El lenguaje políticamente correcto y el lenguaje no sexista.

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 “Por hipocresía llaman al negro moreno; trato a la usura; a la putería casa; al barbero sastre de barbas y al mozo de mulas gentilhombre del camino” (Quevedo).

Como una moda más, como las hamburguesas, las campañas antitabaco o llamarle brunch al aperitivo, nos llegó hace tiempo desde los USA el “lenguaje políticamente correcto” o LPC.

Se atribuye este concepto a los movimientos de izquierda intelectual, que no política, de los campus de California y los lofts de New York.  Dónde naciera o quiénes fueron sus primeros propulsores es lo de menos ahora, pues su extensión es casi universal -para el universo que nos ocupa: ese veinte por ciento de población occidental que consume el ochenta por ciento de los recursos del planeta-, pero sus efectos son mundialmente adormecedores, como el opio.

Lo cierto es que aquí -en España- el “lenguaje políticamente correcto” fue recibido con una buena dosis choteo. Tenía guasa eso de que los siete enanitos de Blancanieves se convirtieran en los “siete hombres de talla diferente”. Pero por la influencia de los medios de comunicación americanos y el que nadie que viviese de su imagen quisiera ser tachado de racista, xenófobo o simplemente desconsiderado con las minorías (y minorías somos todos, cada cual a su manera), y menos las empresas -muy sensibles a las presiones de los poderosos grupos de opinión-, quiso arriesgarse a ser incluido en el grupo de los “racistas e intolerantes”, e hizo que el uso de este lenguaje se multiplicase en todo tipo de publicación y mensaje. Ello propició una autocensura que ha creado un lenguaje pretencioso y en ocasiones absurdo.

Con lo políticamente correcto se dice lo que no se quiere decir directamente, por considerarse ofensivo o degradante. Es una perífrasis para ocultar lo evidente, creando una nueva denominación que anula a la existente y cambia la realidad. No es un eufemismo, como “manifestación suave o decorosa de ideas cuya recta y franca expresión sería dura o malsonante” (RAE), es la intención deliberada de anular por negación lo que existe, es la expresión radical de una intención política de ocultar, creando una nueva realidad más “cómoda” y “limpia”… en definitiva aceptable. Algo que no nos incomode. Lo triste de esta situación es que absurdos como llamar “invidente” a un ciego son ya moneda corriente, por más que la ONCE no haya cambiado su nombre a ONIE, y el cuponazo goce de magnífica salud.

En todo esto no hacemos sino seguir el ejemplo de los norteamericanos blancos, que con esa mala conciencia que tienen para alguna cosas convirtieron a sus negros en «afroamericanos», sin que ellos se recalificaran de «euroamericanos». Siguen siendo americanos y blancos tal cual, si bien con alguna excepción; por ejemplo, descubrieron a los «latinos», imprecisa palabra que iguala a un mejicano o peruano con los blanquísimos nietos de gallegos emigrados a Cuba; y sin embargo, los auténticos descendientes del Lacio, los tatataranietos de Rómulo y Remo, ya no son latinos sino que se han convertido en «italoamericanos». No me digan que no tienen imaginación.

Pero no pensemos que estas pequeñas incoherencias histórico-geográficas sólo afectan a los yanquis. Porque en España nos cuidaremos muy mucho de llamar magrebíes a los habitantes de Ceuta o Melilla siempre que sean blancos y cristianos, por mucho que geográficamente habiten en el Magreb. Y si tiene alguna duda pruebe a llamar magrebí a un español ceutí o melillense en prensa o TV y verá la que le cae. Rápido se alzarán voces pidiendo su cabeza por antiespañol.

Tras la pretendida buena intención de no ofender o usar peyorativamente denominaciones o expresiones se oculta un pensamiento totalitario, lo que es bien paradójico, y más viendo quienes son sus más ardientes defensores: la izquierda; ya que establece un sistema de censura previa al discurso, que no sólo lo hace en ocasiones petulante, sino, además, ininteligible para un ciudadano normal. Crea una forma de discurso aceptable que está tan hermanado con el “pensamiento único” que llama la atención que ello no se haya denunciado desde la misma izquierda, que tanto énfasis pone en criticar ese dirigismo intelectual del mensaje económico neoliberal de hoy.

