El Feminismo y la igualdad

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Vivimos tiempos confusos que nos hacen a veces creer que son progresistas medidas que, sin embargo, son reaccionarias y más viejas que el hilo negro. No son tiempos proclives a la reflexión, necesaria para realizar cualquier análisis certero de la realidad. Pero si queremos actuar en ella, es imprescindible analizarla bien no vayamos a iniciar un viaje que traiga consecuencias no deseadas. Algo así le pasó a la Ilustración, cuyo hijo no querido, aunque inevitable dada la ruta que se marcó, fue el Feminismo (como bien dice siempre la maestra Amelia Valcárcel). Y de eso os quiero hablar, de qué es y qué no es Feminismo. Porque para politizar bien debemos conceptualizar bien, como nos ha enseñado otra gran maestra, Celia Amorós, y dado que el revoltijo es descomunal, nos vemos abocadas a tener que conceptualizar lo básico, hasta el mismo concepto. Es así, los tiempos actuales son así y no nos queda más remedio que iniciar la labor de separar el trigo de la paja para caminar con paso seguro.

Emprender esta tarea ya sé yo que cuesta acusaciones variopintas. Mi favorita es la de ser repartidora de carnés, pero como nunca nos detuvo a las feministas lo que otros y otras pudieran pensar de nosotras, pues allá voy, a pecho descubierto. Además, como contesta siempre mi hermana Montse Pedroche, yo no reparto carnés, los reparte la historia del Feminismo. A lo que agudamente añade la gran Lidia Falcón, que si eres o quieres ser del Partido Feminista, ella es las que la que los reparte, claro que sí.

La tarea no es baladí, es fundamental saber de qué hablamos cuando empleamos la palabra Feminismo. Es cierto que ahora todas y todos, bueno muchas y muchos, dicen ser feministas. Hasta Zara fabrica “camisetas feministas” y no creo que yo que la intención de Amancio Ortega sea llevar el feminismo a todas partes, mientras explota a las mujeres que cosen esas camisetas en condiciones de semiesclavitud. Cuando algo se expande rápido y veloz, sospechemos, porque el sistema, patriarcal y capitalista, se nutre de la opresión de las mujeres (además de muchísimas discriminaciones que genera y que le interesan), así que algo se esconderá bajo este supuesto avance.

El Feminismo nació en la Ilustración, como decía más arriba y es un movimiento social y político, una teoría filosófica y ética que pretende transformar la sociedad. No nació ayer, tiene más de tres siglos de historia de elaboración de su corpus teórico y de práctica política que, ciertamente, ha conseguido avances, aunque la lucha siga viva porque no vivimos en un mundo sin Patriarcado, ni tan siquiera uno debilitado. Es más, el Patriarcado es sibilino y va adquiriendo distintos ropajes y formas, pero sigue siendo Patriarcado.

Lo primero que debemos hacer es desterrar de una vez y para siempre esa S que muchas veces se ha sumado a la palabra Feminismo. No existen varios feminismos, como no existen varios comunismos. En todo caso, en esta larga historia de lucha, ha habido corrientes diversas, pero nunca podremos aceptar como Feminismo algo que no pretenda transformar la realidad social desde un punto de vista colectivo. No estamos hablando de lo que me pasa a mí, o a mi prima o a alguien que conoce a alguien que …. NO, hablamos de estructuras sociales, políticas, ideológicas, económicas y simbólicas que derribar, hablamos de acabar con el Patriarcado.

En esta supuesta etapa de avance y de “consenso” (otra palabra mágica para el sistema) parece que están prohibidos ciertos debates, porque nos dividen y nos debilitan. Y no seré yo quien haga apología de la división, nada más neoliberal que hacer de tu mundo tu trinchera, pero ojo con las sumas, porque si la suma es a costa de perdernos y olvidarnos de nuestra historia y de nuestro objetivo, apaga y vámonos.

