Veo en la prensa, ya sin apenas capacidad de sorpresa, que comienzan a crearse en España las primeras empresas inmobiliarias especializadas en la venta de habitaciones. Sí, de habitaciones.
El Gobierno del «escudo social», en esta y la anterior legislatura, ha presentado severos deterioros sociales. Estadísticas como la Encuesta de Condiciones de Vida, indicaron un empeoramiento de la situación en 2023, con un aumento de la población en riesgo de pobreza o exclusión social. A principios de septiembre de 2025, el Ingreso Mínimo Vital (IMV) ha aumentado su extensión a más de 2,3 millones de personas. A las dificultades para la compra o el acceso a servicios sociales, se une el desplome del «quinto pilar del estado de bienestar» (Sánchez), la vivienda.
En las sesiones del seminario sobre la cuestión de la renta de la tierra que está realizando la agrupación Volver a Marx y el grupo de investigación canario GISAS (seminario aún en curso), tuve ocasión de realizar un par de intervenciones sobre el problema de la vivienda, a las que puse como título La más desvergonzada explotación de la miseria (parte primera y aquí la segunda, también realicé este breve resumen sobre la actualidad del método marxista en el problema de la vivienda en España).
En principio dudé sobre si el título era excesivo. Esa referencia a la miseria provenía de palabras literales del propio Marx en El Capital, en cuanto al problema de los alquileres 1. Me preguntaba si era exagerado equiparar la situación actual a la situación en tiempos de Marx y Engels, que como sabemos contemplaron en vivo los albores del capitalismo industrial, y llenaron sus textos de referencias a la aglomeración del proletariado en los barrios periféricos y las insalubres condiciones de vida.
Pues no, no era para nada excesivo. La realidad está superando a las peores previsiones de los «hiper críticos» empeñados en ver todo lo malo del Gobierno de Progreso. En aquellas sesiones hablé de la «normalización de la forma de vida compartida» en referencia al incremento de los pisos realquilados y la manera en que se ha convertido en natural la costumbre de compartir habitaciones, que nos llevan al recuerdo de épocas pasadas y de películas guionizadas por Rafael Azcona como El pisito, El cochecito o Plácido.
También hablé de la sensación cada vez más acuciante que viven (vivimos) las personas afectadas por el problema de la vivienda hoy, que sin duda ha acercado a más familias al riesgo de la vulnerabilidad. Esto es, la posibilidad de caer en desgracia, o como llaman ahora, adentrarse en el umbral de la pobreza, o juntar varias de las diversas «precariedades». Miseria, hablando en plata.
Y como el capital no descansa en su capacidad creativa, que eso hay que reconocer que sí lo tiene, nos llega ahora la siguiente jugada: la compraventa de habitaciones. Una empresa especializada se lanzará a vender los primeros dormitorios al mercado inmobiliario. «Es lo mismo que si una pareja compra un piso», asegura uno de los empresarios en la noticia.
Lo curioso de la noticia es que esta normalización de la especulación más rastrera se asume como parte del paisaje. De hecho, la propia empresa vendedora de cuartos explica que se puede ver como una forma de inversión. Es decir, un pequeño capitalista que no le alcance para acometer los infladísimos precios de la vivienda (el precio de la vivienda en España subió un 12,7% de forma interanual según los datos de septiembre de 2025 publicados por el INE), puede ver así satisfecho su ansia de tomar su trozo del pastel en el festín inmobiliario.
El que no corre vuela. Por ser rigurosos, en términos más exactos podríamos decir que una de las características que definen la especulación inmobiliaria, el control monopolizado del suelo o espacio, ya más que repartido, se extiende un poco más mediante la división infinitesimal del terreno, más la posterior posibilidad de extraer más renta de esa subdivisión.
Aquí entra en juego la segunda característica necesaria, que es la permisividad normativa, el caldo de cultivo necesario para la proliferación de estos creativos emprendimientos. Pese a la norma que aseguró haber cambiado el paradigma con la Ley de vivienda de 2023, esta especulación llevada al infinito es perfectamente posible. Pues en realidad, el espíritu de aquella norma, que era el de tratar de conciliar las inquitudes de inquilinos y propietarios, al final ha favorecido (¡sorpresa!) a los poseedores de los medios y recursos. Quién iba a pensar que una legislación que es sumisa y obediente con el mandato de la Unión Europea, que protege a capa y espada la propiedad privada y la libertad de mercado, iba a resultar inocua contra los intereses de los rentistas.
La tercera característica en juego dentro de la renta capitalista es la existencia del avispado rentista, quien aporta su capital y su privilegiada capacidad para esperar a tender la mano y que le caigan los beneficios. Esta troika resulta una eficaz maquinaria para extraer más plusvalía -aunque aquí de manera indirecta- de la clase trabajadora. Y también una infalible maquinaria de acumulación de capital.
Pero no se vayan todavía, aún hay más. ¡Más madera!, que dijo el Marx favorito de nuestros izquierdistas del Gobierno.

