El club de los suicidas

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«¿Cómo puede enamorarse un hombre que se respeta si sólo dispone de cuatrocientas libras?»
El joven de las tartas de crema en El club de los suicidas. Robert L. Stevenson.

Las condiciones socioeconómicas son uno de los factores determinantes en el riesgo suicida, según los expertos. La edad avanzada (pero relacionada con el aislamiento o enfermedades crónicas que dificultan la vida diaria), la inseguridad laboral, la dependencia económica de terceros, la carga económica en los hogares, son los factores que aumentan la sensación de no poder controlar la propia vida. Si se producen de manera combinada, se potencian y multiplican el riesgo de querer dejar de existir.

En el relato El club de los suicidas, Stevenson compone una trama detectivesca sobre una sociedad secreta clandestina, un club para personas que desean poner fin a su vida por diversos motivos, pero carecen del valor necesario para hacerlo por sí mismas. En las reuniones del club, el azar de elegir una carta decide quién será la víctima y quién el ejecutor de cada muerte.

Los pormenores del relato no son la intención de este artículo. Aunque como lector y aficionado a la escritura siento admiración por Stevenson, este relato en especial me provoca cierto rechazo por la superioridad moral de sus personajes, los aristócratas que juzgan con desprecio a los empobrecidos aspirantes a suicidas, de un modo semejante a como desprecio al estirado y relamido doctor Livesey frente al astuto y pendenciero Long John Silver en La isla del tesoro. Pese a ello nunca dejé de recordar con entusiasmo esas lecturas.

Es otra inquietud la que me trae aquí, la ocurrente idea de un club de perdedores que se unen para ponerse fin y, en concreto, el personaje del joven que reparte absurdamente tartas de crema en las noches del Londres victoriano.

El joven, a quien Stevenson no da nombre, confiesa a los protagonistas del relato que el motivo por el que está convencido de suicidarse es el amor. Mejor dicho, un amor dificultado por motivos económicos. El muchacho se enamora perdidamente de una chica pero tras los primeros momentos de apasionamiento comprende que su situación, cercana a la miseria, le impide poder construir una relación de pareja normal, de modo que acaba abandonando a su amada y abandonándose a sí mismo, hasta el deseo del suicidio.

«¿Cómo puede enamorarse un hombre que se respeta si sólo dispone de cuatrocientas libras?», explica. ¿Puede parecer este un motivo insuficiente para decidir que es preferible dejar este mundo?

Los expertos en psiquiatría acuerdan que el suicidio nunca responde a un único factor aislado. Una desgracia sobrevenida puede ser el detonante pero si previamente hay una acumulación de circunstancias como la soledad, el desamparo y la vulnerabilidad social.

No les fatigaré con estadísticas, que pueden leer en la página del Ministerio de Sanidad y en el INE, sobre el número de casos en España. Que el número sea mayor o menor no excusa pensar que el hecho de que se produzcan con cierta cotidianeidad refleja una situación preocupante en una sociedad que se ofrece protegida por «escudos sociales».

Como se ha dicho, las condiciones socioeconómicas determinan el riesgo suicida. Si los factores económicos o sociales se producen de manera combinada, se potencian y crece el riesgo de terminar una vida que sólo produce malestares.

¿Cuántos de esos casos se producen por imposibilidad de afrontar deudas, por desahucios, por la exclusión social que ello suscita? No registran ese aspecto las estadísticas, aunque tampoco ocultan que esos determinantes existen, y que no pueden controlarse sólo con planes de prevención y teléfonos de ayuda.

Pese a las distancias, los suicidas de los pubs del Londres victoriano de Stevenson no se diferencian sino en detalles estéticos de las personas que hoy en día llegan al extremo de quitarse la vida debido a un desahucio u otras crisis financieras extremas. A pesar del paso de los siglos, los mecanismos de la desesperanza siguen siendo similares.

La muerte social precede a la muerte física. La desaparición de las circunstancias que desarrollan una vida normal (tener que compartir habitaciones, carecer de intimidad, vivir en inseguridad permanente, los horarios laborales que impiden relacionarse, la carencia de ocio por no disponer de una economía suficiente) acrecientan el deseo de no vivir.

Al igual que el muchacho de las tartas sintió que quedarse sin dinero significaba el fin de su vida social y su posibilidad de amar, una persona que se enfrenta a un desahucio o al desempleo experimenta una forma traumática de muerte social. Perder la vivienda o el empleo significa la pérdida de la seguridad, de la dignidad, del estatus ante los ojos de la comunidad y del propio proyecto de vida. En ambos casos, el suicidio se contempla cuando el individuo siente que la sociedad ya le ha cerrado todas las puertas y lo ha despojado de su valor como persona.

En el cuento, el Presidente del club representa la máxima expresión de la frialdad capitalista. Un hombre que mercantiliza la desesperación ajena, cobrando cuotas de inscripción elevadas y lucrándose con las muertes de los socios. Este personaje puede relacionarse simbólicamente con los fondos buitre o con los bancos. Entidades socialmente bien valoradas pero que priorizan la el balance financiero sobre tragedias de personas y familias.

Como una trampa, el honor actúa así señalando la culpa individual. El muchacho del relato busca el club para irse de este mundo sin alharaca, asumiendo toda la culpa de su ruina. En las crisis habitacionales modernas, muchas personas que sufren un desahucio cargan con un profundo e injusto sentimiento de vergüenza y fracaso personal, aislándose de su entorno por el estigma de la pobreza. Una sociedad donde el valor de un ser humano está completamente supeditado a su solvencia económica, haciendo que la víctima de una crisis se sienta responsable de su propia exclusión.

En el Londres victoriano del libro, a la sociedad le importaba poco lo que les ocurriera a estos hombres arruinados mientras no causaran un desorden público. Son los protagonistas del relato quienes, movidos por un código ético personal, intervienen para detener la maquinaria del club. En la actualidad, ante la indiferencia de los engranajes burocráticos, son los movimientos sociales o las redes de apoyo vecinal quienes asumen ese rol de protección y denuncia, intentando detener los desahucios emocionales y físicos antes de que terminen en una tragedia irreversible.

Pero estas asociaciones vecinales y plataformas de protesta son a su vez embaucadas por los vendedores de humo del malmenorismo, de manera que sus acciones no dejan de ser puntuales y aisladas, como en el caso mediático de la señora Maricarmen, que no se suicidó pero acabó perdiendo la vida.

La autopercibida izquierda carece de conciencia de clase, es sabido, pero además carece de una filosofía, de una perspectiva del mundo en su totalidad. Como los aristócratas de nuestro relato, buscan la indulgencia de su culpa en la caridad de los casos más flagrantes. Ignoran así (y contribuyen a hacer ignorar) que tras ellos existen miles de casos invisibles, cuya existencia está imbricada en un complejo tejido de circunstancias sociales, y que la máquina de tejer esa urdimbre es el propio sistema que ellos no desean cambiar.

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