¿Existe un cambio climático antropogénico? – 4ª parte: contestando a los argumentos de la magufada negacionista

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Alexandre García (continuación de la anterior)

1. Introducción

Después de haber analizado el fenómeno del negacionismo climático, explicándolo por su bases políticas y filosóficas y por sus deficiencias cognitivas y epistemológicas, ha llegado el momento de entrar en el meollo de la cuestión: refutar los principales argumentos con los que los negacionistas intentan negar la inexistencia del cambio climático. Centrándonos sobre todo en sus supuestos “argumentos fuertes”, es decir, aquellos que parecen estar basados en algunos conocimientos científicos, aunque la mayoría de las veces sean profundamente deshonestos. Todos esos argumentos aparecen en el artículo de Bruno Cossío, pero son recurrentes en el negacionismo en general. Por ello evitaremos, en la medida de lo posible, citar a Bruno Cossío de manera explícita… salvo para responder antes a unas preguntas, aparentemente ingenuas, que él mismo formula al inicio de su artículo.

2. Contestando a las preguntas trampa de Bruno Cossío

En la introducción de su artículo, Bruno Cossío pone en duda que la Tierra lleve siglo y medio calentándose por efecto de la emisión de gases de efecto invernadero. Afirma que se trata de un dogma inamovible, producto de que, al parecer, la comunidad científica no se ha hecho las “buenas preguntas”. Acto seguido, presenta lo que él considera tales preguntas:

“Ahora bien, seguramente nunca oigamos las preguntas pertinentes y obvias ante estas afirmaciones: ¿Es normal que cambie el clima?¿Cuánto han subido las temperaturas?¿Hay precedentes de temperaturas iguales o superiores a las actuales?¿Qué causó los cambios climáticos del pasado?¿Cuál es la temperatura ideal para la Tierra?¿Cómo sabemos con seguridad que este calentamiento lo provoca el CO2?¿Es malo el CO2?¿Cuánto CO2 producimos y cuánto hay en la atmósfera?¿Cuál es el nivel de CO2 deseable o normal?¿Se puede hacer algo?¿Es grave? A todas estas preguntas pretendo responder a lo largo de las siguientes páginas.”

La ironía es que, pese a formular dichas preguntas, Cossío no responde de manera seria a buena parte de ellas. Su estrategia consiste más bien en lanzarlas como preguntas trampa, aparentemente ingenuas, para sembrar dudas, desplazar el debate hacia marcos engañosos y dar la impresión de que la ciencia tiene lagunas que no puede resolver. Se trata, en realidad, de un recurso retórico para dar la impresión de que los defensores de la tesis del cambio climático antropogénico estaríamos en un aprieto al intentar responderlas.

¿De verdad que nos va a resultar difícil contestar a estas trampas retóricas? Muy bien, challenge accepted.

a) ¿Es normal que cambie el clima?

Sí, el clima de la Tierra siempre ha cambiado por causas naturales a lo largo de millones de años. Ha habido glaciaciones y períodos cálidos provocados por variaciones orbitales, actividad solar, volcanismo o cambios en la composición atmosférica. Sin embargo, lo que no es normal es la velocidad del cambio climático actual: en apenas 150 años, la temperatura global ha aumentado ~1,2 °C, mientras que los cambios naturales de magnitud comparable suelen requerir miles o decenas de miles de años [1].

b) ¿Cuánto han subido las temperaturas?

Las temperaturas han subido ~1,2 °C desde finales del siglo XIX (periodo preindustrial) hasta la actualidad. Para ser más precisos, depende de las fuente: según el IPCC AR6 (2021), la temperatura global media en 2011-2020 fue 1,09 °C más alta que en 1850-1900, con un rango de incertidumbre de ±0,13 °C [2].  Los datos de la NASA GISS (Goddard Institute for Space Studies) muestran valores ligeramente distintos, situando el calentamiento actual en torno a 1,1-1,2 °C [3].

c) ¿Hay precedentes de temperaturas iguales o superiores a las actuales?

Sí, ha habido precedentes de temperaturas iguales o superiores a las actuales, según las investigaciones de los paleoclimatólogos. Sin embargo, estas temperaturas se dieron hace millones de años, en contextos muy distintos, y nunca con un aumento tan rápido como el actual.

Por ejemplo, en periodos relativamente recientes, el planeta fue más cálido durante el Óptimo Climático del Holoceno (hace 6.000-8.000 años), con temperaturas ~0,5 °C por encima de la media preindustrial [4], o el Máximo Térmico del Paleoceno-Eoceno (hace 56 millones de años), cuando el aumento fue de entre 5 y 8 °C en apenas unos miles de años (probablemente 20.000 años) [5]. El último periodo con temperaturas significativamente superiores a las actuales fue el Plioceno Medio (hace 3 millones de años), con un aumento de 2-4 °C y niveles de CO2 similares a los que tendremos a finales de este siglo si seguimos emitiendo al ritmo actual [6].

Cuando los negacionistas sacan ese argumento, implícitamente sugieren lo siguiente: “¿Qué importa el cambio climático actual, si ya hubo cambios en el pasado?” La diferencia clave es la velocidad del cambio: lo que antes sucedía en miles de años ahora ocurre en apenas un siglo, dejando muy poco tiempo para que ecosistemas y sociedades humanas se adapten.

d) ¿Qué causó los cambios climáticos del pasado?

Principalmente procesos naturales, muy distintos a los que impulsan el cambio actual. A lo largo de la historia, los cambios climáticos se han debido a:

  • Variaciones orbitales (los llamados ciclos de Milanković: cambios en la excentricidad, inclinación y precesión de la órbita terrestre).
  • Actividad solar (variaciones en la intensidad de la radiación solar).
  • Volcanismo (no solo erupciones individuales, sino en general la actividad volcánica de una región o del planeta a lo largo del tiempo).
  • Tectónica de placas.
  • Impactos de asteroides.

Sin embargo, ninguno de estos factores naturales explican el calentamiento observado desde mediados del siglo XX.

e) ¿Cuál es la temperatura ideal para la Tierra?

No existe una temperatura “ideal” en términos absolutos, pero sí un rango en el que las condiciones han sido estables y favorables para la vida humana y los ecosistemas actuales. Durante los últimos 10.000 años (Holoceno), la temperatura global se ha mantenido dentro de ±0,5 °C respecto al promedio preindustrial. Este rango ha permitido la configuración de los ecosistemas que conocemos, el desarrollo de la agricultura y la expansión de las civilizaciones. Alejarse rápidamente de ese rango – como ocurre ahora con un calentamiento de ~1,2 °C, que se proyecta que llegue a +2-3 °C o más –  nos sitúa fuera de esas condiciones favorables, aumentando el riesgo de sequías, inundaciones, pérdida de biodiversidad y daños socioeconómicos.

f) ¿Cómo sabemos con seguridad que este calentamiento lo provoca el CO2?

Lo sabemos, en primer lugar, gracias al conocimiento del efecto invernadero desde el siglo XIX (sobre esto ya hemos hablado en la 2ª entrega de esta serie de artículos [7]) y después porque múltiples líneas de evidencia científica independientes convergen en la misma conclusión:

  • Huella isotópica del carbono: el CO2 adicional en la atmósfera tiene una “firma” isotópica característica de la quema de combustibles fósiles: contiene menos carbono-13 y prácticamente nada de carbono-14, ya que este se ha desintegrado con el tiempo en los depósitos fósiles, con una vida media de 5.370 años. Esto confirma que proviene de fuentes fósiles (carbón, petróleo, gas) y no de proceso naturales recientes, como volcanes o la respiración de plantas [8].
  • Mediciones directas de gases: los registros de la estación de Mauna Loa desde 1958 y las burbujas de aire contenidas en los núcleos de hielo muestran que las concentraciones de CO2 han subido de ~280 ppm (partes por millón, es decir, una molécula de CO2 por cada millón de moléculas en el aire) en la era preindustrial a más de 423 ppm hoy [9]. Este aumento es unas 100 veces más rápido que el observado en transiciones naturales entre glaciaciones.
  • Espectros de absorción: el CO2 absorbe radiación infrarroja en longitudes de onda muy concretas (alrededor de 15 micrómetros). Los experimentos en laboratorio muestran esta propiedad, y las observaciones satelitales (como las de ERBE, CERES y AIRS) han confirmado que la atmósfera real retiene más calor justamente en esas longitudes de onda, mostrando cómo el CO2 contribuye al efecto invernadero [10].
  • Balance radiativo observado por satélites: mediciones de programas satelitales como CERES y ERBE indican que la Tierra está reteniendo más energía, con un patrón que coincide con el forzamiento esperado por gases de efecto invernadero [11].
  • Enfriamiento de la estratosfera: si el calentamiento actual fuera por más energía solar, la estratosfera también se calentaría. Sin embargo, lo que se observa es que se enfría mientras la troposfera se calienta, lo cual es una huella inequívoca del efecto invernadero [12].
  • Distribución geográfica del calentamiento: el aumento de temperaturas es mayor en latitudes altas del hemisferio norte y sobre los continentes, tal como predicen los modelos que incluyen gases de efecto invernadero [13].
  • Modelos climáticos: los modelos climáticos que sólo incluyen forzamientos naturales (radiación solar, volcanes) no reproducen el aumento de temperatura desde 1950. Sin embargo, cuando se incluyen las emisiones humanas de gases como CO2, CH4 (metano), N2O (óxido nitroso), aerosoles y cambios en el uso del suelo, los modelos coinciden con las observaciones [14].
  • Acidificación oceánica: el CO2 atmosférico disuelto en el océano hace disminuir el pH del agua. Desde 1750, el océano superficial se ha acidificado ~30 %, una tasa sin precedentes en al menos 300 millones de años [15].
  • Cambios en el ciclo del carbono: la biosfera y los océanos absorben menos CO2 en proporción al emitido, dejando más acumulado en la atmósfera, tal como predicen los modelos de forzamiento antropogénico [16].
  • Correlación temporal: el aumento abrupto de CO2 coincide casi exactamente con el inicio de la era industrial y el uso masivo de combustibles fósiles, sin que existan causas naturales capaces de explicar la magnitud y velocidad observadas.
  • Registros paleoclimáticos: los datos recogidos de núcleos de hielo muestran que en el pasado, los aumentos de CO2 estaban asociados incrementos de temperatura, pero a ritmos miles de veces más lento que el actual [17].
  • Observaciones en la radiación saliente: medidas satelitales desde mediados de los 80 (ERBE) y posteriores (AIRS, IASI o GOSAT) han mostrado que hay menos radiación infrarroja escapando al espacio precisamente en las longitudes de onda absorbidas por el CO2 y el CH4, lo cual es un indicador que estos gases retienen calor [18].

g) ¿Es malo el CO2?

El CO” no es “malo” ni “bueno” en sí, es un gas natural esencial para la vida en la Tierra. Es indispensable para la fotosíntesis y, en concentraciones moderadas, contribuye a mantener la temperatura de la Tierra dentro de un rango habitable gracias al efecto invernadero natural. Sin embargo, cuando su concentración aumenta demasiado, retiene más calor del necesario en la atmósfera, lo que provoca un calentamiento rápido y cambios el clima global.

h) ¿Cuánto CO2 producimos y cuánto hay en la atmósfera?

Se proyecta que las emisiones totales en el año 2024 alcancen la cifra récord de 41,6 gigatoneladas en 2024 [19], un aumento del 2,5% respecto a 2023, año en el que ya se habían emitido 36,8 gigatoneladas. La cantidad total de CO2 en la atmósfera es de 423,6 ppm en 2024, lo cual representa 3.250 gigatoneladas de CO2.

El argumento implícito en este tipo de pregunta – a la cual, por cierto, Bruno Cossío no da respuesta – es la siguiente: “¿Cómo puede ser la actividad humana responsable del cambio climático si sólo producimos el 1,28 % del total de CO2 en la atmósfera?”

La respuesta se basa en varios factores que hacen que incluso un pequeño aporte humano tenga un gran impacto:

  • Efecto acumulativo a largo plazo: antes de la industrialización, la atmósfera estaba en un equilibrio natural del ciclo del carbono, con entradas y salidas que se compensaban (no por nada la República Popular China enfatiza la meta de alcanzar la “neutralidad de carbono” para el año 2060 [20]). Aunque las emisiones anuales generadas por la actividad humana sean ~1,3 % del total atmosférico, se suman cada año, y gran parte permanece en la atmósfera durante siglos. Es como gotear agua en un vaso: aunque cada gota sea pequeña, con el tiempo el vaso se desborda. En otras palabras, no todo el CO2 es igual: lo que importa es el incremento relativo respecto a la línea base natural, no el total absoluto.
  • Sensibilidad del sistema climático: el CO2 es un gas de efecto invernadero potente. Pequeños aumentos en su concentración tienen un gran efecto sobre la temperatura [21]. La diferencia entre 280 ppm (preindustrial) y 423 ppm actual ya ha producido un calentamiento global de ~1,2 °C.
  • Retroalimentaciones: el aumento de CO2 provoca calentamiento, que a su vez puede liberar más gases de efecto invernadero, amplificando el efecto inicial. Por ejemplo, el deshielo del permafrost libera metano, y el aire más cálido retiene más vapor de agua, que es otro potente gas de efecto invernadero [22].

i) ¿Cuál es el nivel de CO2 deseable o normal?

Antes de la Revolución Industrial, la concentración de CO2 en la atmósfera era ~280 ppm, un nivel “natural” en el que evolucionó la humanidad y los ecosistemas modernos. En la actualidad, para limitar el calentamiento a 1,5–2 °C, los modelos climáticos sugieren que a largo plazo sería deseable regresar a un rango de ~350–400 ppm [23].

j) ¿Se puede hacer algo?

Sí, se puede hacer algo, y una de las soluciones más efectivas es la energía nuclear. Además, con suficiente energía limpia proveniente de los reactores nucleares, también sería posible producir hidrógeno verde para transporte y otros usos, reduciendo la dependencia de los combustibles fósiles. Esta solución estaría ya bastante implementada de no ser por la oposición política y social a la energía antinuclear – especialmente por parte de la izquierda magufa antinuclear –, oposición con la que colaboran activamente neoreaccionarios como Bruno Cossío, que también desalientan su uso.

k) ¿Es grave?

Sí, es grave. El calentamiento actual ya provoca olas de calor, sequías, incendios, tormentas más intensas y pérdida de biodiversidad. Si las emisiones continúan al ritmo actual, el IPCC prevé incrementos de temperatura de 3–5 °C hacia 2100, con efectos catastróficos para ecosistemas, agricultura y sociedades humanas [24]. Esto supone un riesgo para la civilización, pues afecta la seguridad alimentaria, el agua, la salud y la economía.

Además, como hemos visto antes, pueden activarse retroalimentaciones peligrosas, como el deshielo del permafrost y la liberación de metano, la reducción de sumideros de carbono (bosques, suelos y océanos que absorben CO2) o la pérdida de superficies de hielo que aumentan la absorción de calor (albedo), que podrían acelerar el calentamiento incluso si reducimos emisiones más adelante.

Ahora bien, sería mucho menos grave si no existiesen negacionistas como Bruno Cossío, que han contribuido a obstaculizar la adopción de medidas para mitigar los efectos del cambio climático, medidas que con la energía nuclear eran, y siguen siendo, perfectamente posibles.

3. Y, finalmente, desmontando los argumentos de los negacionistas

Ahora sí, vamos a centrarnos a desmontar los principales argumentos de los negacionistas. En la medida de lo posible, no mencionaremos más a Bruno Cossío, ya que, aunque él los haya difundido en su artículo, son argumentos recurrentes de los negacionistas. Por supuesto, omitiremos los argumentos que ya fueron tratados en entregas anteriores de esta serie de artículos. Empecemos.

“El clima no es algo sobre lo que podamos sacar conclusiones con sólo unas décadas de estudio”

Lo cierto es que no sólo tenemos décadas de datos instrumentales. Los termómetros modernos llevan midiendo la temperatura global desde mediados del siglo XIX, lo que nos proporciona más de 170 años de registros directos. Además, contamos con abundante información indirecta (“proxies”): núcleos de hielo, anillos de árboles, sedimentos marinos y lacustres, corales, espeleotemas, etc., que permiten reconstruir el clima de hace cientos de miles e incluso millones de años (a esto se dedica la paleoclimatología).

