Es “La religión, estúpido”

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Con el lema “la economía, estúpido”, James Carville, que dirigía la oficina electoral de Bill Clinton en 1992, popularizó la idea de lo que debía centrar el debate. Era uno de los puntos básicos para no perder de vista lo que es relevante de lo que es accesorio. Luego, se le añadió el verbo ser y quedó acuñada la frase “es la economía, estúpido”.

Esta máxima se puede llevar a casi cualquier campo de debate y aplicarse al caso de las mujeres ninguneadas, acosadas, maltratadas, asesinada; y especialmente allí donde sus derechos civiles son una declaración de intenciones -y en muchas ocasiones ni siquiera eso-, como es en los países que hacen de la religión un referente para su sistema legal, y donde la situación es sangrante.

Ante el hecho de “Han asesinado a una mujer -una más, y ya da igual dónde y el número que haga… la 45 de España, la 2.548 de Ciudad Juárez o la 548 de Mogadiscio, la han asesinado por ser mujer-, la respuesta son las condenas, las concentraciones, los minutos de silencio, los plenos municipales de repulsa, las declaraciones… Y vuelta a empezar.

Entre las explicaciones de estos asesinatos están las de hablar de psicópatas, de anormales, de machistas, y sobre todas y como origen: del Patriarcado. Que siendo ciertas todas, se ignora la primigenia y principal: La Religión.

Se da por buena la tesis de que la violencia del hombre sobre la mujer es la consecuencia de una sociedad patriarcal donde el machismo es la conducta lógica del hombre, donde los valores de esa sociedad están determinados por el patriarcado y explican toda la violencia que sufre la mujer.

Violencia que en cualquiera de sus grados, desde la más benigna, como sería la implicación menor en el mantenimiento de la casa o cuidado de hijos, hasta la más grave, como es el asesinato. Todo se entiende desde el punto de vista de cómo actúa el patriarcado.

Y esta idea de adjudicarle al patriarcado la responsabilidad está mal enfocada, es incompleta y elude señalar algunas responsabilidades, al tiempo que choca con algunas evidencias, como son:

  1. No existe una predeterminación genética que establezca la superioridad jerárquica o social del hombre ante la mujer. Al menos hasta la fecha no se ha identificado ese gen o genes.
  2. De esa ausencia de predisposición genética se deriva que no hay una intención perversa per se -biológicamente predeterminada- en los hombres para considerar como inferiores a las mujeres, agredirlas o relegarlas a unas tareas concretas más allá de las que determinaría la biología: la lactancia, por señalar algo evidente, salvo delirio queer.
  3. Hay hombres que en su trato habitual consideran a las mujeres como sus iguales. Con independencia de que los hombres nos hayamos beneficiado de las ventajas sociales de serlo a la hora de acceder a un puesto de trabajo o recibir más atención social por los logros profesionales, y todo lo que ello lleva asociado a la promoción social y profesional. Y sí, por supuesto que eso ya es mucho y profundamente injusto.
  4. Hay mujeres que comparten esa visión “patriarcal-machista” de las relaciones hombre-mujer. Que entienden que hay ciertas profesiones o situaciones en que la mujer está en desventaja o no tiene la capacidad física o intelectual para desempeñarlas. Que su lugar en la sociedad está determinada por la condición biológica de la maternidad y de ella es imposible escapar e incapacita para tener el mismo desarrollo socio-profesional que un hombre.

Entonces, si no hay un gen, si no hay una intención predeterminada, si hay hombres que no tienen una conducta de descalificación hacia la mujer y sus posibilidades, y mujeres que sí, ¿de dónde surge esa creencia que se ha dado en llamar machismo y cristaliza en la denominada sociedad patriarcal?

Veamos una explicación, aunque para ello haya que darse una vuelta por la evolución de la especie.

