Vótese a la izquierda (cuando exista)

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Leo en Infolibre que “expertos en Demoscopia advierten de la desmovilización del electorado de izquierdas.” Esos expertos le encuentran varias explicaciones: la ausencia de elecciones a corto plazo, una situación coyuntural o el incumplimiento sistemático de las promesas realizadas durante la campaña electoral. Es decir, que aquel “gobierno del cambio”, no lo ha sido, tampoco ahora que la situación de pandemia va mejorando.

Yo creo que la explicación es más sencilla. Para que las gentes de izquierda voten, ha de existir una izquierda a la que votar. Si esta no existe, difícilmente puede ser votada. No ignoro, sin embargo, que una parte significativa de la sociedad, sean votantes progresistas o conservadores, sostienen que el gobierno está formado por una coalición socialcomunista. Sin embargo, cada vez más personas están descubriendo que concederles la etiqueta, siquiera, de social-liberales  es de una generosidad extraordinaria.

No tenemos un Gobierno socialista. No es un gobierno socialdemócrata. Podría haber sido esto último, pero ni siquiera han logrado un mínimo favorable para mayoría explotada que conforma la clase obrera; tampoco para la mayoría oprimida que conformamos las mujeres. La reforma laboral del PP y su ley Mordaza siguen vigentes. Otras dos viene en camino. No ha habido grandes leyes transformadoras salvo con algunas excepciones, como la de la eutanasia. Los ERTE han sido un mal parche para la clase obrera y una propina extraordinaria para los empresarios. La nueva Ley de Educación tampoco ha desamordazado la Filosofía y sin embargo ha plagado los currículos escolares de términos acientíficos, como los relativos a la identidad de género. Si bien Wert pervirtió la cultura del esfuerzo buscando una excelencia elitista, no veo por qué resulta de “izquierda” un buenismo absurdo que condena aspectos claves de la enseñanza con mayúsculas, como la memoria, la lectura atenta y profunda, las evaluaciones objetivas, la autonomía personal, el trabajo constante y los temarios amplios y ricos. El esfuerzo, el compromiso, el amor al saber y una disciplina bien entendida, como constancia de quien se delecta sabiendo y acumulando más que meras competencias empresariales, en las TICs y de emprendimiento deberían ser los signos de la izquierda. De hecho lo son, por eso, este gobierno que no lo es, vuelve a introducir en la caverna a las Humanidades y a la Filosofía misma.

No tenemos un gobierno feminista. De hecho, tenemos un gobierno decididamente contrario a los derechos de las mujeres. No duda en borrar todas aquellas herramientas educativas y jurídicas que son instrumentos esenciales para alcanzar, siquiera, algo tan mínimo como la igualdad formal entre los sexos. Un Ministerio de Igualdad al servicio de la teoría queer más cutre y zafia (si acaso no lo fuera por entero) ha declarado la guerra a más de la mitad de la población de España, negándose a cumplir su deber de proponer medidas específicas y estructurales para avanzar en la emancipación de las mujeres. Ningún paso firme para acabar con la prostitución, ni para prohibir el consumo de pornografía, ni siquiera para derogar la instrucción que permite inscribir en el Registro Civil español a menores comprados en otros países explotando reproductivamente a las mujeres más pobres de aquellos. Tampoco proveyendo a su ciudadanía de una educación afectivo-sexual en igualdad, pues el adoctrinamiento en una diversidad mal entendida borra cualquier noción profunda sobre el amor, la sexualidad y la exigencia de reciprocidad e igualdad en las relaciones afectivas, sean heterosexuales u homosexuales.

No hay bandera socialista, ni republicana ni feminista, y si se enarbolan, se hace desde la vacuidad más profunda y el tacticismo hipócrita más horrendo. A esa vacuidad se une la aplicada al ecologismo. Todo verde, sin que nada lo sea. Todo signos, sin que ninguno suponga una reforma estructural del consumo y de la producción sostenible, pero sostenible no sólo para el medio ambiente, que debe serlo, pero siempre pensando en que los derechos de la clase obrera no pueden verse afectados por un ecocapitalismo que arruina las industrias de cada país. No es aceptable que lo más revolucionario que haga un ministro autodenominado marxista es recomendar la fruta de temporada a través de sus canales de comunicación, ni que una ministra de trabajo, militante desde su primera juventud en el PCE, eluda de todos los modos posibles considerarse comunista y se jacte, de hecho, de que su línea ministerial no lo sea en absoluto.

