Trabajo asalariado y capital

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Continuamos la serie de entradas formativas con una obra breve del joven Carlos Marx, Trabajo asalariado y Capital, que junto a Salario, precio y ganancia contiene una serie de escritos y conferencias con las que el autor difundió inicialmente sus tesis sobre la explotación laboral y la alienación del trabajador. Publicadas en forma de artículos en la Nueva Gaceta Renana en 1849, estos escritos llevan a la práctica política las ideas que Marx y Engels habían esbozado en su concepto materialista de la historia.

Textos como este demuestran que Marx manejaba ya en su juventud un profundo análisis de la sociedad capitalista, aunque no era aún tan elaborado como su obra principal, El Capital, lo que le llevó a ganar la confianza y el respeto de las organizaciones comunistas y obreras de su época, hasta encargarle la redacción del Manifiesto, como vimos en las entradas anteriores dedicadas a formación.

Si bien es cierto que el texto contiene inexactitudes que luego serán superadas en El Capital (el propio Engels en el prólogo especifica esto, por ejemplo, en el uso de términos como trabajo en lugar de fuerza de trabajo), Marx se proponía «describir en forma popular las relaciones económicas, base material de la lucha de clases de la sociedad capitalista».

Es decir, aunque no sea un texto en puridad científico y nunca puede considerarse un sustituto o resumen de El Capital, resulta bastante más asequible su lectura para personas a las que les sea inaccesible abarcar el esfuerzo de aquella obra principal, y lo encontrarán sin duda también bastante esclarecedor y explícito.

En este texto se expone de manera sencilla la manera en que los poderes económicos someten y esclavizan a la clase trabajadora, y se demuestra el inevitable antagonismo entre obreros y capitalistas. Veamos un breve resumen con la finalidad de alentar su lectura:

¿Qué es el salario?

Aparentemente el salario es la cantidad de dinero que el capitalista (un jefe, un propietario, una empresa) paga por un determinado tiempo de trabajo o la ejecución de una tarea determinada. Por ejemplo, una empresa de construcción y reformas llama a un albañil por un día y le paga 50 euros.

Pero esto es sólo la apariencia. En realidad, el obrero vende al capitalista su fuerza de trabajo. La vende por un día, una semana, un mes, etc. Y una vez comprada esa fuerza de trabajo el capitalista la consume haciendo que el obrero trabaje el tiempo estipulado. En el caso del albañil, la empresa compra la fuerza de su trabajo por un día.

Con el mismo dinero que el capitalista compra la fuerza de trabajo podría comprar cualquier otra mercancía. Con los 50 euros de nuestro albañil, el empresario podría comprar 10 sacos de cemento o un palet de ladrillos, o si quisiese podría comprar 50 kilos de azúcar o un día de trabajo de otro albañil. Es decir, la fuerza de trabajo es una mercancía como otra cualquiera.

Salario es un nombre con el que se designa el precio de la fuerza de trabajo, esa mercancía especial que toma cuerpo sólo en la actividad física del obrero.

La empresa de construcción que tomamos de ejemplo adquiere materiales, herramientas, maquinaria y -además- la fuerza de trabajo de nuestro albañil, así como la de los demás obreros que tenga asalariados.

El salario es, así, la parte de la mercancía ya existente con la que el capitalista compra una determinada cantidad de fuerza de trabajo productivo.

¿Para qué vende el obrero su fuerza de trabajo?

La vende para poder vivir. Pero esa fuerza de trabajo es la propia actividad vital del obrero, la manifestación misma de su vida. Su tiempo. Y esta actividad vital no es más para el obrero que un medio para poder subsistir.

El albañil mencionado no produce para sí un muro o un encofrado. Lo que produce para sí es un salario. Cambia una parte de su vida por un salario, que luego podrá cambiar a su vez por comida, ropa o el alquiler de su vivienda. El trabajo en la construcción no es para él la vida, más bien la vida comienza donde termina su actividad.

El obrero se vende él mismo y se vende además en partes, subasta horas, días, semanas o meses de su vida al mejor postor, a un capitalista para el que pertenece durante el tiempo de trabajo.

El capitalista, en cuanto quiera, puede despedirle o terminar la relación de trabajo acordada cuando ya no le necesite. Pero el obrero, cuya única fuente de ingresos es vender su fuerza de trabajo, no puede olvidarse de los capitalistas sin renunciar a su existencia. Es un serio asunto de su incumbencia encontrar un patrono, un comprador.

Queda así expuesto que el salario es el precio de una determinada mercancía: la fuerza de trabajo. Y por tanto, como mercancía se halla determinada por las mismas leyes que determinan el precio de cualquier mercancía.

¿Qué determina el precio de una mercancía?

