«Esto es lo que yo más odiaba. Detestaba y maldecía principalmente esta autosatisfacción, esta salud y comodidad, este cuidado optimismo del burgués, esta bien alimentada y próspera disciplina de todo lo normal y corriente».
El lobo estepario. Hermann Hesse.
Probablemente tengan razón quienes consideran que el odio de clase tiene parte de resentimiento. No como creen los burgueses, que atribuyen a pura envidia la ira proletaria. No comprenden la rabia que surge como una respuesta al maltrato, la desigualdad o la falta de reconocimiento. Pero eso tampoco importa tanto.
A primera hora de la mañana tomo el autobús de la línea 1 para ir a trabajar. Esta línea inicia su recorrido por barrios donde viven principalmente inmigrantes latinos. Me entretengo en observar. Suele haber siempre alguna mujer en sandalias, tipo Moisés, zapatos de dedos descubiertos que no se estilan en España y que probablemente llegaron en la primera maleta. Entre algunos latinos existe la creencia de que los españoles olemos mal porque no nos duchamos. Suelen dar bastante importancia a la imagen y se cuidan de ser pulcros y usar vestimenta formal.
En mi caso, si alguna vez visto medianamente arreglado, se debe a la influencia de mi entorno familiar latino. Antes nunca me importó mi apariencia y tendía a vestir con lo más cómodo y a no preocuparme por los complementos, por mi cabello o el perfume.
Confieso que siempre sentí mucho odio hacia la gente que no es humilde. Un odio profundo crecido desde la infancia y que aumentó en la adolescencia. Me asqueaban las personas a las que se les notaba que nunca tuvieron que vestir en el instituto la ropa raída de sus hermanos mayores. Los que nunca sintieron vergüenza del lugar donde vivían e invitaban a los amigos a su casa, o los que a la vuelta del verano relataban ufanos sus vacaciones. Personas que no se avergonzaban de su aspecto y de su vida porque no tenían motivo. El mundo era un lugar diseñado para que ellos se sintiesen cómodos.
Mi padre tenía un pequeño taller mecánico y desde niño hice ayuda familiar. Recuerdo no comprender por qué mi padre, que en mi cabeza era el hombre más fuerte del mundo, tenía que meterse debajo del coche de cualquier estúpido enclenque que le pedía que revisase los amortiguadores, aunque fuera una tarde de cuarenta y cinco grados. Recuerdo las uñas siempre mugrosas, la ropa tiznada.
La pobreza puede llegar a ser una humillación estética. Mientras unos construyen su autoestima sobre cimientos firmes, otros la construyen sobre el esfuerzo de ocultar sus remiendos. Durante décadas coloqué un muro de metacrilato ante cualquier persona que considerase de clase media o superior. Podían verme pero jamás traspasarlo. Probablemente ese rechazo me llevó a ser introvertido y a rehuir el contacto social. Una reclusión que no es timidez sino incapacidad de encontrar afinidad en la inmensa mayoría de personas.
Por eso me siento a gusto entre las personas sencillas. Pero ocurre hoy que hasta las personas sencillas viven contagiadas de un mundo en el que ser feliz depende de la capacidad de consumir para satisfacer la apariencia, la sexualidad y el individualismo. En la sociedad actual, el trabajador medio, que aun teniendo un empleo estable es pobre, convive con la moderna necesidad de viajar, de probar gastronomías, de buscar incesantemente experiencias costosas.
La incapacidad social puede no ser un defecto de fábrica, sino el resultado de estar varado en una tierra de nadie. Como el lobo estepario de la novela, mirar desde la oscuridad las ventanas iluminadas de la burguesía, deseando su música pero despreciando sus vidas; o mirar los hogares de la gente sencilla, empatizando con su verdad pero a la vez sentirse ajeno.








