Hacerse comunista cuando truena

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“Nos acordamos de Santa Bárbara sólo cuando truena”, reza el refrán que advierte de la injusticia de valorar lo esencial o lo necesario sólo cuando en una situación crítica nos sirve de ayuda, y olvidarlo, e incluso despreciarlo, cuando la suerte nos sonríe y ningún peligro acecha.

Ahora, desgraciadamente, está tronando en el mundo entero y especialmente en nuestro país. Un virus de poca importancia hace algunos meses se ha convertido en una amenaza cierta y preocupante para toda la ciudadanía, especialmente la más vulnerable, de aquí y de allá, siendo necesarias medidas drásticas para intentar contenerlo. Mis conocimientos médicos y científicos son nulos. Sólo me asiste la lógica para saber que si los casos ya se cuentan por miles y el mayor repunte se espera en el futuro próximo la situación es crítica e incierto aventurar cuándo remitirá. Más allá de cumplir a rajatabla con lo recomendado por las autoridades, poco puedo opinar o sugerir al respecto.

Lo que sí podré hacer sólo un poco mejor es analizar sus efectos políticos. Hay quien piensa que muy pocas cosas son políticas. Yo pienso que todo lo es. Nuestras relaciones personales, nuestros hábitos, nuestros gustos, nuestras reacciones, nuestro modo, en fin, de estar en el mundo está atravesado por la política entendida en su concepción clásica y profunda del término.

Sin pretender frivolizar en absoluto con el desafío y el peligro para la salud pública que se cierne sobre todos/as nosotros, no me resisto a afirmar que un efecto del Covid-19, no suficientemente señalado, es su magnífica capacidad de hacer comunistas a los perfectos liberales y neoliberales de toda la vida y fervientes intervencionistas a los votantes más conservadores capaces de atribuir a la izquierda todos los males que en el mundo han sido y también los que vendrán en los próximos milenios.

Aún no me deshago de la perplejidad tras leer el Editorial de ABC de esta misma mañana (14 de marzo de 2020) en la que se pide con notable ardor marxista un control estricto del Estado de todos los recursos económicos, incluidos los privados, solicitando que sean subordinados al bien común:

“Debe ser el Gobierno de la Nación quien lidere esta reagrupación de recursos públicos y privados, si fuera necesario, porque la crisis del Covid-19 es una crisis global. Toda respuesta pública debe basarse en una planificación centralizada, que imponga -sí, imponer- una sola política de distanciamiento social, confinamientos urbanos, garantía de distribución comercial, armonización de la red pública sanitaria, participación de recursos privados y despliegue de unidades militares.”

Pero no es el ABC el único inflamado de un inédito fervor marxista e intervencionista; desde el gobierno mismo (hasta ahora, y siendo generosos, a duras penas socialdemócrata) hasta la oposición y el BCE, pasando por los medios conservadores y por las voces más fielmente ultraliberales y ultraconservadoras, se han puesto de acuerdo para descubrir en este bendito 2020 la pólvora: que la intervención y planificación estatal de los bienes y servicios otorga bienestar y seguridad y redunda directamente en el bien común. De hechos, todos estos aguerridos antimarxistas apenas han murmurado ante la subida de impuestos y la estimulación de la economía mediante decisiones estatales y políticas.

¿Por qué ningún neoliberal, o no los suficientes para hacer ruido, han clamado contra el Presidente del Gobierno reclamando, en coherencia y buena lógica (para ellos), que su sanidad privada no se toca? ¿Por qué no se manifiestan para que no se puesta al servicio de la clase trabajadora? Y, sobre todo, ¿por qué no se niegan a “rebajarse” teniendo que usar la sanidad “ordinaria”, la que es de todos? ¿Por qué no se indignan porque le usurpen y pongan a disposición del Estado lo que han conseguido gracias a su audacia y su capacidad para mantenerse en el estrato privilegiado y poder estar así en las mejores manos de la medicina privada? Si los conservadores y neoliberales tuvieran convencimiento pleno y honesto en sus tesis, deberían clamar contra el intervencionismo de estos días. Deberían aseverar con profundo convencimiento que jamás pisarán un hospital público siendo tan tercermundista la sanidad de todos y tal su privilegio de poder mantener sus seguros privados.

