecéis.

No me quejo tampoco porque pese a la incertidumbre que estoy sufriendo muchas veces en pensar como vamos a salir de ésta o de como van a ser nuestras vidas a partir en el momento, hay profesionales sanitarios dejándose la piel día a día, hay taxistas realizando servicios solidarios, hay cajeras y cajeros, personal de los supermercados o farmacéuticos, atendiendo pese a las circunstancias, con su mejor sonrisa y predisposición para que no nos falte de nada.

Por último en cuanto a esto, aunque no menos importante, como ya dije en mi anterior columna, espero que de la misma forma siempre recordemos la empatía de os que ayudan a los que están como nosotras y nosotros pero en peores condiciones. Esas personas, hombres y mujeres que trabajan en sus domicilios para proveer de máscaras, de viseras de material esencial.

Ese trabajo altruista y comprometido que suple las carencias de la administración que en muchos casos se vendió a la privada.

O esas personas que ayudan al de lado, a que quién no tiene medios ni recursos pueda pasar la cuarentena. El vecino o la vecina que se preocupa. El amigo que nunca llama y ahora está pendiente.

Espero que no desparezca esa cercanía que sale en estos momentos pero que siempre hemos tenido y que el sistema muchas veces hace que nos olvidemos de ella.

Y después de esto. Sobretodo, tengo que reconocer, que a veces tengo miedo. El miedo de que suene el teléfono. El miedo de las malas noticias, porque estamos todas y todos expuestos, aislados y tan lejos a veces que la distancia se hace mas larga cuanto mas tiempo pasa sin estar en contacto físico.

Siento miedo por los más vulnerables. Miedo por sentirme como muchas y muchos otros. miedo como el que están sufriendo las pérdidas de sus seres queridos sin ni siquiera poder despedirse. Un miedo que he podido experimentar otras veces en situaciones concretas pero nunca durante tanto tiempo y con tanta incertidumbre.

El miedo que podemos sentir todas y todos éstos días en estas circunstancias.

Pero cuando parece que ese temor se va apoderando de tu mente y se junta con la pérdida de la noción del tiempo en el que vivimos después de tantos días sin salir, el hecho de ver el gran esfuerzo de tu pareja cuando entra de casa, día tras día, después de horas de trabajo con la cara marcada de la goma de la máscara, me hace bajar los pies a la tierra y saber que hay esperanza porque la gente no se rinde.

Gracias a ella por esforzarse tanto por nosotras y nosotros, gracias a ella porque después de años luchando, con dos trabajos sin llegar a juntar ni a treinta horas, con un sueldo precario pero sin dejar de seguir, al final está haciendo mas por todas y todos que los bancos para los que limpia.

Como se puede comprobar, a la hora de la verdad se demuestra quién es mas imprescindible.

Porque personas como ella siguen sacrificándose porque salgamos adelante. Siguen por todos nosotros, los que como he dicho antes, a veces se nos hace la casa cada vez mas pequeña y las dudas cada vez mas grandes. Ellos son los verdaderos héroes y la sociedad lo sabe.

La gente normal que tiene sus problemas y que está sufriendo. La gente que vamos a recordar como personas excepcionales por su sacrificio, por encima de todos esos ricachones y sus limosnas, por encima de todas esas empresas y sus campañas para aprovechar la coyuntura a costa de esta crisis o por encima del blanqueamiento del Borbón, cuando lleva años saqueando mientras el pueblo literalmente pasa hambre. Como pasaba en el medievo.

Porque a día de hoy, estoy convencido de que cuando echemos la mirada atrás para recordar, vamos a pensar más de como ellas y ellos, trabajadoras y trabajadores, salvaron al pueblo. Y no en los equipos de fútbol multimillonarios y las grandes multinacionales que se acogen al ERTES para que el estado les pague la cuenta de beneficios. Unos ERTES puestos a disposición de los pequeños que sostienen el tejido económico de nuestro país.

Y por último, espero que algún día el tiempo ponga a su sitio a algunos medios que están actuando como los machacas de la oposición contra el gobierno.

Aquellos serviles y dispuestos, con las peores tácticas a disposición de unos rivales políticos que deberían ser aliados porque la situación lo requiere.

Una oposición desleal y sin escrúpulos que no entiende de personas, no entiende de dolor, no entiende de sentimientos y no entiende el sufrimiento de miles y miles de familias, miles de personas, y como siempre atacando al gobierno sin aportar soluciones.

Una oposición que no entiende el miedo que estamos pasando y que actúa de manera desleal y destructiva, causando enfrentamiento cuando más unidos deberíamos de estar sólo por sus propios intereses y sembrando discordia cuando debería de entendimiento.

Una oposición que en lugar de reconocer su fracaso de gestión y del sistema se aferra al odio y a la mentira para boicotear el camino de la recuperación de nuestra sociedad.

Las piedras en el camino nos perjudican a todos y sólo beneficia a quien las pone. Y ya son muchas veces que creo que hemos cruzado la línea.

Saldremos de esta.

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