El calentamiento observado desde mediados del siglo XX es tan rápido y coherente a escala global que no puede explicarse únicamente por variabilidad natural, según todas las líneas de evidencia disponibles: modelos, observaciones y estudios de atribución (análisis científicos que determinan en qué medida un fenómeno climático ha sido influido por la actividad humana). No es necesario esperar siglos para detectar una tendencia cuando ésta supera con creces las oscilaciones naturales de décadas pasadas, especialmente si tenemos en cuenta que el estándar para detectar cambios climáticos es un periodo de 30 años [25].

Así, aunque el clima se defina sobre periodos largos – esto es lo que distingue la climatología de la meteorología, diferencia que los negacionistas suelen ignorar –, las décadas recientes ya proporcionan una evidencia sólida de un cambio climático rápido y de origen antropogénico. Esta evidencia incluye: aumento de la temperatura global; incremento de gases de efecto invernadero; derretimiento de glaciares y capas de hielo; aumento del nivel del mar; cambios en los patrones climáticos y fenómenos extremos; así como  registros paleoclimáticos que muestran que la velocidad del cambio actual es mucho mayor que la de variaciones naturales pasadas. 

“Las reconstrucciones del clima no son fiables, por la escasez de registros en gran parte del planeta hasta mediados del siglo XX, y los gráficos que nos muestran un calentamiento son meras reconstrucciones y estimaciones que no son fiables.”

Ese argumento es común en medios negacionistas, y sugiere que la falta de registros perfectos en gran parte del planeta hasta mediados del siglo XX invalida todas las reconstrucciones globales.

Es cierto que antes de mediados del siglo XX no existía una red de estaciones meteorológicas densamente distribuidas en todo el mundo. Sin embargo, desde finales del siglo XIX ya había suficiente cobertura en regiones clave (EE. UU., Europa, India, China, partes de Sudamérica y Australia) como para obtener una visión global aproximada. En 1880 había unas 150–200 estaciones con series lo bastante largas y de calidad para para poder hacer estimaciones globales [26] .

Además, los climatólogos no se limitan a hacer un simple promedio de mediciones estaciones para estimar el clima global. Emplean métodos de interpolación estadística y modelos físicos que extrapolan datos de áreas bien medidas a zonas sin estaciones. Estas reconstrucciones son luego validadas con mediciones independientes, como:

  • Mediciones satelitales a partir de 1979, mediante el satélite TIROS-N de la NASA y la serie NOAA, que proporcionaron las primeras mediciones globales de la temperatura de la atmósfera empleando microondas (MSU/AMSU), logrando por primera vez una cobertura completa del planeta [27].
  • Boyas ARGO (más de 3000) a partir de principios de los 2000, que miden temperatura y salinidad oceánica hasta 2000 metros de profundidad. Estas mediciones han mostrado que más del 90 % del calor adicional atrapado por el efecto invernadero se almacena en los océanos, y no sólo en la atmósfera. Esto confirma que la energía que calienta el planeta no se pierde: se acumula en el océano, lo que coincide con lo que predicen los modelos climáticos basados en emisiones humanas, y permite cuantificar con precisión la magnitud del calentamiento global [28] .
  • Reconstrucciones paleoclimáticas mediante los “proxies” mencionados anteriormente, que han permitido reconstruir temperaturas pasadas con bastnate precisión.

Todas estas mediciones coinciden en que la temperatura global ha aumentado ~1,2 °C desde la era preindustrial, con una aceleración marcada a partir de 1970. Por lo tanto, aunque las reconstrucciones climáticas pasadas pueden tener incertidumbres, las evidencias actuales respaldan el consenso científico sobre el calentamiento global y su origen antropogénico.

En cuanto a la fiabilidad de los modelos climáticos, ya hemos hablado de esto en la entrega anterior, pero vamos a profundizar un poco más. Un modelo climático es un conjunto de ecuaciones físicas que describe cómo interactúan atmósfera, océanos, hielo, vegetación y radiación solar, basándose en leyes conocidas: conservación de la energía, dinámica de fluidos, termodinámica y química atmosférica.

Para comprobar su fiabilidad, los climatólogos realizan simulaciones retrospectivas: introducen en el modelo información histórica de hace 50 o 100 años (niveles de CO2, erupciones volcánicas, actividad solar) y verifican si reproduce lo que realmente ocurrió. Por ejemplo, los modelos de James Hansen publicados en los años 1980–1990 predijeron correctamente que, con el aumento de emisiones, la temperatura global subiría ~0,2 °C por década, coincidiendo con lo observado [29]. También reprodujeron con precisión fenómenos pasados como la erupción del Monte Pinatubo en 1991 [30], cuyo enfriamiento temporal de ~0,5 °C se reflejó en las simulaciones.

Como todo modelo, los modelos climáticos presentan un margen de error. Sin embargo, su fiabilidad se pone de manifiesto al reconstruir el clima del pasado: distintos equipos, utilizando métodos independientes y fuentes de datos variadas, obtienen resultados consistentes.

Por ejemplo, en un estudio de Michael E. Mann de 1998, se reconstruyó la temperatura anual promedio del Hemisferio Norte durante los últimos 600 años utilizando datos de anillos de árboles, corales y sedimentos. Aunque el estudio reconoció incertidumbres inherentes a los datos, los resultados mostraron una clara tendencia al calentamiento en el siglo XX, consistente con las observaciones instrumentales [31].

A pesar de algunas diferencias regionales, todos los modelos coinciden en patrones claros:

  • Los aumentos de gases de efecto invernadero están correlacionados con incrementos de la temperatura global.
  • El Ártico muestra una sensibilidad al calentamiento superior al promedio global.
  • Los océanos absorben la mayor parte del exceso de calor.

Esta convergencia de resultados entre modelos distintos, basados en observaciones independientes, constituye una prueba sólida de su fiabilidad.

Los modelos climáticos se fundamentan en principios físicos conocidos y no en especulaciones, y se validan de manera constante frente a datos observados, tanto del pasado como del presente. Las predicciones realizadas hace décadas ya se han cumplido con notable precisión, lo que demuestra su fiabilidad. La verdadera incertidumbre se refiere al futuro, y no reside en si habrá calentamiento, sino en su magnitud, que dependerá directamente de nuestras emisiones futuras.

Los modelos climáticos se parecen a los que usamos en meteorología, ingeniería o medicina. A nadie se le ocurriría dudar de los modelos aerodinámicos que predicen cómo volará un avión, ni de los modelos epidemiológicos que anticipan la propagación de una enfermedad. Por ello, no hay ninguna razón de peso para dudar de la fiabilidad de los modelos climáticos. Es cierto que el clima es más complejo que el tiempo meteorológico a corto plazo, pero precisamente por eso los modelos se enfocan en tendencias físicas de largo plazo, que abarcan décadas, siglos e incluso milenios, y que son más estables y predecibles que los detalles diarios o regionales.

“La extensión del hielo marino del Océano Ártico es alta, cuando se compara con la que se estima que ha tenido los últimos 10.000 años, y también había una menor extensión del hielo hace un milenio.”

Ese argumento es engañoso porque confunde fluctuaciones naturales regionales con tendencias actuales globales y a largo plazo.

Es cierto que la extensión del hielo marino en el Ártico ha variado naturalmente a lo largo de miles de años, incluyendo periodos con menos hielo hace un milenio o durante el Holoceno. Pero de nuevo, estas variaciones ocurrían en escalas de siglos o milenios y no son comparables con la rapidez del cambio actual.

Las mediciones satelitales (Nimbus-7 SMMR, SSM/I y SSMIS) han monitoreado el hielo marino desde 1979 con alta precisión. Los datos muestran una reducción significativa de la extensión mínima en verano, de aproximadamente un 40 % respecto al promedio 1979–2000, y un adelgazamiento notable del hielo multianual [32]. Esta pérdida es mucho más rápida que cualquier fluctuación natural del último milenio.

