Parece mentira que fue hace poco cuando sufrimos la traumática experiencia de la pandemia. Ni la supuesta catarsis de solidaridad y aplausos en los balcones sirvió para que entendiéramos el mundo en que vivimos. No somos conscientes de qué lugar ocupamos en el mundo. Pagaron con su vida miles de desafortunados y no supimos apreciarlo.
En estos días, en Valencia principalmente pero también otras zonas en el entorno del Mediterráneo, muchas vidas (la cifra oficial parece corta) se han perdido por motivos evitables o que se hubiesen reducido de existir primero responsables sensatos (que antepongan los intereses humanos a los especulativos, y no al revés) y servicios públicos para paliar las consecuencias (recortados vilmente en favor de empresas privadas).
Anuncian ahora generosas donaciones de los grandes empresarios, mientras vamos conociendo que esas mismas empresas obligaron a sus empleados a acudir a sus puestos de trabajo, no avisaron a los que se encontraban trabajando durante las horas de emergencia y con ello fueron causantes de que muchas más personas quedasen expuestas al riesgo de ser sorprendidas por las riadas.

Para cualquiera que tenga ojos en la cara queda evidenciado así que para el capitalismo lo prioritario es mantener siempre activa la obtención de beneficio, ya sea en contra de la naturaleza como de las vidas humanas. Ambas fuentes son, como sabemos desde hace 150 años cuando se inició el análisis materialista y dialéctico de las sociedades, el origen de todas las riquezas que se producen. Pero ambas, naturaleza y fuerza humana, son ignoradas, maltratadas, explotadas y liquidadas por los intereses capitalistas.
Si no es suficientemente terrible, ni bastara para avivar las conciencias, hay otra cuestión horrible más. Observamos cómo las fuerzas de seguridad difunden en medios y redes sociales imágenes de detenciones de supuestos saqueadores de comercios. Pero resulta que, en las zonas afectadas, quienes se encuentran colaborando desinteresadamente advierten que puede haber centenares de cadáveres más tras los amontonamientos de vehículos y bajo los escombros. Y no sólo eso, sino que hay familias que están pasando las noches dentro de sus coches in que se ponga a su disposición hoteles o refugios, e incluso familias sin acceso a agua potable.
- ¿Por qué no se dedican fuerzas de seguridad a ayudar a las personas afectadas en vez de a proteger los intereses de los comercios?
- Más aún, ¿por qué recortan dinero de los servicios públicos, hasta los imprescindibles como los de emergencia, pero en cambio envían miles de millones para las armas de sus guerras?
Vergüenza da, o daría si la tuvieran, ver a los medios pixelar la imagen de un camión de MERCADONA atrapado en una terrorífica corriente, por no sé sabe qué órdenes superiores o qué intereses. Periodistas que supuestamente fueron enseñados en sus estudios a reflejar la verdad.
Veremos en estos días infinitud de debates sobre la responsabilidad del Estado o de la Comunidad, la imposibilidad de prever estos fenómenos naturales, opiniones de expertos y grandes loas a los filántropos millonarios. Mención aparte para el inútil Borbón disfrazado de militar. Pero nada de eso podrá pixelar las vergüenzas del sistema capitalista, de su lógica de permanente beneficio aun a costa de las vidas humanas, ni la consideración de vulgares mercancías que tienen reservada para los que no poseemos otra cosa que nuestra fuerza de trabajo para poder vivir.







