Un consenso socialista chino

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“(a) El monopolio del poder político que ostenta el Partido Comunista Chino (PCCh) no debe ser desafiado; (b) dentro de los límites de, y para reforzar, la condición (a), el desarrollo económico debe interpretarse como la esencia del socialismo, y por tanto de una importancia capital; y (c) en lo que respecta al proceso de toma de decisiones, el régimen personalista debe ser sustituido por el dictamen del partido, es decir, por un proceso de toma de decisiones colectivo basado en el consenso”. [Tercer Pleno del 11 Comité Central del PCCh, diciembre de 1978].

La cita anterior recoge el consenso que impera en China desde 1978. Dicho consensó marcó la llegada al poder de Deng Xiaoping y el arranque de las reformas económicas que duran hasta el presente, en el que se celebran los 100 años del nacimiento del PCCh. La cita fue recogida por Xu Chenggang, profesor de economía en la Escuela Superior de Negocios Cheung Kong de Beijing, en su fundamental trabajo de investigación The Fundamental Institutions of China’s Reforms and Development [Las Instituciones Fundamentales de las Reformas y del Desarrollo de China]. Partiendo de dicha obra y de artículos anteriores dedicados a lo que he denominado socialismo fiduciario y consenso de la moneda moderna, voy a analizar el consenso chino para proponer las reformas de carácter socialista que a mi entender ayudarían a mejorar las condiciones de vida del pueblo chino. Para ello, haré una interpretación de la información proporcionada por el profesor Xu dividida en dos niveles, uno de carácter ideológico y otro de carácter económico.

Xu llama al modelo económico chino “sistema autoritario regionalmente descentralizado”. Según este modelo, son el gobierno central y la dirección del PCCh los que controlan y deciden los cargos de representación política de las diferentes provincias chinas. Una vez realizada esta elección, son dichos cargos los encargados de gestionar la mayor parte de la economía, ya que casi el 70% del gasto público se realiza a nivel regional y más de 55% a nivel subprovincial. Después, lo que se establece es una competición entre las diferentes provincias. Estas son colocadas en un ranquin de crecimiento económico y tienen que competir entre ellas para escalar en dicho ranquin. A su vez, las provincias están divididas en municipios (o prefecturas), estos en condados y los condados en ayuntamientos. La competencia se establece en todas las subdivisiones, de manera que los gobiernos subnacionales que tienen más éxito son recompensados por el poder central con mayor cantidad de recursos. Por tanto, el acceso a mayores recursos pasa por el éxito en la gestión económica. He aquí la base sobre la que se establece la economía china y lo que la distingue de cualquier otro modelo económico jamás visto.

Los resultados económicos de este modelo están siendo espectaculares. Antes de 1978, el crecimiento anual chino era del 4,4%; entre 1978 y 2011 fue de 9,5%. La participación de la productividad total de factores en el crecimiento era del 11% antes de 1978; entre 1978 y 2011 fue del 40%. Gracias a esto, entre 1978 y 2011 el PIB se multiplicó por 8, un nivel de crecimiento sin parangón en la historia de la humanidad. Tal y como explica el profesor Xu, una de las consecuencias ha sido que “la población china en pobreza absoluta (definida esta como un ingreso de $1 al día o menos) se redujo del 50% al 7% en 20 años, a la vez que el número de individuos en pobreza absoluta disminuyó en casi 400 millones de personas. Este número representa casi las tres cuartas partes de la reducción de la pobreza en todo el mundo en vías de desarrollo (según datos del Banco Mundial en 2003)”.

¿Qué lecturas políticas se pueden hacer de lo anterior? En mi opinión, sobre todo una: China ha roto definitivamente el nexo de unión que Karl Marx estableció entre el llamado problema de la realización de los beneficios y la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia.

Recordemos que, en el segundo volumen de El Capital, Marx se enfrenta con una pregunta ineludible: ¿Cómo es posible que el capitalista sustraiga constantemente de la circulación más dinero del que introduce en ella? Por supuesto, el origen de esa sustracción tiene que ser la plusvalía, mas “el problema no estriba […] en saber de dónde proviene la plusvalía, sino de dónde proviene el dinero en que la plusvalía se convierte”. La respuesta a esta pregunta es un momento decisivo en la obra Marx. Su razonamiento es el siguiente: el origen del dinero en el que se convierte la plusvalía tiene que ser compatible con la ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, la tesis fundamental que Marx quiere demostrar para conseguir su fin último, que no es otro que exponer el colapso inevitable del capitalismo, entendido este como un sistema productivo basado en la propiedad privada de los medios de producción.