Argumentar que hubo menos hielo hace 1.000 años implica omitir que los cambios recientes son coherentes con el aumento global de temperaturas, y no se limitan a una región o a una estación específica. Además, el hielo marino ártico no solo afecta al Ártico, sino que también influye en los patrones climáticos del hemisferio norte, el nivel del mar y los ecosistemas polares.

En conclusión, que la extensión del hielo haya sido variable históricamente no invalida la tendencia actual de pérdida acelerada, vinculada al calentamiento global antropogénico.

“En épocas recientes, las temperaturas fueron más cálidas que en la actualidad. Existe actualmente un interés notorio por parte de algunos “científicos climáticos” por negar o relativizar estos periodos cálidos relativamente recientes, a pesar de la cantidad de evidencias que señalan su existencia.”

Esta afirmación completamente gratuita (formulada por Bruno Cossío, hay que decirlo) carece de fundamento. Para empezar, si se tratara solamente de “algunos científicos climáticos”, ¿por qué debería importarnos lo más mínimo? La cuestión sería irrelevante, porque no tendría ningún peso frente al consenso general.

En segundo lugar, los períodos a los que hace referencia Bruno Cossío, como el Período Cálido Medieval (950–1250 d.C.) [33] y el Óptimo Climático Romano (aproximadamente entre  aproximadamente entre el 250 a.C. y el 400 d.C.) [34] no sólo son reconocidos por la paleoclimatología, sino que han sido ampliamente estudiados, y lejos de “negarse”, existen decenas de trabajos científicos que los documentan y analizan con detalle.

Así que poco más hay que añadir al respecto.

“A pesar de estar en una pausa “cálida” entre glaciaciones, la Tierra se encuentra actualmente en uno de los “periodos fríos” de estos últimos 550 millones de años.”

De nuevo, este argumento incurre en el error de comparar la temperatura actual con escalas geológicas pasadas, lo cual no dice nada sobre la velocidad ni las consecuencias del calentamiento actual. El clima actual cambia en décadas o siglos, mientras que los cambios geológicos ocurren en millones de años.

La Tierra está ahora en un periodo interglaciar dentro del ciclo de glaciaciones del Pleistoceno [35]. Esto significa que, aunque estemos en un periodo relativamente cálido comparado con las glaciaciones, el calentamiento reciente (1,2 °C desde la era preindustrial) supera ampliamente las variaciones naturales de interglaciares anteriores.

“Considerar el dióxido de carbono un contaminante es incluso más absurdo que considerar como tal el oxígeno. “

Esto es directamente un hombre de paja, porque nadie sostiene que el CO2 sea un contaminante en el mismo sentido que un vertido tóxico. Es un truco retórico clásico que confunde la función natural de un gas con el efecto que provoca cuando se acumula en exceso. El CO2 es un componente natural de la atmósfera y esencial para la fotosíntesis, pero su concentración actual altera el balance térmico del planeta, lo que lo convierte en un contaminante climático.

Después, el sarcasmo de comparar el CO2 con el oxígeno se desarma fácilmente. También el oxígeno, indispensable para la vida, puede volverse dañino en concentraciones elevadas: un buzo que respire oxígeno puro a una profundidad de apenas seis metros (≈1,6 atm de presión parcial de O2), puede sufrir convulsiones por toxicidad del sistema nervioso central en cuestión de minutos. En otras palabras, incluso las sustancias más esenciales pueden ser letales o desestabilizadoras cuando se superan ciertos umbrales.

“En los últimos 550 millones de años, el CO2 ha ido reduciendo su presencia en la atmósfera, hasta ser hoy un minúsculo 0,04% de ésta.”

Este es un argumento muy usado por los negacionistas, pero resulta engañoso por varias razones.

Es cierto que el CO2 fue mucho más abundante en épocas pasadas. Por ejemplo, en el Cámbrico temprano, hace 550 millones de años, su concentración podía superar las 4000 ppm, unas 10 veces más que hoy [36]. Desde entonces, procesos geológicos como la meteorización de rocas, el enterramiento de carbono, y  la formación de carbonatos (compuestos que son un depósito natural de CO2, ya sea en la corteza terrestre, en los océanos o en organismos vivos) han reducido progresivamente su presencia, hasta alcanzar las cifras actuales de 420 ppm.

Sin embargo, afirmar que “eso es una cantidad minúscula” pasa por alto dos aspectos clave. En primer lugar, la importancia relativa: los efectos del CO2 como gas de efecto invernadero no dependen de su proporción total, sino de su capacidad para atrapar radiación infrarroja, que proviene de sus propiedades moleculares. Hoy, el forzamiento radiativo debido a la cantidad acumulada de CO2 desde la era preindustrial (pasar de 280 ppm a 420 ppm) se estima en unos 2,72 W/m² adicionales de energía retenida a nivel global [37]. Puede parecer poco, pero a escala planetaria equivale a millones de bombas atómicas de Hiroshima acumulándose cada día en océanos, aire y suelos.

En segundo lugar, la escala temporal: aunque en el pasado hubiera más CO2, la vida, los ecosistemas y las sociedades humanas actuales se desarrollaron en condiciones muy diferentes. La referencia relevante no es el Cámbrico, sino los últimos 10.000 años (Holoceno), durante los cuales el CO2 se mantuvo estable en torno a 280 ppm. El aumento actual, de 280 ppm en 1750 a 420 ppm en 2025 es el más rápido en al menos tres millones de años [38]. Esto no da tiempo de adaptación a los ecosistemas ni a los sistemas humanos.

“En realidad, quemar carbón y petróleo no es otra cosa que devolver una parte del CO2 ya enterrado a la atmósfera, y además estas emisiones representan menos de un 5% de las emisiones anuales de CO2 de todo el planeta.”

Con este tipo de argumentos “naturalistas” se pretende dar a entender que devolver el CO2 enterrado bajo tierra no puede ser algo peligroso.

Veamos primero la idea de que “sólo estamos devolviendo el CO2 a la atmósfera”. Es cierto que el carbón y el petróleo son carbono que estuvo en la atmósfera hace cientos de millones de años. Pero en la naturaleza, ese CO2 se retiró muy lentamente de la atmósfera y quedó almacenado en forma de combustibles fósiles.

Al quemarlos, liberamos en pocas décadas lo que la geología tardó millones de años en enterrar, y eso no está libre de consecuencias. Es como decir: “Beberme de golpe un litro de whisky es natural, porque el grano viene de la tierra”. Sí, es natural, pero la dosis y la velocidad pueden ser letales. Lo mismo ocurre con sustancias como el plutonio: existe en la naturaleza, aunque sea en cantidades ínfimas, y no por ello deja de ser extremadamente tóxico.

En cuanto al argumento de que las emisiones humanas de CO2 sólo representan un 5% del total, se trata de una manipulación estadística. La atmósfera es un sistema muy sensible a pequeños desequilibrios. Es cierto que la naturaleza (océanos, suelos, vegetación) emite y absorbe cada año más de 750 gigatoneladas de CO2. Pero pese a ser grandes, esos flujos son equilibrados: lo que se emite se compensa casi en su totalidad con lo que se absorbe. Lo que rompe ese equilibrio es la inyección neta de unas 40 gigatoneladas anuales de CO2 procedentes de la actividad humana. Ese excedente se acumula año tras año, y basta por sí solo para romper el equilibrio natural y desajustar el clima del planeta.

“Supongamos que sea cierto que aumentar la cantidad de CO2 atmosférico provoque un calentamiento extra de la atmósfera. Ese aumento de temperatura podría provocar, a su vez, un aumento del vapor de agua. Este aumento del vapor de agua podría provocar a su vez una mayor cantidad de nubes bajas y, por tanto, bloquear mayor cantidad de energía solar y hacer descender las temperaturas.”

Este razonamiento es un clásico del negacionismo ad hoc: reconocer a medias que los efectos del CO2 como gas de efecto invernadero, para luego introducir una hipótesis atenuante puramente especulativa: la idea de que las nubes bajas compensarían el calentamiento.

