Bufones y lacayos

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Creíamos que la figura del bufón estaba perdida en nuestros días, que aquel personaje de figura grotesca, andar inseguro y mirada rijosa, que tal eran las características que les adjudicaba la sabiduría popular –a veces con razón-, con su punto de desprecio, temor y rechazo constituía la imagen por definición de los enanos que, si llegaban a adultos, habitaban en las cortes de nobles y reyes, había desaparecido.

Los bufones, hombres o mujeres, a veces niños, no eran sólo quienes sufrían una acondroplasia, podían ser también quienes tuvieran un rostro fuera de lo corriente para la estética de la época, una cifosis o un miembro deforme.

Entonces, y si el azar les hacía cruzarse con un noble o rey deseoso de incorporar a su séquito una figura tan extraña como curiosa que mostrase su poder, tenían un futuro asegurado en tanto cumpliesen un requisito básico: hacer reír al amo y sus cortesanos.

Para ello contaban con las armas de su figura, contrapunto de la gallardía del amo, y su ingenio para señalar las miserias del resto, pero sin salirse de madre. El amo estaba a salvo excepto alguna ligera pulla, que se perdonaba con una muestra de sumisión perruna del bufón.

El bufón era gracioso, sí, pero imprudente no. Le iba la vida en ello.

Las cortes poderosas llegaban a tener una plantilla bien surtida de bufones y en ellas gozaban de una libertad de movimientos y palabra vedada al resto. El amo podía usarlos para reírse de un noble que le hubiese importunado, señalando al resto de la corte que ojito con pasarse.

Y eso si estaba de buenas, porque como le pillase con el pie cambiado el noble podía acabar a la sombra, como poco.

Como en todo grupo los había más dotados para una u otra habilidad: la broma, la música, las cabriolas, relato de historias… e incluso el consejo político, de modo que alguno llegó a ser confidente del rey o noble de turno, como Juan de Lepe, que lo fue del rey Enrique VII de Inglaterra.

Algunos bufones llegaron a tener esa consideración sin ser enanos ni tener deformidad física alguna, como fue el caso del mencionado Juan de Lepe o don Francés de Zúñiga (el Francesillo), que lo fue de Carlos V, y con una lengua y pluma que Quevedo habría envidiado.

El Francesillo -ya caído en desgracia de Carlos V- fue asesinado al parecer por escribir una crónica que no dejaba títere con cabeza en la corte, lo que le granjeó más enemigos de los que podía manejar, a pesar de su cargo de alguacil, y ser aquéllos gente sin sentido del humor.

Hoy, los bufones ya no son esos desgraciados personajes que por mor de su deformidad gozaban del privilegio, consentido, de reírse del poderoso. Hoy, y sin deformidad aparente alguna que no sea la de su narcisismo, se ganan la vida ridiculizando a la mitad de la población.

Las mujeres son su objetivo favorito con esas estereotipadas formas de la femineidad con las que suelen presentarse, a cual más estrambótica, para regocijo de “les ministres” de las nuevas cortes que hoy habitan en las RR.SS. y despachos oficiales.

Hoy, los bufones ocupan las portadas de los periódicos, abren exposiciones, animan entregas de premios y sobre todo, son la imagen de la opresión impostada. Su desvergüenza no tiene límites y la quienes les aúpan como imagen de la diversidad y la tolerancia menos aún.

Los bufones han perdido su punto de acidez, su picaresca gracia para señalar la parte más risible del poder. Hoy son lacayos que ríen al amo, le lamen la mano, se arrastran hasta el ridículo por una pizca de atención, y sobre todo han cambiado de nombre: ahora son «trans». Transgénero, para más señas.

Si Velázquez encontró en ellos humanidad, tristeza, dignidad en sus miradas hoy tendría serias dificultades para encontrar un rasgo amable que retratar tras la miseria de las poses y frases de estos personajes que compiten con los palmeros en el aplauso y atención de les ministres.

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