Educación sexual V: El control del cuerpo (el médico III – España)

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Por estas tierras ha habido de todo. Desde el médico de Felipe II Lobera (1551), que ve que el sexo es bueno porque por “su deleite, los hombres lo ejercitan con toda su fuerza y en todo tiempo” a Criado (1902) y condena sin paliativos el vicio solitario. En esto, como en tantos otros aspectos los “antiguos” no han sido tan represivos como los “modernos” y los contemporáneos creemos con frecuencia, porque si el conocimiento técnico de Lobera (s. XVI) no llegaba al que tenía Criado (s. XX), en apertura de mente le daba mil vueltas, salvando las distancias de casi 4 siglos.

En España el estudio de la sexualidad estuvo desde el s. XVI referido a las “casas toleradas”, a la prostitución y la sífilis, pues lo que había en el matrimonio era “otra cosa” y fuera del débito conyugal todo era lascivia, adulterio -pecado y delito- o prostitución. El interés médico iba de la mano de la preocupación -de boquilla-, de las autoridades por esa “lacra social” que es la prostitución y cómo controlar la “mala vida”. Y ese era el campo de la sexualidad sin reconocerse este nombre como tal en esos momentos y estudios.

Con el tiempo, el prestigio y expansión de los estudios neurológicos, endocrinos y psiquiátricos dieron pie a la “clínica arqueológica” (Marañón), que intentó de explicar los procesos históricos mediante el examen médico-psiquiátrico y de la sexualidad de sus protagonistas. De esa manera estudia el personaje del D. Juan y cómo éste “con cuánta frecuencia la gran tramoya de los hechos públicos ha sido conducida por individuos, o francamente enfermos”, siendo D. Juan un ejemplo de enfermedad. O la alcahueta, representada por la vieja Trotaconventos o La Celestina.

Pero volvamos atrás. Lo cierto es que en España la medicina -los físicos, que se decía entonces- trabajaron poco el asunto de la sexualidad entre los s. XVI a XVIII. Ahí, nuestros físicos iban a remolque de lo que los europeos escribían. Se centraban en la reproducción, fin principal y sagrado del sexo matrimonial, y en la prostitución, válvula de escape del sexo matrimonial y refugio de las más pobres.

Si se quiere conocer de qué iba esto del sexo en la España del XVI al XVIII hay que acudir al Registro general del Sello, Chancillerías, Cartas de Perdón de Viernes Santo, Audiencias o al Tribunal Supremo; oficinas a las que llegaban los problemas de los matrimonios como Dios manda. Los otros, los que causaban escándalo público, iban directamente al alguacil o al Santo Oficio.

En la práctica, hasta mediados del XIX, quienes llevan la voz cantante en esto era el clero vía Inquisición, que igual perseguía herejes que condenaba las conductas sexuales de homosexualidad, bestialismo o sodomía. Y en este aspecto los manuales de confesores eran su manual de “sexología clínica”.

La medicalización de la sexualidad, que había comenzado en Europa con la publicación por Tissot de L’Onanisme, llega a España con retraso (1807), pero con los mismos efectos devastadores que se extienden hasta fechas muy recientes. El Dr. Criado (1902) introduce la masturbación como una enfermedad del sistema nervioso en su Tratado teórico-práctico de las enfermedades de los niños, comentando que “La perspicacia disminuye … presenta vértigos … llegando a la enajenación mental”.

Como prevención de una sexualidad desbocada en la infancia los pediatras llegaron a recomendar el uso de bromuro, pinceladas de COCAINA en el glande y clítoris y en situaciones extremas la cauterización, circuncisión, cinturón castidad, etc. Y vigilancia paterna (Criado, 1902).

El que el estudio de la sexualidad no se desarrollase en España, salvo lo referido al sexo reproductivo o la prevención de la prostitución y las venéreas, y llegase tarde tuvo un efecto positivo, pues cuando lo hace es de la mano de Krafft-Ebing, Havelock Ellis,  S. Freud, Iwan Bloch, que influyen en médicos y divulgadores como Morata, Hildegart Rodríguez, Huerta, Noja o Marañón.

En los años 30 médicos como el Dr. Escalante editaba títulos como “Iniciación en la vida sexual”, “La moderna educación sexual”, “Higiene secreta del matrimonio” o “Virginidad y desfloración”. Y como acompañaba estos manuales divulgativos de abundantes esquemas y fotos sus obras se convirtieron en un éxito. Las ilustraciones eran un reclamo muy atractivo. Y para dejar constancia de la seriedad de sus obras las subtitulaba “avaladas por los Drs.  Segismundo Freud, Havelock Ellis, Augusto Forel, Magnus Hirschfeld, William Drauger y Gregorio Marañón”. La crême de la crême de la época en estudios sobre sexualidad.

Se recogía lo que se predicaba desde la Liga para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas respecto a no dejar ni un solo aspecto dela sexualidad sin tocar, y con esa cobertura se atrevía con títulos y temáticas tan escabrosas para el público como “Satanismo erótico o El amor y la lujuria en los procesos e historias de la magia negra y la hechicería” con detalladas ilustraciones en su interior que eran explícitas a más no poder. El Dr. Escalante dominaba las técnicas de la mercadotecnia a la perfección.

Escalante se muestra pro divorcio, pro relaciones sexuales abiertas y que la mujer tenga derecho al placer y sea sujeto activo en las relaciones. También cree que la homosexualidad es una enfermedad aunque se alegra de que deje de ser delito. Hijo de su tiempo, al fin y al cabo.

