Tras las pistas de la dialéctica revolucionaria en el Ludwig Feuerbach de Engels (II)

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Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los partidarios de reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden —y, por su situación social, deben— constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.
Lenin, Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo.

En la primera parte de esta entrada se hizo un repaso al momento histórico en el que Engels redactaba su Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana. Manejar algunas nociones sobre ese periodo histórico nos permitió situarnos y comprender mejor la lectura. En aquella entrada inicial nos comprometíamos a reflexionar sobre la importancia de la lógica dialéctica a través del texto de Engels y el método científico de análisis que conocemos hoy como materialismo dialéctico, que permite desvelar en las sociedades los mecanismos que se ocultan a la clase trabajadora, de modo que sea consciente de su capacidad transformadora. Lo intentaremos aquí.

Se mencionaba, en la anterior, la referencia de Lenin sobre la importancia de este texto, en el breve ensayo Tres fuentes, del que se extrae la cita que encabeza esta entrada, que situaba como lectura «de cabecera» junto con el Manifiesto y el Anti-Dühring. Aquí trataremos sólo las «pistas» básicas, que podemos deducir de la lectura.

Quizás parezca una cuestión simple para el militante experimentado. Sin embargo, la realidad nos dice lo contrario: esas «pistas», aparentemente tan básicas, se encuentran hoy en paradero desconocido, al menos desde nuestra perspectiva occidental.

Pensemos en la capacidad de aturdimiento que el capitalismo que ha logrado imbuir en la cultura popular y en la opinión pública. El grado de confusión es tan acusado en nuestros dias que es posible filtrar como verdaderas las mayores mentiras y engaños. Hoy la prensa, la TV o la radio difunden en occidente material que en poco se diferencia ya de la más burda propaganda de guerra.

Por señalar sólo un par de ejemplos de este oscurantismo desde eventos de la actualidad: la hipocresía de los gobiernos, que ante los medios piden el fin del genocidio del pueblo palestino, mientras privadamente comercian con armas con el ejército israelí; otro ejemplo igualmente grotesco, dedicar miles de millones a la industria de la guerra a través del conflicto incitado en Ucrania, mientras los servicios públicos agonizan; otro caso, el ridículo de los economistas oficiales al indagar por los motivos de la decadencia productiva europea, mientras ignoran el sabotage a los gasoductos que surtían a sus empresas.

Esto no se fomenta únicamente desde los medios, ese mismo atraso se alimenta además desde coaliciones «progresistas», que llegan a poseer gobiernos en Europa. Partidos y sindicatos que se suponen de tradición marxista. Que esto no produzca un inmediato rechazo social, sólo es posible si esos principios básicos de la lógica dialéctica se han enterrado en lo más profundo del baúl de los recuerdos.

La preocupación del capitalismo en ocultar el razonamiento medianamente complejo, así como en sustituirlo por el pensamiento plano y simple, incluso evitar cualquier razonamiento y limitar la percepción de la realidad a sentimientos y emociones identitarias, es por tanto claramente intencionado.

Pensemos que la mayor y más poderosa arma revolucionaria que existe, la organización de trabajadores y trabajadoras, depende de su unidad. La famosa arenga de Flora Tristán, popularizada en el Manifiesto, indica el mensaje principal mandatado a todos los comunistas: proletarios del mundo, uníos. Y esta unidad es imposible si ellos y ellas no son conscientes de su propia situación dentro de la sociedad.

Pero no perdamos la esperanza. En otra cita de las Tres fuentes, se afirma que el marxismo es poderoso porque es exacto, frase que aislada parece dogmática, pero que en el fondo no es más que otra forma de aquella expresión proverbial que reza: la verdad sólo tiene un camino. Una verdad que no es inaccesible. Cualquier persona, aunque carezca de estudios, puede comprender estos principios básicos; bastaría con un poco de interés.

Precisamente, el texto que nos ocupa en esta entrada fue rematado por Engels con esta idea: «la nueva tendencia que ha descubierto en la historia de la evolución del trabajo la clave para comprender toda la historia de la sociedad, se dirigió preferentemente a la clase obrera, y encontró en ella la acogida que ni buscaba ni esperaba en la ciencia oficial«. Cierto es que ese camino de la verdad, en este momento tan horrible que nos tocó vivir, parece interminable, aunque como todos los caminos empieza por un primer paso. Avancemos.