La realidad es la opuesta: el vapor de agua amplifica el calentamiento, no lo neutraliza. Se trata de una retroalimentación positiva: el CO2 eleva la temperatura, luego el aire retiene más vapor de agua, y ese vapor adicional refuerza el efecto invernadero. Las mediciones satelitales y los modelos climáticos muestran que este bucle aumenta la temperatura, no la reduce [39].

Respecto de las nubes, el argumento negacionista pasa por alto un punto clave: no todas las nubes son iguales. Las nubes bajas, densas y extensas reflejan radiación solar y tienden a enfriar. En cambio, las nubes altas y finas dejan pasar la luz solar pero atrapan el calor infrarrojo, contribuyendo al calentamiento. Según las mediciones satelitales de CERES y MODIS, el balance neto de la nubosidad en un clima más cálido refuerza el calentamiento [40].

Si realmente las nubes bajas actuaran como un freno eficaz, no estaríamos viendo el calentamiento acelerado de las últimas décadas. Las evidencias muestran más bien lo contrario: el aumento de CO2 intensifica el vapor de agua y modifica la nubosidad de forma que refuerza el calentamiento, en lugar de atenuarlo.

“El CO2 está en mínimos en comparación con los últimos 550 millones de años.”

Este argumento incurre en una falacia de contexto: parte de un dato verdadero (el CO2 estuvo más alto en otros periodos geológicos) para relativizar la amenaza actual, pero omite el contexto temporal, biológico y social que hacen incomparable aquellas situaciones con la actual.

Es verdad que en épocas como el Cámbrico temprano (hace 500 millones de años) las concentraciones de CO2 superaban los 4000 ppm [41]. Sin embargo, en esos tiempos los ecosistemas eran radicalmente diferentes a los actuales y, además, los cambios en el CO2 se producían a escalas de miles o millones de años, dando lugar a que los ecosistemas se adaptaran.

Hoy en cambio, con el cambio climático actual, el CO2 ha pasado de 280 ppm en la era preindustrial a más de 420 ppm en menos de dos siglos años. En términos geológicos, este aumento es un parpadeo. Es una alteración vertiginosa que ni los ecosistemas naturales ni las sociedades humanas pueden absorber sin consecuencias graves.

Por eso, la afirmación de que “el CO2 actual está en mínimos relativos” es irrelevante: lo que importa no es el valor absoluto, sino la velocidad y la magnitud del cambio, que está desestabilizando el clima, los océanos y los ecosistemas. Este tipo de argumento equivale a decir “los terremotos de magnitud 7 son normales si miramos millones de años de geología”. Sí, pero si uno de estos terremotos golpea tu ciudad hoy, el desastre es real e inmediato.

“El único efecto demostrado y evidente de la concentración de CO2 es el aumento de la masa vegetal en el planeta. La mayoría de plantas que conocemos surgieron en épocas de mayores niveles de CO2, por lo que a día de hoy, en una atmósfera pobre en CO2, se calcula que no alcanzan el 30% de su desarrollo potencial.”

Ese argumento es un ejemplo clásico de media verdad convertida en conclusión engañosa.

Es cierto que desde los años 80 se ha observado un aumento de la masa vegetal, pero este fenómeno no se explica sólo por el CO2. Intervienen también la fertilización por nitrógeno, las reforestaciones, los cambios en el uso de suelo y el alargamiento de las estaciones de crecimiento (lapsos del año en que las condiciones climáticas permiten que las plantas crezcan activamente) debido al calentamiento global [42].

Al mismo tiempo, el CO2 tampoco es el único factor que limita el crecimiento vegetal. El desarrollo de las plantas depende también de la disponibilidad de agua, nutrientes, temperatura y luz. Por ello, se observan fenómenos contradictorios: en muchas regiones, el calentamiento global está provocando sequías e incendios que anulan o incluso revierten cualquier efecto positivo atribuible a la concentración de CO2 [43].  

El argumento de que la masa vegetal está sólo al “30 % de su potencial” es particularmente engañoso porque se apoya en comparaciones con contextos geológicos pasados que no son aplicables al presente, y además carece de respaldo científico.

Ese supuesto “potencial” proviene de épocas con niveles de CO2 y temperaturas mucho más altos. Un ejemplo es el Carbonífero – hace entre 359 millones y 299 millones de años – cuando se produjo una expansión masiva de bosques y plantas bajo condiciones radicalmente diferentes: luminosidad solar, composición atmosférica, biodiversidad, ciclos hídricos o distribución de los continentes. Aunque entonces el CO2 era más elevado, no fue el único factor determinante. De hecho, hacia el final del periodo el CO2 descendió bruscamente debido a la captura de carbono en sedimentos y carbón.

Además, la mayoría de plantas actuales no evolucionaron en aquel contexto, sino en millones de años recientes con niveles relativamente bajos de CO2. Por lo tanto, resultar absurdo proyectar un “potencial de crecimiento” derivado del Carbonífero sobre los ecosistemas modernos.

“Más masa vegetal significa más alimento disponible, tanto para otros organismos como para la humanidad. El CO2 es un fertilizante, luego es bueno que haya mayores cantidades de CO2.”

Aquí se aprecia una contradicción típica del negacionismo: como hemos visto antes, a veces afirman que el CO2 está  “bajo mínimos”, pero en otras ocasiones sostienen que el aumento de CO2 sería una buena noticia.

Ese argumento es engañoso porque ignora los límites y efectos colaterales del aumento de CO2. Como hemos visto antes, el CO2 no es el único factor que favorece el crecimiento de las plantas: también influyen el agua, los nutrientes, la temperatura y la luz. Si alguno de ellos escasea, una cantidad extra de CO2 no se traduce en más biomasa significativa.

Además, el cambio climático daña más de lo que el CO2 fertiliza. Las sequías, las olas de calor, los incendios, las plagas y las inundaciones reducen las cosechas en una magnitud muy superior que el modesto beneficio del “efecto fertilizante”.

La evidencia experimental lo confirma. Los ensayos FACE (Free-Air CO₂ Enrichment), que elevan el CO2 en parcelas abiertas hasta niveles previstos para mediados de siglo, muestran que el “efecto fertilizante” es limitado en condiciones reales. En cultivos C3 como trigo o arroz, el aumento de rendimiento ronda el 10-15 %, pero desaparece si faltan agua o nutrientes, y en plantas C4 como el maíz es casi nulo. Además, suele bajar la calidad nutritiva de los granos y, en ecosistemas naturales, favorece a unas especies sobre otras, reduciendo la biodiversidad [44].

En definitiva, más CO2 no significa crecimiento vegetal masivo ni beneficios garantizados: el balance real es negativo para la agricultura y los ecosistemas.

“El nivel de CO2 varía siempre después de los aumentos de temperatura, y nunca antes.”

Este es otro argumento engañoso que confunde el comportamiento de la Tierra en ciclos naturales con la situación actual.

Es cierto que según lo que indican los núcleos de hielo, durante los ciclos glaciales de los últimos 800.000 años, el CO2 comenzó a aumentar después de que la temperatura subiera al final de las glaciaciones, con un retraso de entre 200 y 800 años.

Los negacionistas toman este hecho para sostener que “como el CO2 sube después del aumento de temperatura, no puede ser la causa del calentamiento actual”. Sin embargo, este razonamiento omite dos puntos clave:

  1. Que algo sea causa inicial de un proceso no significa que sea el único motor del mismo.
  2. Un retraso temporal no implica ausencia de efecto.

Durante los ciclos glaciares anteriores:

  1. Los cambios orbitales de la Tierra modificaban la cantidad de radiación recibida por el planeta.
  2. Ese ligero aumento de temperatura provocaba la liberación de CO2 desde los océanos y reducía el albedo del hielo y la nieve, amplificando el calentamiento.
  3. Este aumento de CO2 actuaba como retroalimentación positiva, reforzando el calentamiento iniciado por los cambios orbitales, sin ser la causa primera [45].

La diferencia con el presente es clara: hoy, el CO2 aumenta primero, como resultado de la quema de combustibles fósiles y otras actividades humanas, y el aumento de temperatura global es consecuencia de este forzamiento inicial, no al revés.

