La rueda de hámster del mercado político

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Tradición, de tradere, equivale a «entrega», es lo que pasa de uno a otro. Pero lo que pasa, queda, porque hay algo que sirve de sustento al perpetuo flujo de las cosas. Un momento es el producto de una serie, serie que lleva en sí. Para los que sienten la agitación, nada es nuevo bajo el sol; para los que viven en la quietud, cada nueva mañana trae una frescura nueva.
Miguel de Unamuno. En torno al casticismo. 

La situación objetiva de la clase trabajadora española es cada vez más cercana a la miseria. Miseria tanto material (sanidad, empleo, pensiones, vivienda…), como miseria ideológica, pues pese a ese evidentísimo atraso, lo subjetivo permanece estancado en una desorganización inquietante. Aun así, partidos percibidos como izquierda siguen siendo valorados por miles de seguidores. Ni el rearme, ni el genocidio, ni la persecución a sindicalistas, en los que estos partidos han sido y son colaboradores de la derecha, despiertan a la masa. ¿Cómo puede llegarse a este nivel de incomprensión del mundo en que se vive? ¿Es posible salir de ese círculo vicioso?

Participé hace unas semanas en una concentración por la vivienda en Sevilla. Los manifestantes coreaban: «la ley de vivienda es una puta mierda». A mi derecha se encontraba, como una manifestante más, la portavoz en el Ayuntamiento de Podemos, el partido que creó esa ley siendo titular del ministerio.

Semanas antes, en otra manifestación de la misma localidad, cientos de personas se reúnen para reivindicar el fin del genocidio palestino y el rearme. En la cabecera de esa manifestación se encontraban los responsables andaluces de Sumar, uno de los partidos que compone el Gobierno de España, país de la UE que más armas y municiones importa de Israel, y el mismo Gobierno que apoya sumisamente la guerra en Ucrania.

Me llega precisamente estos días el anuncio de la enésima propuesta electoral, también para Andalucía, en la que se postulan algunas personas que han debido ya presentarse en varias docenas de listas diferentes. Esta especie de banda de Moebius electoralista recuerda a una rueda de hámster, en la que hay movimiento y ruido, pero en la que no se pretende avanzar.

Sé que el lector magenta o morado se sentirá ofendido con la comparación. ¿Nadie más evoca, en medio de este desastre, los experimentos con cobayas? También sé que habrá lectores que coincidan con mi punto de vista, pero no se atreverán a compartirlo ni a mostrar públicamente el acuerdo, porque este tema en sus organizaciones es tabú.

No haré aquí una diatriba contra la participación en los parlamentos. Al contrario, creo que es oportuna la participación electoral, pero en un sentido totalmente opuesto. Si de algo debe servir el mancharse en el barro de la democracia neoliberal, es para (al menos) poder comunicar la verdad a los trabajadores, no para confundirles. Abrirles los ojos.

Una frase muy popular reza que el pueblo que no conoce su historia, está condenado a repetirla. De un modo semejante podría decirse que el pueblo que no posee conciencia dialéctica de su realidad social está expuesto a la manipulación perpetua.

Existe una adulteración ideológica que impide a gran parte de la clase trabajadora ser consciente de cuál es su lugar en la sociedad. La gran mayoría social, que es esa masa laboriosa, no entiende por qué sucede así, ni a quiénes beneficia eso. O tal vez ya prefiere ignorarlo, contagiado por las modas de la superación personal, y opta por vivir en un presente continuo cuya filosofía es la antítesis de lo comunitario, el identitarismo, los ideales de la autoestima.

Las redes sociales fomentan el hedonismo como forma de empoderamiento, la satisfacción personal por encima de cualquier cuestión social. La superficialidad de los mensajes se aprecia en el nivel infantil de sus juegos de palabras.

El mercado político

Y a este contexto individualista se acomoda perfectamente esa especie de aceptación conformista (en esta columna se ha hablado profusamente de malmenorismo). Parecería que estas organizaciones políticas aparentemente izquierdistas, consentidas por el neoliberalismo, cumplen la función del conformismo y su mensaje en el fondo es que no se puede luchar contra el gigante imperialista, solo se pueden mejorar las condiciones de vida, paliando sus efectos nocivos, pero dentro de ese orden, sin cuestionarlo.

