El papel del Estado en la gestión de la DANA

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Ustedes disculpen el siguiente símil futbolero. Si PP (más satélites) y PSOE (más satélites) se dedicasen al fútbol, su juego habitual consistiría en convencer a los espectadores de que disputan en equipos diferentes, y que ambos tratan de marcar gol en la portería contraria. Pero esto es mentira, es una ilusión. En todo caso, si existe una disputa entre ellos, sería por ver quién es titular o quién es el jugador que se llevará el contrato mejor pagado. Pero ambos juegan en el mismo equipo. Tanto unos como otros, por muchos aspavientos que hagan, defienden la portería del Estado. Se dejarán la piel por que la pelota nunca entre en la portería que defiende el Estado, y en cambio harán todo lo posible por que el gol se cuele en la portería de la clase trabajadora. La copa final es entregada, para dar solemnidad al show, por un rey, a quien la seguridad protege de abucheos.

¿Cómo así?

Desde que existe el estudio de las sociedades mediante el análisis materialista y dialéctico, hace ya siglo y medio, la izquierda dispone de un importante arsenal de premisas ideológicas que a estas alturas deberían formar parte del acervo popular. Entre ellas, que el Estado es el producto y la manifestación del carácter irreconciliable de las contradicciones de clase. Esto es, el Estado es un órgano de dominación y de opresión de una clase por otra, la creación del «orden» que legaliza y afianza esa opresión.

Pero parece ser que esto se olvida o se prefiere ignorar por comodidad o por ilusión. Y así vemos que incluso desde la izquierda volvemos a caer en fantasías como las de los «escudos sociales» decretados por disposición del Gobierno. Esto se aprecia más, como es lógico, cuando suceden problemas graves y las ayudas estatales son más necesarias. Tuvimos un excelente ejemplo durante la pandemia y volvemos a verlo ahora en el desastre sucedido en Valencia.

Allí sigue aún el proceso de atención a las víctimas y el de limpieza y vuelta a la normalidad, la situación todavía necesitará un juicio completo que está por hacerse. Pero tanto la primera respuesta a la situación de emergencia como la gestión de las posteriores ayudas nos sirven para vislumbrar en qué sentido apunta todo. Vean la siguiente imagen.

Verónica Barbero, portavoz de Sumar, y Enrique Santiago, supuesto comunista y Secretario General del PCE, consideran en el Congreso que la expresión «sólo el pueblo salva al pueblo» toma sentido gracias a «un Estado fuerte y presente».

Esto me recuerda a los compañeros del trabajo que alaban la labor de los delegados de los sindicatos afines a los partidos, porque hacen la gestión cotidiana de las cuestiones laborales. Es decir, al parecer los trabajadores tenemos que estar enormemente agradecidos a nuestros representantes por ejercer lo mínimo que se despacha en las tareas propias de sus cargos. Por hacer lo justo para que no vivamos en la ley de la selva. Pero sin preguntar nunca a quién beneficia, tras lo aparente y cotidiano, esa labor que ejecutan.

Observen un par de ejemplos de la actualidad en Valencia. Uno de ellos viene de los compañeros de la sección de Movimiento obrero de este periódico: pese a que el Ministerio de Trabajo asegura que todos los damnificados están protegidos por los ERTES y medidas extraordinarias, se han producido despidos injustificados y son finalmente las empresas quienes salen ganando con esas medidas. Y de paso recordemos que durante la catástrofe las empresas exigieron a sus empleados continuar su actividad situando hasta en riesgo de muerte a muchos de ellos.

Otro ejemplo: las ayudas del Gobierno a los afectados que perdieran su coche son en su mayor cuantía para quien pueda comprarse un coche eléctrico o híbrido, nuevo, que son mucho más caros, mientras que para los que sólo puedan comprar un coche normal y de segunda mano las cuantías son irrisoiras para el precio que suelen tener los coches incluso usado. Por si fuera poco, compañeros desde Valencia denuncian que los concesionarios de segunda mano están subiendo los precios, para aprovechar precisamente este despropósito (hagan memoria y recuerden a los indeseables que vendían mascarillas y gel a precio de oro al comienzo de la pandemia).

Cualquier persona que tenga ojos en la cara puede comprobar que aquí, como siempre, quienes salen ganando son las empresas y los avispados especuladores y rentistas. Ese «orden» y ese «Estado fuerte» no son otra cosa que la defensa y sostenimiento de la ganancia de la clase social poseedora de esos medios y recursos sobre el sometimiento del común de los mortales.

El poder de esa ilusión (que en propiedad debemos nombrar como ideología dominante) es tan fuerte que incluso llega a estar absolutamente naturalizado, normalizado, el hecho de que la rutina laboral no pueda ni siquiera pausarse una sola jornada. Para nuestros gestores es inconcebible que la actividad se pare, ya sea por una catástrofe natural o por un virus mortal. Por tanto la fuerza de ese «Estado fuerte» es muy cuestionable, pues en realidad es tan frágil y tan caótico que es incapaz de detener su actividad económica sin garantizar la seguridad del pueblo al que teóricamente protege, y en cambio necesita exponerlo al riesgo de sus vidas para seguir funcionando.

Creo que sólo con esto el lector entenderá perfectamente para quién es «fuerte» ese Estado. Pero por si queda alguna duda, vean a la Ministra de Defensa, Margarita Robles, abroncando a unos afectados en Valencia cuando se le cuestiona el papel del Ejército. ¿Ustedes imaginan a la ministra respondiendo con igual soberbia a sus superiores en la UE cuando se le exige que dedique miles de millones del dinero público a la guerra de Ucrania? Por supuesto que no, para la OTAN sí hay todo el dinero que haga falta y para ello nuestros mandos militares son un admirador, un amigo, un esclavo, un siervo.

Nunca jamás se permitirá que se evidencie ese papel verdadero y velado del Estado. Más aún, se hará todo lo posible para que nunca sea debatido ese aspecto, que abriría los ojos a muchísimas personas a una realidad muy cruel. En conclusión, incluso los partidos auto percibidos como izquierda participan de esa trampa. Por la sencilla razón de que conviven con el resto de entidades estatales en relación de simbiosis: la buena salud de unos favorece la continuidad de los otros.

Por último (sí, aquí he venido a hablar de mis libros!!) cierro esta entrada advirtiendo que el tercer párrafo es una cita casi textual del texto de Lenin El Estado y la Revolución. Y con otra cita textual de una lectura muy empleada por el propio Lenin, que eran los textos de Federico Engels, quien en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado escribió:

Así, pues, el Estado no es de ningún modo un poder impuesto desde fuera de la sociedad; tampoco es «la realidad de la idea moral», «ni la imagen y la realidad de la razón». Es más bien un producto de la sociedad cuando llega a un grado de desarrollo determinado; es la confesión de que esa sociedad se ha enredado en una irremediable contradicción consigo misma y está dividida por antagonismos irreconciliables, que es impotente para conjurar. Pero a fin de que estos antagonismos, estas clases con intereses económicos en pugna no se devoren a sí mismas y no consuman a la sociedad en una lucha estéril, se hace necesario un poder situado aparentemente por encima de la sociedad y llamado a amortiguar el choque, a mantenerlo en los límites del «orden». Y ese poder, nacido de la sociedad, pero que se pone por encima de ella y se divorcia de ella más y más, es el Estado.

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