Las mediciones modernas desde 1958 en el observatorio de Mauna Loa muestran un aumento sostenido de CO2 antes de que el planeta registre el calentamiento correspondiente [46]. Además, los modelos climáticos que solo incluyen cambios naturales no explican el calentamiento reciente; únicamente los que incorporan el CO2 antropogénico reproducen correctamente la evolución observada.

“En la Edad Media hubo temperaturas superiores a las actuales con niveles de CO2 menores.”

Este es un argumento clásico del negacionismo climático, que confunde variabilidad regional natural con calentamiento global causado por la actividad humana.

El periodo histórico al que se refieren, conocido como Período Cálido Medieval (aproximadamente 950 y 1250 d.C.), no fue un fenómeno global, sino regional, que afectó a algunas regiones de Europa, especialmente las Islas Británicas, Escandinavia y parte del noroeste de Francia.

Las reconstrucciones utilizando “proxies” – como anillos de árboles, núcleos de hielo y corales – muestran que la temperatura media global durante ese periodo fue aproximadamente 0,2–0,5 °C menor que la actual [47]. En cambio, la temperatura media global actual es aproximadamente 1,1-1,2 °C más alta que la de la era preindustrial (1850–1900), lo que la convierte en la más alta de al menos los últimos 2.000 años.

“El nivel de los mares ya estaba aumentando desde el final de la última glaciación.”

Es cierto, tras la última glaciación (hace 20.000 años), los niveles del mar subieron cientos de metros a lo largo de miles de años. Sin embargo, este aumento fue lento, con un promedio de 1-2 mm/año durante milenios, impulsado por causas naturales y no emisiones humanas.

Este incremento se estabilizó hace unos 6000 años. A partir del siglo XX, en cambio, el nivel del mar comenzó a subir significativamente, primero a un ritmo de aproximadamente 1.4 mm/año, hasta alcanzar los 20 cm, y luego acelerándose a 3-4 mm/año desde finales de los años 1990, según mediciones satelitales como TOPEX/Poseidón y Jason.

Esta velocidad de cambio es mucho mayor que la de la mayoría de los periodos naturales post-glaciación, y está claramente vinculada al calentamiento global y al deshielo acelerado en Groenlandia y la Antártida.

“De todas formas, es difícil hablar de cuánto aumenta el nivel del mar porque, dependiendo de dónde sea medido, puede estar subiendo o bajando.”

Este argumento es engañoso y simplista, aunque contiene una parte de verdad sobre la complejidad local a la hora de medir el nivel del mar.

A escala local, el nivel del mar puede variar debido a movimientos tectónicos, hundimiento o elevación de los continentes, corrientes oceánicas y otros factores. Pero los científicos no dependen de un sólo punto de medición; usan redes de mareógrafos y satélites altimétricos que permiten determinar el nivel del mar a escala global, eliminando los efectos locales [48].

Es más, desde los años 90, los satélites como TOPEX/Poseidon, Jason y Sentinel-6 miden la altura del océano con precisión de apenas unos centímetros, lo que permite calcular la tendencia global promedio, independientemente de los hundimientos o elevaciones locales. Y la tendencia es clara: los datos muestran un aumento consistente de aproximadamente 3,3 mm por año desde 1993, mucho mayor que cualquier variación local [49].

Las pequeñas diferencias regionales no invalidan la conclusión: el nivel global del mar está subiendo debido al calentamiento de los océanos y al derretimiento de glaciares y capas de hielo. El argumento negacionista es equivalente a decir que no sabemos si la temperatura global sube porque en algunas ciudades hace frío.

“Según los estudios más recientes, la superficie terrestre ha aumentado en lugar de disminuir.”

Ese argumento mezcla datos reales con una interpretación engañosa. Algunos estudios basados en imágenes satelitales – como fue publicado por la revista Nature en 2016 [50] – han mostrado que la superficie total de tierra emergida ha aumentado ligeramente en los últimos 30 años. Esto se debe principalmente a:

  • La ganancia de sedimentos en deltas, como los deltas del Yangtsé, del Mekong o del Níger.
  • La recuperación masiva de tierras mediante obras humanes en lugares como China, Holanda y Dubái.
  • La expansión de islas en atolones, en lugares como Kiribati, Tuvalu, Maldivas y las Islas Marshall, donde la acumulación de arena y coral eleva ligeramente la superficie.

En los casos de China, Holanda y Dubái, se trata de ganancias artificiales de la Tierra, mediante obras que son caras y frágiles, no de que el mar esté retrocediendo por sí mismo. A largo plazo, el aumento del nivel del mar hará que estas zonas sean cada vez más difíciles y caras de mantener.

En cuanto a los atolones, los cambios se deben a la dinámica natural de sedimentos y al crecimiento coralino, y no implican que el aumento del nivel del mar deje de ser un riesgo. Muchas de estas islas se encuentran a solo 1-2 metros sobre el nivel del mar y siguen siendo extremadamente vulnerables a marejadas ciclónicas, inundaciones y a la acidificación oceánica que amenaza los corales.

Conclusión: el ligero aumento de superficie terrestre observado no contradice la amenaza del aumento del nivel del mar ni la vulnerabilidad de las zonas bajas y costeras.

“No hay ningún calentamiento anómalo o derretimiento catastrófico de los glaciares en Groenlandia o Islandia”.

Este tipo de afirmación va mucho más allá de creer o no creer en el cambio climático; niega una evidencia científica observable.  

Los estudios satelitales (como GRACE, ICESat o CryoSat) muestran que la capa de hielo de Groenlandia ha perdido en promedio entre 280 y 300 gigatoneladas de hielo por año en la última década, contribuyendo directamente al aumento del nivel del mar global. La velocidad de derretimiento ha aumentado notablemente en las últimas décadas, mucho más que en cualquier periodo natural reciente, confirmando que se trata de un cambio anómalo impulsado por el calentamiento global [51].

En cuanto a Islandia, los glaciares han perdido aproximadamente el 25-30% de su masa desde finales del siglo XIX, con una aceleración marcada en los últimos 30 años. Un glaciar emblemático como el Okjökull incluso despareció por completo en 2014, y muchos otros continúan en retroceso acelerado. Esa evidencia se ha obtenido de mediciones de campo, fotografías históricas y satélites (de Landsat, Sentinel-2 o ASTER) [52]. Luego esto no es una cuestión de opinión, sino de datos empíricos, y resulta increíble afirmar cosas así con los ojos cerrados.

“Las temperaturas en Groenlandia e Islandia no son distintas de las de los años 30.”

Es cierto que durante los años 30 hubo un episodio cálido en Groenlandia e Islandia, especialmente en verano. Sin embargo, este episodio fue regional, no global, y probablemente estuvo relacionado con la Oscilación del Atlántico Norte (NAO por sus siglas en inglés), una fluctuación natural de la presión atmosférica entre el anticiclón de las Azores y la depresión de Islandia [53].

Además, se trató un pico temporal, mientras que el calentamiento actual es persistente y creciente desde mediados del siglo XX, con un promedio global de temperatura que supera consistentemente esos picos regionales. Incluso comparando con los años 20 y 30, los glaciares en esos lugares están hoy mucho más reducidos.

“El número de huracanes está en tendencia decreciente desde que hay registros, igual que el número de tornados, y no hay evidencias de un aumento de las sequías por culpa del CO2.”

Aunque también hemos abordado esta cuestión en entregas anteriores, conviene profundizar en ella. La frecuencia total de huracanes en el Atlántico Norte ha mostrado altibajos naturales, pero el consenso científico señala que no aumenta la cantidad de fenómenos meteorológicos extremos, sino su intensidad [54].

Por ejemplo, los huracanes de categoría 4 y 5 son más frecuentes, y la proporción de tormentas que se  intensifican rápidamente ha crecido de forma clara desde los años 80. Este fenómeno, conocido como “intensificación rápida” – un aumento de la menos 30 nudos en 24 horas – está relacionado con temperaturas oceánicas más altas, que aportan más energía a las tormentas [55]. La transición de tormenta tropical a huracán (cuando alcanza vientos de al menos 119 km/h) también ocurre ahora con mayor rapidez debido al calentamiento global.

