Fukuyama era marxista

A principios de los años noventa del pasado siglo, al mismo tiempo que se derrumbaban las repúblicas socialistas en Europa, tomó más y más fuerza la tesis del fin de la historia, defendida por el alto funcionario estadounidense Francis Fukuyama. Desaparecida la alternativa antitética que suponía la existencia del socialismo real, el triunfo del liberalismo, tal y como dijo Hegel ya a principios del siglo XIX, significaba el fin de la historia.

Fukuyama sostenía este planteamiento apoyándose obsesivamente en Friedrich Hegel y denigrando de manera explícita a Karl Marx. Una tarea imposible. Pese a que el contexto político era de lo más adecuado para ello, ya que el capitalismo neoliberal se expandía mientras caían los diques de contención, aquello resultaba una falacia intelectual. El legado del pensamiento marxista no se puede tapar, sencillamente porque en la historia no hay tabula rasa. El pensamiento se forja a lo largo de la historia y en Occidente adquiere la forma del árbol del humanismo. No podemos renunciar caprichosamente a ninguna de sus ramas. En buena medida, Hegel llegó al siglo XX a través de Marx.

¿Qué pretendía realmente Fukuyama? Determinar el fin de la historia supone asumir la idea de progreso y entender que el ser humano va superando etapas. Una concepción de la historia de carácter cíclico, que hunde sus raíces en la tradición judeocristiana: paraíso terrenal, valle de lágrimas, paraíso celestial. Que fue desarrollada por la dialéctica hegeliana, centrada en el idealismo, y a la que Marx, en la segunda mitad del siglo XIX, dio un rango definitivamente científico con el que analizar la sociedad desde una perspectiva materialista. La alienación no está en el diablo, sino en la propiedad privada que acabó con el comunismo primitivo en la Prehistoria. La superación de la propiedad privada en sus distintas fases históricas nos llevaría al socialismo, que sería precisamente el fin de la historia, así insistía Marx en la Crítica al programa de Gotha, a propósito de los planteamientos de Ferdinand Lasalle. Admitir la creencia en la culminación del ciclo histórico, por fuerza, tiene que tener una carga intelectual heredada de la influencia del marxismo en el mundo académico, a lo largo del siglo XX.

Precisamente por anunciar un pretendido fin de la historia, Fukuyama se destapa como heredero de las disputas ideológicas de la historia contemporánea. Asumir la venida del pretendido tiempo de la posthistoria, requiere una considerable carga ideológica. A partir de ahí, hay quienes, con distintos matices, aceptan la expansión global del neoliberalismo capitalista y quienes, por el contrario, se resisten entre la parálisis política, la nostalgia simbólica o la reacción nacionalista.

¿Pero realmente hay suficiente carga ideológica en la sociedad actual, como para asumir el fin de la historia? Es cierto que la globalización ha provocado la occidentalización de la mayor parte del mundo, pero hace tiempo que Occidente carece de ideologías. Lejos de ser un fenómeno posthistórico, la globalización es un fenómeno postideológico. ¿Acaso han dejado de aparecer contradicciones? Lo que ocurre es que estas encuentran muchas dificultades a la hora de expresarse de manera explícita, en una sociedad global y extraordinariamente fragmentada. Los existencialistas interpretaron con mucha lucidez el mundo que se abría camino ya a mediados de siglo XX, y le dieron la vuelta al axioma cartesiano: existo, luego pienso. A partir de entonces, nuestra incapacidad existencial para explicar la historia, a través de un relato que aporte un sentido lógico al tiempo presente, ha sido manifiesta. Pero esto no significa que hayamos alcanzado el fin de la historia, en modo alguno.

La expansión global del neoliberalismo se ha realizado sobre la base del utilitarismo. La conveniencia individual que nos lleva a la sacralización del trabajo metódico, que es el fundamento de la meritocracia como superestructura ideológica, entendida esta como conjunto de ideas y creencias, que justifica las desigualdades actuales. Todo esto debilita los derechos sociales e incluso la democracia que los liberales de principios de los años noventa decían defender. Y ello se refleja en los difíciles momentos actuales por los que está pasando nuestro país.