En el grupo primitivo, el de los primeros homínidos de hace 2 mio. años hasta el sapiens de hace 0,5 mio. años las tareas de mantener al grupo se repartían en función del sexo pero también de las habilidades y fortaleza física de cada sujeto del grupo, de modo que la biología determinaba qué hacía quien pero no en exclusiva el sexo. Es decir, una hembra joven podía participar en la cacería mejor que un menor, que un “anciano” o un enfermo. Su fortaleza física y agilidad eran un bien para el grupo que éste no podía desaprovechar por un criterio de “es hembra, luego no sirve para cazar, porque las hembras son inferiores a los machos”. Semejante razonamiento estaba fuera de la lógica de supervivencia que el día a día pedía al grupo.[1] [2]

E igualmente sucede con la aportación de alimentos recolectados sea carroña, frutos o pequeñas presas: para el grupo es primordial que se recoja la mayor cantidad posible, y ahí lo que cuenta es tener el mayor número de individuos útiles que puedan cargar con alimento sean machos o hembras. Y más transporta una hembra sana que un macho anciano o una cría. Con las cosas de comer no se juega cuando al aporte de calorías es lo que determina la supervivencia del grupo.

Y esto no es algo sólo del comportamiento del grupo homo, sino que se ha observado en otros primates superiores con los que compartimos tanto a nivel evolutivo: chimpancés, gorilas y orangutanes, con diferencias, por supuesto[3] [4]. En ellos, los comportamientos están determinados por la utilidad para la supervivencia del grupo y de la especie; y las tareas son en función de ese objetivo, no en un reparto en función del sexo más allá de las de determinadas por la gestación, parto y lactancia.

En la especie humana esas tareas, en su inicio, cumplían el mismo proceso que en el resto de primates superiores, pero con el añadido de que el proceso de encefalización y desarrollo del pensamiento abstracto -la inteligencia avanzada- traería que con “el espectacular desarrollo de las capacidades intelectuales de nuestra especie son producto de una evolución inarmónica que ha originado infinidad de complejos psíquicos y de comportamientos aberrantes”[5]. Y ese comportamiento aberrante o efecto indeseable del desarrollo intelectual es la creencia supersticiosa en cualquiera de sus formas; que con el desarrollo social desde el animismo a las religiones politeístas han derivado en las religiones monoteístas consolidadas de hoy en día: Judía, Cristiana e Islámica.

Y aquí está el origen del patriarcado: en el pensamiento supersticioso respecto a lo que no se entiende -en el caso de la mujer su capacidad de gestar, la perdida periódica de sangre, el parto…-, que si en un principio recibieron la atención y deificación en forma de “diosas de la fertilidad”[6] (hay que recordar que las primeras tallas humanas encontradas son de figuras femeninas, casi 15.000 años antes que aparezcan las fálicas), con amplias caderas y abultados pechos. Y que esa deificación, tan supersticiosa como otra cualquiera desapareciera necesitaba de una suplantación más poderosa en el aspecto simbólico, y ahí es donde surge el patriarcado como elemento secundario de una elaboración religiosa primitiva, por arcaica que ésta fuese, en la que elementos biológicos reciben una asignación y valor per se.

A lo largo de miles de años aquellas ideas primitivas de la primacía de lo masculino sobre lo femenino se perfeccionó hasta formar parte intrínseca de cualquier creencia religiosa: la mujer es un peligro en sí misma y hay que controlarla hasta sus últimas consecuencias, y si no acepta se llega al asesinato, si es necesario, porque la superestructura religiosa lo ampara bajo diferentes formas: crimen de honor, protección de la moral pública, etc.

Y a este respecto, el siguiente pasaje de “La guerra más larga de la historia” viene muy bien: “¿Por qué maltratan los hombres a las mujeres? Según un estudio realizado por las doctoras Esperança Bosch y Victoria Ferrer, psicólogas de la Universitat de les Illes Balears, es el dominio y el control que algunos hombres quieren ejercer sobre las mujeres lo que explica la violencia sobre la mujer.

En el estudio se entrevistó a 142 mujeres víctimas de malos tratos y se compararon las descripciones psicológicas que hicieron de sus agresores con las que realizaron otras 142 mujeres cuyos compañeros nunca han adoptado actitudes violentas y con los que disfrutan de una relación igualitaria. El estudio concluye que no es el consumo de drogas o de alcohol, ni el estrés laboral o el paro, ni la situación de marginalidad, ni la existencia de maltrato previo en la familia del agresor lo que explica el comportamiento violento que ciertos hombres adoptan contra las mujeres. Aunque algunas de estas variables puedan estar presentes en algunos casos de maltrato, la verdadera causa es ideológica (subrayado mío). Son las ideas misóginas «que ven en la violencia la única forma de mantener el control y el dominio sobre la mujer», es la creencia en la inferioridad de la mujer y en la superioridad del varón por el solo hecho de serlo”[7]

Y es ese aspecto ideológico (religioso) el que quiero señalar como elemento explicativo que asignan a la mujer un papel secundario e inferior respecto al hombre, y le adjudica unos papeles siempre supeditados al hombre.