Una primera pista, nada es eterno.

En la primera parte ya comenzamos a ver cómo Engels arrancaba las reflexiones de esta obra señalando los avances filosóficos producidos en Alemania en los inicios del siglo XIX. «Lo mismo que en Francia en el XVIII, en la Alemania del XIX la revolución filosófica fue el preludio del derrumbamiento político». Los cambios en los procesos históricos vienen precedidos por avances en el pensamiento filosófico, que a su vez son favorecidos o impulsados por cambios en aspectos tecnológicos o científicos que permiten acelerar el proceso de evolución de los medios productivos.

Vimos cómo en la Gran Revolución, que desde Francia irradió el mensaje de libertad e igualdad al resto de Europa o América, las ideas de la Ilustración, los enciclopedistas, las tendencias laicistas o el desarrollo del método científico desencadenaron el despertar social que motivó el proceso revolucionario, impulsado a su vez por la naciente clase social burguesa que pedía paso arrollando a la decadente aristocracia del Antiguo Régimen («la burguesía ha destruido las relaciones feudales, patriarcales, idílicas», Manifiesto).

Pero la revolución filosófica del XIX tiene una peculiaridad, indica Engels: los franceses luchaban abiertamente contra todo lo oficial, contra la Iglesia, contra el Estado, acababan en la Bastilla; en cambio, los alemanes fueron decentes profesores a los que se les encomendaba la educación de la juventud, y sus obras eran estimadas por el Estado como libros sagrados, y su sistema filosófico, coronado por Hegel, era elevado al rango de pensamiento oficial. «¿Cómo era posible que detrás de estos profesores de palabras oscuras y aburridas se escondiese la Revolución?».

Leímos en esa primera parte que el historicismo impulsado por Hegel rompe con la filosofía estática y mecánica del XVIII, con las categorías fijas (bien y mal inmutables), su nueva filosofía evidencia el desarrollo de las sociedades, el cambio en las etapas históricas. La tendencia del espíritu a avanzar mediante el encadenamiento de contrarios, según la dialéctica, supone el patrón de esos cambios. La Historia, el estudio de la sucesión temporal, adquiere un nuevo protagonismo que posteriormente Marx señala como la llave que abre el camino a la auténtica significación del mundo.

Engels: «en esto precisamente estriba la verdadera significación y el carácter revolucionario de la filosofía hegeliana (como remate de todo el movimiento filosófico iniciado por Kant): en que da al traste para siempre con el carácter definitivo de todos los resultados del pensamiento y de la acción del ser humano. En Hegel, la verdad que trataba de conocer la filosofía no era ya una colección de tesis dogmáticas que, una vez conocidas, solo haya de aprenderse de memoria; ahora, la verdad residía en el proceso mismo del conocer, en la larga trayectoria histórica de la ciencia».

Observemos la importancia de este proceso. Algo tan relevante como la propia manera de entender el mundo, cambia aquí y cuestiona todo lo real. Lo que se nos ofrece como eterno e invariable, puede ser así visto (revelado) como es en realidad, transitorio y mudable. Puede parecer al lector que esto es más indicado para la mentalidad de otras épocas, las del campesino feudal o del artesano del taller de tejidos; pero ocurre igualmente hoy, en los actuales ciudadanos de la era de la información.

Recordemos que la ideología dominante hoy nos ofrece una imagen del mundo como una estación terminal, un fin de recorrido en el que podrán modificarse aspectos del paisaje pero no avanzar más. Mejorar algunos matices de la vida de las personas (las personas trabajadoras, se dice hoy) y reformar un modelo social que, aunque se reconoce que no es el mejor posible, se establece como el menos malo, y por tanto el definitivo. Esta visión de nuestro mundo, que lógicamente se corresponde con la defensa del capitalismo, no es sólo propia de los capitalistas, también la izquierda oficializada, teóricamente anticapitalista, nos viene a convidar a la idea de que luchar contra el inmenso poder neoliberal es un imposible, y que lo más práctico y útil de la política debe ser limitarse a pequeños avances y reformas, dentro de lo permitido.