El Ayuntamiento de Sevilla anuncia las primeras viviendas protegidas fabricadas con madera. Primeras en Sevilla, pero ya realizadas en otras zonas como Madrid, desde hace un año. No se trata de la típica imagen de una casa de madera, sino modernos bloques (estos al parecer ideados para el coliving o vida en estilo corrala de antaño) cuyos muros se construyen con madera contrachapada, un tipo de material resistente al fuego según indican los expertos. La pregunta es ¿quíen es el valiente que se atrevería a firmar una hipoteca por un piso en un bloque hecho de madera? Sabiendo que con los precios de la vivienda, incluso la protegida, esa hipoteca se va a extender 30 años o más, es decir, hasta la jubilación o la muerte -aunque gracias a los sindicatos actuales, ambas situaciones, jubilación y muerte, pueden coincidir-.
Dejo caer aquí de pasada que los cambios de la CNAE, la clasificación de actividades económicas con las que se hacen las estadísticas armonizadas con Europa, creó un nuevo epígrafe para clasificar las estructuras de madera prefabricada para la construcción, sin duda en previsión, o constatación, del auge de esta actividad.
Esa es la consideración de vivienda protegida que nos ofrecen nuestros queridos mandatarios, los de la «legislación de la vivienda» y los del «cambio de paradigma». Los capitalistas deben encontrar beneficio en el monopolio inmobiliario, pero también en la oferta pública. Vean el siguiente titular:

No se puede construir «a pérdidas». Ahí está el detalle, como diría Cantinflas. Para los gestores del capitalismo, las inversiones más básicas como un lugar donde habitar (así como la salud, la educación, la jubilación, etc), son gastos. Y hasta los que manejan los recursos del Estado procuran monopolizar todos los movimientos de capital en favor del mercado, nunca de la clase trabajadora. Al contrario, la clase trabajadora debe pagar, siempre. Hasta por ocupar un espacio.
El interés capitalista debe ganar siempre, hasta en lo público. Es más, lo público debe considerarse una fuente de trasvase de capital hacia el sector privado. Esto es lo que no se explica.
No se lo explica ni la vicepresidenta Díaz, vean su rostro dubitativo en la última noticia que les enseño:

¿Cómo es posible que los fondos de inversión extranjeros hayan hecho su agosto con la tierra española?, se preguntará la Vicepresidenta, tal vez hilando en su mente la presencia reiterada de los protavoces de BlackRock y otros fondos buitre en las reuniones del Gobierno. O quizás recordando que uno de los bancos más poderosos en España, y uno de los 35 del IBEX, Caixabank, participado a su vez por accionistas de esos fondos, es uno de los mayores tenedores de vivienda.
Expropiación será quizás un nombre ruso, o chino, porque no entra en la lógica del entorno atlántico, ni se permite en el jardín de las flores del «orden basado en reglas».
- Esta renta se caracteriza, en primer lugar, por la influencia predominante que aquí ejerce el factor situación sobre la renta diferencial (factor muy importante, por ejemplo, en los viñedos y en los solares de las grandes ciudades); en segundo lugar, por el carácter tangible que presenta en este caso la total pasividad del propietario, cuya actividad se reduce (sobre todo, tratándose de minas) a explotar los progresos del desarrollo social, a los que, a diferencia del capitalista, no contribuye en lo más mínimo y en los que no arriesga nada, y, finalmente, por el predominio del precio de monopolio en muchos casos y, especialmente, por la explotación más desvergonzada de la miseria (pues la miseria es para los alquileres una fuente mas copiosa que las minas de Potosí para España) y por el poder inmenso que esta forma de la propiedad territorial supone cuando se combina en las mismas manos con el capital industrial y permite a éste, en la lucha en torno al salario, desahuciar prácticamente al obrero de la tierra como su morada.
Marx, El Capital, tomo III, capítulo XLVI








