Un 1º de Mayo cómodo para la Patronal

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Por suerte soy una persona común y no sufro de tener enemigos importantes. Pero si yo tuviera enemigos acérrimos, desearía que estos fueran como los enemigos actuales de la Patronal española. Que me provoquen molestias, sean ruidosos, cargantes, pero que nunca me hagan daño donde realmente me duele.

En la convocatoria del Primero de Mayo (Día Internacional de la Clase Trabajadora) de este año, los trabajadores españoles pudimos elegir entre dos formas de manifestación, en especial en las grandes capitales. La unidad, arma única pero imparable del pueblo, sabemos que es complicada de conseguir. Pero el colmo es que esa unidad se divida en dos opciones y que ambas sean igualmente inoperantes.

Opción A): manifestarse codo con codo junto a los ministros del Gobierno. Sí, con los mismísimos ministros. Un extranjero que no estuviese al tanto de la política española podría pensar: ¡oh!, los españoles son tan avanzados socialmente que sus ministros se manifiestan junto a los trabajadores. Es justo al contrario. Algunos trabajadores viven tan engañados, tan idiotizados, que se manifiestan junto a los que ejecutan sus recortes y les venden a intereses de empresas y rentistas.

En esta opción era posible sacarse una foto con la Ministra de Trabajo y Vicepresidenta del Gobierno, manifestándose contra sí misma y sus recortes y no derogaciones. O con la Ministra de Vivienda, propietaria de viviendas en alquiler, manifestándose contra el abuso de los inquilinos. Igualmente podríamos habernos retratado junto con los líderes sindicales que llevan más de una década sin convocar huelga, pese a encontrarnos ya en la pura miseria.

Opción B): la alternativa de apariencia transgresora y radical. En esta era aceptada y bienvenida la presencia de Podemos y sus spin-off, componentes del Gobierno de la anterior legislatura, pilar fundamental de los Gobiernos de Progreso, aplaudidores del Rearme a Ucrania, cocreadores de la Ley de Vivienda vigente, responsables de la división en el movimiento feminista y grandes maestros del oportunismo.

A esta opción, aparentemente la menos desagradable, se suman algunos movimientos juveniles. Los jóvenes son atraídos por los «radicales» cantos de sirena del identitarismo, de los independentismos, del «trumpismo», del «interimperialismo», en general de todo lo que suene rebelde y transgresor. A estos jóvenes se les oculta la realidad, que esas posiciones son en realidad aceptadas por el capitalismo y su nivel superior, el imperialismo. Son inocuas, mera parafernalia y folclore.

Ambas opciones no son excluyentes ni antagónicas. De hecho coinciden en muchos aspectos, por ejemplo en la Regularización de inmigrantes. Ambos entienden que es algo positivo, y en ello coinciden casualmente con la Patronal. Como todo hoy se basa en lo identitario y visceral, criticar esta medida no entra dentro del estrecho margen de pensamiento de nuestra autopercibida izquierda. Pensar en las personas que son naturales de aquí, y que no llegan ni a mitad de mes o malviven con ayudas que recuerdan a las limosnas de la Iglesia, parece ser «de derechas».

De todo esto se infiere que nos encontramos en un bucle político, en un círculo vicioso que alimenta la farsa bipartidista y el malmenorismo. Es una verdadera fábrica de disidencia controlada. Es la militancia controlada como garantía de reproducción de las condiciones de producción.

El círculo vicioso de la disidencia controlada. El monopolio político, característico del bipartidismo, no permite que se «vendan» en su «mercado» otros «productos» que no sean los que ofrecen aquellos que son aceptados por los que ponen las reglas económicas.

La “militancia controlada”, aparentemente transgresora (retórica pacifista, progresista o “anti-imperialista” selectiva), desmoviliza las potenciales rupturas reales y asegura la continuidad de la acumulación de capital, la integración en alianzas imperialistas (OTAN/UE) y la legitimación del orden existente.

Es decir, una militancia que se autopercibe transgresora (y lo es en la superficie discursiva), pero que en la práctica reproduce las condiciones de producción. A su vez el sistema la recompensa con prestigio material e ideológico: columnas en grandes medios, contratos editoriales, apariciones en tertulias, puestos en ONGs o incluso en el propio gobierno.

Al asumir este malmenorismo, aceptamos aquel dogma neoliberal: «No hay alternativa». Es el mensaje que acatamos cuando aceptamos sumisamente que no hay otra opción a esta disyuntiva entre lo pésimo y lo malo. Pero no somos conscientes de que ese sometimiento a lo «menos malo» tiene truco, pues mientras se produce se van acumulando los intereses que permiten a capitalistas y rentistas aumentar a nuestra costa (con los salarios, vivienda, pensiones, servicios públicos) cada vez más su poder.

Este círculo vicioso debe romperse cuanto antes, organizando una alternativa aparte de las ya existentes. Es un trabajo digno de Hércules, es sabido, pero si no se intenta estamos abocados a la miseria absoluta, esa miseria que se nos quiere prorrogar a los inquilinos de alquileres, a los trabajadores mayores de 40 que ya han perdido la esperanza de encontrar empleo, a los pensionistas ninguneados, a los jóvenes que tienen miedo de su propio futuro. ¡De esa miseria ideológica es posible salir!

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