“La AES es un proceso irreversible hacia la soberanía”

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Adriana Franco Silva, Observatorio Latinoamericano de Geopolítica del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

Generalmente, cuando leemos o escuchamos sobre el continente africano, lo hacemos a través de una voz ventrílocua, sometida a los intereses de las élites mundiales. Por ello, vale la pena detenerse a escuchar directamente a los líderes africanos, porque, aunque sus discursos no son ajenos a intereses particulares, nos permiten conocer otras historias y, sobre todo, promover el debate. Durante la 81.ª sesión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, celebrada en Nueva York, resonaron las posturas de los representantes de la Alianza de Estados del Sahel (AES), bloque comformado por Malí, Burkina Faso y Níger, y que el 6 de julio de 2024 constituyó la Confederación de la Alianza de Estados del Sahel.

Abdoulaye Diop, ministro de Asuntos Exteriores de Malí, advirtió que las constantes vulneraciones al derecho internacional han erosionado la confianza en los organismos interestatales. En sintonía, Ali Mahaman Lamine Zeine, primer ministro de Níger, planteó que esta desconfianza ha surgido por la aplicación de la legalidad internacional con un doble rasero. Por eso, Karamoko Jean Marie Traoré, canciller de Burkina Faso, afirmó que aunque la Confederación apoya la justicia internacional, rechaza su uso discrecional en las instituciones internacionales. Incluso, Traoré atribuyó la salida de los tres países de la Corte Penal Internacional—un tribunal donde prácticamente el 100% de las personas juzgadas son africanas—a ese sesgo.

En la tribuna de las Naciones Unidas, tanto el dirigente de Burkina Faso como el de Níger expresaron su respaldo al Consenso de Ezulwini, que exige dos puestos permanentes para África en el Consejo de Seguridad. Además, el líder burkinés sugirió la transformación de la arquitectura financiera global y un trato justo frente a la deuda —en línea con lo que planteaba Thomas Sankara en la década de 1980—, mientras que el dirigente maliense abogó por un multilateralismo transformado.

Las críticas contra las medidas coercitivas unilaterales también estuvieron presentes en los discursos. Traoré se solidarizó con Cuba y Nicaragua, mientras que Lamine cuestionó los crímenes perpetrados en Palestina, Líbano, Venezuela, Irak, Libia y el propio Sahel. En ese sentido, Diop identificó la intervención de la OTAN en Libia como el punto de inflexión que propagó el terrorismo en la región, y criticó el financiamiento de Estados extranjeros a grupos del crimen organizado.

El representante de Malí señaló directamente a Ucrania por brindar apoyo a grupos terroristas y mafiosos en el Sahel mientras pretende defender su integridad territorial. Burkina Faso advirtió que el terrorismo se usa como instrumento de política exterior por parte de ciertas potencias: “Detrás del brazo asesino hay apoyos estructurados y estatales para recuperar privilegios perdidos”. Níger se sumó a las denuncias señalando a Ucrania, Francia y a dos países más (sin mencionar claramente cuáles) como patrocinadores del terror. El primer ministro nigerino, Lamine, fue tajante al definir la situación:

“lo que algunos llaman ‘terrorismo’ en nuestra región es una cínica ingeniería de recolonización disfrazada con los ropajes del extremismo, pero cuya motivación real se encuentra en otra parte: en la codicia de importantes recursos que tenemos ahí, en nuestro subsuelo: el uranio de Níger, el oro de Mali y Burkina Faso, el litio, el gas, el petróleo y tantas otras riquezas”.

En contraste con estas acusaciones, Malí destacó que Rusia apoya activamente a su país para combatir el terrorismo. Por su parte, Burkina Faso admitió que, aunque han recuperado parte del control territorial, una cuarta parte del país sigue bajo el dominio de grupos no estatales.

Para estos gobiernos, romper con la explotación estructural heredada del colonialismo es la prioridad. Diop resaltó la urgencia de controlar los recursos minerales como el oro y el litio, y el hecho de que su país ha logrado una tasa de crecimiento del 5.6% gracias al impulso de la producción local. También, planteó que el gobierno de Goïta favorece la transformación de los minerales en el país. Níger celebró un crecimiento económico del 7% y afirmó que sus riquezas ya no son saqueadas, sino aprovechadas por el pueblo para financiar la agricultura y sectores básicos. Traoré también precisó que el gobierno de transición rompió con la subordinación en la que el uranio “iluminó las ciudades europeas, mientras las [suyas] seguían sumidas en la oscuridad”.

La agenda del bloque reconoció los desafíos del cambio climático y el desarrollo digital. A pesar de los retos, Níger destacó la consolidación de una fuerza militar unificada y un banco confederal de inversión para fomentar el desarrollo de la Confederación. En el plano internacional, Lamine lanzó un fuerte llamado humanitario por Gaza, exigiendo la protección de civiles y una paz duradera. Sin embargo, frente a la postura internacional hubo contradicciones; por ejemplo, Burkina Faso respaldó el Plan de Autonomía de Marruecos sobre el Sáhara Occidental —lo que choca con la lucha histórica del pueblo saharaui— y defendió el principio de una sola China. Estos posicionamientos consolidan la ruptura de la región con Occidente y refuerzan su alianza con las potencias asiáticas: Rusia y China.

La Confederación de Estados del Sahel busca tomar las riendas de sus naciones. Al rechazar la fatalidad narrativa que estigmatiza a la región y sacudirse de la tutela extranjera, los tres líderes dejaron claro en Nueva York que la AES es, en palabras del primer ministro nigerino, un proceso irreversible hacia la soberanía.

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