Con razón, la derecha más conservadora ha podido en un tiempo récord incorporar a su discurso y con entusiasmo la corrección político-lingüística. Cambian el lenguaje y así se evitan tener que cambiar la realidad, que es más costosa.

Cuando escuchamos en la TV que se han ahogado en el Estrecho unos magrebíes  o subsaharianos, todos entendemos que los que se han ahogado son moros y negros, pero decirlo así no es políticamente correcto. Claro que si los magrebíes y subsaharianos hubieran sido detenidos -para su fortuna-, se les habría incoado un expediente de expulsión, y en tanto se les hubiera hacinado en un CIE. Somos muy mirados para cómo los llamamos pero un poco menos para cómo los tratamos. Nos preocupa mucho ser incorrectos y menos el goteo de muertes en el Estrecho.

Moros o negros, sustantivos que cada vez es más difícil usar en el mundo blanco y progre sin que “te echen a los leones”. Sin embargo, los musulmanes filipinos del Frente Islámico de Liberación Mora no le hacen ascos al término, y un subsahariano como Léopold S. Senghor, poeta, político y doctor honoris causa por Salamanca, acuñó el término la negritud sin que nadie le llamase racista por ello. A lo mejor porque era negro.

Y con los gitanos, ¿qué hacemos? Porque a los negros y moros ya los hemos clasificado, pero con los gitanos hasta ahora lo único que se nos ocurre es lo de etnia. «Minoría étnica» les decimos. Qué bonito. Ah, eso sí, que ni se acerquen por mi barrio y menos por el colegio mis hijos: que son «familias desestructuradas» y entorpecen el aprendizaje de los payitos.

Otra de las formas curiosas del lenguaje políticamente correcto y que reviste especial importancia, al menos en nuestro país, es en la toponimia. Si digo “Lleida”, en lugar de “Lérida” o “Vitoria-Gasteiz”, soy políticamente correcto; pero si digo sólo Vitoria o sólo Gasteiz corro el peligro, en según que ambientes, de ser tachado de españolazo o de filoterrorista.

Pero donde se riza el rizo del lenguaje políticamente correcto es en su variedad del “lenguaje no sexista”. O de cómo la liamos con el /os/as/ y nos han colado el /elles/.

En pocas ocasiones una reivindicación tan justa como la mostrar la presencia de la mujer en la historia, de hacer visible sus aportaciones, de señalar lo evidente de su presencia en todos los ámbitos de la vida se ha enfocado tan mal, cayendo en el ridículo o la extravagancia, confundiendo los objetivos y centrando el debate en anécdotas léxicas.

Parte la reivindicación feminista del hecho cierto de que la presencia de la mujer ha sido ignorada u ocultada en la historia, de que se la ha relegado en favor de los hombres, de que su historia no se ha contado y cuando lo ha sido aparece como ayuda secundaria, apoyo o elemento menor del protagonista principal: el hombre.

Los ejemplos de esa postergación son innumerables. Basta leer cualquier manual de historia para ver la práctica ausencia de menciones a la mujer en la política, arte, economía, ciencia… Y de este hecho innegable, y de esa ocultación de ésta en todos los campos se ha llegado, en un triple salto mortal, al lenguaje, al que se le define como sexista o machista. Emprendiéndose una activa campaña que pretende “feminizar” los sustantivos, los adjetivos -aun los neutros-; como aquel “jóvenes y jóvenas” que nos ofreció Carmen Romero en las elecciones generales de1986. Y de aquel “jóvenas” al “portavozas” de Irene Montero ha habido momentos gloriosos en esto del lenguaje no sexista.

Se razona por quienes defienden el lenguaje no sexista que como los hablantes, en particular los hombres, son machistas, el lenguaje es lógicamente machista, ergo sexista. Ciertamente el lenguaje, como elemento cultural e histórico y manifestación de un razonamiento o forma de pensar no es ajeno a las convenciones sociales y a los estereotipos.

Al respecto, Vygotski, neuropsicólogo ruso, escribe que… “Aunque el pensamiento y el lenguaje tienen raíces genéticas diferentes, el lenguaje va a convertirse en instrumento del pensamiento. Éste no es que simplemente se exprese en palabras, sino que existe a través de ellas”… “El pensamiento se realiza en la palabra. Ésta (la palabra), que surge como instrumento de comunicación social, se sumerge hasta convertirse en instrumento interno del pensamiento en el proceso de desarrollo”.