No obstante, nos encontramos ante un razonamiento claramente ad hoc. Es decir, en vez de analizar la cuestión de forma empírica, Marx diseña la respuesta a la pregunta sobre el dinero en el que se convierte la plusvalía de manera que encaje con sus conclusiones predeterminadas. Así, Marx responde a la pregunta mediante las transacciones que se producen en el sector privado e ignorando la existencia del sector público, y para ello recurre a la máxima de Parménides de Elea ex nihilo nihil fit, “de la nada no sale nada. La clase capitalista en su conjunto no puede retirar de la circulación lo que no ha lanzado previamente a ella”. Se trata de uno de los momentos en los que la existencia del patrón oro se convierte en un pilar fundamental de la obra de Marx sin el que no se puede entender su pensamiento. Si el dinero no se puede crear ex nihilo, tiene que tratarse entonces de un fenómeno natural preexistente. El oro y su extracción es la pieza que encuentra Marx para resolver el rompecabezas. Los capitalistas retiran más dinero del que introducen en la economía porque se crea más dinero a partir de nuevas extracciones de oro y plata. Así, “[la producción capitalista] se desarrolla, en realidad, a la par con el desarrollo de sus condiciones, y una de ellas es la afluencia de metales preciosos en cantidad suficiente”. Aquí suficiente no significa que todo el dinero esté respaldado por metales preciosos, sino que la cantidad de metales preciosos tiene que bastar para permitir la circulación de mercancías, la cual también depende del crédito. Según Marx, ese crédito durante las transacciones del sector privado sumado a las reservas de metales preciosos basta para permitir y explicar todos los procesos que se dan en el capitalismo, que él recoge en sus esquemas de reproducción ampliada y reproducción simple, y no duda en recurrir al pensamiento mágico para concluir que “la circulación suda constantemente dinero”.

Al no recurrir al sector público como fuente de realización de los beneficios, Marx también logra salvar su ley de la tendencia decreciente de la cuota de ganancia, ya que la producción de oro y plata, con sus particularidades, también se explica como la producción del resto de mercancías. Por tanto, las contradicciones dentro del sector privado, en el que, para poder competir entre ellos, los capitalistas se ven obligados a disminuir los salarios y a aumentar las jornadas laborales constantemente, solo pueden tender a aumentar hasta un punto en el que la cuota de ganancia de los capitalistas, debido a la siempre menguante capacidad de consumo de los trabajadores, se reduce tanto que todo el sistema capitalista se viene abajo.

Ahora nos montamos en una máquina del tiempo y viajamos aproximadamente un siglo hacia el futuro. Al bajarnos de la máquina el capitalismo sigue ahí. Es el 1 de enero de 1979. Deng Xiaoping aterriza en Washington D.F. para reunirse con el presidente Jimmy Carter. Lo que pasó en aquella reunión asombró al mundo. El máximo dirigente del Partido Comunista Chino expuso a Jimmy Carter los tres puntos del consenso chino con los que comienza este artículo. A diferencia de los dirigentes soviéticos, Deng no planteó la relación con EE.UU. como una confrontación entre dos sistemas económicos opuestos y enfrentados llamados a destruirse el uno al otro. No hubo referencias a inexorables leyes históricas. No se produjeron amenazas mutuas. Lo que Deng le ofreció a Carter fueron acuerdos comerciales. Deng explicó a los americanos que su objetivo no era la destrucción del capitalismo en EE.UU., sino la cooperación económica basada en la no injerencia. Si los estadounidenses reconocían y respetaban la soberanía del pueblo chino, China no se inmiscuiría en sus asuntos internos. Por el contrario, ofrecería a las empresas norteamericanas un punto de acceso al mercado asiático muy beneficioso para ambas partes. Carter no solo aprovechó la oportunidad comercial que le ofrecía Deng, también reconoció oficialmente a la República Popular China surgida de la revolución de 1949.