¿¡Pero esto es el patriarcado!? Dirán quienes defienden la idea de que el patriarcado es la ideología primera como explicación del machismo, y es una creación de los hombres. Y tienen parte de razón, el patriarcado es una creación del hombre, pero lo hace a partir de un esquema ideológico previo: el religioso.

El patriarcado es un exudado de la religión, una forma purulenta de la creencia religiosa respecto a la mujer, una aplicación útil que se construye sobre un esquema aceptado por todo el grupo: Hombres y mujeres, mayores y menores. Hay unas fuerzas superiores, dioses o dios unipersonal que marcan la vida y el futuro, y una de esas formas de marcar el día a día es la que “un dios” que establece qué corresponde al hombre como referencia suya en la tierra. Es la imagen del poder divino en la Tierra desde el cacique al rey hasta llegar al último hombre como imagen de ese dios sobre el resto. Y en ese resto está la mujer, los menores y los animales, con los que la mujer ha sido comparada y siempre en su demérito.

Este planteamiento de hacer depender de una entidad superior (dios) el criterio de supeditación de la mujer al hombre tiene una enorme ventaja: Ahorra esfuerzo por controlar a la mujer. Que ésta acepte sumisamente que su papel en el mundo está por debajo y a merced del hombre porque hay un poder omnímodo que así lo dice, y puede castigarte con la condenación eterna, es una forma barata para que el hombre controle sin apenas esfuerzo lo que de otra manera le exigiría un gasto energético de altísimo coste. Usar la fuerza, el temor al castigo físico -que no se deja de usar, si es necesario- conlleva mucho gasto para el hombre. Nada mejor que la mujer interiorice el miedo a ofender al dios de turno como manera de autocontrol y aceptación pasiva de su posición en el mundo. El hijab, por ejemplo, es la imagen de esa sumisión y aceptación del lugar de la mujer en el mundo.

Por ello, cuando la mujer decide ser autónoma, decide ser sujeto, responsable de sí misma salta la chispa que enciende la violencia del hombre. Violencia que se alimenta de la creencia de siglos de “ser superior por mandato divino”. El “eres mía”, o “tú no vales nada”, o “te callas cuando yo hablo” están en el origen del valor consagrado en las religiones a hombres y mujeres.

Y es ese origen el que hace que la violencia del hombre sobre la mujer sea transversal a clase social o económica, origen étnico, etc., y no cambia la calidad de esa violencia: física, psicológica, económica. Es la misma en todo momento histórico y a toda clase social.

Éste es el origen del patriarcado: una aplicación de la religión al control del 50% de la humanidad, que a su vez se convierte, con mucha frecuencia, en la mejor transmisora de este modelo.

Cuando surge una discusión sobre los motivos de la sumisión de la mujer en cualquier sociedad es común atribuir al patriarcado esa situación y obviar el sustrato ideológico profundo del mismo.

De ese modo, grupos de mujeres cristianas demandan a la Iglesia que corrija su misoginia y acepte un papel más activo de la mujer y en pie de igualdad con el hombre en la comunidad cristiana: ser ordenadas sacerdotisas y oficiar misa, ocupar los puestos de la jerarquía, etc. Estas peticiones, lógicas desde el punto de vista de la lucha por la Igualdad chocan con la historia y el caldo de cultivo en el que se ha construido el cristianismo. Habría que recordarles a estas mujeres a quiénes considera la jerarquía eclesiástica Padres de la Iglesia y sus opiniones sobre las mujeres y su papel en la sociedad.

E igual se puede aplicar este esquema a cualquier otra religión sea judaísmo, cristianismo o islamismo.