Tras las guerras mundiales, los europeos fueron abandonando las ideologías y la militancia política por miedo a los extremismos, la violencia y la guerra. A día de hoy, una parte importante de nuestra sociedad jalea a una derecha política escorada en el extremo, que desde hace años pone en duda la legitimidad democrática cuando no está gobernando. Una derecha que, lejos de apoyar al Gobierno en una cuestión de salud pública como el mantenimiento del estado de alarma, anima a quienes se manifiestan en contra. Se ha perdido toda medida en las redes sociales y también en la tribuna del Congreso de los Diputados.

Parece ser que, en los Consejos de Ministros, ya no se habla de política. Cada ministro actúa como alto funcionario de su cartera, y no como miembro del Gobierno de España. La acción de gobierno se despacha en el círculo íntimo del presidente, donde están los asesores que, cada vez más en toda Europa, ven cómo aumentan en la práctica su influencia y su poder. Ya no hay ideólogos ni en el Gobierno ni en la oposición, sino publicistas que demuestran enorme habilidad a corto plazo para atraer a unos y luego a otros, para salir de un charco y luego meterse en otro. Sin perspectiva a largo plazo.

Generalmente se atribuye a Cánovas del Castillo eso de que la política es el arte de lo posible. En todo caso León Gambetta, uno de los padres del republicanismo francés, decía eso mismo en la misma época. Es una idea expresada de distintas formas por muchas de las ideologías propias del siglo XIX, el siglo de la formación del parlamentarismo moderno. Lo posible es más de lo que se está haciendo actualmente.

Es posible ocupar la centralidad política con un programa que se centre en el bienestar de las personas, precisamente en esta situación de crisis sanitaria y económica. Muchas de las medidas desarrolladas por el Gobierno central están así orientadas, desde los ERTE al ingreso mínimo vital. La derecha, por su parte, se aleja de la centralidad con sus actitudes extremistas, que solo sirven para mantener movilizados a sus partidarios en una situación extrema como la que vivimos. Las fuerzas que conforman el Gobierno aciertan cuando mantienen el sosiego ante las provocaciones, y comenten un grave error cuando caen en la trampa de la crispación. El Gobierno tiene ante sí el camino por recorrer: moderación y firmeza para normalizar en el día a día una política centrada en el bienestar de los ciudadanos.

Es posible continuar la inteligente política de alianzas que el Gobierno está desplegando a nivel europeo, de manera que España, Italia, Portugal y otros países liderados (ahora sí) por Francia están forzando a la Unión, para que se adopten políticas de carácter expansivo que alivien la situación de las economías periféricas y de los países más afectados por la crisis sanitaria. Como se ha podido leer recientemente en estas páginas, en un artículo publicado por Gala Romaní, España por fin pelea. Europa por fin pelea.

Es posible desarrollar la labor política a través de las instituciones, de los partidos, de los sindicatos, y no a través de los laboratorios de los spin doctors ni de un oportunismo propio de robinsones. La reforma laboral, así como las otras grandes cuestiones de carácter social y económico que debe abordar este Gobierno, tiene que tratarse en el espacio del Diálogo Social, porque es parte fundamental de nuestro Estado democrático. Son cuestiones que no pueden resolverse en el confuso y apresurado cambalache que se intentó hace unas semanas. Un Gobierno de izquierdas tiene que hablar a la ciudadanía con claridad.

Es posible consensuar con las comunidades autónomas las decisiones durante el estado de alarma, cosa que no se ha hecho. Para ello, el Gobierno debería reunirse con las comunidades autónomas antes de las ruedas de prensa de los sábados, y no después. La actitud de confrontación permanente por parte del PP en el Congreso de los Diputados se habría podido aliviar, si se les hubiera forzado a corresponsabilizarse de la situación desde las comunidades autónomas que gobiernan.

Es posible, en definitiva, compensar los errores cometidos y continuar desarrollando unas políticas a favor de la mayoría social trabajadora. Porque este es el mejor de todos los Gobiernos posibles.

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