Las personas que participaron ayer en la manifestación contra la gestión de la dana en Valencia atestiguaron que fue multitudinaria. Apenas podían caminar en el trayecto propuesto por la marcha, pues eran decenas de miles las personas las que desbordaban las avenidas del centro de la capital valenciana.
Pese a que llegó a sugerirse que la manifestación fuese silenciosa, la rabia acumulada por la indignación resultaba incontenible. Los gritos contra los responsables no podían reprimirse. Pensemos que muchos de ellos llegaron directamente de las zonas afectadas e interrumpieron por unas horas su labor de ayuda para acudir a la concentración. ¿Cómo pretendían silenciar la furia de quien ha visto a sus paisanos perder todo, hasta la vida?
La indignación se acrecentó cuando algunos participantes trataron de volcar su enojo a las puertas del edificio del Ayuntamiento, donde la policía antidisturbios llegó a realizar cargas contra los manifestantes. Allí fueron muchos los que quizás entendieron entonces cuáles son los intereses que defiende el Estado, a través de sus fuerzas de seguridad.
La clase trabajadora no puede faltar a su puesto de trabajo ni aunque las calles se arríen. Si es necesario que pongan en riesgo su vida, a los responsables poco les importará, pues esos responsables no administran por la protección de los intereses de esos trabajadores, sino por los intereses de las grandes empresas.
Del mismo modo, en el entorno ideológico que sostiene ese a ese sistema, la solidaridad y la empatía del pueblo con sus semejantes será elogiada y encomiada; pero si el pueblo se organiza para protestar, entonces la cosa cambia. Ahí vendrá la represión y el intento de conducir esa rabia hacia formas en las que el sistema no sea cuestionado.
La degradación de las condiciones de vida de los españoles está llegando a niveles en los que se están empezando a ver todas las costuras. La infame gestión de este desastre ha sido una clara evidencia. El Estado, que supuestamente nos protegía con un «escudo social», ha dejado a su suerte a la clase trabajadora. Se acordarán de ellos en cuanto se les pueda exprimir un poco más, pero mirarán para otra parte incluso si están en riesgo de perder su vida.
En el colmo de la desubicación y del esperpento, políticos que han participado directamente en ministerios y sostienen al actual Gobierno, llegaron a criticar las cargas policiales. ¿Creen que los trabajadores son tan simples para no saber que el mismo Gobierno que reprimió las protestas ayer (y que envió grandes contingentes policiales a la capital valenciana pero no supo coordinarse para hacerlo durante la alarma) es el mismo que sacó a pasear la tanqueta en Cádiz y mantiene detenidos a sindicalistas y trabajadores por el simple hecho de reivindicar dignidad?
¿También son ajenos nuestros actores políticos de que su Gobierno, este y el anterior, han dedicado miles de millones del dinero público para las armas de las guerras que la OTAN nos exige, pese a que la inmensa mayoría de los españoles no reconoce a esos supuestos enemigos ni desea ninguna guerra contra ellos?
Desvalorizaron el sentido de la consigna «sí se puede», ahora pretenden hacer lo mismo con aquella de «sólo el pueblo salva al pueblo». No se trata de una cuestón de expresar deseos de buenas voluntades, esto es una lucha entre clases. No podrán sostener mucho más la ocultación de esta realidad