Además, hay evidencias sólidas de cambios en las precipitaciones y en la velocidad de intensificación de los huracanes. El aire más cálido retiene más vapor de agua (aproximadamente un 7% extra por cada 1 °C ), lo que explica que los huracanes recientes produzcan lluvias más intensas [56]. Por ejemplo, los huracanes Harvey (2017) y Florence (2018) generaron inundaciones históricas por aire más húmedo y océanos más cálidos.

También se observan cambios en las trayectorias:

  • Trayectoria: los huracanes del Atlántico Norte tienden a desplazarse hacia el norte y noreste, lo que aumenta el riesgo para EE.UU., Bermudas e incluso Europa en casos excepcionales [57].
  • Velocidad: algunos se mueven más lentamente, acumulando más lluvia (el huracán Harvey de 2017 es un ejemplo claro) [58].
  • Implicaciones: no solo importa la intensidad; las trayectorias más lentas y más al norte generan lluvias extremas y daños prolongados en zonas poco acostumbradas [59].

En cuanto a los tornados, su análisis es más complejo porque son fenómenos extremadamente locales, dependientes de condiciones atmosféricas muy específicas, y los registros antiguos son incompletos, al menos hasta la aparición del radar moderno. Estudios recientes muestran cambios en la distribución y un aumento de eventos extremos en ciertas regiones, aunque la frecuencia anual total no ha variado significativamente. La climatología moderna aun tiene limitaciones importantes a la hora de analizar los tornados.

Respecto a las sequías, no sólo dependen de la lluvia, sino también de la temperatura, la evaporación y la demanda hídrica. Contrariamente a lo que sostienen los negacionistas, los informes del IPCC 2021 indican un aumento claro de la frecuencia y severidad de las sequías extremas, especialmente en regiones subtropicales y mediterráneas como el Mediterráneo, el Sahel, el oeste de EE.UU. o Chile central. Este fenómeno se debe a cambios en los patrones de precipitación, a la evapotranspiración (cantidad total de agua que pasa de la tierra y la vegetación al aire) y a la mayor incidencia de olas de calor [60].

“Otro fenómeno habitual que se ha convertido en un castigo por nuestros pecados de carbono. en castigo por nuestros pecados de carbono es el de los incendios. ¿Para qué culpar a la administración del mal mantenimiento de los montes o de la falta de medios cuando uno puede culpar al cambio climático?”

Este es un ejemplo clásico de caricatura negacionista: exagera el papel del cambio climático para ridiculizarlo y, al mismo tiempo, evita reconocer que este actúa como factor que agrava, aunque no sustituye, los factores humanos como la gestión forestal deficiente. La acumulación de biomasa, la falta de cortafuegos o el abandono rural también influye en la generación de los incendios, y nadie en la comunidad científica niega esto.

De la misma manera que el cambio climático no crea fenómenos meteorológicos extremos de la nada, tampoco es la causa de los incendios recientes en España. Estos siempre tienen orígenes locales – en su mayoría humanos – pero el cambio climático incrementa el riesgo y la gravedad de los incendios al intensificar las olas de calor y las sequías, que secan la vegetación y la convierten en un mucho más inflamable [61].

Y efectivamente, a escala global la superficie total quemada ha disminuido ligeramente en las últimas dos décadas, principalmente debido a la reducción de incendios de sabana vinculados a prácticas agrícolas tradicionales en África Subsahariana y en parte de Asia (quema de pastos para regenerar suelos), y a la expansión de las áreas urbanas.

Pero esto no contradice el impacto del cambio climático. Los incendios más destructivos y extremos están aumentando en regiones clave, como el Mediterráneo, California, Australia, Chile o Siberia. Son estos incendios son los que realmente preocupan, ya que ocurren en zonas densamente pobladas, son más intensos y difíciles de controlar, y están asociados a olas de calor y sequías – condiciones potenciadas por el cambio climático – como indica el Sexto Informe de Evaluación del IPCC de 2021 [62].

“La Gran Barrera de Coral no ha muerto, y se está recuperando después de su blanqueamiento hace unos años, lo cual es un fenómeno cíclico que no tiene nada de inédito.”

Ese argumento es un ejemplo clásico de hombre de paja, puesto nadie en la comunidad científica ha afirmado que la Gran Barrera de Coral “ha muerto”. Se trata de un ecosistema inmenso – unos 2.300 km de extensión, compuesto por miles de arrecifes individuales – por lo que hablar de su “muerte” es una exageración sensacionalista que algunos titulares de prensa usaron, pero que nunca ha sido respaldada por los científicos (esto sería otro ejemplo de “falacia de error anecdótico”).

Lo que sí es un hecho es que la Gran Barrera está siendo gravemente amenazada. En las últimas décadas ha sufrido eventos de blanqueamientos sin precedentes en frecuencia e intensidad. El blanqueamiento se produce por estrés térmico: cuando el agua se calienta demasiado, los corales expulsan a sus algas simbióticas (zooxantelas), responsables de su color y de gran parte de su energía, quedando blanqueados y debilitados. Otros factores – como la radiación solar, la contaminación, la escorrentía con exceso de nutrientes o los episodios de baja salinidad – pueden contribuir, pero el aumento de la temperatura del agua es la causa principal [63].

Es cierto que este fenómeno puede darse de manera natural, pero antes de 1980, los eventos de blanqueamiento masivo eran prácticamente inexistentes y, cuando ocurrían, eran localizados. Desde entonces, se han registrado hasta siete eventos de blanqueamiento masivo en la Gran Barrera: 1998, 2002, 2016, 2017, 2020, 2022 y 2024 [64].

Según la Autoridad del Parque Marino de la Gran Barrera de Coral (GBRMPA) y el IPCC, alrededor de la mitad de los corales de aguas poco profundas se han perdido desde 1995 [65]. En 2016 y 2017, olas de calor marinas provocaron la mortalidad masiva de entre el 30% y el 50% de los corales en grandes áreas del norte del arrecife. Aunque algunas zonas sí han mostrado recuperación parcial en años con aguas más frías, esta es frágil y temporal: con eventos de blanqueamiento cada 2-3 años, los corales no tienen tiempo suficiente para regenerarse.

El IPCC advierte que si la temperatura global aumenta 1.5 °C  respecto de los niveles preindustriales, entre el 70% y el 80% de los arrecifes de coral tropicales podrían desaparecer. Con un aumento de 2 °C, la probabilidad de pérdida prácticamente total se volvería muy alta [66].

“En 2019 cientos de renos murieron en el archipiélago de Svalbard, en el Ártico, porque el exceso de nieve y hielo los habían privado de alimentos. Esto es una prueba de que las temperaturas no están aumentando.”

Ese razonamiento es falaz, porque confunde eventos extremos locales con tendencias climáticas globales.

En 2019 se produjo un fenómeno conocido como “icing event”: las lluvias sobre nieve formaron una capa de hielo muy dura que impedía que los renos pudieran raspar el suelo para alcanzar su alimento (el liquen), provocando su muerte por inanición.

Este tipo de evento está vinculado a cambios en los patrones de precipitación y congelación/deshielo, fenómenos compatibles con el calentamiento global. De hecho, un clima más cálido puede favorecer lluvias sobre nieve incluso en invierno, aumentando la frecuencia de estos episodios [67].

El calentamiento global no implica que cada invierno sea más cálido ni que todas las regiones tengan menos nieve, sino que puede incrementar la incidencia de eventos extremos, como capas de hielo en la superficie, inundaciones u olas de calor. Los patrones de mortalidad de los renos reflejan cambios climáticos locales, no la ausencia de calentamiento global. Luego, lejos de ser un contraejemplo, constituye un claro ejemplo de impacto ecológico vinculado al cambio climático.

“Los Grandes Lagos de Norteamérica fueron objeto de varios estudios alarmistas que aseguraban que estaban secándose por culpa del cambio climático. Sin embargo, poco después se llenaron hasta niveles históricos.”

Ese argumento confunde variaciones naturales de corto plazo con tendencias de largo plazo.

Los niveles de agua en los Grandes Lagos fluctúan de manera natural debido a cambios en la precipitación, la evaporación, el deshielo y el caudal de los ríos. Incluso en ausencia cambio climático, se observarían ciclos de sequía o de llenado, a veces bruscos.

