Materialismo, delito de odio

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«El trabajo del periodismo es abrir la maldita ventana», explicó el ex vicepresidente Iglesias desde los micrófonos de su nueva aventura mediática. Una verdad incuestionable que sin duda llena de razón a quien la afirme.

Sin embargo, las ventanas para algunos periodistas están selladas por la censura. O tienen barrotes, como la del periodista Pablo González. O para otros divulgadores, como Julian Assange, se abren sólo si es para defenestrarse.

Giordano Bruno, astrónomo que vivió durante el Renacimiento italiano, llevaba la lengua atada cuando fue conducido a la hoguera. Algunos condenados por la Inquisición eran trasladados ya muertos a las llamas, bien por clemencia o bien por no haber soportado las torturas en las que se le rogaba que abjurase de sus ideas.

Giordano, de carácter indómito, no se retractó de sus alarmantes afirmaciones (que la Tierra gira alrededor del Sol y que como ellos puede haber innumerables estrellas y planetas) en los siete años que permaneció en unas mazmorras, junto al palacio del Vaticano. Fue quemado literalmente vivo, con la lengua inmovilizada por un artilugio para que no pudiera dirigirse al público, y sus cenizas arrojadas al Tíber.

Esta inquietud de los poderosos por evitar que lenguas díscolas se comuniquen con el público permanece vigente, si bien con métodos menos truculentos (en la mayoría de casos).

Estatua de Giordano Bruno en la plaza romana Campo De’ Fiori. A su espalda, la Luna.

La mentalidad supersticiosa ofrece un perfecto maridaje con el poder establecido. Los avances sociales suponen una amenaza para quienes ostentan el poder, pues su intención es la de perpetuarse en un modelo inalterable.

Por ello desde el poder se potencia el pensamiento irracional, incluso acerca de los hechos históricos ampliamente contrastados y su repercusión en la vida cotidiana actual.

Cómo si no se explica que pueda ser perseguida una mujer en su profesión por afirmar en un comentario personal que el sexo es inmutable, o un periodista censurado por discrepar de la opinión mayoritaria, o un usuario de una red social pueda ser investigado por la Europol por afirmar que le resulta elogiable el hecho histórico de que Stalin derrotara a los nazis, o el Parlamento Europeo pueda emitir una ley sobre desinformación, al tiempo que aprueba un informe que denuncia a Rusia y China como únicos culpables de la desestabilización de las democracias.

En Astronomía se llama Terminador a la línea de claroscuro que divide la zona iluminada de la oscura en un cuerpo celeste. Es particularmente señalable la de la Luna, cuya observación por Galileo transformó el mundo en que vivimos, en un giro Copernicano.

Otro homo universalis, Galileo, fue más afortunado que Giordano y logró salvar la vida, aunque bajo retractación y confinamiento domiciliario hasta su muerte; una versión renacentista de Assange, en lo que se refiere al asunto punitivo.

Galileo observó el cielo con un catalejo perfeccionado por él mismo o perspicillum (lente o anteojo, hasta más tarde no sería llamado telescopio). Unos meses le bastaron para publicar un libro breve, el Noticiero sideral, Sidereus Nuncius. El nombre puede parecer pretencioso, pero ese librito echaría abajo todo el sistema planetario aristotélico-ptolemaico, considerado el correcto hasta entonces.

El planteamiento materialista de Galileo, tan peligroso para el poder de su tiempo, arrancaba a partir de un simple vistazo que hoy cualquiera puede efectuar con un telescopio infantil: la superficie lunar no es lisa y pulida, como se suponían debían ser los objetos celestes desde Aristóteles, sino rugosa y áspera como la Tierra.

En la imagen cercana a estas palabras vemos los primeros dibujos realizados por Galileo (preciosas acuarelas) tras observar la Luna a través de su nueva herramienta.

«Resultará grato y hermosísimo demostrar, materialmente, que la sustancia de las estrellas que hasta hoy los astrónomos llamaron nebulosas dista mucho de ser lo que se ha creído hasta ahora», escribió.

Las palabras del Noticiero sideral no pasaron desapercibidas para otro astrónomo, contemporáneo de Galileo, pero residente en lejanas tierras, el alemán Kepler, quien apenas tuvo en sus manos el libro respondería escribiendo al italiano una misiva posteriormente publicada y conocida como Conversación con el mensajero de las estrellas.

Este curioso diálogo entre mensajeros siderales supone la primera campaña de investigación científica a tiempo real entre distintos puntos del planeta. Un método contrastable que pueda ser observado por distintos agentes, aunque no exista relación entre ellos, de manera que las conclusiones sean objetivas.

La realidad es así comprendida por la observación rigurosa de los elementos materiales. No por la reflexión individual nacida de los sujetos. Es aquí donde la ciencia choca con las tradiciones.

La lucha de las ideas entre idealismo y materialismo no es una pugna teórica limitada a un entorno académico. La ideología dominante, el modo en que se representa la sociedad en que vivimos, es un reflejo de esa batalla.

No es fortuito que las circunstancias políticas de países o continentes se atribuyan a las decisiones particulares o al carácter de tal o cual mandatario, en lugar de a los hechos económicos.

No es accidental que retrocedamos en cuestiones de sexo y género, dando pábulo a empresas de gestación comprada o a la prostitución como mercado laboral, precisamente ahora que el feminismo resurgía desafiando a los poderes establecidos.

Nada de esto es casual. Vivimos tiempos de cambio, por mucho que se hayan esforzado en convencernos de que esto que vivimos es el fin de los tiempos. Seguramente esto pensaron los emperadores romanos, los monarcas absolutistas, los faraones o los santos inquisidores que quemaban a los herejes, que su mundo nunca iba a cambiar.

El nuevo orden mundial, que el propio Biden señalaba en su justificación de la guerra de Ucrania, es la amenaza que pende sobre la supremacía de su país, y la censura legitimada a través de las leyes es la herramienta inquisitorial de nuestros días. El claroscuro o terminador en que nos encontramos evidencia sus contradicciones.

Bertolt Brecht, en su obra teatral Galileo Galilei, pone en boca del viejo astrónomo:

«Durante dos mil años creyó la humanidad que el Sol y todos los astros del cielo daban vueltas a su alrededor. Pero ahora nosotros salimos de eso, Andrea. El tiempo viejo ha pasado y estamos en una nueva época. Las ciudades son estrechas y así son las cabezas. Supersticiones y peste. Pero desde hoy no todo lo que es verdad debe seguir valiendo. Todo se mueve, mi amigo«.

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