Andalucía, eterna comparsa de la política folclórica

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Un cuatro de diciembre luchamos por nuestra gente, España y la Humanidad. Días de guerra de fascistas en la acera rezando a su dictador. Tarde de espanto, Málaga entera llorando, mataron a Caparrós
Pasodoble de la Comparsa Los piratas, de Martínez Ares

En puridad, pocas cosas han cambiado desde aquel 4 de diciembre en que asesinaron cobardemente a Manuel José García Caparrós, criminales que rabiaban molestos porque millones de andaluces se echaron a las calles a reivindicar autonomía y libertad. No ha cambiado para los herederos de los rentistas, ni para los propietarios de grandes tierras. Incluso ahora descansan más tranquilos, porque aquellas manifestaciones que en los setenta eran como ríos humanos son hoy una utopía, gracias a la desmovilización de la -irónicamente- llamada «nueva política».

Los rentistas y los especuladores andaluces están tranquilos porque la supuesta alternativa política andalucista es como una comparsa de Martínez Ares. Llama al sentimiento, hace brotar la lágrima, sirve de desahogo al oprimido, pero finalmente la cantan también los señoritos y los amos de los cortijos, porque mientras la rabia sea folclórica y no organizada ellos dormirán a pierna suelta y los trabajadores dormirán con una mano delante y otra detrás.

Es por eso que al folclorismo político, al podemismo y sus secuelas, les fascinan las comparsas carnavalescas. Las comparsas son aquellas agrupaciones del carnaval gaditano que emplean un estilo más poético y lírico, y que se prestan más a los temas profundos y de temática social. Contrasta con el humor de las chirigotas o los cuartetos, más irónicos y directos.

Pues exactamente como una comparsa es la propuesta política que nos dan a elegir a los andaluces, en la autopercibida izquierda.

Los andaluces somos solidariamente internacionalistas incluso desde la visión más chovinista: cuando cantamos nuestro himno pedimos tierra y libertad, pero que sea por Andalucía, España y la Humanidad entera. Por eso a los andaluces con conciencia nos duele la traición a los pueblos hermanos como el Sáhara o Palestina.

Por la tierra andaluza sobrevuelan los aviones que llevan las bombas de la OTAN, en sus costas se reabastecen los barcos de guerra que apoyan los genocidios.

En las milenarias ciudades andaluzas se vende hasta la última parcela a los hoteles y gastrobares de postín, mientras los andaluces que allí vivían dedican la mayor parte de su sueldo a compartir un piso del extrarradio.

Y son los andaluces los que viven en los barrios con más paro y peor calidad de vida. El campo, las minas, la pesca, la industria, todo vendido a cambio del papel que nos han reservado en la UE, mano de obra barata para el turismo.

Ni soberanía, ni autonomía ni libertad tiene el pueblo andaluz, ni en ningún otro territorio de España. Todo está supeditado a los intereses de los fondos de inversión del entorno de la alianza atlántica. Y lo peor es que quienes deberían explicarlo, los que se dan golpes en el pecho de andalucismo izquierdista y cantan las coplillas de Martínez Ares, no lo hacen, al contrario, son los mejores colaboradores del imperialismo.

¿Hasta cuándo vamos a esperar para que nuestras calles se vean de nuevo ocupadas por millones de andaluces?

¡Andalucía, despierta! ¡andaluces levantaos!

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