Y Foucault -y mira que me toca las narices tener que mencionarlo- matizaba que el orden del discurso es independiente pero no autónomo del orden de lo real. Quería decir que el lenguaje sigue sus propias reglas, que no son las de una correspondencia unívoca con la “realidad”, sino una predeterminación del lenguaje y éste de la realidad; de modo que decir es hacer, o una forma particular de hacer -o de querer hacer-, en ocasiones contra la realidad evidente, como es en la deriva que ha cogido este planteamiento en la Teoría Queer. Y esto nos llevaría a concluir que “el decir”, el cómo “decir”  -acto volitivo del hablante-, es lo que es sexista, pero no el lenguaje. Y no al revés, como pretenden algunas feministas.

Con la pretensión de evitar el lenguaje sexista se ha creado una forma de hablar pretenciosa y a trompicones con esos “compañeros y compañeras”, los “trabajadores y las trabajadoras», “vecinos y vecinas”, “todos  y todas”, “niños, niñas” que hace de la fluidez del discurso un recuerdo, y que indica el profundo desconocimiento de las normas que hacen que un idioma sea algo coherente e inteligible, y que si bien es admisible en el inicio como fórmula de inclusión a todo un auditorio, se hace inaguantable cuando aparece cada dos por tres en el discurso o en el escrito. Como en esos discursos de «compañeros y compañeras: el proyecto que defendemos nosotros y nosotras…». Para evitar este os/as continuo, a algunos, en el colmo de la creatividad no sexista del lenguaje, se les ha ocurrido el uso de la @ o de la x como formas de asexualizar los sustantivos. Una forma bastante artificiosa, que escrita es sencilla de manejar, cuando hablas es imposible de usar.

Las palabras no tienen sexo, tienen género, al menos en el castellano, y en los demás idiomas derivados del latín o en el alemán, no así en el inglés. Y los géneros son tres: masculino, femenino y neutro, que no tienen una relación de correspondencia con los sexos masculino y femenino o el hermafroditismo, hasta que llegó el transactivismo queer y se sacó la /e/ como uniformador de pronombres, sustantivos y todo lo que se le ponga por delante; recogiendo el argumento feminista de “si digo juez y no jueza se está ocultando que existen mujeres jueces; pues de la misma manera, para que la situación de los “no binarios”, trans quede patente como hecho biológico y social se debe aceptar que se diga juece”. Una lógica impecable.

Por un mal enfoque de este uso del lenguaje se ha caído en situaciones ridículas cuando no absurdas, en lugar de usar el lenguaje con propiedad, empleando el artículo en femenino cuando correspondía se ha extendido la “feminización” a las terminaciones, venga o no a cuento y en contra de todo el proceso de construcción gramatical; véase si no lo que ocurre con el verbo amar. Quien ama será un o una amante. O la mujer que preside una asociación de mujeres es la Presidente de la asociación. Lo contrario conduciría a decir, por ejemplo, que en las reuniones la «presidenta» da el turno de palabra a las «asistentas», término que tiene otro significado, y que en este caso puede indicar menosprecio de las participantes en la reunión.

A veces el género sí identifica una diferencia de sexo (padre y madre, gato y gata), pero no en «caracol», que es de género masculino y un animal hermafrodita; ni en «hormiga», que es de género femenino y se puede referir tanto al macho como a la hembra. Por eso, puedo decir de mí mismo que “soy una persona” y de una mujer que es un “ser humano” sin que por ello se dé un caso transexualidad. Recordemos el chiste de Mingote: «El retrato de esta jueza lo ha pintado este artisto».

Puedo emplear dos expresiones sinónimas pero de distinto género (la humanidad, el género humano) para referirme a un mismo hecho sin que haya ningún matiz sexista por emplear una u otra. También puedo emplear palabras como manzano y manzana, sin que la diferencia de género implique una diferenciación sexual, sino la distinción entre la planta y su fruto; puedo decir cubo y cuba, o zapato y zapata, para referirme a cosas distintas que tampoco tienen nada que ver con diferencias sexuales.

El que empleemos el genérico “padres” para referirnos a padres y madres es una convención, pero no es necesariamente sexista. Y así las APA han pasado a ser AMPA sin ningún problema y respondiendo a una realidad evidente: que son las madres las que con más frecuencia acuden a las reuniones escolares.