Así pues, dado que el Feminismo es el último movimiento social con una clara semilla revolucionara, porque pretende transformar el sistema completo de producción y de vida humana en la tierra, no es de extrañar que esté recibiendo tantos ataques, externos y troyanos. Y no es dividir dar la cara en la pelea, más bien es reivindicar nuestra historia y desvelar la mirada de objetivos que no son nuestros. Que pueden ser muy legítimos, por supuesto, pero no son nuestros y dedicarnos a ellos nos ralentiza el camino hacia la igualdad de oportunidades entre hombres y mujeres, que siempre ha sido la meta del Feminismo. Y llegamos a la otra palabra proscrita en la izquierda y en el Feminismo (y así nos va). Por miedo a pecar de totalitarios y dictatoriales, nos adentremos en la senda de la diversidad, de lo relativo, de lo minoritario y así olvidamos que la mitad de la población (las mujeres, que no somos ningún colectivo porque somos la mitad del mundo) vive oprimida (que no discriminada) porque “alguien” ideó que nuestra naturaleza (que tenemos biología, vaya si la tenemos) nos tenía que determinar la existencia porque éramos el “sexo débil”, lo que nos hacía ontológicamente seres inferiores que no llegaban a la categoría de personas y ciudadanas. Y este era el objetivo en la Ilustración y este sigue siendo el objetivo en el tan “avanzado” siglo XXI. Demostrar que las mujeres somos personas y por ello tenemos que tener iguales derechos políticos. No obstante, mientras conseguimos el objetivo, como es evidente que no partimos de una situación de igualdad (en algunos sitios solo se da la formal), se trata de hacer políticas de acción positiva hacia las mujeres para que la igualdad de facto se dé.

Pocas cosas nuevas surgen a estas alturas de la historia y el debate actual, mejor dicho, los debates actuales sobre la prostitución, la pornografía, el género, los vientres de alquiler o el sujeto político del feminismo son debates impostados, introducidos dentro del feminismo con la intención de pervertirlo y alejarlo de su camino. Debates, además, que ya se introdujeron en décadas pasadas, porque asistimos de nuevo al eterno debate entre el feminismo de la igualdad o el feminismo de la diferencia (ahora denominada diversidad). Un debate, que como no se resolvió entonces por miedo a la división, reaparece y reaparecerá mientras no plantemos cara y digamos alto y claro que el Feminismo siempre se preocupó por la igualdad, porque como decía Celia Amorós, la diversidad ya viene de serie.

Sabemos ya entonces que el Feminismo pretende conseguir la igualdad entre hombres y mujeres, pretende desterrar la idea de que como la naturaleza nos hace diferentes, eso se tenga que traducir en desigualdad respecto a los derechos. Somos seres naturales, cierto y no debemos renegar de nuestra naturaleza. Pero tampoco nos reducimos a ella. Entre esos dos extremos, lo natural y los estereotipos, ambos profundamente reduccionistas, se abre camino el Feminismo que trae la idea de un mundo nuevo, más justo y mejor para todas y todos.

Por lo tanto, que no nos dé miedo el debate, que los ataques no nos callen porque estos tiempos confusos y convulsos requieren de las feministas una labor clarificadora, porque como decía Marx «nuestra tarea es la crítica despiadada y mucho más contra aparentes amigos que contra enemigos abiertos».

La agenda feminista ha avanzado, pero es evidente que aún sigue habiendo muchos puntos que conseguir. Para próximas entregas me dedicaré a ir exponiendo los puntos de esta agenda nuestra, que es lo que debería ocuparnos ahora a todas y cómo conseguir organizarnos de verdad para lograrla. Que las confusiones no nos distraigan del camino y, cuando nos asalten las dudas, la apuesta segura siempre es volver a leer a las clásicas: Simone de Beauvoir, Kate Millett, Aleksándra Kolontái y tantas y tantas otras.

Posdata y aclaración: defender el Feminismo como proyecto ilustrado no significa renunciar a las aportaciones postmodernas que mejoraron ese proyecto sin pervertirlo. Defender que el objetivo del Feminismo es conseguir la igualdad no es renunciar a la libertad porque nada más “empoderante” que unas condiciones iguales de partida para conseguir la liberación.

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