A mi entender, la inteligencia mostrada por Deng Xiaoping en aquel momento fue asombrosa. Estoy convencido de que solo gracias a ella el PCCh sigue hoy en el poder ¿Qué sabía ese veterano militante comunista que no sabía Marx? La respuesta la encontramos en la fecha de la reunión, 1 de enero de 1979, más de 7 años después de que el 15 de agosto de 1971 el presidente Richard Nixon acabara con el patrón oro. Eso son más de 7 años demostrando que el dinero desde siempre ha sido una creación ex nihilo. Deng sabía esto perfectamente, ya que no solo era el heredero de la revolución de Mao, también era hijo del país que creó el papel moneda en el siglo VII. Plantear las relaciones chinas con EE.UU. desde una atalaya desde la que preconizar el colapso inminente del capitalismo no tenía ningún sentido. Deng sabía que ese colapso no se iba a producir. Esto le permitió superar la fórmula trinitaria enunciada por Marx en el capítulo XLVIII del tercer volumen de El Capital, según la cual solo hay tres fuentes de renta: el capital-ganancia, la renta del suelo y el trabajo-salario. Deng sabía que las fuentes no eran tres sino cuatro, ya que a la lista de Marx había que sumar el gasto público como fuente de realización de beneficios. Por eso, el banco central chino, llamado Banco Popular de China, ha jugado un papel fundamental en el desarrollo del país desde 1978 financiando el gasto de los gobiernos subnacionales y asegurando que la competición entre las diferentes provincias se da en igualdad de condiciones.

Tal y como explica el profesor Xu, esta estructura regionalmente descentralizada convirtió “a muchos burócratas regionales en funcionarios emprendedores”. La descentralización permite que los éxitos o los fracasos sean experimentados en primer lugar a nivel local, sin desestabilizar el conjunto del país, y permite una mayor identificación ciudadana con las instituciones, lo que debilita la oposición política. Esto es posible porque las regiones chinas, al ser tan extensas, son en gran medida autosuficientes, lo cual permite fabricar una gran diversidad de mercancías. Los productos bajo el control del Gobierno central nunca llegaron a ser 1000 y en China solo existen 30 ministerios. Por consiguiente, el gobierno central es mucho más pequeño que en otros países socialistas y solo controla los sectores económicos esenciales (propiedad de la tierra, banca, energía, telecomunicaciones, ferrocarriles, etc.). Si una reforma tiene éxito en una provincia, es posible que otras provincias adopten la misma reforma. Si la reforma fracasa, es rechazada. En cualquier caso, la estabilidad del conjunto del país no se pone en riesgo. Así fue cómo se produjo el paso de una economía centralmente planificada a una economía mixta de mercado en la que existen todo tipo de empresas (públicas, privadas, cooperativas, de titularidad compartida, etc.).

Al ser un economista perteneciente a la corriente dominante, hay un momento de su paper en el que al profesor Xu le asalta una duda y se pregunta cómo es posible que China haya tenido tanto éxito. La corriente principal de la economía está dominada por el consenso de Washington y por la ley de Say, según los cuales la no intervención pública es fundamental para que broten mercados florecientes en los que, por arte de birlibirloque, la oferta crea su propia demanda. China es un ejemplo de todo lo contrario. Allí la intervención estatal y del PCCh es enorme en todos los campos. Sin embargo, el crecimiento económico es mucho mayor que en occidente, lo cual demuestra que el modelo chino, pese a sus evidentes deficiencias, es mucho menos corrupto y mucho más eficiente que el de Wall Street, la Unión Europea y el resto de organismos regidos por el consenso de Washington, la absurda ley de Say y los modelos económicos basados en el lado de la oferta.

No obstante, es necesario tratar también las grandes deficiencias del modelo chino, ya que dichas deficiencias surgen en gran medida por la introducción en sus instituciones de paradigmas económicos de corte neoliberal. El ejemplo más importante lo encontramos en la persona del Primer Ministro, Li Keqiang (al que afortunadamente Xi Jinping no parece hacer mucho caso). Las políticas económicas impulsadas por Li, que posee un doctorado en economía por la Universidad de Pekín, son de carácter marcadamente neoliberal y están profundamente influenciadas por el consenso de Washington. Como siempre en estos casos, el sesgo neoliberal se traduce en una animadversión irracional a los déficits públicos. El 28 de mayo de 2021, Li dijo en una rueda de prensa:

“Esta vez el gobierno central está tomando la iniciativa a la hora de apretarse el cinturón. Vamos a reducir el gasto directo del gobierno central a menos de la mitad para que los fondos puedan fluir hacia las empresas y las vidas de las personas. Todos los niveles del gobierno deben apretarse el cinturón. Queda absolutamente prohibido involucrarse en formalidades y en cosas en las que hay que gastar mucho dinero”.