La Liga para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas era la filial que en España llevaba a cabo las ideas de la Liga Mundial para la Reforma Sexual, y en la que la jovencísima Hildegart Rodríguez era una de sus figuras más destacadas como difusora de las ideas anticonceptivas.

Otro personaje muy influyente en esos años el Dr. Martín de Lucenay, que escribe sobre el sadismo y masoquismo, aparte de aspectos generales de la sexualidad en Temas sexuales. Biblioteca de divulgación sexual. Incluso un tema tabú como es la homosexualidad femenina fue tratada por el Dr. Pladeur en “Las mujeres lesbianas: Mujeres-hombres y matrimonios de mujeres”. Donde se describen las relaciones admitiendo que la pasión y el amor pueden ser iguales a las de los heterosexuales.

Los años 20 y 30 del s. XX fueron en España un periodo de alto nivel intelectual y científico en este aspecto de la sexualidad frente al s. XIX y anteriores. Había pasión por aprender, se buscaba el máximo rigor en lo que se publicaba, aunque hoy no daríamos por buenas muchas de las opiniones que entonces se mantenían.

Y con sus más y sus menos esos años tuvieron un punto de vista distinto al del pecado, aberración, anormalidad, enfermedad que primaba en la literatura médica habitual hasta ese momento. Luego, llegó Franco y se torció todo. Se volvió al confesionario y a la patología más vulgar.

La derrota de la II República supuso una hecatombe humana, la perdida de la mejor  generación del siglo en lo científico, literario, artístico y político de España en los últimos 100 años. Volvió la clerecía y el pecado en todo lo sexual. Aquellas tremebundas advertencias sobre el sexo, que creíamos superadas, vuelven a dominar el panorama médico desde la infancia a la vejez. El control del cuerpo debe de ser total, hay que salvar el alma y la nación. Y el cura y el médico son aliados naturales en darle a la patria una juventud sana de alma y cuerpo.

Se llega a avisos tan estrambóticos como advertir del peligro del sillín de la bicicleta como despertador a destiempo del sexo (Corominas, 1958). Se “sabía” que un temprano despertar sexual conllevaría una grave alteración del camino hacia el “amor heterosexual auténticamente humano y creador” (Ripoll y Martínez, 1979).

Era la actualización que nunca había dejado de estar presente en la literatura médica y con el triunfo del franquismo recuperó toda su fuerza: El peligro del sexo en la infancia Monmeneu (1927) e impregnó el “estudio” -censura- de la sexualidad. Era tan fuerte este planteamiento, que incluso a personajes “progresistas” de la medicina, que trabajaban en la Liga de la Reforma Sexual, como Juarros o Novoa coincidían en los peligros del sexo y la sexualidad como algo sospechoso.

La masturbación, el gran pecado, estaba en los manuales como causa de todos los males, ya que en la mujer “es causa de la frigidez o frialdad sexual” (Algora, 1953), contra la que toda prevención era poca y cuanta vigilancia se ejerciera mejor que mejor. Y en el caso de los niños había que poner especial cuidado “cuando se laven los genitales [del bebé] debe hacerse evitando roces que despierten sensibilidades peligrosos (onanismo)” (Raventós, 1964). “Evitad colchones blandos”; “ropas ajustadas”; “y dejadlo en manos de Dios” (Ángel del Hogar, 1969 –Manual para la familia).

Las ideas del amor libre de los ambientes hippies de los 60-70, la búsqueda del placer que posibilitaba el cada vez más fácil acceso sobre anticonceptivos -fuera de España- que se traían de contrabando por los que viajaban a ver El último tango en París alertó a los médicos, y fue el nuevo campo de batalla contra la sexualidad.

Balcells (1979), ante esto escribiría que el “puro erotismo reduccionista del sexo a la esfera corporal, inhumano y egocéntrico, anatomía y fisiología con ribetes pseudocientíficos” tendría consecuencias “lamentables y contraproducentes”.

Estos comentarios tienen más de opinión particular que profesional, pero es una vieja tradición médica el usar su prestigio para sentar cátedra, desde la salud del cuerpo físico al cuerpo social. Eran los aliados perfectos del clero. Lo que Dios mandaba, ellos lo certificaban.

Un ej.: La coeducación. El franquismo la prohibió apenas acabada la Guerra Civil por un decreto de 1 de mayo de 1939 siguiendo las ideas de Onésimo Redondo, ya que la coeducación era “un capítulo de acción judía contra las naciones libres, un delito contra la salud del pueblo, que deben penar con sus cabezas los traidores responsables”.

Esto era ideología pura y dura, pero ¿queremos que sea “ciencia”? Pues ahí tenemos al ginecólogo Botella Llusiá: “En esta educación juvenil de la mujer es un error educar a las mujeres igual que a los hombres. La preocupación que deben recibir para la vida es radical y fundamentalmente distinta”. Y añadía: “Una formación encaminada no a hacer de ella un buen ciudadano, sino una buena esposa y una buena madre de familia o, si se queda soltera, un ser útil a sus semejantes”. No sólo negaba a la mujer su derecho a la ciudadanía en igualdad de condiciones que el hombre, sino que, además, marcaba su destino desde la altura de la ciencia médica.

Pero para que no quede que la mujer es menos en su educación, la separación se hace porque hay que evitar que “los socialistas y la masonería  través de la coeducación desmoralice a las sociedad por la depravación de la mujer en la escuela”. Lo hacen para que la mujer no sea vehículo del mal, por su bien y el de la sociedad.

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