Volviendo a las palabras del texto, la historia, al igual que el conocimiento en general, «no puede jamás encontrar su remate definitivo en un estado ideal perfecto de la humanidad», los estadios históricos son fases transitorias en el proceso infinito de desarrollo de la sociedad humana, de modo que todas las fases son necesarias y en cierta forma legítimas para las condiciones en que son creadas, pero todas caducan al producirse las nuevas condiciones que harán surgir la nueva sociedad.

Observemos, como curiosidad, que el autor llega a mencionar el pronóstico de los científicos sobre un final de nuestro mundo (se entiende que, por ejemplo, con la extinción de nuestra estrella solar), aunque aún nos encontramos «todavía bastante lejos de la cúspide» desde la que se iniciaría ese declive.

Sin embargo, advierte Engels que estos avances filosóficos hegelianos, que terminan siendo rompedores o transgresores, no fueron desarrollados con esa intención. «Es una consecuencia necesaria de su método, pero el autor no llegó nunca a deducirla con esta claridad».

La explicación de esta aparente incoherencia nos lleva de la mano a la siguiente pista. Hegel (al que no se podía exigir «que se ocupase de un problema que las Ciencias Naturales de su época no habían puesto aún al día») se veía impelido por rematar su sistema filosófico (recordemos que trató de abarcar vastas áreas del conocimiento, Historia, Derecho, Religión, Estética, el conjunto de la Fenomenología del espíritu, la conciencia individual) en una verdad absoluta, un culmen idealizado, siguiendo las directrices de la fidelidad a la tradición.

«El lado revolucionario de esta filosofía -continúa Engels-, queda asfixiado bajo el peso de su lado conservador, hipertrofiado». Sin embargo, como se ha indicado, esta filosofía traza, «aunque sea inconscientemente», el camino para el conocimiento positivo y real del mundo. Faltaba bajarlo al suelo, retonarlo de los cielos idealistas a la materialidad terrenal.

Bien, el mundo cambia, pero no sólo por la voluntad de «grandes personajes».

En el paso al segundo capítulo de su obra, Engels escribe que fue entonces cuando apareció Feuerbach (en La esencia del cristianismo, 1841), quien «pulverizó» de golpe la contradicción, restaurando a su lugar al materialismo. A ello recuerda Engels su «deuda» que poseía, junto con Marx, en otras obras de juventud como La Sagrada Familia. Aunque igualmente resultará como veremos insuficiente, este nuevo paso en el camino filosófico permite avanzar hacia otra de estas «pistas» que andamos buscando.

Continúa Engels el texto aludiendo a la eterna polémica filosófica entre el idealismo y el materialismo, «el problema entre el pensar y el ser». La cuestión de la identidad entre el pensar y el ser encuentra una gran complejidad al preguntarnos qué relación guardan nuestros pensamientos acerca del mundo que nos rodea con el mundo en sí, o preguntarnos si nuestro pensamiento es capaz de conocer el mundo real. Como sabemos, según la deriva que tomen las respuestas dadas, seguiremos un camino materialista o idealista.

El recorrido histórico de ese debate filosófico, explica el autor, había culminado en su tiempo con las aportaciones de grandes pensadores que dudaban de la capacidad de conocer el mundo, como Hume o Kant, hasta otros que refutaron esas teorías, como Hegel, aun siendo idealista. Feuerbach «añade la refutación más contundente» desde el materialismo, que es la práctica, el experimento y la industria.

