Un debate de investidura y cien años de comunismo

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¡El comunismo ha muerto!, proclaman insistentemente los defensores del capitalismo. Y sin embargo… se mueve. No lo decimos nosotros, cada cual a su modo así lo han demostrado quienes tomaron la palabra en el debate de investidura. Desde la bancada de la derecha hasta la bancada socialdemócrata, varios oradores han revivido al viejo fantasma.

El próximo 15 de abril se cumplirán cien años de la fundación del primer partido comunista en nuestro país, y se nota. Como se nota el hecho de que la formación capitalista hace tiempo que se desgarra presa de las contradicciones que caracterizan su agonía. Y es por eso que ahora, cuando algunos sacan pecho de la historia de sus partidos, el debate político español no puede prescindir del comunismo. En el debate de investidura, intervención tras intervención, fueron cobrando vida las palabras con las que Marx y Engels iniciaban su Manifiesto del Partido Comunista y que es necesario recordar, pues vienen como anillo al dedo:

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes.

¿Qué partido de oposición no ha sido motejado de comunista por sus adversarios en el poder? ¿Qué partido de oposición, a su vez, no ha lanzado, tanto a los representantes de la oposición más avanzados, como a sus enemigos reaccionarios, el epíteto zahiriente de comunista?”

Eso es lo que ha sucedido en el navideño debate de investidura. Y si es importante decirlo, lo es mucho más recordar las conclusiones a las que llegaban los padres del comunismo:

“De este hecho resulta una doble enseñanza:

Que el comunismo está ya reconocido como una fuerza por todas las potencias e Europa.

Que ya es hora de que los comunistas expongan a la faz del mundo sus conceptos, sus fines y sus tendencias, que opongan a la leyenda del fantasma del comunismo un manifiesto del propio partido”.

Sí, el comunismo fue utilizado en el debate de investidura como epíteto zahiriente frente a un programa, escasamente expuesto y aún menos discutido, que ni en sus formas ni en sus contenidos sobrepasa los postulados de la socialdemocracia de nuestros días: algunos derechos sociales, economía verde, feminismo, puesta a punto digital, disposición a entenderse con las fuerzas nacionalistas y muy poco más. Y a pesar de ello, la caverna mediática y política incluso llegó a hablar de marxismo y de marxismo-leninismo en el sacrosanto hemiciclo. Se habló, ¡cómo no!, de Cuba. Se habló de la huelga de 1917, de la revolución de octubre de 1934, del Frente Popular y hasta de Paracuellos del Jarama.

La cosa resultaría cómica si no fuera porque del comunismo también se habló en otro sentido: el de la autojustificación vergonzante y la mutación. Y no pretendo aquí herir sensibilidades, pero a las cosas hay que llamarlas por su nombre si no se quiere que, finalmente, sean el Papa y el zar, o los modernos Metternich y Guizot, quienes terminen determinando lo que es y lo que no es comunismo. Porque, si dio vergüenza ajena la cobardía de un Pedro Sánchez incapaz de defender la historia de su propio partido, al menos al que escribe no le causó un menor rechazo verle ensalzar el papel del PCE en la Transición, verle ensalzar el momento histórico en que se concretó una mutación que condujo a la renuncia a la lucha de clases y, en consecuencia, a secundar los Pactos de la Moncloa y dar un respaldo cerrado a la Constitución de 1978, monarquía y bandera incluidas.

Y aquí es necesario señalar que nadie desde la tribuna parlamentaria defendió el comunismo, ni de las tergiversaciones de la derecha, ni del “fuego amigo” del PSOE. Por el contrario, Alberto Garzón recogió el guante envenenado de Pedro Sánchez para ensalzar, a su vez, el papel de aquel PCE en la conquista del “milagro constitucional del 78”, asumiendo con ello la línea divisoria entre quienes estuvieron en el pacto constitucional (capitalista, disculpen la impertinencia descriptiva) y los que no. ¡Curiosa forma de defender el comunismo y de reivindicar militancia!

Se puede compartir o no el acuerdo entre el PSOE y Unidas Podemos, pero sin trampas argumentales. Y recurrir al comunismo para justiciar una u otra posición, a juicio de quien escribe, es una trampa. Ni en lo programático, ni en el plano de la táctica y la estrategia política, el acuerdo de investidura y gobierno tiene que ver con el comunismo.

