Prostitución

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Hace ya unas semanas que publiqué mi primer y único artículo en este medio y lo cerraba con la intención de centrarme en la agenda feminista. Pues bien, hoy aprovecho para iniciar la agenda y enlazarlo con la crónica de la obra de teatro Prostitución que tuve oportunidad de ver el pasado sábado 18 de enero en el Teatro Español junto a mi hermana Montse.

Es evidente, por más que algunas y algunos quieran hacernos creer que no es así, que el Feminismo siempre fue abolicionista de la prostitución, porque la existencia de esta impide poder hablar de igualdad, ya que hay unos cuerpos al servicio de otros, esto es, cuerpos de mujeres que se cree que son accesibles previo pago para los hombres. Vivimos unos tiempos tan rarunos que no es complicado encontrarse con autodenominadas feministas anarquistas o de sectores anticapitalistas defendiendo posturas regulacionistas. ¿Cuándo perdieron el norte estos sectores autodenominados feministas? ¿Cuándo pasaron de oponerse a la mercantilización de todo menos del cuerpo de las mujeres? La incoherencia es tal que una no deja de sorprenderse, porque por más que quiera practicar la empatía, no puedo dejar de alucinar con tanta majadería. Citar a Federica Montseny y sus liberatorios de prostitución debería bastar, digo yo.

Siguiendo en esta senda de despropósitos llegamos las Pedroches a ver la obra de teatro citada. Teníamos ganas de verla, con sinceridad lo digo. Sabíamos que habían usado textos de Amelia Tiganus, cuyo discurso conocemos y compartimos muchas veces y a quien escuchar en una charla en persona es absolutamente recomendable, porque nada mejor para empatizar que contar una historia en primera persona. Luego escuchamos que también había textos de Virginie Despentes y ya nos mosqueamos un poco. Esto de que el feminismo se haya convertido en un producto de mercado tiene estos graves inconvenientes. No obstante, quisimos ver la obra para poder opinar con conocimiento de causa.

Siento decir que sí, salimos horrorizadas como ya hicimos saber en nuestras redes sociales. Más perplejas nos quedamos aún por ciertos comentarios y por ciertas actitudes ante nuestras críticas, pero no merece la pena darle más coba a eso. Menos mal que no fuimos las únicas porque otras dos mujeres feministas (que no voy a nombrar porque no sé si quieren ser nombradas en este artículo) tuvieron la misma percepción. No es que dude de mi criterio o del de mi hermana, pero sentirse que una no forma parte del mundo no es tan agradable como pudiera parecer y comprobar que no estás “loca” es tranquilizador. Después de ver un teatro entero aplaudiendo y de leer ciertas excusas, junto a algún artículo bastante light, lo dicho, sentir que no eres un perro verde es reconfortante.

¿Por qué me horrorizó la obra? Cuando digo esto no me refiero a la calidad de la obra, de las actrices o del montaje. No soy crítica de teatro, soy feminista y hablo de la obra desde una perspectiva feminista. Mi interés por ella nació también de esa perspectiva, así pues es justo que la juzgue desde este parámetro porque es lo que me llevó a verla y lo que puede que haga que muchas compañeras tengan intención de verla. Y digo que no voy a entrar en juzgar la obra como obra de arte o no, porque al arte (y a todo en la vida) le pido siempre lo mismo: que contribuya a hacer de este mundo un lugar mejor, más humano y emancipador y la obra no lo hace en absoluto. Además de que querer edulcorar el mensaje envolviéndolo en tintes culturetas como que no va conmigo, porque por encima de todo siempre deben estar los mensajes, no los envoltorios (soy profe de filosofía y eso de juzgar por las apariencias es algo contra lo que intento educar a diario).

Lo primero que me horrorizó es que confunde abolición con prohibición. Lo segundo fue que se pusiera al mismo nivel discursos regulacionistas y abolicionistas, si los hubiera habido, porque no se nombra ni una sola vez la palabra abolición y se insiste en que desde sectores privilegiados (otra vez con lo que de blancas y heterosexuales) se niega a las mujeres prostituidas la posibilidad de “regular” su situación. En definitiva, salí decepcionada y con mucha impotencia porque la obra blanquea la postura regulacionista. Se “humaniza” al putero, se normaliza la prostitución como algo no deseado pero inevitable en situación de precariedad, se ignora la existencia del proxeneta y se obvia que el sexo debe nacer del deseo compartido y que todo lo que no parta de ese deseo es violación. Incluso se ridiculiza la teoría del contrato sexual de Carole Pateman, obra imprescindible (El contrato sexual) dentro de la teoría Feminista.

Me da igual quién esté detrás de esta obra y quién se esté lucrando con ella, lo claro es que es una obra al servicio del lobby proxeneta. En este país nadie veía normal la prostitución y estas falsas progresías están contribuyendo a normalizar lo que no es normal. Y basta ya de discursos, que el papel lo aguanta todo (y no digamos una tribuna del Congreso). No quiero para mí un futuro como puta, ni para mi hija tampoco y como no lo quiero para nosotras, no lo quiero para nadie. El elitismo sí que lo tienen quienes mantienen discursos pro-regulación porque saben que a ellas no les tocará pasar por ello.

Justificar la prostitución por la situación de pobreza es lo peor. Luchemos contra la pobreza, pero que no quieran vendernos que es posible la prostitución como salida a la pobreza. NO. Es una cuestión de clase y de feminismo y todo lo que no sea claramente abolicionista siempre sirve al sistema que es capitalista y patriarcal. Y claro que soy tajante, porque la equidistancia es ponerse de parte del sistema, que por si lo olvidaron, es el enemigo.

Para terminar recordar que por más que una o uno se autodenomine lo que quiera, nuestros actos son los que nos definen. Ser feminista, por más que quieran tergiversar la palabra, es luchar por la igualdad entre hombres y mujeres para conseguir la ansiada emancipación de las mujeres. Por ello ser feminista es ser abolicionista de la prostitución, la pornografía, el género e implica estar contra la práctica de los vientres de alquiler. En próximos artículos habrá que empezar a hablar de la abolición del género, espero poder sacar tiempo para ello.

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Esther Pedroche
Esther Díaz Pedroche. Profesora de Filosofía en el IES Airén de Tomelloso (Ciudad Real). Feminista radical que apuesta por la abolición del género, la prostitución, la pornografía y los vientres de alquiler. Con conciencia de clase y díscola en general. Intentando ser coherente y siempre sospechando de quienes ostentan el poder, sea del tipo que sea.

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