Si es posible llegar a conocer, mediante un procedimiento científico, un proceso natural, e incluso reproducirlo nosotros mismos, por ejemplo en un laboratorio, no sólo estaremos conociendo el proceso real en sí mismo sino que lo estaremos poniendo al servicio de nuestros propios fines humanos. En un ejemplo muy explícito, comenta Engels que Copérnico estableció una hipótesis, la teoría heliocéntrica de nuestra galaxia, enla obra Sobre las revoluciones de las esferas celestes, del siglo XVI pero con germen en Aristarco de Samos, en el siglo II a.C., («la investigación de la naturaleza se movía también, por aquellos días, en medio de la revolución general y ella misma era en todo y por todo revolucionaria; no en vano tenía que empezar por conquistarse, luchando, el derecho a la vida. Mano a mano con los grandes italianos de los que data la filosofía moderna, dio al mundo sus mártires en las hogueras y en las cárceles de la Inquisición», también Engels pero en Dialéctica de la Naturaleza).

Las teorías de Copérnico, aunque produjeran un vuelco en lo conocido (de ahí la expresión giro copernicano) fueron durante siglos solo eso, teorías. «Hasta que se demostró que no sólo debía existir necesariamente un planeta desconocido sino que se situó exactamente en su emplazamiento (se refiere a Neptuno, no descubierto hasta el siglo XIX), el sistema no quedó demostrado».

Es decir, como se ha comentado anteriormente, los procesos históricos se desarrollan por la relación dialéctica entre los descubrimientos tecnológicos, los avances filosóficos y el propio curso social. Dialéctica en cuanto esos aspectos no se producen de manera aislada, o estanca, sino que influyen mutuamente unos en otros, como las motores que forman parte de un mecanismo superior, cuyo movimiento es el resultado del sumatorio de las distintas fuerzas ejercidas por cada motor.

No obstante, vuelve a criticar Engels, el materialismo del siglo XVIII era predominantemente mecánico, en lógica con el momento científico y los descubrimientos físicos de la época; fue necesario el avance en la química o la biología (enumera Engels los descubrimientos posteriores sobre la célula, la transformación de la energía y la teoría darwiniana de la evolución), lo que hasta entonces había dificultado la implementación del logro filosófico de la naturaleza -y con ella la historia- como un movimiento en avance permanente, limitándola a una idea circular, o espiral, en una constante repetición.

La aplicación de este debate filosófico al aspecto político sugiere otra polémica, referida a la importancia de las acciones de los grandes personajes históricos. Una visión poco profunda de los eventos sociales más importantes, y para nada dialéctica, entiende que las sociedades cambian debido a la acción de individuos protagonistas, líderes políticos o personajes cuyo carisma influencia a toda una comunidad. Este concepto tampoco es exclusivo de siglos anteriores, permanece en la actualidad. Vemos por ejemplo hoy el debate surgido de la dimisión del decrépito presidente de los EEUU, Joe Biden, y la proclamación de la candidata no menos maravillosa Kamala Harris, sobre quien la mayoría de la opinión pública «progresista» augura el paso a unos nuevos tiempos por el simple hecho de ser mujer. O por ejemplo las explicaciones que dan nuestros representantes gubernamentales sobre la guerra de Ucrania, atribuyéndola únicamente a motivaciones partidistas o personalistas (la «invasión rusa» o «la guerra de Putin», repiten incansablemente los telediarios), desdeñando cualquier otra explicación económica o geopolítica, como si conflictos de ese calibre surgieran de la nada, o motivadas por el peculiar carácter de tal o cual mandatario. O, como se ha comentado, hasta ignorando los reventados gasoductos bajo sus pies.

No existen los valores absolutos, ni el mundo se mueve por elevados sentimientos.

Feuerbach, prosigue explicando Engels, considera que «los periodos de la humanidad sólo se distinguen unos de otros por los cambios religiosos. Un movimiento histórico únicamente adquiere profundidad cuando va dirigido al corazón del hombre». Es aquí donde el idealismo de Feuerbach se manifiesta, prosigue Engels, y demuestra que no pretende acabar con la religión, sino perfeccionarla.

Ni siquiera un sustituto más elevado de las religiones, como el propuesto por Feuerbach instaurando el amor como novedosa fe (tanto el amor sentimental como el amor sexual, considerandolo como la unión de dos seres humanos) deja de ser una mera creencia.