En lo programático la cosa parece evidente, salvo para el trío Casado-Abascal-Arrimadas. El acuerdo se da en el marco de los dogmas de estabilidad presupuestaria y de sostenibilidad financiera consagrados en el artículo 135 de la Constitución y, además, en un contexto caracterizado por las primeras manifestaciones de una nueva crisis económica. A partir de ahí, todo lo demás son ilusiones, que pueden ser nobles, pero que no por ello dejan de serlo. Y no sólo eso. Como se ha reconocido explícitamente, se da en un marco de supeditación al PSOE en política internacional, con todo lo que ello implica, muy especialmente en cuanto a las políticas económicas y sociales que son posibles en la Unión Europea.

Lógicamente, no es que no puedan compartirse aquellas medidas que podrían mejorar ciertas condiciones de vida. Por ellas hemos luchado y seguiremos luchando. Se trata de analizar si el acuerdo de investidura y gobierno las hace posibles. Y, con ello, entramos de lleno en el terreno de la táctica y de la estrategia política, porque el pacto se está defendiendo, sobre todo, en esas claves.

Los defensores de la “coalición progresista” justifican su posición apelando a dos líneas argumentales fundamentales: la correlación de fuerzas y el antifascismo. Se abre por tanto un debate esencial para el movimiento comunista contemporáneo, que atesora un siglo de experiencia de la que es necesario hacer balance. Comencemos por el asunto de la correlación de fuerzas.

La dirección estratégica de un movimiento político no se define por la correlación de fuerzas. Nuestra época no es la de la revolución democrático-burguesa, nuestra época es la de la transición revolucionaria del capitalismo al socialismo-comunismo. La época en que el desarrollo de las fuerzas productivas ha entrado en contradicción antagónica con las relaciones de producción capitalistas, convertidas en la única traba que impide satisfacer las necesidades del género humano en plena armonía con el medioambiente. Si se asume este planteamiento, y es difícil definirse comunista sin hacerlo, la prioridad y el debate deben centrarse en el plano de las condiciones subjetivas, del sujeto revolucionario y su organización. La cuestión de la correlación de fuerzas se sitúa, precisamente, en este plano. Y es aquí donde surge una clara discrepancia sobre la siguiente cuestión: ¿cómo alterar la correlación de fuerzas?

Llegado a este punto, permítase la simplificación, hay quien argumenta que puesto que la correlación de fuerzas no permite luchar por el socialismo-comunismo, es necesario luchar por lo posible, o sea, por reformas que mejoren las condiciones de vida. La cuestión, entonces, es cómo relacionar esa lucha por reformas con el objetivo estratégico sin que éste se evapore.

En el debate de investidura ese objetivo no ha estado presente, nadie ha reivindicado el socialismo-comunismo, nadie ha entrado en confrontación con el capitalismo. El debate no se sitúa en el cuestionamiento de la explotación, sino en sus consecuencias. Y, por tanto, en la gestión que permita atenuarlas. Esto es, ¿gestión neoliberal o gestión socialdemócrata del capitalismo?

Aprendamos de nuestra historia. La debilidad propia no puede convertirse en argumento siguiendo la lógica del mal menor. En ningún momento o lugar se logró un tránsito pacífico y gradual del capitalismo al socialismo. Jamás se terminó con la explotación de reforma en reforma. Hay quien argumenta esa posición alegando la necesidad de seguir una táctica flexible. Y, efectivamente, la táctica es flexible, en la medida en que marca los objetivos para una fase determinada de la lucha, pero jamás debe separarse de la dirección estratégica pues, de lo contrario, no hablamos de táctica, sino de tacticismo. La experiencia enseña, en España y otros países, que no es posible gestionar la explotación capitalista en favor de la clase obrera y del pueblo.

En el debate de investidura el acento no se ha puesto en la contradicción capital-trabajo, sino en la contradicción entre democracia y extrema derecha, y en esa posición han coincidido Unidas Podemos, Bildu, ERC, BNG y hasta el PNV. Y, obviamente, también en la cuestión nacional, que trasciende el objeto de este artículo y que debe ser abordada en relación con la estrategia general.

