Julio Anguita

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El 16 de mayo de 2020 moría Julio Anguita González. Uno de los políticos que más admiración y simpatía ha recibido en vida por parte de sus enemigos políticos de la derecha en vida, y menos entre la izquierda, que ahora lo ensalzan sin apenas crítica.

A su muerte se dieron multitud de condolencias, loas a su honradez, su coherencia, su labor política de denuncia de la corrupción, su pelea constante contra la indiferencia en la política, su crítica dura y certera de la derecha, a la necesidad de unir esfuerzos… Todo eso, y más es cierto.

Se le ha presentado como el ideal del político de izquierdas: honrado, comprometido, seguro de su misión, con ganas, convencido del servicio público que es la política, con carisma, culto, con ideas claras… pero había algo en su discurso que no llegaba. Era demasiado rígido en su “verdad”, demasiado “seguro” de la misión de la izquierda. Era más un “teorizante” que un “teórico”.

Julio Anguita, tan seguro, tan imbuido de la misión de la izquierda recordaba el viejo comunismo de un Alvaro Cunhal (PCP) o de un Georges Marchais (PCF), a años luz de Enrico Berlinguer (PCI) o de Santiago Carrillo (PCE). Unánimemente se le llamaba “maestro”, por serlo de profesión y por ser una referencia política para la izquierda.

En los debates su conocimiento, su análisis le hacían imbatible. Su educación, su pasión cautivaban al auditorio fuese el que fuese. La Red está llena de sus discursos, a veces casi homilías, que se ponen como ejemplo de un político honrado, de izquierdas y visionario.

Es casi imposible no estar de acuerdo con él. Imposible encontrar un resquicio a sus razonamientos por donde ponerle en un aprieto. Su discurso es certero, duro, bien construido, dicho con aplomo, seguridad y educación. Y sin embargo, su política destruyó a IU. La llevó a lo más alto y la dejó al borde del despeñadero, que pasando el tiempo la ha convertido en una apéndice de Podemos.

Todas las virtudes de Anguita como orador, analista le convertían en su peor enemigo. Era tan sólido en sus creencias -que es una virtud, sin duda- que no dejaba lugar a la discrepancia. Era un magnifico analista y estratega, pero un pésimo táctico.

Su postura de “las dos orillas” era atractiva y le sirvió a la derecha para segar la hierba bajo los pies al PSOE. Cómo la aplicó Anguita fue un error que le pasó factura, no inmediatamente, porque obtuvo los mejores resultados de IU en 1996 (21 diputados), y luego el vacío. En el 2000 y en una anunciada coalición con el PSOE sacó 8. Y desde ahí cuesta abajo hasta hoy.

Era correcta su crítica al PSOE, a las privatizaciones de empresas, a las reformas de Solchaga y antes las de Boyer -preludio de los contratos basura y la gentrificación de las ciudades-, la traición con el referéndum de la OTAN. Todo ello era cierto. Pero se equivocó en el cómo.

El PSOE estaba podrido por múltiples casos de corrupción, enfangado en el GAL. Había absorbido todo a su izquierda: PTE, ORT, PSP, ex dirigentes PCE… y eso a Anguita le dolía. Su crítica era despiadada y con ella molestaba a muchos de sus posibles votantes desencantados con el PSOE, pero que no disfrutaban con el despiece que hacía del histórico partido socialista.

La derecha alababa su coherencia y honradez y los desencantados de la izquierda pensaban que se pasaba de frenada. Ganaba votos, sí, pero a costa de hundir al PSOE y aupar al PP. Hizo un pan como unas tortas. Tenía razón en lo que criticaba pero no cómo y a quien favorecía.

Sartorius, López Garrido y otros en el PCE avisaban de lo peligroso de esa estrategia. Anguita no escuchaba. Tenía razón y húndase el mundo entonces. Decía Anguita: «Hay que llevar a don Quijote a los Presupuestos Generales del Estado» y nadie sabía a qué se refería. Creo que él tampoco.

Esa elevación del discurso llevó a Herminio Trigo, su segundo en el Ayuntamiento de Córdoba a señalar sus virtudes y sus defectos como político: «Era un hombre de principios. Y los que descubrió cuando se convirtió al marxismo ya no los ha cambiado nunca. Planteaba soluciones en la utopía. No era gestor ni la gestión le interesaba. Quería hacer la revolución. Las farolas y las aceras no eran lo suyo».

Cosechaba aplausos de unos mientras otros no sabían qué quería decir con esas referencias tan cultas. Anguita parecía en sus intervenciones dogmático y excesivo. O con él o contra él. Expulsó o arrinconó a quien se le opuso: a los gallegos por su alianza con el PSOE, al Secretario General de CC.OO. Antonio Gutiérrez.

Tras un infarto en 1993 y otro en 1998 dejó la coordinación de IU. Tras  dejar la política activa volvió a su puesto de profesor de historia en un instituto, y al jubilarse renunció por escrito a la pensión que como ex parlamentario le correspondía. «Tengo una pensión de 1.848 euros, un Seat León y un ordenador. ¿Para qué más?». Honesto y coherente con sus ideas dio ejemplo de lo que predicaba.

Sí, Anguita era honesto, coherente, sabio, apasionado, de izquierdas, un maestro… Pero también intransigente; y por ello responsable de un fogonazo de éxito de IU en 1996 y del posterior hundimiento en 2000, aunque fuese Francisco Frutos quien tuvo que tragarse ese sapo.

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