La exagerada creencia de que el lenguaje es sexista ha llevado a atribuir sexo masculino a palabras neutras para poder inventarle un equivalente femenino. La suposición de que cualquier vocablo que denote poder o superioridad jerárquica, o que tradicionalmente haya sido una actividad masculina, tiene género masculino es uno de los errores más extendidos en una mal enfocada reivindicación de no discriminación.

¿Quién dio por supuesto que presidente es masculino? Quizás alguien que cree que también lo es gerente, agente o excelente, palabras con la misma terminación. Que presidente sea masculino y requiera la contraposición de “presidenta”, es una idea de alguien que debió pensar que “juez” es masculino y debe contraponer «jueza». Hoy esto ya está aceptado y es habitual oírlo y usarlo, porque la fuerza social de la costumbre así lo ha hecho, y la RAE -la tan denostada como machista, cumpliendo con uno de sus cometidos- la ha incorporado.

Algunas propuestas han ido por el camino de usar expresiones neutras y globalizadoras que quiten al genérico ese tinte masculino, y si bien esto es admisible en bastantes ocasiones, en otras puede suponer una alteración del mismo hecho histórico; por ejemplo, la Revolución Francesa declara “Los Derechos del Hombre” y no los “Derechos Humanos”, concepto que no está en el espíritu de la época, por lo que modificar esa definición en un texto no es un acto de reivindicación del lenguaje no sexista, sino simple ignorancia.

En otras ocasiones el uso puede empobrecer el texto, pues si es admisible emplear la palabra “adolescentes” o “adolescencia” en un texto, el propio ritmo narrativo y la evitación de la cacofonía puede hacer aconsejable emplear la palabra chicos o chicas o jóvenes, sin que ello signifique sexismo en el autor o en las conclusiones de su trabajo.

Uno de los campos donde más hincapié hacen los defensores del lenguaje no sexista es en el de las denominaciones de las profesiones, arguyendo que aquellas de más prestigio son claramente masculinas en su nombre: médico, abogado, ingeniero… pero olvidan economista, periodista, artista. Y si entramos a las especialidades de algunas de ellas nos encontramos con que ginecólogo es masculina, pero obstetra es femenina; puericultor es masculina, pero la actividad, la puericultura es femenina, y pediatra y pediatría son femeninas. Psiquiatra y psiquiatría igual. Algo falla en ese razonamiento de que las profesiones de prestigio se han definido como masculinas. Y así seguiríamos hasta aburrir.

En ese empeño varios ayuntamientos e instituciones públicas, sindicatos y universidades han propuesto ventajas económicas en el uso de lenguaje no sexista en las convocatorias de puestos de trabajo y en los contratos de gestión indirecta de servicios públicos. Otros han editado “Manuales para el uso administrativo de lenguaje no sexista”. Una vez más se olvida algo elemental en esos manuales, que hay sustantivos de cosas sin sexo que lleven el género masculino, femenino o neutro, según haya sido la evolución histórica del término sin que por ello se les deba atribuir a esos sustantivos machismo o feminismo intencionado. Dicen estos manuales que: “en castellano no hay términos neutros”. ¿Y lo ñoño, lo cursi? En esto del lenguaje no sexista, tonterías, las mínimas. Y nótese que “tonterías” y “mínimas” son voces femeninas y su uso neutro.

En la lucha por sus derechos, algunas feministas se han propuesto modificar deliberadamente el lenguaje. Y ahí se equivocan. «Podemos encontrar nuevas palabras, dicen, para una sociedad más equitativa, en la que tanto las mujeres como los hombres puedan hablar libremente, una sociedad cuyas reglas lingüísticas las hagan las mujeres, tanto como los hombres”. Claro que se pueden encontrar nuevas palabras, sólo el uso es la única causa que hace que las palabras sean buenas, verdaderas, legítimas, palabras de una lengua argumentan los especialistas. Pero, ¿con eso se gana algo? Según este razonamiento las sociedades cuyo idioma no tiene géneros gramaticales serían un modelo de igualdad y nada más lejos de la realidad.

No estaría de más que algunos repasaran alguna gramática general y recordaran que en castellano los géneros no implican necesariamente sexo.

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