Los datos económicos también son autopercibidos: el crecimiento español sólo es acumulación de capital

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Dentro del delirio de disociación cognitiva que nos ha tocado vivir, en estos tiempos de decadencia imperialista, los representantes del Gobierno no cesan de emitir propaganda de supuestas mejoras, que sólo son autopercibidas y no existen en la realidad.

En esta ocasión, el ministro de Economía, Carlos Cuerpo, aseguraba que España tendrá por, primera vez en 20 años, un déficit menor que Alemania (España 2,5%, Alemania 3.1%). El ministro asegura en declaraciones que «España crece con equilibrio y confianza. Lideramos entre las economías avanzadas y atraemos inversión».

Este tipo de afirmaciones estadísticas y macroeconómicas contrastan con la realidad social: el poder adquisitivo de los españoles es el que menos ha crecido en la UE en los últimos 20 años (cada vez más españoles tienen serias dificultades para hacer la compra); los elevados precios de vivienda, tanto en compra como en alquiler, y la escasez de oferta, lleva a 4,5 millones a estar en exclusión residencial (la vivienda se ha convertido en una verdadera pesadilla para las familias); España registra el peor dato de desempleo de la UE, con un 10,4% (cientos de miles de españoles no buscan empleo porque saben que no lo encontrarán y los que lo consiguen no se aseguran que el salario les permita vivir con dignidad).

Así pues, la celebración de estos datos por parte del Gobierno expresa la contradicción central de la economía española: la macroeconomía mejora, mientras que los fundamentos sociales y productivos se deterioran para una gran parte de la población. Es una percepción irreal, por tanto, la que realizan nuestros representantes. Pero ¿cómo se explica entonces esta contradicción?

Este contrasentido esconde una realidad muy perversa: para la clase trabajadora española, los indicadores macroeconómicos positivos disfrazan una realidad muy precaria para ellos, pero que alimenta el beneficio de las élites económicas y los fondos de inversión, con la finalidad de satisfacer los intereses atlantistas, dentro de un orden que condenó a España a ser un país turístico, con una mano de obra barata y flexible, y cuyo Estado es un guardián de la UE que prioriza la disciplina fiscal. Se revela de este modo cómo el Estado español administra la orden europeísta y atlantista de sostener el sistema que garantiza y perpetúa la acumulación de capital.

El punto de vista de la clase trabajadora

Para la clase trabajadora, los indicadores macroeconómicos positivos (menos déficit, crecimiento del PIB) son un espejismo que oculta una realidad alarmante. España tiene una tasa de paro estructuralmente alta y eso no es el único problema, el problema mayor es la calidad del empleo. El crecimiento se sustenta en sectores como el turismo, la hostelería y los servicios de baja productividad, que generan empleos temporales, a tiempo parcial y con salarios bajos.

Una baja tasa de paro (cuando se logra, estacionalmente en el caso español) no significa automáticamente bienestar. Se puede tener empleo y seguir en riesgo de pobreza. La alta tasa de paro actual agrava esta situación, creando una gran reserva de mano de obra que presiona los salarios a la baja.

El alto costo de la vivienda (ya sea en alquiler o compra) actúa como un impuesto regresivo que absorbe una parte enorme de los ingresos de las familias trabajadoras. Esto limita drásticamente su capacidad de ahorro, consumo en otros sectores y proyecto de vida. El problema de la vivienda es la otra cara de la moneda de la acumulación capitalista: mientras los fondos de inversión y especuladores asociados en entidades como las SOCIMIS compran parques de viviendas para obtener rentas, la clase trabajadora se ve excluida del acceso a un bien básico.

La tasa de pobreza infantil española es una de las más altas de la Unión Europea. Esto revela la debilidad de las políticas de protección social, en un Gobierno que se vanagloriaba de ser el del «escudo social». Un Estado que recorta o no invierte lo suficiente en estos ámbitos condena a la siguiente generación a partir con una desventaja enorme, perpetuando la desigualdad. En resumen, para la clase trabajadora, la «robustez» del PIB es un castillo de naipes construido sobre cimientos de precariedad laboral, exclusión residencial y recortes sociales. El crecimiento no se traduce en una mejora tangible de sus condiciones de vida.

La perspectiva de la dependencia del imperialismo atlantista

Nuestro sometimiento como país a los mandatos de la UE supone un marco económico verdaderamente despótico. Las políticas de austeridad y las reglas fiscales de la UE (Pacto de Estabilidad y Crecimiento) han obligado históricamente a recortar el déficit. Esto se ha logrado no con una mayor recaudación progresiva, sino frecuentemente con recortes en inversión pública y servicios sociales (sanidad, educación, dependencia). Es decir, se mejora el déficit a costa de desmantelar el Estado del Bienestar, lo que impacta directamente en la pobreza infantil y la cohesión social.

La lógica central de la UE es la competencia dentro de un mercado único. Para países como España, que no son líderes en tecnología de alto valor, la «competitividad» se busca a menudo por la vía más sencilla: contener los salarios. Esto es, acumular capital apretando las tuercas de la plusvalía absoluta. Eso explica la persistencia de la precariedad laboral como una característica funcional del modelo, no un fallo del sistema.

La economía española, además, es absolutamente dependiente. En el marco europeo, a España se le ha asignado un rol especializado en turismo, agricultura y servicios de bajo valor añadido. Este modelo genera divisas, pero es estacional, de baja productividad y muy vulnerable a crisis externas (pandemia, crisis energéticas). La posición geoestratégica de España la vincula fuertemente a los intereses atlantistas. Esto no es solo militar. Implica alinearse con políticas económicas (sanciones, bloques comerciales) que priorizan la seguridad energética y la lógica de bloques sobre la integración económica soberana con otros espacios (ej. África y América Latina). La dependencia energética, por ejemplo, es un lastre enorme para la balanza comercial y un factor de inflación. El PIB de Alemania, con el que se compara el nuestro, bajó precisamente porque la UE se pegó un tiro en el pie al pasar por alto la voladura inexplicada de los gasoductos Nord Stream.

Conclusión

Para las élites económicas y políticas (tanto nacionales como europeas), los datos de déficit y PIB son un éxito. Para la clase trabajadora y los sectores dependientes del Estado del Bienestar, estos mismos datos son la confirmación de un modelo que los sacrifica en el altar de la competitividad y la estabilidad financiera.

Mientras España no rompa con la UE y la OTAN, y por tanto con este modelo dependiente de bajo valor añadido, y no lleve a cabo una una reindustrialización y una inversión masiva en Estado del Bienestar, la brecha entre los indicadores macroeconómicos y la realidad social no hará más que ampliarse. Es así como se manifiesta en España la acumulación de capital.

Las declaraciones victoriosas de los representantes gubernamentales, en cuanto se refieren a las comparaciones de sus vecinos miembros de la UE, recuerdan a proverbiales expresiones del refranero español, tales como «mal de muchos consuelo de tontos», o «no te rías del mal del vecino, que el tuyo viene de camino». O usando una expresión latina empleada por Marx en El Capital, de te fabula narratur.

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