Por Eva Neila Ausín (Presidenta de Amables Titulares de Derechos)
La normalidad, lo normal, no existe. Es una fantasía sostenida en el imaginario social, una ficción que intenta ordenar lo diverso en categorías comprensibles. Decimos esto es normal como si hubiera una regla universal: como si existiera un molde único en el que todas tuviéramos que encajar, una plantilla que determinara quién es normal y quién no, o incluso una regla que pretendiera medir lo humano bajo un único criterio de lo normal. Pero lo cierto es que ese molde, esa plantilla, esa medida, cambian con el tiempo, con el lugar, con la cultura, y sobre todo con la mirada.
Desde el día en que nacemos, inventamos lo normal a nuestra manera. Cada una de nosotras ejemplifica la normalidad en primera persona: la respiración, el gesto, la manera de mirar, el ritmo de nuestras palabras. Lo que para alguien es costumbre, para otra puede ser rareza. Lo que en un contexto se celebra, en otro se condena.
Cada persona lleva consigo una fantasía de lo que ser normal significa, y la moldea hasta que encaja como un guante en su propia experiencia. En esa adaptación íntima hay libertad, pero también presión: la de cumplir con lo esperado, lo aprobado, lo que “debe ser”. La normalidad entonces se vuelve un espejo engañoso: nos devuelve una imagen en la que rara vez cabemos completas.
La fantasía de lo normal no es estática: cambia con los movimientos sociales y culturales. Y en ese cambio surgen las tensiones. Quienes se atreven a vivir o proponer nuevas formas de normalidad —otras maneras de ser, de amar, de existir— suelen ser percibidas como una amenaza para el orden previo. En esa fricción aparece el sufrimiento: la incomodidad de no encajar ni en lo viejo ni en lo nuevo. Desafiar lo establecido puede traer orgullo y libertad, pero también suele costar rechazo, incomprensión o incluso la etiqueta de enfermedad.
El feminismo, por ejemplo, ha multiplicado las posibilidades de normalidad para las mujeres. El abanico de experiencias posibles se ha abierto, y con ello se han desbordado los moldes tradicionales. Pero este mismo proceso, lejos de ser lineal y armónico, también produce heridas.
Así, la hipersexualización de las niñas es, en realidad, una reacción patriarcal: una manera de disciplinar los cuerpos femeninos desde la infancia para devolverlos al control de la mirada masculina. En la niñez puede parecer un juego, pero en la adolescencia, cuando el cuerpo de niña se transforma en cuerpo de mujer, este juego se convierte en tormento. Esta presión está en el origen de muchos Trastornos de la Conducta Alimentaria (TCA), donde el cuerpo se convierte en un campo de batalla entre normas opuestas: lo que fue, lo que es, lo que aún no termina de ser aceptado.
Y algo parecido ocurre con la llamada Disforia de Género, que es en gran medida el resultado de normas rígidas y contradictorias sobre lo que significa ser, desear y habitar un cuerpo. El mercado médico y la ideología queer intentan medicalizar esa incomodidad, cuando en realidad debería pensarse como un síntoma de una sociedad enferma de normalidad impuesta.
En este terreno de disputas, las descalificaciones cumplen una función muy clara: son intentos de frenar la transformación de lo normal. No importa desde qué lugar político se pronuncien: siempre buscan disciplinar.
Los machistas nos llaman «guarras», porque no nos dejamos poseer por ninguno de ellos. Desde la derecha, nos llaman «feminazis», arrojándonos la sombra de un nazismo que en realidad les pertenece: un sistema basado en jerarquías extremas, en una normalidad única donde solo hay una verdad posible —la suya—. Desde ciertos sectores de la izquierda, nos llaman «terfas», atrapándonos en una feminidad obligatoria, como si esta no fuera una opción entre tantas. Proyectan sobre nosotras sus propios dilemas de identidad y, en lugar de resolverlos, terminan conculcando a las mujeres el derecho a expresarnos como somos.
Ser mujer no es una construcción ni una elección: es una realidad biológica. Lo que sí es una construcción —y por tanto opcional— es la feminidad. Las personas que desean ser femeninas están en su derecho, y el feminismo las apoya. Haciéndolo se suman a nuestra lucha, participan en abolir los roles de género que a todas nos oprimen, en liberarnos de esa normalidad tóxica que limita la vida de las mujeres al menos desde la antigua Mesopotamia, de cuando tenemos los primeros registros históricos de sociedades patriarcales.
Lo que estas etiquetas revelan es el mismo miedo: el temor a que la normalidad se desmorone y deje de ser un terreno seguro. Señalar, ridiculizar o agredir a quienes se salen de la norma es, en el fondo, una manera de defender la ilusión de que la normalidad puede ser estable.
Pero el feminismo insiste en otra dirección: que las mujeres podamos ser como nos dé la gana, con la misma libertad que se les ha reconocido históricamente a los hombres y exige respeto. Esta libertad rompe con el mito de la normalidad única y revela que no hay un solo modo legítimo de habitar el género, el cuerpo o la identidad.
Ahora bien, esta libertad no es absoluta. Vivimos en sociedad y somos interdependientes: nuestra autonomía solo puede sostenerse en diálogo con los derechos de las demás personas. La verdadera emancipación no se trata de imponer mi normalidad sobre la de otras, sino de aprender a convivir en el respeto mutuo, ampliando el espacio de posibilidades sin anular las diferencias.
Me declaro anormal profesional. He vivido hasta hoy siendo todo lo anormal que el patriarcado y las modas ideológicas me han permitido ser, y seguiré disfrutando de mi anormalidad los días que me queden. Porque si hay algo que temo, no es a la anormalidad, sino a la obediencia disfrazada de libertad.
E invito a todo el mundo a sacar pecho y presumir de su anormalidad desde el respeto.








