Ibrahim Traoré, ¿Thomas Sankara del siglo XXI? Parte 2: Las contradicciones en la búsqueda de la autonomía burkinesa

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Adriana Franco Silva, Observatorio Latinoamericano de Geopolítica del Instituto de Investigaciones Económicas de la UNAM

Como se mencionó en la primera parte de esta serie, la comparación entre Thomas Sankara e Ibrahim Traoré es arriesgada porque ambos líderes gobernaron en contextos históricos muy diferentes. Si bien ambos atravesaron periodos de aguda crisis del capitalismo, las particularidades de ambos procesos invitan a ser prudente y hacer una comparación matizada.

A partir de las relaciones de poder implementadas durante el periodo colonial, Burkina Faso fue colocada en una relación de dependencia estructural. Por esa razón, tanto Thomas Sankara como Ibrahim Traoré han identificado a Francia, la exmetrópoli, y a los organismos internacionales que contribuyen a reforzar la dependencia, como enemigos claros de sus proyectos de desarrollo y autonomía. A pesar de que su diagnóstico fue similar, las propuestas para romper con esa subordinación no necesariamente han sido iguales, debido a los intereses de los propios líderes, pero sobre todo por el contexto en el que ambos dirigentes llegan al poder.

El contexto en que Sankara tomó el poder fue crucial para entender su política económica. En la década de los ochenta, la caída de los commodities, como consecuencia de la denominada crisis petrolera, estuvo estrechamente vinculada con la crisis del capitalismo a nivel mundial. Esta situación fue superada, como menciona Wallerstein, gracias a los préstamos otorgados por los organismos financieros internacionales, que fomentaron el endeudamiento de países de la periferia para superar la crisis de sobreacumulación de los centros. Los “préstamos” llegaron con ajustes estructurales como el recorte de subsidios a alimentos básicos, privatización de servicios básicos como la salud y la educación, priorización de cultivos de exportación sobre la seguridad alimentaria, entre otros. Sin embargo, Sankara rechazó esa “opción” de forma explícita al reconocer que la propuesta solo generaría mayor dependencia. Para Sankara,

“La deuda es neocolonialismo, donde los colonizadores se han transformado en “asistentes técnicos”. Deberíamos decir más bien “asesinos técnicos”. Nos ofrecen financiación, con patrocinadores financieros. Como si el respaldo de alguien pudiera generar desarrollo. Nos han aconsejado acudir a estos prestamistas. Nos han ofrecido atractivos acuerdos financieros. Llevamos endeudados 50, 60 años e incluso más. Eso significa que nos hemos visto obligados a comprometer a nuestra gente durante más de 50 años.”

Por esa razón, el primer Plan Popular de Desarrollo (1984-1985) fue financiado con recursos burkineses, sin ayuda de Francia, el Banco Mundial o el Fondo Moneratio Internacional. Como señala Amber Murrey en A Certain Amount of Madness. The Life, Politics and Legacies of Thomas Sankara, la política del líder burkinés fusionaba soberanía alimentaria con un proyecto político. Así, por ejemplo, prohibió las importaciones de frutas y verduras para estimular la producción local, redistribuyó tierras de los jefes tradicionales a campesinos pobres y movilizó trabajo comunitario para construir infraestructura básica.

Los resultados sociales están documentados. De acuerdo con Stephen Louw, el gasto público en salud aumentó 27%. Además, durante su gestión se construyeron más de 7.000 clínicas de salud y se mejoró de manera significativa la tasa de alfabetización entre 1983 y 1987. Como menciona Ama Biney en su capítulo dentro del libro A Certain Amount of Madness, con el apoyo de Cuba el gobierno de Sankara también implementó una campaña de vacunación contra la meningitis, la fiebre amarilla y la malaria. Por otra parte, la tierra y sus riquezas fueron nacionalizadas. Sankara también implementó una estrategia de reforestación. No obstante, a pesar del éxito de algunas de estas políticas, Louw menciona que las sequías persistentes limitaron los resultados agrícolas y generaron descontento entre el sector campesino.

Sankara promovió la vinculación entre la política y el pueblo siguiendo la práctica africana de una política desde abajo. Incluso, criticó a la burguesía africana por ser una “clase parasitaria”. Para él, era importante romper con la dependencia económica, pero también con la epistémica, para generar una transformación real. Asimismo, su política exterior fue congruente con los planteamientos que tuvo al interior. Por eso, Sankara apoyó la causa saharaui y retiró la representación de Burkina Faso en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, 1984, para protesta contra el apartheid en Sudáfrica. El gobierno de Sankara duró poco más de cuatro años. Después, Compaoré impuso las medidas neoliberales promovidas por los organismos financieros internacionales, echando atrás el proyecto sankarista, lo cual complica la realización de un análisis profundo de sus políticas, ya que no se puede evaluar su impacto y continuidad a lo largo de los años.

