Contra la mutilación genital femenina

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El presente artículo forma parte de nuestro especial #25NElComun que parte de nuestro compromiso con el feminismo de clase y combativo.

En la información que habitualmente aparece en internet, en los folletos, en los estudios que se publican sobre la MGF las imágenes que aparecen son de niñas o mujeres negras, amerindias, asiáticas, nunca europeas o blancas. De igual manera, los fondos de esas imágenes nos ponen en África, en Sudamérica, en Asia y en un ambiente rural. Nunca en una ciudad occidental. También las imágenes de las ropas de estas mujeres o niñas nos dicen que son musulmanas en su inmensa mayoría. Así, de esta manera, la violencia contra la mujer en esa modalidad que es la MGF se coloca fuera de occidente, fuera de nuestra cultura cristiana y se adjudica al islam, a África y al mundo rural.

Fruto de estas imágenes y de noticias del tipo que el Estado islámico decretó la MGF para todas las mujeres menores de 45 años en su territorio se ha generado una imagen de esta práctica como de algo lejano (África y países árabes) y de musulmanes fanáticos en exclusiva.

Pero lo cierto es que esta práctica (la MGF) en Occidente ni nos es tan lejana en el espacio ni en el tiempo. La clitoridectomía (extirpación del clítoris) se ha realizado en Europa y EE.UU. hasta principios del siglo XX, y especialmente en los siglos XVIII y XIX como tratamiento para los casos de histeria, epilepsia, migrañas, ninfomanía (hay una película muy recomendable de 2011, Hysteria), y otros problemas ginecológicos.

El origen de esta práctica es desconocido, pero sí muy anterior al Islam, pues en Egipto hace unos 6000 años a. C, ya está documentada como la “circuncisión faraónica”; y en los grupos del Alto Nilo hasta la actual Mauritania es práctica común en la mayoría de las etnias. No en todas. Otras zonas del mundo donde se ha dado la MGF y esporádicamente aún se informa de alguna es en Filipinas, Malasia, Pakistán, Sri Lanka, y en algunas etnias de la Alta Amazonía y Australia.

Hoy, esta agresión a la mujer es común en África, -zona subsahariana, desde al Atlántico al Índico- Egipto, Omán y Yemen; con porcentajes que van del 95% en Egipto al 1% en Camerún, pasando por el 75% de Mauritania, 20% de Nigeria, etc., y con una distribución interna en estos países muy irregular, pues hay grupos como Sarahule, Djola, Mandinga, Fulbé, Soninke, Bámbara, Dogon, Edos, Awusa y Fante con el 100 % de mujeres mutiladas y los Wolof, Serer o Ndiago que no la practican. Y todos ellos son de mayoría musulmana. Lo que viene a desmontar el mito de musulmán y mutilación. Pero hay más: en Etiopia y Eritrea, que son de mayoría cristiana copta, la MGF supera el 80% de las mujeres, porcentaje similar al de sus vecinos musulmanes de Sudán o Somalia.

En España, que desde finales de los años 80, se convirtió en punto de destino de decenas de miles de personas del norte de África y del área subshariana, para los que la mutilación genital femenina era una práctica tradicional, pero la de que aquí no nos enteramos hasta que esporádicamente surgía alguna noticia con motivo de una muerte por infección, de una denuncia por parte de un centro de salud y poco más, esta práctica se ha ido dando en el entorno familiar de esas etnias, siendo las zonas de Cataluña, Madrid, Valencia, Murcia y Andalucía, donde mayor población negra se da, la que registrar más casos de MGF en niñas, pues las adultas que llegaban a España ya venían mutiladas en su inmensa mayoría.

Estos casos en España no han saltado a la luz ni han llamado la atención hasta que desde diversas organizaciones como Medicus Mundi, Cruz Roja, Centros de Salud, cuando los pediatras, trabajadores sociales, profesores, etc., han ido informando de casos que detectaban en su entorno. Las familias emigrantes aprovechaban un viaje de vuelta a su tierra, casi siempre en vacaciones escolares, para mutilar a su hija nacida en España, con el convencimiento de que era lo adecuado y lo mejor para ella. No había maldad en la acción de estos padres y madres. Eso es algo difícil de entender para nuestra mentalidad. La investigadora de la UAB Kaplan (1993) lo refleja muy bien al decir que “este ritual es imprescindible para el acceso futuro al mundo de los adultos (…) es una `marca´ permanente que simboliza que su unión al grupo también será de por vida. Se trata, por tanto, de una cuestión de cohesión social y pertenencia, estás dentro o estás fuera”.

Otro mito es el origen religioso de esta mutilación y en concreto del islam. No es cierto. El Corán no indica en ninguna de sus partes que esta práctica sea necesaria o recomendable. De hecho, sólo se da en dos países árabes musulmanes de forma generalizada: Egipto y Yemen. Ni en Marruecos, Túnez, Arabia Saudí, Iraq, Turquía, Siria, Libia, Jordania, Irán, etc., se da la MGF, salvo en casos muy excepcionales y recientes por la influencia de algunos movimientos fanáticos del islam.

En España y como consecuencia de esta realidad que se creía lejana, y se puede estar dando en la casa de al lado, y recogiendo lo que dice el art. 15 de la Constitución 1978, sobre que “todos tienen derechos a la vida y a la integridad física y moral sin que, en ningún caso, puedan ser sometidos ni a torturas ni a penas o tratos inhumanos o degradantes” se ha llevado al Código Penal, art. 149.2 Ley Orgánica 11/2003, el castigo con penas de seis a doce años de prisión y, en el caso de una menor, se podría aplicar también la inhabilitación especial para el ejercicio de la patria potestad, tutela, curatela, guarda y acogimiento por un periodo de entre cuatro a diez años. Y en la reforma de 2005 se persigue esta práctica extraterritorialmente, es decir, cuando la comisión del delito se produce en el extranjero, habitualmente con la realización de un viaje al país de origen para practicar la MGF a las niñas.

Lo que en España es delito también lo es en la inmensa mayoría de los países donde es práctica habitual, si bien, la costumbre hace que su cumplimiento sea más que dudoso y en casos de un absurdo extremo se ha llegado a que sean los médicos en hospitales públicos los que se encarguen de esta tarea, como así sucede en Egipto, con la excusa de que así se guarda la vida de la intervenida al evitar infecciones o “mutilaciones deformes” por curanderas.

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