El sesgo neoliberal de estas declaraciones es evidente. Según Li, el gasto público confisca ahorros que disminuyen la inversión. Como todos los neoliberales, entiende los fenómenos económicos al revés. El gasto público fomenta la inversión porque hace aumentar el saldo de las reservas bancarias. Esto fomenta la demanda y por tanto las inversiones. Reducir el gasto público y pensar que con ello las empresas y las vidas de las personas van a salir beneficiadas es no enterarse de nada. La reducción del gasto público preconizada por Li solo hará aumentar el endeudamiento privado y el desempleo.

En este gráfico se muestra la evolución del déficit público chino y su evolución prevista hasta 2026.

La COVID hizo que el déficit aumentara hasta el 11,39% en 2020. Gracias a ese déficit, China pudo contener la pandemia. Desde una perspectiva socialista, estos datos deberían facilitar la interpretación del déficit público como lo que verdaderamente es: una herramienta para atajar los problemas sociales, que en el caso de China son muchos y cada vez más graves. Por tanto, en vez de hacer de la reducción del déficit público un fin en sí mismo, Li debería olvidarse del nivel de déficit y centrarse solo en los problemas sociales. Para ello, mi propuesta de socialismo fiduciario se basa en lo que he denominado índice Lerner, que se calcula atendiendo a la distancia que dista entre una situación económica concreta y otra en la que el desempleo y el valor absoluto de la inflación son igual a cero. En el caso de China, la evolución del índice Lerner entre el año 2000 y 2016 fue la siguiente:

El método para llevar a la economía china hasta el punto Lerner deberían ser los planes de trabajo garantizado basados en las reservas de estabilización de empleo, ya que estos planes convierten al pleno empleo permanente garantizado por ley en un estabilizador automático de los precios. El proceso para llegar al punto Lerner en China no debería ser muy complejo, ya que en 1994 el gobierno chino recuperó la recaudación de impuestos como una de sus funciones y desde entonces ha sido capaz de controlar la inflación muy eficientemente. Por tanto, el establecimiento del pleno empleo y el nivel de precios correspondiente debería producirse lo antes posible.

Este debería ser el primer paso para la consecución de lo que he denominado los cinco fines del socialismo, que recordemos que son:

  1. Pleno empleo garantizado y permanente.
  2. Utilización plena y prudente de los recursos naturales.
  3. Garantía a todo ciudadano de comida, alojamiento, vestido, servicios sanitarios y educación.
  4. Seguridad social en forma de pensiones y subsidios.
  5. Garantía de estándares laborales dignos.

China tiene los recursos y las capacidades suficientes como para garantizar estos cinco puntos a toda su población. Por tanto, soy de la opinión de que estos cinco puntos deberían incorporarse a los tres puntos del consenso chino establecimos por el gran Deng Xiaoping. El esfuerzo para conseguir estos cinco puntos no debería ser muy grande para el gobierno chino y los beneficios que le reportaría serían gloriosos. Creo que ese el espíritu de estas declaraciones de Deng en 1994: “Para construir el socialismo es necesario desarrollar las fuerzas productivas […]. No será […] hasta que hayamos conseguido el nivel de los países moderadamente desarrollados cuando podamos decir que verdaderamente hemos construido el socialismo y declaremos con convicción su superioridad con respecto al capitalismo. Hacia ese objetivo vamos”.

Por desgracia, millones de personas no tienen asegurados esos cinco puntos. En China se dan todavía condiciones de miseria y de explotación como en el capitalismo más salvaje que han convertido al país en uno de los más desiguales del mundo en términos de reparto de la riqueza. Si el PCCh decidiera acabar con esa explotación implementando los cinco fines del socialismo, ganaría un enorme apoyo entre las clases más humildes, las mismas que le crearon hace 100 años, y reforzaría su gobierno del país.

Euro delendus est

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