Aunque Traoré lleva poco menos de cuatro años en el poder, el contexto de la crisis hegemónica hace que su proyecto se perciba de manera ambigua. A pesar de esto, según datos del Banco Mundial, el producto interno bruto del país pasó de 3.2 % en 2023 a 4.8% en 2024, y con sus reformas ha conseguido disminuir la pobreza extrema. En minería, Traoré introdujo un nuevo código que elevó la participación del Estado en todas las minas del 10% al 15%, y aprobó una refinería de oro para proteger la producción local. También creó el Centro Nacional de Apoyo al Procesamiento Artesanal del Algodón y promovió la inversión agrícola. Con esto ha conseguido mayor soberanía económica, aunque se sigue reproduciendo la lógica rentista.

Como Sankara, Traoré se ha mantenido alejado de los organismos financieros internacionales. En términos de su política económica, la contradicción más grave es el aumento del presupuesto de defensa, que creció cerca de 48% de 2022 a 2023, de acuerdo con datos del Instituto Internacional de Investigación para la Paz de Estocolmo (SIPRI), superando los 800 mil millones en 2023. El gasto se justifica por la presencia de grupos terroristas; sin embargo, también contrasta con la crisis de desplazamiento como consecuencia del conflicto armado. Human Rights Watch documenta que en 2023 murieron más de 7.000 civiles en violencia relacionada con el conflicto. Por lo tanto, la presencia de grupos terroristas ha representado un reto importante para las políticas sociales y económicas de Traoré, un desafío que no estuvo presente en el gobierno de Sankara.

Traoré también ha bloqueado el acceso a ciertos medios de comunicación, particularmente los occidentales que cuestionan a su gobierno. Aunque algunas asociaciones, como Reporteros Sin Fronteras, han sido críticas frente a esta situación, algunos sectores plantean que disputar el control narrativo es importante para garantizar un proyecto soberano. Durante los ochenta, Sankara también impuso restricciones a los medios privados porque consideraba que podían obstaculizar el proyecto de transformación social; incluso, los Comités de Defensa de la Revolución contribuyeron al control y la vigilancia social. A pesar de esto, el análisis que se hace del proyecto de Sankara pocas veces plantea una crítica en este ámbito, porque se entendía la importancia de los medios de comunicación en la imposición de la subordinación y de los proyectos imperiales. Actualmente, el proyecto encabezado por Traoré ha sido profundamente atacado y, a pesar de las críticas que se puedan hacer, dos tercios de la población apoya a su gobierno, lo que representa un respaldo significativo para un orden militar. Este dato también nos obliga a cuestionar la manera en la que estudiamos sus estrategias políticas.

Uno de los ámbitos más controversiales del gobierno de Traoré es su política exterior. En un intento por asegurar la salida de los productos nacionales (debido a que Burkina Faso no tiene salida al mar), Traoré se ha acercado a la monarquía marroquí, poniendo en segundo plano la lucha saharaui que reivindica su derecho sobre el Sáhara Occidental, territorio ocupado por Marruecos desde 1975 de manera ilegal. Además, a inicios de julio de 2026, Traoré recibió las credenciales del embajador de Israel. Algunos sectores plantean que Traoré mantiene un pragmatismo diplomático; sin embargo, valdría la pena preguntar si es posible oponerse al imperialismo francés mientras hay cercanía con regímenes coloniales y genocidas. Esa, desde mi perspectiva, es una de las principales críticas que se le pueden hacer a su gobierno desde una mirada externa.

Tanto Sankara como Traoré recortaron el gasto del Estado en salarios de funcionarios y privilegios de la clase política. Sankara redirigió recursos hacia servicios básicos. Por su parte, Traoré ha concentrado el gasto en defensa y en el aparato de seguridad. En ambos casos, el crecimiento macroeconómico no ha modificado de manera profunda la dependencia económico-estructural. Asimismo, aunque Traoré rompió la cooperación de seguridad con Francia, esa ruptura no necesariamente ha generado independencia frente a otros países. Por otra parte, Sankara apoyó la causa saharaui y rechazó el apartheid. En contraste, Traoré negocia con gobiernos coloniales que ejercen violencias profundas contra pueblos que luchan y resisten.

Traoré se enfrenta a los grupos terroristas que azotan al país, algunos de los cuales podrían estar financiados por Occidente. Esta situación dificulta la comparación con el gobierno de Sankara y nos obliga a seguir cuestionando la forma en la que analizamos sus políticas para no reforzar un discurso paternalista e imperial, pero para tampoco justificar prácticas autoritarias. ¿Cómo habría respondido Sankara en un contexto donde los grupos terroristas mantienen el control de gran parte del territorio? Eso es algo imposible de saber. Sin embargo, la congruencia entre el discurso y la práctica es fundamental para seguir construyendo un proyecto panafricanista, anticolonial y antiimperial.

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