Somos millones los que queremos un partido de izquierda y feminista. Un partido abolicionista del género, la prostitución, la explotación reproductiva y la pornografía; un partido decididamente feminista que legisle para remover cualquier barrera para la emancipación de las mujeres. Un partido socialista que lo sea, que haga políticas decididamente anticapitalistas, que intervenga el mercado o que, si no fuese capaz de, como debería en tanto que horizonte, abolir la propiedad privada de todos los medios de producción, al menos lo hiciese decididamente nacionalizando los sectores estratégicos, como el de la electricidad, con vocación de hacerlo con los demás tan pronto como tuviese músculo para lograrlo.

¿Pero qué músculo, qué potencia transformadora, qué horizonte socialista va a existir con una izquierda anticomunista y antifeminista? ¿Qué cielo se toma por asalto cuando se denuesta hasta límites insospechados la tradición comunista y feminista de nuestro país, clásica, profunda y sólida para abrazar una suerte de populismo pseudo-progre a la Biden, apenas merecedor, concediendo muchísimo, de la etiqueta de “moderadamente reformista y más que dudosamente progresista”?

Somos millones los que queremos una izquierda unida, socialista, que gobierne para la clase obrera, que derogue las reformas laborales, que haga un Estatuto de los Trabajadores que amplíe y blinde sus derechos, que suba impuestos de forma progresiva y de modo extraordinario a las fortunas. Una izquierda que, en definitiva, sea izquierda, no un quincemayismo con maquillaje progresista y corazón anti-ilustrado, postmoderno, sexista y neoliberal. Una izquierda que defienda un estado republicano socialista, laico y centralista, sin nacionalismos centrales ni periféricos. Una izquierda que no malentienda y pervierta la riqueza de la diversidad, cayendo en su trampa y encumbrándola como estandarte progre tras el que se oculta una clase obrera abandonada y diezmada sobre la que planean, en tanto buitres, una extrema derecha que se aprovecha, porque puede, porque la dejan, de la desesperación de los más vulnerables, por incomparecencia del rival.

Si existe una izquierda feminista, republicana y socialista será votada. Si no sólo no comparece, sino que quienes se dicen los asaltadores del cielo ahogan esa izquierda durante años hasta borrarla, entonces, no hablen de exquisitez en el elector de izquierda, ni de que el feminismo divide a la clase obrera, pues ustedes nunca han gobernado para ella –aún más: han declarado que tal categoría es vacía y obsoleta–. Ustedes, quienes fragmentan el voto de izquierda atomizándose cada medio año en tres siglas nuevas, no den lecciones de unidad frente a la derecha.

Unidad ante la derecha es no votarla. Ninguna de sus versiones. Ni la antifeminista conservadora ni la antifeminista queer. Ni la neoliberal a cara descubierta ni la neoliberal revestida de populismo apenas reformista. Ni la depredadora de la naturaleza ni la destructora de bienes y servicios sin ninguna preocupación profunda y una apuesta transformadora por el bienestar de cuantos/as habitamos el planeta.

Vindiquemos una izquierda sólida. Sobria. Articulada en pocos partidos y pocos sindicatos, todos socialistas (no socialdemócratas), todos republicanos, todos al unísono, todos conscientes del curso de la historia, todos agrandando la lucha de la clase obrera, todos tomando el cielo por asalto, hombro con hombro, hasta lograr la derrota del neoliberalismo, del generismo, de la misoginia en cualquiera de sus expresiones, de la explotación en todas sus formas, de la precariedad, la inestabilidad y la miseria, material, intelectual y ética a la que siempre, sin excepción, conduce la derecha. Lo denominado “la otra izquierda” no es sino, por pura lógica, la misma derecha.

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