Es una vuelta de tuerca al histórico debate sobre el reformismo, que en estos tiempos horribles alcanza una dimensión superlativa. Estimo que a ello contribuye sin duda la carencia de conciencia dialéctica. El entorno, el sistema social, promueve que las personas seamos cada vez menos conscientes de la realidad en que vivimos, entendida en su totalidad y en la relación de factores. De ese modo sucede que conceptos complejos, aunque asequibles a cualquiera que haga el esfuerzo por razonar, son desestimados o escondidos de la actualidad. La actualidad se vuelve así plana, sin matices ni aristas, constreñida a los rigores de la lógica formal que tan oportunos son para las ciencias exactas, pero a veces tan inadecuados para la política, la economía o la sociología.

En concreto, diría que hay dos conceptos principales que son velados, ocultados, a la clase trabajadora: el papel del Estado dentro de la preservación del orden que favorece a los intereses de la clase dominante, y además el alineamiento económico y político de ese Estado en el ámbito internacional. Estas dos realidades materiales, la existencia del Estado y su rol internacional, sorprendentemente son desconocidas o ignoradas intencionadamente por muchos, y a esa desgracia contribuyen generosamente los partidos con representación en parlamentos y ayuntamientos.

Si aceptamos el juego de la lógica capitalista, que tiende a valorar todo como una constante oferta y demanda (nótese en las expresiones populares, como por ejemplo «esa propuesta no te la compro», «veamos qué ideas nos vende»), podría decirse que la democracia en que vivimos funciona como un mercado. Si nos fijamos, el juego electoral presenta todas las características de la definición de un mercado: hay un espacio -un censo local, regional o nacional-, es entendido como una relación entre quienes ofrecen bienes o servicios -políticos, partidos- y quienes los demandan -votantes-, los productos ofrecidos -medidas políticas- adquieren una mayor o menor valoración -valor, precio- según sean requeridos por los demandantes, etc.

Pero sobre todo hay una característica peculiar que es la que convierte en «mercado» a la participación electoral. Esta característica es que se trata de un mercado en el que hay competencia, pero la competencia es imperfecta. Es decir, en ese juego de oferta y demanda hay actores que parten con una ventaja sobre otros, lo que convierte a la competencia, supuestamente deportiva, en un cerrado monopolio.

Como ocurre en los mercados monopolizados, es casi imposible entrar en él. Cuando un partido logra romper esa barrera y ocupar un espacio, logra conquistar una verdadera parcela de poder. Dadas esas reglas de juego, esta parcela de poder adquiere una relevancia fundamental, para una organización política supone el ser o no ser. Da acceso a los grandes medios, a ser conocido, a la posibilidad de que el video de una declaración se vuelva «viral» en las redes, en definitiva a entrar en la rueda de su peculiar marketing.

Pero ¿cuál es el peaje a pagar para entrar a esa gran autopista?

En una entrevista reciente, el autopercibido como comunista, Alberto Garzón, dijo: «el poder de la semiótica, la imagen, es fundamental, y Pablo era experto en eso. Podemos triunfó sobre esa idea, de repente el partido clásico que se lo había currado toda la vida, que hacía política en la base, en los pueblos, eso ya no valía».

En una entrevista reciente (imagen anterior), el ex ministro y ex coordinador de Izquierda Unida, Alberto Garzón, reconoció públicamente que cambió intencionadamente la política de trabajo real y de clase por el show mediático y la apariencia, y que Pablo Iglesias supo adelantarse a ese cambio -según su opinión- en la apreciación política de lo que llaman ciudadanía.

Un ventanuco de Overton

Al lector le habrá pasado alguna vez como a mí la siguiente anécdota: en charlas de política con compañeros de trabajo o conocidos, suele haber siempre alguien que resuelve el problema de los partidos en que lo ideal es que «no haya extremismos», pues se estima que los extremos son malos, «tanto de una parte como de otra». Y esta posición suele apreciarse como moderada o conciliadora, la actitud ideal para manejarse en sociedad.

¿De qué manera se puede hablar de política con personas que presentan semejante desconexión de la realidad?

Suele emplearse para estas situaciones el concepto de ventana de Overton. Según este modelo, existe un rango de ideas políticas aceptables para el público, que puede cambiar con el tiempo. Habría en ese caso una horquilla o espectro de políticas dentro de ese rango de aceptabilidad, mientras que las opciones «radicales» o son desdeñadas o pueden volverse aceptables a través de un proceso gradual de cambio, según la actualidad.

Este modelo podría servirnos para entender cómo se producen ciertos debates recurrentes, como la eutanasia, las penas de cárcel y otros. Pero es insuficiente para explicar cómo es vetado el pensamiento verdaderamente transgresor dentro de la democracia liberal.

En realidad más que una ventana se trataría de un ventanuco, un margen estrechísimo de percepción de la realidad, que recuerda a las anteojeras que colocan a los caballos para que, en su visión periférica, no se distraigan del camino.