«La posibilidad de experimentar sentimientos puramente humanos en nuestras relaciones con otros hombres se halla ya hoy bastante mermada por la sociedad erigida sobre los antagonismos y la dominación de clase en la que nos vemos obligados a movernos -continúa Engels- y la comprensión de las grandes luchas históricas de clase se halla ya suficientemente enturbiada por los historiadores al uso, para que acabemos nosotros de hacerla completamente imposible transformando esta historia de luchas en un simple apéndice de la historia eclesiástica».

El lector aquí podría sorprenderse de que Engels ocupe varias páginas del texto hablando de estas consideraciones sobre el amor. Se entiende al continuar poco después la lectura. Compara entonces a Feuerbach con Hegel en la manera en que ambos tratan la contradicción entre el bien y el mal. «Cuando se dice -citando Engels a Hegel- que el hombre es bueno por naturaleza, se cree decir algo muy grande; pero se olvida que se dice algo mucho más grande cuando se afirma que el hombre es malo por naturaleza».

Esto es, Hegel considera lo negativo o estimable como malo desde una posición simplemente ética, de las fuerzas que en el desarrollo histórico impulsan los cambios: son creadoras de algo nuevo pero al mismo tiempo destruyen lo ya existente, que aunque caduco fue alguna vez lo establecido como bueno por la sociedad. Suelen ser precisamente las malas pasiones (codicia, poder) las que sirven de palanca del progreso histórico.

A la teoría moralista, indica Engels, le sucede que se calcula de forma universal y para todas las épocas y circunstancias, razón por la que precisamente no sirve para ninguna de ellas. En el fondo observamos de cada sociedad y de cada clase una moral propia, que hace trampas o traiciona siempre que puede, y en vez de amor observamos guerras y litigios.

¿Podría pensarse también aquí que esta confusión sólo podía darse en el ser humano de la Edad Moderna, pero jamás en el sofisticado cosmopolita actual? Tampoco. Basta con uno de los ejemplos antes citados. Mientras los gobiernos occidentales -que se atribuyen la posesión del «orden basado en reglas»- lloran la muerte de los miles de niños palestinos y se rasgan las vestiduras clamando por la paz, a la vez comercian en armas con Israel. Y el simple hecho de fingir en público que no pueden evitarlo, les sirve para pasar de rositas ante la opinión pública. No sé si es posible encontrar un ejemplo más cruel y terriblemente real de fingimiento moralista, para desactivar la capacidad de razonar.

Bajo los hechos históricos y los grandes personajes, se esconden las contradicciones entre clases.

En el último capítulo del texto, más extenso y que añade una especie de conclusión, nos encontramos otras «pistas», en cierto modo deducciones de todo lo anterior, que son imprescindibles y base de todo nuestro análisis como comunistas. Si seguimos la lectura, veremos que Engels se referiere a la influencia dejada por Hegel tras su muerte, que vino a dividirse en dos grupos de tendencias, conservadores o renovadores (hegelianos de derechas, o viejos hegelianos, y hegelianos de izquierdas). Pero de ellas, la que dio verdaderos frutos fue la corriente asociada al nombre de Marx. En este punto, como curiosidad, añade Engels una anotación en la que otorga, en un ejemplo de enorme humildad, todo el mérito a Marx, a quien atribuye el peso de los logros obtenidos en sus cuarenta años de trabajo conjunto y amistad.

Esta corriente marxista -sigue el texto- no se contentaba con dar de lado a Hegel (a su idealismo), sino que se agarraba a su «lado revolucionario», que es el método dialéctico. Extraido y destilado este método, sin las impurezas idealistas.

«La gran idea cardinal de que el mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos terminados -continúa Engels, redundando en la idea que hemos visto al principio como «pista inicial»-, sino como un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie ininterrumpida de cambios, por un proceso de génesis y caducidad, a través de los cuales, pese a todo su carácter aparentemente fortuito y a todos los retrocesos momentáneos, se acaba imponiendo siempre una trayectoria progresiva».

Los avances científicos y descubrimientos de la naturaleza -«pista» también vista en un apartado anterior- nos permiten avanzar en la comprensión de nuestro mundo, de manera que somos capaces de entender que el progreso de las diferentes etapas históricas viene concatenado por el desarrollo filosófico, movimiento real que impulsa los cambios sociales y no las decisiones puramente políticas o militares.