El precio en el mercado de una mercancía lo determina la competencia entre compradores y vendedores, la relación entre oferta y demanda.

Una mercancía ofrecida más barata por un vendedor eliminará de la disputa a los demás vendedores. La competencia entre vendedores abarata el precio de las mercancías.

Al contrario, la competencia entre compradores hace subir el precio de las mercancías puestas a la venta.

El resultado de la competencia entre compradores y vendedores (unos queriendo comprar lo más barato posible y otros vender lo más caro que puedan) dependerá de la relación existente entre los dos aspectos mencionados, de que predomine la competencia entre el grupo de los compradores o entre el grupo de los vendedores. La industria lanza al campo de batalla a dos ejércitos enemigos, en cuyas filas se libra además una batalla interna. El ejército cuyas tropas se peguen menos entre sí triunfará sobre el otro.

Cuando la oferta de una mercancía es inferior a su demanda, la competencia entre vendedores se debilita y crece la competencia entre compradores. Resultado, sube el precio de la mercancía. 

Más comúnmente ocurre lo contrario: el exceso de la oferta sobre la demanda, competencia entre vendedores y abaratamiento de la mercancía.

Si el precio de una mercancía está determinado por la oferta y la demanda, ¿qué condiciona esa relación oferta-demanda?

Para el capitalista la respuesta es muy sencilla. Si fabricar una mercancía le cuesta 100 y pasado un tiempo la vende por 110, será una ganancia moderada. Si la vende por 130, ya será más alta. Y si la vende por 200 será una ganancia extraordinaria.

Por tanto, para el capitalista el criterio que sirve para medir la ganancia es el coste de producción de la mercancía.

El precio de una mercancía se determina por su coste de producción, lo que equivale a decir que se determina por el tiempo de trabajo necesario para su producción.

¿Cuál es el coste de producción de la fuerza de trabajo?

Es lo que cuesta mantener al obrero y educarlo para el oficio.

Cuanto menos tiempo de aprendizaje exija un trabajo, menos será el coste de producción del obrero y más barato el precio de su trabajo, su salario. En los empleos que no exigen apenas aprendizaje, bastando la sola presencia física del trabajador, el coste de producción de éste se reduce a las mercancías necesarias para que pueda vivir en condiciones de trabajar, por los medios de vida indispensables.

El salario así determinado es lo que se llama salario mínimo.

¿Qué sucede en el intercambio entre capitalista y obrero?

El obrero obtiene por su fuerza de trabajo medios de vida, pero a cambio el capitalista adquiere trabajo, actividad productiva, la fuerza creadora con la que el obrero no sólo repone lo que consume sino que da al trabajo acumulado un valor mayor del que poseía antes.

En el ejemplo que comentábamos antes, la empresa constructora abona al albañil los 50 euros por un día. La empresa se asegura en ese día invertir en un trabajo que aumentará su valor en la obra trabajada. El albañil obtendrá cambiando los 50 euros una serie de mercancías para vivir, consumiéndolas; el empresario obtiene un valor de trabajo que podrá reproducir luego adquiriendo más fuerza de trabajo.

El capital sólo puede aumentar cambiándose por fuerza de trabajo, engendrando a su vez más trabajo asalariado. Y la fuerza de trabajo del obrero asalariado sólo puede cambiarse por capital, acrecentándolo, fortaleciendo la potencia de la que depende. El aumento del capital es por tanto aumento del proletariado, de la clase obrera.

Los economistas podrían decir que el interés del capitalista y el obrero son el mismo. Supuestamente, cuanto más próspero sea el mercado, más se enriquecen los capitalistas y cuanto mejor marchan los negocios más obreros se necesitan y más caros se venden.

Pero en realidad el crecimiento del capital supone el crecimiento del poder del trabajo acumulado sobre el trabajo vivo, el aumento de la dominación de la clase capitalista sobre la clase obrera.

Decir que los intereses del capital y los obreros son los mismos es simplemente decir que son los dos aspectos de una misma relación, que se hallan condicionados. Mientras el obrero asalariado sea obrero asalariado, su suerte depende del capital. Sólo ese es el interés que tienen en común.

¿Qué ley rige el alza y la baja del salario y la ganancia en sus relaciones mutuas?

Es una relación inversa.

La parte que es propia al capital, la ganancia, aumenta en la misma proporción en que disminuye la parte que le toca al trabajo, el salario. Y viceversa. La ganancia disminuye en la medida en que el salario aumenta.

Vemos, pues, que los intereses del trabajo asalariado y los intereses del capital son diametralmente opuestos.

Un aumento rápido del capital puede suponer un aumento del salario, pero nunca será en la misma proporción. La ganancia relativa de la empresa siempre será más beneficiosa que el aumento del salario, o de otro modo no sería tal ganancia para la empresa.