Pues bien, a muchas personas, comprometidas con la igualdad y preocupadas por conseguir una sociedad en que el sexo no sea lo que marque la diferencias en los derechos civiles les es muy incómodo aceptar que tras el patriarcado, y sosteniéndolo, esté la religión. Disocian la creencia religiosa de la denuncia del patriarcado, no ven la relación entre la aceptación irracional -por no evaluable lo que sólo se acepta por la fe- de unos principios religiosos con la aceptación de que el hombre es superior a la mujer -que no deja de ser otra idea irracional, tanto como creer en el “misterio” de la Trinidad- si bien siglos de lucha feminista e Ilustración han ido socavando, en occidente sobre todo, hasta dejarla en un idea ridícula sólo con enunciarla, y que para pasar desapercibida se cuela ahora en la defensa del hijab, la gestación subrogada o en la ideología queer, que elimina a la mujer como sujeto de derecho.

Por supuesto, los maltratadores no son en exclusiva individuos creyentes, pues hay quien tiene profundas creencias y de ellas extrae su respeto a su pareja y no es nunca un maltratador ni lo entiende o justifica. Y como creyente, y a poco concienciado que esté, acepta que hay que acabar con el patriarcado, porque como éste es independiente de la creencia religiosa cree que se puede acabar con uno sin tocar lo otro.

Pero el ser ateo o agnóstico no asegura que esa ausencia de creencia religiosa actúe como freno a los maltratos y asesinatos de las mujeres. Ojalá fuese tan sencillo.

En la última encuesta del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) sobre sentimiento religioso de junio de 2020 -que recoge Maldita.es[8]–  el porcentaje de españoles que se declaraban ateos o no creyentes había pasado de un escaso 10% en 1978 a casi un 37% en 2020. Pero que el sentimiento sea de una fuerte presencia de la no creencia, especialmente entre los grupos menores de 35 años, no implica que no hayan sido educados “religiosamente”. Aunque vivimos en un país oficialmente aconfesional la religiosidad se filtra por todas las instituciones, festividades, actos y sentimientos populares; y en la escuela ha sido omnipresente, durante el franquismo por motivos evidentes, y con la democracia por la dejación de los gobiernos que en período electoral se declaran laicos y en una vez en el Gobierno le dan a la Iglesia el 0,7%, pagan religiosamente una asignación mensual y consienten que ocupen los espacios educativos por la vía del Concordato o dejan que esquilmen el patrimonio inmobiliario con las inmatriculaciones.

Y esa impregnación social de lo religioso tiene sus efectos en toda la sociedad. Podremos declararnos ateos o educadamente “no creyentes”, pero nuestra educación como individuos se ha empapado desde la cuna de creencias religiosas. Estaban en el ambiente, en las costumbres, en las frases hechas… Otra cosa es que por el desarrollo personal se haya llegado a ser ateo/a, pero la impregnación de desprecio de la mujer que la Iglesia, en el caso de España, ha transmitido históricamente -y hemos adquirido vía familiar y escolar- queda como un virus larvado dispuesto a actuar en cuanto bajen las defensas de la racionalidad. Esa impronta religiosa interiorizada es la que no salva al ateo de ser un maltratador en cualquiera de sus variantes.

En conclusión: se puede seguir adjudicando al patriarcado la culpa de la misoginia, el maltrato, los matrimonios infantiles, el acoso sexual, el techo de cristal y el asesinato de las mujeres, pero mientras no se señale directamente a la religión como la causante última y se combata contra ella se estará equivocando el objetivo, y por ende las estrategias para erradicarlo.


[1] Arsuaga, J. L. y Martínez, I. (2009). La especie elegida. Temas de hoy.

[2] Fisher, H. (1992). La anatomía del amor. Anagrama.

[3] Pruetz, J. D., & Bertolani, P. (2007). Savanna chimpanzees, Pan troglodytes verus, hunt with tools. Current biology, 17(5), 412-417

[4] Fisher, H. (1992). La anatomía del amor. Anagrama.

[5] Levi-Montalcini, R. (1999) Elogio de la imperfección. Tusquets.

[6] González Morales, M. R. (2007). La imagen del sexo en el Paleolítico, en La imagen del sexo en la Antigüedad. Tusquets.

[7] Venegas, L., Reverte, I. M. y Venegas, M. (2019). La guerra más larga de la Historia: 4.000 años de violencia contra las mujeres. Espasa.

[8] https://maldita.es/malditateexplica/20200710/espana-menos-catolicos-cis-ateos/

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