«In memoriam» de Elena Gache, sin h

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Por Marian Buda Mohamed

Tenía una amiga que se llamaba Elena, Elena Gache. Siempre decía que su nombre era Elena, sin “h”. Nos conocimos cuando teníamos más o menos quince años las dos; trabajábamos para pagarnos los estudios y vivíamos ausencias familiares: yo, la de mi familia biológica; ella, la de su padre, que se separó de su madre y los dejó muy pronto.

Nos hicimos amigas en 2014 porque las dos estábamos cursando el bachillerato de adultos por la tarde. Congeniamos, así que nos volvimos inseparables. Yo no lo sabía, pero ella llevaba tiempo enferma sin saber qué tenía. Los médicos no daban con el diagnóstico. Ella misma lo decía constantemente: «No me dicen lo que tengo». La tenían en lista de espera para unas pruebas. Las que le habían hecho hasta ese momento —porque se había desplomado en el suelo— habían dado, por un lado, un diagnóstico de insuficiencia renal y, por otro, uno de aborto. Nunca entendí este último diagnóstico hasta que, después de mucho leer e investigar, descubrí que, según parece, el cuello del útero se dilata con el cáncer. El ginecólogo —y gilipollas— que la atendió había dado por sentado que era un aborto, quizá por soberbia o basándose en prejuicios no médicos y sin hacerle ninguna prueba microscópica.

Tenía un papiloma humano que le había producido un cáncer de cuello de útero. No estaba vacunada y nunca le habían hecho ninguna citología. La primera citología la recomienda nuestro sistema de salud a los veinticinco años, un protocolo claramente basado en criterios económicos y no médicos, y desde luego no en las necesidades de las chicas y mujeres. Para cuando debía hacerse la primera citología, según Sanidad, ya tenía metástasis: exactamente a los veinticinco años.

Hay que entender que hay muchos tipos de papiloma humano, pero existen dos especialmente peligrosos: aquellos que al sistema inmune le cuesta más eliminar y que producen cáncer de cuello de útero, de garganta, y orofaríngeo, entre otros. Una vez que se instalan en el cuerpo, empiezan a dañar las células a los dos años de invadirlo. El periodo para la detección —a través de citología— es de entre cinco y diez años.

Viendo su desesperación por su estado y las listas de espera interminables, le dije que se hiciera un seguro privado y que se realizara ella misma las pruebas, aunque le costara dinero, porque, si era grave, no podía esperar eternamente. Lo hizo y le detectaron el cáncer antes de empezar el curso de 2015 en un módulo de grado superior de Administrativo. Estuvo todo 2015 con quimioterapia; de hecho, quizá empezó antes.

La última vez que nos vimos antes de que yo me fuera a Granada a estudiar Traducción e Interpretación fue el 10 de agosto de 2014, cuando fuimos a la playa con su madre y su tía en mi coche; antes, en julio, habíamos ido a Isla Mágica porque ella tenía muchas ganas. En esos momentos aún seguía esperando la cita para las pruebas en la Seguridad Social y no sé si se había hecho ya el seguro. La cuestión es que aún no sabíamos que lo que tenía era cáncer de cuello de útero.

Volví de Granada y empecé a estudiar Estudios Árabes e Islámicos. Me había ido sin saber que tenía cáncer, y más o menos en febrero de 2016 me encontré con su hermano. Me dijo que su hermana tenía cáncer, me abrazó llorando y me dejó en shock.

Fui a verla y pasamos mucho tiempo juntas, hasta que un día me escribió un mensaje y me dijo: «Estoy pasando mucho tiempo contigo; te quiero, pero necesito estar con mi familia». Lo comprendí, aunque aun así no dejé de ir a su casa, de buscarla.

Lloré mucho en esa época; iba y volvía de la facultad llorando. Estaba psicológicamente hecha polvo por ella y por todo lo que venía de sufrir yo misma, que no era poca cosa (que me quitaran el pasaporte en Argelia los policías argelinos).

Elena falleció el 28 de febrero de 2017. No fui a su entierro, muy a mi pesar, porque sufría una patología, una distorsión de la realidad, derivada del hecho de haber estado usando maquillaje desde los doce años. Me pasó algo fuerte que todavía trato de entender, porque no es propio de mí no presentarme al entierro de una amiga. Creo que hubo algo más que se nos escapó en aquel momento, pero asumí el sufrimiento y el arrepentimiento que vinieron después, aunque nunca fue mi voluntad no ir.

Un día, volviendo de la facultad sin maquillaje, su madre, empezó a decirme: «Esa es la verdadera cara de Mariam… ¿Por qué no has ido al entierro de mi hija? Y que sepas que, si no hubiera ido al seguro, podría estar viva». En ese momento me destrozó (como diría mi madre biológica: حسبي الله و نعم الوكيل).

Dejé pasar unos días y luego fui a su casa. Pedí perdón a la madre y al hermano por no haber ido al entierro personalmente y me invitaron a quedarme a almorzar con ellos. Hablamos un poco y la madre, arrepentida de lo que me había dicho, me abrazó y repitió que la culpa de la muerte de su hija la tenían los médicos.

Hace unos días nos volvimos a ver y me dijo que lo que me dijo en aquel momento fue producto del dolor y la rabia y que yo debía comprenderla. Le respondí que no hay nada que justifique aquellas palabras; que simplemente quiso hacerme daño desde su dolor, sí, y lo consiguió, pero yo no lo merecía. Para mí, ella se convirtió en aquel momento en la persona que más daño me ha hecho en la vida, y mira que he sufrido: campamentos de refugiados, pobreza, hambre y sed extremos, maltrato por parte de mi primera familia de acogida, abandono por parte de las dos siguientes y luego alcoholismo en la última familia de acogida por parte de mi madre de acogida. Me han violado, una chica intentó matarme en el instituto porque sacaba mejores notas que ella… y mil cosas más. Y aunque la he perdonado por la memoria de Elena, lo que me hizo fue imperdonable, porque me destrozó la vida y destrozó también la de mis seres queridos.

PD: Otra amiga muy querida falleció hace poco debido a un tumor cerebral provocado también por un papiloma orofaríngeo. Asumieron, tras varios intentos de suicidio, que lo que le ocurría era psicológico y la atiborraron de pastillas, sin hacerle nunca un TAC o una resonancia, ni ningún otro tipo de prueba que descartara algo físico. Para quien no lo sepa, esta es la peor cara del sistema capitalista y de su absurda burocracia: los médicos se desconectan de las pacientes, que se convierten en un mero trámite.

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