Ese margen tan constreñido presenta una caracteristica primordial: las contradicciones de clase son permanentemente ignoradas. No es casual así que estas plataformas políticas tiendan a eludir las referencias a las clases sociales. Se presentan a sí mismas como «espacios amables» (sic) para hacer política. Tratan de eludir así la ineludible -pues llega siempre, antes o después- confrontación con el poder.

Que el Estado sea el aparato de dominación de una clase social sobre otra es algo ajeno a este pensamiento. Incluso para las personas que participan en movimientos sociales, cuya proximidad les haría más proclives a la comprensión, estas categorías son inexistentes o innecesarias. Los avances logrados por lo que se denominó socialismo científico les son ajenos y, del mismo modo que ocurre con el debate histórico del reformismo o la socialdemocracia, los progresos sobre el concepto de Estado se dejan en un cajón cerrado, aunque cuenten ya más de un siglo de trayectoria.

Ignorar la realidad para ser admitido en el mercado

No es extraño que suceda así, pues si se ignora a conciencia el antagonismo capital-trabajo y se ignora además la contradicción principal que define y determina nuestra sociedad, lo lógico es que sus categorías sociales desaparezcan en progresión como por arte de magia. Si un ingeniero de caminos considerase, porque sí, que la gravedad no afecta a los cuerpos con masa, tendríamos que esperar que sus obras no se desplomaran gracias únicamente al azar.

Vean si no la proyección que los partidos con representación en los parlamentos ha tenido en apenas unos años: de exigir la devolución del rescate bancario a legislar como Gobierno el periodo de mayor beneficio de bancos y grandes empresas, de reivindicar la nacionalización de los sectores energéticos a gestionar los fondos europeos para la falsa «transición verde», de reclamar la expropiación de las viviendas de grandes tenedores a administrar generosamente los intereses del rentismo, más un largo etcétera de ejemplos que se podrían añadir aquí.

Esta aparente incapacidad para apreciar la realidad a nivel interno adquiere un volumen turbador en el plano internacional. Pasando las fronteras, este despropósito se multiplica de manera desalentadora. Es lógico que así sea pues nuestro modelo democrático es en realidad una exportación, una franquicia, de la sede original en los Estados Unidos.

Portavoces de Podemos y Sumar corrieron prestos a Budapest a defender el derecho a celebrar el Día del Orgullo, supuestamente prohibido pero que tuvo lugar, pues estimaban que con ello «paraban el fascismo». Simultáneamente, en España, eran detenidos arbitrariamente manifestantes del Metal en Cádiz y aún no habían recibido el indulto las sindicalistas de la Suiza, amenazadas con prisión por el hecho de ejercer su labor sindical.

Que nuestro ignorado Estado se encuentre alineado con los intereses de la Alianza Atlántica es una circunstancia superflua para nuestros izquierdistas salvadores del fascismo. Los techos de gasto que supeditan la inversión pública al interés privado, el desmantelamiento de las industrias locales de las zonas agrícolas españolas en favor de negocios subvencionados por la UE, o la venta de nuestra tierra a fondos de inversión extranjeros para la especulación turística, son hechos que ya forman parte del paisaje y han sido perfectamente naturalizados y absorbidos.

No hablemos ya del rearme, del indecente gasto en armas para guerras que nadie desea, no hablemos de la traición a los pueblos hermanos como el Sáhara, no hablemos de los horrores en Siria. No hablemos del genocidio en Palestina. Atrocidades que pasarán a la historia universal de la infamia y nos acompañarán siempre vergonzosamente.

Sé que ese lector morado o fucsia, al leer esto, puede reclamar: ¡pero si yo les veo por la televisión protestar contra todo esto que usted dice! Sí, es cierto, en los medios y en las redes sociales son muy combativos. También lo son según estén o no en ministerios, aunque los hayan ocupado hace dos telediarios.

Sin embargo, otro gallo canta cuando se trata de hacer efectivas las medidas. Les invito a leer los manifiestos de las dos nuevas propuestas políticas andaluzas (nuevas en los nombres) y averiguar las veces que se refieren a la Unión Europea o a la OTAN. Yo les ahorro tiempo: cero.

Esta desconexión de la realidad, esta disociación en la percepción del mundo en que se vive, no es casual. Es favorecida por los intereses capitalistas e imperialistas, pues a esos intereses les resultan perfectamente funcionales. Los tiempos que nos tocó vivir, de declive imperialista y cambio hacia un nuevo orden mundial, precisan crear el caldo de cultivo donde las exigencias políticas -cada vez más severas para la clase trabajadora- sean aceptadas con la menor oposición posible.

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