Por tanto, el incremento del capital, aun aumentando los ingresos del obrero, hará al mismo tiempo que se ahonde el abismo social que separa al obrero del capitalista, y crecerá, asimismo, el poder del capital sobre el trabajo, la dependencia de éste.

Decir que el obrero está interesado en el incremento rápido del capital es decir que cuanto más aprisa hace crecer la riqueza ajena más migajas le caerán a él, más obreros serán contratados y más puede crecer la masa de esclavos sujetos al capital.

En conclusión, podemos resumir que:

Incluso en la situación más favorable para la clase trabajadora, el incremento rápido del capital, por mucho que mejore la vida material del obrero, no se suprime el antagonismo entre sus intereses. Ganancia y salario siguen en razón inversa.

Si el capital crece rápidamente, pueden aumentar también los salarios, pero aumentarán en mayor medida las ganancias del capitalista. La situación del obrero habrá mejorado, pero a costa de su situación social, agrandando el abismo social que le separa del capitalista.

Decir que la condición más favorable para el trabajador asalariado es el incremento más rápido posible del capital productivo sólo significa decir que cuanto más rápido la clase obrera enriquece al enemigo, tanto mejores serán las condiciones en que podrá seguir favoreciendo el incremento de la riqueza capitalista, contenta de forjar ella misma las cadenas de oro con que les somete.

¿Qué sucede al incrementarse el capital productivo sobre el salario?

Al aumentar los diferentes capitales podríamos decir que se lanza a ese campo de batalla imaginario de la competencia mercantil ejércitos más potentes, con armas cada vez más gigantescas.

Sólo vendiendo más barato pueden unos capitalistas desalojar a otros y conquistarles el terreno. Para poder vender más barato sin arruinarse tienen que producir más barato, es decir, aumentar todo lo posible la fuerza productiva del trabajo.

Lo que más aumenta esa fuerza productiva es una mayor división del trabajo y la aplicación de mejor maquinaria.

Si un capitalista logra, mediante ese método, explotar de un modo más provechoso, logra el medio para fabricar con la misma cantidad de trabajo una suma mayor de productos.

Esa mayor producción le permitirá vender más barato para desalojar a sus adversarios de la pugna. Al ganar más terreno se dilatará también para ese capitalista la necesidad de mercado, es decir, se ve obligado a vender más mercancías y conquistar más mercados.

Esa situación de privilegio no durará mucho. Otros capitalistas emplearán métodos similares, la misma división del trabajo y la misma innovación en las máquinas. Esto los llevará a necesitar volver a reducir los precios para poder volver a competir, en una escalada sin fin, una revolución incesante de los medios de producción.

¿Cómo influye esto en el salario?

Una mayor división del salario permite a un obrero realizar el trabajo de 5, 10 o 20 compañeros. Aumenta por tanto la competencia entre los trabajadores.

La división del trabajo también simplifica las tareas. Se convierte en una fuerza productiva simple y monótona, no necesita de una pericia especial. Esto atrae a más competidores de entre los desempleados y los jóvenes que acceden al mercado laboral.

A medida que el trabajo se hace más desagradable, aumenta la competencia y disminuye el salario.

El trabajador se esfuerza en sacar a flote el volumen de su salario trabajando más, echando más horas al día o produciendo más en cada hora. Es decir, acentúa los efectos de la división del trabajo. Cuanto más trabaja, menos jornal gana, por la sencilla razón de que en la misma medida hace la competencia a sus compañeros, que se ofrecen al patrono en condiciones tan malas como él. Es decir, porque en última instancia se hace la competencia a sí mismo como miembro de la clase obrera.

La batalla antes comentada entre capitalistas tiene la particularidad de que en ella las victorias no se logran tanto enrolando obreros al ejército sino licenciándolos. Esto es, despidiendo mano de obra y sustituyendo por otra más barata y en peores condiciones.

Los economistas afirman que los obreros desalojados encuentran empleo en otros sectores o en otras empresas. En realidad, si lo encuentran nunca será en las mismas condiciones sino peores, con salarios más bajos. 

Cuanto más crece el capital productivo, más crece la división del trabajo, más se acentúa la división entre los obreros y más se reduce el salario.

Además, la clase obrera se recluta entre capas cada vez más altas. Hacia ella va descendiendo una masa de pequeños empresarios, que no pueden hacer frente a la competencia de empresas mayores.

En esta guerra gigantesca, el mundo comercial sólo logra mantenerse a flote sacrificando a sus dioses una parte de las riquezas y de las fuerzas productivas. Así se producen las crisis.

Cada crisis arrastra consigo a la hoguera a los cadáveres de los esclavos, hecatombes enteras de obreros.

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