Es cierto que durante sequías puntuales – como en 2012-2013 – algunos artículos de prensa señalaron descensos preocupantes en los niveles de agua, generando titulares sensacionalistas. La recuperación posterior, sin embargo, no contradice el cambio climático: simplemente refleja la variabilidad natural del sistema.

El cambio climático no implica que los lagos siempre bajen de nivel, sino que altera los patrones de precipitación, evaporación y temperatura, aumentando tanto el riesgo de sequías como de inundaciones. No es un proceso lineal: intensifica la variabilidad y los fenómenos hidrológicos extremos [68]. Algunas regiones sufren más sequías, otras más crecidas, y en ciertos lugares se pueden producir ambas cosas en distintas épocas del año. Esto no significa que el clima sea un caos absoluto. Lo que significa es que los patrones climáticos conocidos se desplazan y la experiencia pasada resulta menos fiable pasada como guía [69].

En resumen, un episodio de recuperación rápida de los Grandes Lago no invalida la realidad del calentamiento global ni sus impactos. La ciencia climática evalúa tendencias a escala de décadas, no anécdotas de uno o dos años.

Fuentes:

[1] https://www.ipcc.ch/sr15/chapter/spm/25/

[2] https://es.wikipedia.org/wiki/Sexto_Informe_de_Evaluaci%C3%B3n_del_IPCC

[3] https://earthobservatory.nasa.gov/world-of-change/global-temperatures

[4] https://earthlogs.org/tag/holocene-climate-optimum/

[5] https://repository.si.edu/server/api/core/bitstreams/ef22be0f-5814-49d9-aee5-6f4d21598a97/content

[6] https://cambioclimaticoenergia.blogspot.com/2010/05/el-clima-del-plioceno-su-utilidad-para.html

[7]https://elcomun.es/2025/07/18/existe-un-cambio-climatico-antropogenico-2a-parte-la-utilidad-del-consenso-cientifico/

[8] https://www.osti.gov/biblio/1389446

[9] https://gml.noaa.gov/ccgg/trends/

[10] https://www.mdpi.com/2072-4292/17/11/1896

[11] https://cds.climate.copernicus.eu/datasets/satellite-earth-radiation-budget

[12]https://www.downtoearth.org.in/climate-change/human-led-climate-impact-rapidly-cooling-upper-atmosphere-even-as-lower-atmosphere-warms-91773

[13] https://climate.copernicus.eu/why-are-europe-and-arctic-heating-faster-rest-world

[14] https://archive.ipcc.ch/publications_and_data/ar4/wg1/en/ch9s9-7.html

[15] https://www.eea.europa.eu/en/analysis/indicators/ocean-acidification

[16] https://en.wikipedia.org/wiki/Airborne_fraction

[17]https://www.ncei.noaa.gov/sites/default/files/2021-11/8%20-%20Temperature%20Change%20and%20Carbon%20Dioxide%20Change%20-%20FINAL%20OCT%202021.pdf

[18] https://eos.org/editor-highlights/using-satellite-observations-for-attribution-of-radiation-changes

[19]https://www.carbonbrief.org/analysis-global-co2-emissions-will-reach-new-high-in-2024-despite-slower-growth/

[20] https://news.un.org/es/story/2021/09/1497172

[21] https://www.science.org/doi/10.1126/science.1190653

[22] https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg1/chapter/chapter-7/

[23] https://www.ipcc.ch/site/assets/uploads/sites/2/2019/09/IPCC-Special-Report-1.5-SPM_es.pdf

[24] https://www.ipcc.ch/report/ar6/syr/resources/spm-headline-statements/

[25] https://archive.ipcc.ch/publications_and_data/ar4/wg1/en/ch1s1-3-2.html

[26] https://archive.ipcc.ch/publications_and_data/ar4/wg1/en/ch1s1-3-2.html

[27] https://argo.ucsd.edu/science/argo-and-climate-change/

[29] https://www.realclimate.org/index.php/archives/2007/05/hansens-1988-projections/

[30] https://pure.mpg.de/rest/items/item_3185934_1/component/file_3185935/content

[31] https://www.nature.com/articles/33859

[32] https://www.agenciasinc.es/Visual/Fotografias/La-extension-del-hielo-marino-artico-registra-su-minimo-historico

[33] https://es.wikipedia.org/wiki/Per%C3%ADodo_c%C3%A1lido_medieval

[34] https://es.wikipedia.org/wiki/Per%C3%ADodo_c%C3%A1lido_romano

[35] https://www.britannica.com/science/Holocene-Epoch

[36] https://en.wikipedia.org/wiki/Carbon_dioxide_in_the_atmosphere_of_Earth

[37] https://en.wikipedia.org/wiki/Radiative_forcing

[38] https://www.noaa.gov/news-release/during-year-of-extremes-carbon-dioxide-levels-surge-faster-than-ever

[39] https://en.wikipedia.org/wiki/Climate_change_feedbacks

[40] https://en.wikipedia.org/wiki/Clouds_and_the_Earth%27s_Radiant_Energy_System

[41] https://studylib.net/doc/7868434/average-global-temperatures-in-the-early-carboniferous-pe

[42] https://courses.seas.harvard.edu/climate/eli/Courses/global-change-debates/Sources/CO2-fertilization/Zhu-etal-2016-greening.pdf

[43] https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S2351989423004262

[44] https://www.sciencedirect.com/science/article/pii/S1878029615003679

[45] https://www.carbonbrief.org/explainer-how-the-rise-and-fall-of-co2-levels-influenced-the-ice-ages/

[46] https://www.acs.org/education/whatischemistry/landmarks/historia-quimica/curva-keeling.html

[47] https://ntrs.nasa.gov/api/citations/20140001050/downloads/20140001050.pdf

[48] https://tidesandcurrents.noaa.gov/sltrends/

[49] https://podaac.jpl.nasa.gov/DataAction-2025-02-05-The-rate-of-global-sea-level-rise-doubled-during-past-three-decades

[50] https://www.nature.com/articles/s41586-018-0411-9

[51] https://orbit.dtu.dk/en/publications/mass-loss-of-greenland-from-grace-icesat-and-cryosat

[52] https://www.frontiersin.org/journals/earth-science/articles/10.3389/feart.2020.523646/full

[53] https://www.climate.gov/news-features/understanding-climate/climate-variability-north-atlantic-oscillation

[54] https://www.theguardian.com/us-news/2024/mar/07/hurricane-strength-global-warming-intensification

[55] https://www.climatecentral.org/climate-matters/hurricane-rapid-intensification

[56] https://aemetblog.es/2017/08/10/por-que-el-aire-caliente-puede-contener-mas-vapor-que-el-frio/

[57] https://www.bloomberglinea.com/2024/10/13/como-contribuye-el-cambio-climatico-a-la-peligrosa-trayectoria-de-los-huracanes/

[58] https://es.wikipedia.org/wiki/Hurac%C3%A1n_Harvey

[59] https://www.eltiempo.es/noticias/huracanes-cada-vez-mas-lentos-y-devastadores-por-que

[60]https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg1/downloads/factsheets/IPCC_AR6_WGI_Regional_Fact_Sheet_Central_and_South_America.pdf

[61] https://www.csic.es/sites/default/files/d7/noticias/14julio2021_incendios_0.pdf

[62] https://www.ipcc.ch/report/ar6/wg1/chapter/chapter-11/

[63] https://climateextremes.org.au/wp-content/uploads/Coral-Bleaching-Briefing-note.pdf

[64] https://www.worldenergydata.org/from-august-2024-new-report-on-great-barrier-reef-shows-increases-of-coral-cover-before-onset-of-serious-bleaching-cyclones/

[65] https://www.abc.net.au/news/2020-10-14/great-barrier-reef-coral-halved-in-25-years-report-says/12766444

[66] https://www.ipcc.ch/srocc/chapter/technical-summary/

[67] https://www.biointeractive.org/planning-tools/science-news/swedens-arctic-ice-atop-snow-leaves-reindeer-starving

[68] https://www.eea.europa.eu/es/senales/senales-2018-el-agua-es-vida/articulos/el-cambio-climatico-y-el

[69] https://acp.copernicus.org/articles/25/1659/2025/

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