La liga de los profesionales extraordinarios

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Soy consciente de la antipatía que van a despertar mis palabras, pero alguien tendrá que decirlo: Estoy alucinada. Ojiplática. Fascinada con esta competición de aplausos a los diferentes profesionales en la gestión de la crisis del coronavirus. He bautizado el asunto como la liga de los profesionales extraordinarios. A falta de fútbol cualquier excusa para montar un campeonato es buena. Soy española ¿A qué quieres que te gane?

Esto de elevar a la categoría de héroe a cualquiera por hacer su trabajo (especialmente si es un trabajo masculinizado) tiene mucho trasfondo. En primer lugar hay que analizar el fenómeno en el contexto de una sociedad neoliberal en la que la eliminación de los valores colectivos es un hecho en pos de un individualismo atroz. Atroz porque asumimos como algo natural aplaudir en un balcón el trabajo de otros mientras llenamos la cesta de productos básicos que no necesitamos aunque nuestros congéneres no se puedan abastecer.

En segundo lugar es triste constatar como la posmodernidad ha devaluado valores éticos universales en favor de un relativismo sin límites. Un relativismo que tilda de heroicidad el desempeño profesional como si fuésemos trabajadores japoneses de una fábrica nuclear a punto de estallar. La heroicidad asociada al trabajo es preocupante porque implica entender que dicho acto entraña un esfuerzo extraordinario. Un esfuerzo solo al alcance de quienes están capacitados para hacerlo. Qué lejos queda eso del deber, qué olor a naftalina deben despedir mis palabras.

Un esfuerzo extraordinario, en tercer lugar, si se trata de profesiones cualificadas pues la limpiadora que pone en riesgo su salud para mantener una condiciones de higiene adecuadas o el basurero que recoge nuestros desechos mérito tienen poco, según parece. Dos empleos básicos. Básicos y mal pagados. Pues todavía no he escuchado yo aplausos para ellos. Bueno sí, el congreso también aplaudió a la limpiadora que repasaba la tribuna en el pleno extraordinario. El resto de profesiones ya los están reclamando. Normal. Yo también los reclamaría. Porque en esta España de Lazarillos de Tormes, de Bigotes, Campechanos y Poceros cualquier cosa que se asemeje a la responsabilidad colectiva viene y se va como la ola de Rocío Jurado. Ahora toca aplaudir, pues se aplaude. Mañana quien sabe…

Afortunadamente aún queda responsabilidad colectiva. La que demuestran quienes hacen su trabajo sin más alharacas, como el propio personal sanitario. La que se necesitaría para no arramblar con cuarenta y siete paquetes de papel higiénico del supermercado. Para quedarse en casa sin necesidad de policía patrullando. Para denunciar las condiciones de quienes trabajan apiñadas poniendo en riesgo su salud, como las mujeres del manipulado hortofrutícola en Almería. Para no saturar los servicios públicos con chorradas. Por favor.

Hay una gran parte de personas (quiero pensar que son mayoría) que aplauden para reconocer el trabajo enorme del personal sanitario. Y yo me alegro de corazón porque se lo merecen, antes, antes y ahora. Sin embargo, no nos engañemos, hay quien aplaude no por reconocimiento sino por miedo. Miedo a que los profesionales sanitarios, agotados, cuelguen la capa y se marchen a su casa dejándonos tirados, cosa que posiblemente haríamos muchos de nosotros porque ser un héroe todo el rato cansa, la verdad. Como el capitán de barco italiano Costa Concordia, que abandonó a su suerte a tripulación y pasajeros.

Miedo por parte de la patronal a que ciertos sectores, como las trabajadoras del manipulado a las que me acabo de referir, se planten y monten una huelga que dejaría la agricultura almeriense en pañales; la patronal pide un aplauso porque obviamente salen más baratos los aplausos que las medidas de seguridad e higiene en el trabajo. Qué poca vergüenza.

Entre los aplaudidores hay quienes aplaudieron hace cuatro días los recortes infames en sanidad, en educación, en servicios sociales ¡Hasta en investigación, materia en la que estamos a la cola de Europa! Y no solo jalearon los recortes, votaron a los recortadores implacables, insensibles, inhumanos. Y lo más preocupante es que probablemente lo seguirán haciendo. Por eso es mi deseo que esto acabe muy pronto pero, por una vez, que además esta experiencia sirva de reflexión. Reflexionemos, además de aplaudir a la liga de los profesionales extraordinarios. Que no digo yo que no. Que se lo merecen. El personal sanitario por su exposición al virus, por su esfuerzo y toda la liga de los profesionales extraordinarios, cualificados o no, que están dando el callo para sacar esto adelante. Vengan los aplausos si vienen acompañados de reflexión.

Apelo a la reflexión en diferido, concretamente dentro de unos meses. Cuando todo haya pasado y, sentados en las terrazas con una cerveza en la mano, hablemos de todo esto como de una pesadilla. A ver si entonces recordamos gracias a quien estamos vivas y vivos. Y si llegan recortes o despidos a ver si también recordamos a quiénes tenemos que aplaudir y, sobre todo, a quiénes tenemos que abuchear. Lo de votar ya sería la repanocha.

2 Comentarios

  1. Buenísimo cuantisima razón en todo espero que todo esto nos sirva para aprender ,este país tiene mucho que aprender leyendo tu escrito podemos empezar hacerlo, muchas gracias a personas como tu

    • ¡Gracias, Marisa! En este problema sanitario todos tenemos mucho que aprender, lo importante es la actitud, como la tuya, proactiva. Un abrazo.

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