Democracia, sí. Pero democracia para qué clase. El comunismo no habla de democracia en abstracto, habla de democracia o de dictadura de una clase social determinada en función de quién ostenta el poder político. Cuando se decreta, como se hace hoy en día, una “emergencia antifascista”, se corre el riesgo de perder completamente de vista el carácter de clase del poder, de la democracia y del Estado. Y, lo que es peor, en nombre del antifascismo se puede terminar justificando cualquier cosa. Por ejemplo, como se ha escuchado repetidamente al máximo dirigente de Unidas Podemos y a otros dirigentes de las diferentes izquierdas parlamentarias, se terminan defendiendo los estándares democráticos de la Unión Europea frente a un supuesto atraso de la “democracia española”.

Negada la posibilidad de derrotar el capitalismo, se asume su gestión progresista bajo el argumento del mal menor. Y, asumiendo como propia la defensa de la democracia capitalista -ante la emergencia antifascista-, se termina, como se ha visto en el debate de investidura, reivindicando la Constitución del 78 como el único marco posible, un marco que se blanquea en nombre del antifascismo. Ni rastro de una estrategia independiente. Ni rastro de comunismo.

El problema crece si se analiza la más que posible evolución de los acontecimientos. Como ya se ha dicho, no es posible gestionar el capitalismo en favor de los trabajadores y trabajadoras. No se trata de una cuestión de voluntad, sino de un límite objetivo marcado por el carácter de clase del poder.  Los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero o el gobierno griego de Syriza son algunos ejemplos cercanos. Tampoco descubrimos nada nuevo señalando que a un tipo de gestión capitalista le sucede el otro, alternándose en función de los intereses coyunturales de la clase que ostenta el poder, no exenta tampoco de divisiones.

El problema es que el capitalismo, tanto en España como en todo el mundo, lleva tiempo acumulando material explosivo. Y si bien es cierto que Vox no defiende hoy un programa fascista, sino el programa de máximos contemporáneo de la burguesía, también lo es que todo está sometido a la ley del cambio, incluido ese programa.

La serpiente que incuba el huevo fascista es el capitalismo. La clase dominante está cómoda en el escenario actual. Sabe que el programa de la coalición progresista no supone para ella ninguna amenaza, ni siquiera se lo plantea. El poder de la burguesía no está amenazado y, mientras tanto, se prepara una salida dura por si fuese necesaria, toda vez que el escenario mundial y también español se caracteriza por una enorme movilidad. Lejos del espectáculo parlamentario organizado por el trío de Colón, el programa de la coalición progresista no es en absoluto comunista. Es más, discursos en clave antifascista como el realizado por Adriana Lastra, que puede ser ampliamente compartido por el campo obrero y popular, paradójicamente, se convierte en el mejor antídoto para frenar toda aspiración anticapitalista bajo el señuelo de la “unidad de la izquierda” y, curiosamente, en un giro no menos paradójico, con el argumento de la “unidad de los demócratas”.

Incluso Sánchez se permite concluir el debate reivindicando la herencia del Partido Comunista. Claro está que sólo la herencia y, además, una herencia de conveniencia, a beneficio de inventario, no la estrategia o el programa comunista. De hecho, los eurodiputados socialistas han votado recientemente la resolución anticomunista aprobada por el Parlamento Europeo, en la que insultantemente se iguala la lucha de liberación comunista con el nazi-fascismo.

A casi cien años de nuestro nacimiento como fuerza política independiente, las contradicciones que corroen el capitalismo se están agravando y los tiempos políticos cada vez son más breves. Sabemos que la coalición progresista frustrará más temprano que tarde las expectativas que ha generado en amplios sectores populares, a pesar de lo ya limitado de su programa. El movimiento comunista, lejos de dejarse atrapar por falsos dilemas, tiene la obligación de prepararse para las importantes luchas que están por venir. Se debe y se puede intervenir activamente en el debate político, desde la independencia de clase y llamando a las cosas por su nombre.

Los hombres y mujeres que el 15 de abril de 1920 formaron nuestro primer partido comunista sufrieron furibundos ataques. Aquella primera organización, denominada por los adversarios “el partido de los cien niños”, tomo la decisión más difícil de todas: convertirse en una fuerza política independiente adherida a la Internacional Comunista que terminó dando vida al Partido Comunista de España tras la conferencia de unificación de noviembre de 1921.

Entre aquellos “cien niños” se encontraba Dolores Ibárruri, también reivindicada en el debate de investidura. A ella le debemos el grito que contraponemos al fascismo hasta el día de hoy. El fascismo ¡no pasará! Pero, para eso, necesitamos que cada cual actúe como le corresponde, para eso necesitamos luchar con la voluntad no sólo de resistir, sino también de vencer.

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