«En la naturaleza, los factores que actúan unos sobre otros e imponen una ley general, son todos agentes inconscientes y ciegos». En el mundo natural nada ocurre por voluntad de un fin consciente. En cambio, en la historia de la humanidad, los agentes son todos conscientes, que actúan movidos por la reflexión o la pasión. Pero ello no altera el hecho de que el curso de la historia se rige por leyes generales de carácter interno (vimos antes que el mundo no se mueve realmente por ideales o sentimientos).

Escribe Engels: «los acontecimientos históricos también parecen estar presididos por el azar. Pero allí donde en la superficie de las cosas parece reinar la casualidad, ésta se halla siempre gobernada por leyes internas ocultas, y de lo que se trata es de descubrir esas leyes«.

«Los seres humanos hacen su historia, cualesquiera que sean los rumbos de esta, al perseguir cada cual sus fines propios con la conciencia y voluntad de lo que hacen; y la resultante de estas numerosas voluntades, proyectadas en diversas direcciones, y de su múltiple influencia en el mundo exterior, es precisamente la historia».

Debemos aquí detenernos un momento y colocar otra señal en una nueva «pista» dialéctica. El devenir de las sociedades humanas viene movido por una relación dialéctica, de mutua influencia, entre la voluntad y las condiciones existentes. De tal modo que ambos factores son decisivos para determinar el curso que los acontecimientos toman, pero de ellas es la materialidad, las condiciones reales existentes, las que determinan el resultado. Podría decirse que la supuesta libertad de acción se encuentra en función de las condiciones en las que estas acciones van a desarrollarse.

Nos salimos un momento del texto de Engels para añadir, por si sirve al lector como acopio, un par de conocidas citas marxistas sobre este aspecto:

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y cuando éstos aparentan dedicarse precisamente a transformarse y a transformar las cosas, a crear algo nunca visto, en estas épocas de crisis revolucionaria es precisamente cuando conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para, con este disfraz de vejez venerable y este lenguaje prestado, representar la nueva escena de la historia universal. (Marx, comienzos de El 18 brumario).

Los hombres son los productores de sus representaciones, de sus ideas, etcétera; pero los hombres son reales y actuantes, tal y como se hallan condicionados por un determinado desarrollo de sus fuerzas productivas y por el intercambio que a él corresponde hasta llegar a sus formaciones más amplias (…) La moral, la religión, la metafísica o cualquier otra ideología y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tiene su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también, al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida sino la vida la que determina la conciencia. (Marx, Engels, La ideología alemana, I, Feuerbach).

La continuación de las palabras de Engels en el texto, es lógica. Si queremos investigar las fuerzas motrices que -consciente o inconscientemente (más veces de la segunda manera, especifica el autor)-están detrás de las acciones del ser humano y que son los verdaderos resortes de la historia, no habría que fijarse en la acción de los individuos aislados, por muy notables que sean, como en los hechos que producen el movimiento de masas enteras, de pueblos enteros, y dentro de ellos a clases enteras.

El propio desarrollo histórico viene a facilitar el descubrimiento de estos mecanismos ocultos. Tal como podemos leer en los pasajes del Manifiesto, distinguir esas causas propulsoras en épocas anteriores era un trabajo complicado. La aplicación de la industria, y el capitalismo, simplificó tanto el asunto que su verdadera composición afloraba a la superficie.

Si en tiempos que nos retrotraen a la época feudal, la principal motivación de esas pugnas internas venían a centrarse en la propiedad del suelo, con el surgimiento de la burguesía se revela de forma palpable que los orígenes de estas nuevas clases sociales, burgueses y proletarios, era puramente económica.

Así pues, extraemos una importante pista de ello, y es que «en la historia, al menos desde la época moderna, las luchas políticas son luchas de clases, y que todas las luchas de emancipación de clases, pese a su forma política, giran en último término en torno a la emancipación económica«.