También deberían, en lugar de reclamar “mano dura” con quienes tienen a bien mantener su deseo de circular libremente, preferentemente a zonas de costa, felicitarlos por conservar su libertad individual y su desafío a lo que hace nada consideraban el rebaño o la masa al servicio del gobierno y denunciar semejante intromisión en la vida privada de los ciudadanos, o ¿acaso ya no creen en la sagrada libertad de elección y en la capacidad individual para asumir los riesgos que se prefieran?

Los empresarios también se han apuntado a la Internacional. Dos días faltan para que se sepan su himno mejor que muchos sindicalistas. Deberían manifestarse contra el Gobierno por prever una planificación de la economía aprovechando una situación excepcional y, sin embargo, le piden más intervención, más planificación, más centralismo, más recursos. Auguro que, incluso si se contemplan y se aplican (ojalá) medidas tan radicales (y necesarias) como la intervención estatal de las fábricas que producen bienes relacionados con la higiene y aquellas que aseguran el abastecimiento de material médico, muchos a quienes la palabra estatalización les genera sarpullidos lamentarán que eso mismo no se aplicara hace semanas. ¡Ni Lenin en sus mejores tiempos!

Como subrayaba antes, es muy sorprendente que se acepte de tan buen grado toda la ayuda del Estado respecto a las empresas, porque ¿acaso no les insulta en lo más profundo de su ser que un gobierno socialista les ofrezca ayuda estatal para superar el bache cuando por todos es sabido que son los empresarios, ellos solos y con sus esfuerzos ímprobos, los que levantan a España a pesar de los desmanes del gobierno intervencionista de turno y la vagancia propia de los obreros que nada arriesgan porque nada es suyo y encima cobran a final de mes? ¿Acaso no es humillante que siendo ellos, y jamás la clase obrera como bien se sabe por las veces que se repite, quienes activan y levantan la economía de un país, el gobierno les ofrezca limosnas del inútil y perfectamente prescindible papá Estado? Pues no. No sólo no les indigna ni les hiere un ápice el orgullo. Al contrario, reclaman  esa “limosna” con urgencia, y sea cual sean sus ceros les parecen pocos: tan modesta es la limosna que no han dejado de anunciar EREs para los próximos días.

Pero no cantemos victoria. Para mí que el abandono de la defensa a ultranza del darwinismo social, del libre mercado, del “laissez faire, laissez passer”, de la libertad individual y de la confianza en la iniciativa privada sin el Estado estorbando, poco tiene que ver con el reconocimiento a la sensatez de las propuestas marxistas. Quizá se deba sólo a tener que reconocer, con rabia y desgana que, más que Marx, Jorge Manrique acertaba al afirmar  “que no hay cosa fuerte, /que a papas y emperadores y prelados, /así los trata la muerte: como a los pobres pastores de ganados.” Eso sí: a la cajera de supermercado o a la limpiadora del hospital la muerte las verá antes que a quien, por suerte, haya podido encerrarse en casa sin temor a un despido improcedente. La muerte nos iguala, es cierto, pero a la puerta de los pobres suele llamar primero.

Cuando en Co-vid 19 se vaya, veremos si la lección nos sirve y aprendemos, por fin, que el intervencionismo estatal suele proveernos de mayor bienestar y seguridad social y económica y de mayores derechos y libertades que el mantra neoliberal del “sálvese quien pueda” aderezado con el peor darwinismo social, su  mejor aliado, empeñado en que sólo sobreviva el que por sus propios medios (iniciativa privada, si suena mejor) lo consiga.

Que esta vez sean los recursos económicos los que se subordinen al bien común y no el bien común el que se arrodille ante el capital. Viviremos de pie si estamos unidos/as. Ya lo decía, en su última línea, el manifiesto dirigido al proletariado del mundo.

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