En una época de gigantescos medios de producción y de comunicaciones, «el Estado no es un campo independiente, con un desarrollo propio». Más adelante: » en el Estado toman cuerpo ante nosotros el primer poder ideológico sobre los hombres. La sociedad se crea un órgano para la defensa de sus intereses comunes frente a los ataques de dentro y de fuera. Pero, apenas creado, este órgano se independiza de la sociedad, tanto más cuanto más se va convirtiendo en órgano de una determinada clase y más directamente impone el dominio de esta clase. La lucha de la clase oprimida contra la clase dominante asume forzosamente el carácter de una lucha política, de una lucha dirigida en primer término contra la dominación política de esta clase».

Conclusiones.

Como indicamos al principio, la lectura de una obra como el Ludwig Feuerbach o el fin de la filosofía clásica alemana puede suponer un reto importante para los trabajadores y trabajadoras, más hoy día en que el imperialismo y sus mercenarios gobernantes, por muy progresistas que se estimen, aprietan al máximo las tuercas de nuestras condiciones de vida para pagar sus criminales guerras.

Pero si Lenin señaló esta obra como una de las «tres de cabecera» de cualquier militante, junto con el Manifiesto y el Antiduring, fue seguramente porque de ella pueden distinguirse las nociones básicas de la dialéctica, empleada por Marx y Engels. Para ello sirve de ayuda, por situarnos en su contexto, de la preparación anterior de algunas nociones sobre el momento histórico, así como de nociones de las principales ideas de los autores más señalados de la filosofía moderna. En mi modesta opinión, bastaría con acudir a manuales del nivel de lo que antes se llamaba bachillerato superior, o comoquiera que se llame ahora en los planes actuales.

En la lectura debemos tener en cuenta que el marxismo, o el materialismo dialéctico, es una ciencia aplicada a los procesos sociales y humanos, y como tal emplea un método de análisis. Esto es, no existe una fórmula o una medida aplicable a los procesos independientemente del momento o el lugar. Se trata más bien de una visión, una manera de acercarnos a la comprensión más completa y eficaz de un proceso o situación determinado, que va desde la observación de los diferentes momentos abstractos hasta la comprensión global en lo concreto, es decir de la sucesión de las diferentes y diversas formas al resultado sumatorio de todas ellas, siguiendo un conjunto dialéctico.

De ahí que parezca aparentemente complejo el extraer conclusiones de manera sistemática, esquematizada, sino razonamientos elaborados que en este artículo, por razón de colocar en el titular algún gancho al lector, he llamado «pistas».

Esas pistas o conclusiones más o menos sistematizadas, podrían ser las siguientes:

  • De la aplicación dialéctica de Hegel al estudio de la Historia, encontramos que ésta sigue una serie de patrones que permiten encontrar una lógica en el paso de unas etapas a otras y de unas sociedades a otras. Aplicado como método, ese historicismo permitió la interpretación desde el materialismo histórico.
  • La nueva perspectiva materialista aplicada a la historia, añade a su estudio un matiz revolucionario, pues revela que las diversas etapas no son eternas, ni existe un final de la historia, sino que todo es susceptible de cambio y posee en su mecanismo interno las condiciones que pondrán fin a esa etapa en sí.
  • Esos cambios en los procesos sociales no están motivados, únicamente, por la libre determinación consciente de los actores, individuos que actúan en ellos, por muy notables decisivos que se consideren. Sus acciones estarán en funcion siempre de las condiciones materiales sobre las que se producen, la forma en que se disponen sus medios de producción.
  • Principalmente a partir del surgimiento del capitalismo, evidenciamos que esas mismas condiciones materiales, vienen a determinar una serie de clases sociales (en capitalismo simplificadas hasta revelarlas en dos grandes grupos), decididas por motivos puramente económicos.
  • Es la pugna entre esas clases sociales, en la lucha por su emancipación económica o por el sostenimiento de su dominancia, el verdadero motor que suscita los conflictos en cuya agudización se producen las transformaciones revolucionarias.
  • La principal tarea del analista de los movimientos sociales será, por tanto, el discernimiento de esos condicionantes económicos, cuya comprensión permitirá a la clase oprimida, en primer lugar, el hecho de la conciencia en sí como clase, y posteriormente su organización y capacidad de lucha.

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